Archivo del Autor: alelerele

Ella y tantos otros

23 marzo 2015

Esos ojitos que, cuando éramos niñas, en el parque decían que eran de china. Ese pelo tan lacio, siempre tan lacio, siempre tan resistente. Esas manos que dan los mejores masajes del mundo, siempre calientes, que podrían calmar a un león en huelga de hambre.

Esa cabezonería, esa bordería, esa excepción que confirma la manida regla de «son todos muy cariñosos». Ese vuelco hacia todo lo que signifique sacarse de dentro, ya sea en forma de baile, de poema, de canción o de dibujo, sin importar el talento. Esa tendencia a comer en exceso, a no compartir nunca su trozo de queso, a moverse despacio menos cuando se trata de esquivar un beso.

Esa mirada de pureza infinita que valida mi teoría de que Dios es uno de ellos; imperfecto como para crear un mundo lleno de errores pero con la voluntad y el entusiasmo de querer seguir observando.

Esa fuerza que emana de cada paso en la vida. Esa montaña recién superada que lleva a conjugar bien un verbo, a escribir de corrido, a expresar correctamente un sentimiento.

Esa rabia que me asola cuando escucho ciertas cosas. Esa alegría cuando escucho ciertas otras.

Esa certeza de que están en el mundo para equilibrar a las familias rotas. Para darnos la perspectiva que necesitamos cuando olvidamos que, casi siempre, lo importante está en las pequeñas personas. Para recordarle a esta sociedad que cabemos todos, y que la persona menos pensada para algunos puede ser, para otros, la que cure un destrozo.

21 de marzo, Día Internacional del Síndrome de Down

Dans la barque

20 marzo 2015

Texto para la Habitación Propia, Tertulia literaria en Bruselas y Madrid.
(Traducción más abajo)

24 Mars 2004

Il a les yeux noirs, comme le lac où il est grandi. «Samil, Samil», le dicen los niños cuando le ven partir. Il peut déjà sentir la liberté, la tranquillité et aussi le soleil qui donnera du couleur ou chemin. Mais au même temps, llora porque tiene miedo, no solo a la travesía sino también a la soledad.

La petit barque se ressemble aux barques avec lesquels il a toujours joué. Ils n’ont pas l’air d’être si résistent, mais il faudra risquer. Quand il arrive a la côte d’Algeciras il souris en pensant: «La libertad está a pie de playa y huele a mar«. Son espagnol est pas mal déjà, il a aucun doute qu’il s’intégrera bien.

Samil, mitad hombre, mitad niño, argelino en Algeciras.

En sortant de la barque, il se rappelle de ses parents, qui sont pas là et se demande, sans désespoir: «Quand est-ce qu’on se rejoindra?».

24 mars 2014

Samil a toujours les yeux noirs, mais ils ont perdu un peu la patience. Il se retrouve avec un ami à la Puerta del Sol, à Madrid. «Hola colega«, se disent, et tout suit les deux se placent avec ses CDs et DVDs dans le trottoir. Les gens qui passent les regardent avec indifférence, personne n’achète rien. «Quel dommage!», ils pensent.

A la fin de la journée, c’est seulement la police qui vienne. Les deux amis s’enfuient et, malheureusement, ils perdent quelque CD et DVD en chemin. Ça fera, sûrement, un différence à la fin du mois…

Avant de se coucher il écris un lettre: «Querida mamá«, il commence. Il lui raconte comme est la vie en Espagne: «J’ai un grand maison, un chien et beaucoup d’espace. J’aime mon travail, mes amies et ma femme. Voici un peu d’argent, chère maman». Mais il doit finir d’écrire déjà car ses camarades dans la même chambre veulent dormir. «Apaga la luz ya«, ils lui disent.

Il finit la lettre: «Maman, j’espère que bien tôt on se rejoindra. Mais… là bas».

Traducción:

24 de marzo de 2004

Tiene los ojos negros, como el lago donde creció. «Samil, Samil», le dicen los niños cuando le ven partir. Puede notar ya la libertad, la tranquilidad y también la luz que le dará algo de color al camino. Pero, al mismo tiempo, llora porque tiene miedo, no solo a la travesía, sino también a la soledad.

La pequeña barca se parece a las barcas con las que siempre jugó. No parecen muy resistentes, pero tendrá que arriesgarse. Cuando llega a la costa de Algeciras sonríe mientras piensa: «la liberad está a pie de playa y huele a mar». Su español no está nada mal, no tiene ninguna duda de que se integrará bien.

Samil, mitad hombre, mitad niño, argelino en Algeciras.

Mientras sale de la barca, se acuerda de sus padres, quienes no están allí y se pregunta, sin desesperanza: ¿cuándo nos volveremos a ver?

24 de marzo de 2014

Samil sigue teniendo los ojos negros, pero han perdido toda la paciencia. Se encuentra con un amigo en la Puerta del Sol de Madrid. «Hola colega», se dicen, y se sitúan ambos con los CDs y DVDs en la acera. La gente que pasa los mira con indiferencia y nadie compra nada. «¡Qué pena!», piensan.

Al terminar la jornada, solo la policía llega. Los dos huyen y, por desgracia, pierden algún CD y DVD por el camino. Seguramente eso marque una diferencia a final de mes…

Antes de acostarse, Samil escribe una carta: «Querida mamá», comienza. Le cuenta cómo es la vida en España: tengo una casa grande, un perro y mucho espacio. Me gusta mi trabajo, mis amigos y mi mujer. Te envío algo de dinero, mamá». Pero tiene que terminar pronto de escribir por sus compañeros de habitación quieren dormir: «Apaga la luz ya» le dicen.

Termina la carta: «Mamá, espero que nos volvamos a ver muy pronto. Pero… mejor allá».

20 de marzo, Día Internacional de la Francofonía

A flote

18 marzo 2015

Llegó a la vida con la misma fuerza de un huracán y las mismas ganas de arrasarlo todo. Tenía una fuerza y una determinación muy singulares, pero no todo el mundo podía con ello; a veces era difícil encararse a una persona de carácter tan fuerte, tan poderoso. Ya desde niña sus padres temieron que fuese demasiado poderosa. A veces se hacían perdonar diciendo que la niña les había salido mandona, que su torbellino también les descolocaba a ellos, que por más que lo intentasen no podían hacer nada por calmar sus ganas de arrasarlo todo.

Poco a poco, como todo el mundo, esta chica creció y terminó siendo una mujer. Pero sus fuerzas se apagaron un día, de golpe, a medio camino entre la niñez y la adultez. Sin entender muy bien qué había pasado, su familia y sus amigos, tan acostumbrados a necesitar tomar aire en su presencia, se dieron cuenta de que empezaba a espaciar cada vez más las frases. Que el brillo en su mirada, tan intenso y arreciado, perdía con cada día el vigor que contagiaba. Últimamente no sonreía en serio y cada vez costaba más sacarla de casa, ella que siempre vivió con un pie a cada lado del quicial. Terminaron de alarmarse el día en que dejó el plato de macarrones a medio terminar.

La mujer se abandonó completamente mientras se configuraba su vida. La fuerza y energía que la definieron de joven dejaron de hacerlo a medida que iba conociendo gente nueva y todos la veían como una persona pusilánime, apocada, sin duende. Nadie la echaba ya de menos, cuando antes la echaban de más. Aquellos que la conocieron de joven lamentaban que hubiese cambiado tanto, pues si bien a veces era en exceso intensa, la preferían a aquella suerte de maniquí traslúcido del que no se distinguían emociones.

Lo que le pasó a esta mujer, muchos nunca lo supieron porque ella nunca habló de ella, de esa amiga cuyos contornos se confunden con los de una hermana y que la dejó sin dar explicaciones. Se apagó como una vela ya para siempre porque era ella quien le insuflaba la energía arrolladora con la que marcaba cada acto en su vida. Cuando se marchó, por un tiempo no le quedaron fuerzas más que para respirar y, a medida que fue abandonándose a esa cómoda desidia, se dio cuenta de que era más sencillo ver la vida pasar que luchar por mantenerse a flote.

Mañana entro

17 marzo 2015

Me miran horrorizados, porque saben que el «tengo que contaros una cosa» precede una noticia que no quieren oír. No me dan siquiera el beneficio de la duda; saben lo que les voy a contar, son demasiados años sonando el río. Pero se resisten a oírlo y yo temo que les dé un ataque de nervios antes de abrir la boca. Mi madre junta las manos y retuerce el borde del mantel, como cada vez que está alterada y tiene que esperar su turno para hablar. Mi padre se ha encendido un cigarro nada más terminar el anterior, y me mira con esa mirada tan suya de «a ver qué disgusto nos va a dar ahora esta hija». Mis hermanos no están presentes; una discusión menos, por ahora.

Tengo miles de motivos. Lo he pensado muchísimo, me he documentado, he hablado con mucha gente distinta para ver si esta tendencia que tengo dentro de mí se resuelve como, desde hace años ya, temo que se resuelva. Estoy segura y convencida; por la calle las miro y quiero ser como ellas. Envidio su libertad cuando pasean por el centro, despreocupadas, libres, profundamente felices. Yo, en cambio, vivo con una soga al cuello por no poder contarle a mi familia, a mis amigos, a mis conocidos, esto que me aprieta por dentro. Somos tan distintos… Nunca entenderán que nací con este deseo pero ha tardado años en aflorar, a fuerza de remar para el lado contrario.

Hoy ha llegado el día en que me libere por fin. A partir de ahora, podré pasear por la ciudad y sonreír mirando al cielo, en vez de sentirme extraña mirando al suelo. Me quitaré de encima la sensación de vivir peleando conmigo misma y me abandonaré a la certidumbre de que estoy haciendo lo correcto. Me debo a mi misma ser sincera, luchar por el futuro que quiero, actuar acorde a mis impulsos. Miro a mis padres, a sabiendas de que les daré un disgusto enorme. Pero no he elegido yo ser así. Elijo, en cambio, mi libertad, mi felicidad. Elijo mi vida, que para eso es mía.

Tomo aire, lo suelto mirándoles a los ojos y, sintiendo un gran alivio, se me escapa la sonrisa: «Mamá, papá. Mañana entro en el convento».

Durante quince días

16 marzo 2015

Todos los recuerdos horribles que atesoraba en aquella casa se fueron volando en cuanto puso un pie en su nuevo hogar. No era perfecto, ni mucho menos, pero era suyo. Había innumerables taras, mucha suciedad y ninguna luz. Pero era suyo, y todo lo que ocurriera en ese lugar a partir de este momento iba a ser suyo, de nadie más.

Se encerró en esas cuatro paredes durante quince días para pintar. Solo tenía un taburete desvencijado, un caballete lleno de astillas que recuperó de un contenedor de basura, y tres pinceles con pocas cerdas, uno de los cuales estaba roto y apenas lo podía sujetar con dos dedos. Feliz como casi nunca con lo que se le venía encima, por fin había logrado esa independencia, sobre todo de espíritu, que le permitiría volcarse en su pasión. Durante quince días no salió a la calle, apenas comió y se duchó solo cuando se daba asco a sí mismo. Durante quince días, imaginó escenarios en los que una calma infinita invadía un cielo estrellado, en los que una pareja de campesinos se echaban una merecida siesta, en los que girasoles languidecían en un jarrón abandonado. Durante quince prolíficos días, trasladó al lienzo todo aquello que se le pasaba por la mente, ignorando los calambres en la muñeca a fuerza de sostener sin descanso el pincel y las voces de sus amigos que lo conminaban a salir a la calle.

Durante quince días, fue más feliz que nunca, abandonado a aquella pasión para la que sentía que había venido al mundo. Cuando  las vacaciones terminaron y tuvo que volver a las clases, Vincent metió el caballete y los pinceles en un armario en su pequeña habitación azulada, convencido de que aunque todavía nadie lo viese, algún día figuraría en los libros que ahora le colgaban del hombro.

Una rival a tu lado

13 marzo 2015

Lourdes se debatía entre prohibir a su hija juntarse con Marta o simplemente dejarle caer que no le gustaba que la frecuentase. Sabía que tenía mucha influencia sobre Sara; siempre había sido una niña dócil, con una relación estupenda con los adultos, que nunca se enfrentaba a la autoridad y con visos de atravesar una edad del pavo apacible y corta. Creía que lo mejor sería utilizar esa influencia que sabía depositar en su hija para ir alejándola de Marta.

Últimamente no había día en que no volviese del colegio diciendo lo bien que se lo había pasado en el recreo con Marta, lo divertida que era, lo generosa que era. Parecía más feliz que nunca, desde que la conocía, pero Lourdes sabía que esa sensación era temporal. Que en cuanto llegase la inminente pubertad y ésta se descubriese como el cisne blanco al que ya apuntaba, llegarían las envidias, las peleas, los celos, la competencia. Lourdes, que había legado en su hija esa tendencia hacia la excesiva vulnerabilidad, no se mentía a sí misma como sí lo hacía cuando era Sara quien le preguntaba si era guapa. Sabía, porque lo había vivido en sus propias carnes, que cuando creciesen, le dolería mucho ser la amiga maja de la chica guapa a la que todos quieren cerca.

Se sentiría invisible, aún más insegura de lo normal, cuando fuesen de compras y viese que Marta podría ponerse de todo mientras que ella tendría que ir a las tiendas más casposas. Se sentiría abandonada en las discotecas, cuando los chicos se acercasen a hablar con Marta y se quedase sola en una esquina, jugando con la pajita del cubata entre los dientes explorando el techo del local. Y se sentiría todavía peor al ser abordada por algún chico solo para escuchar poco más tarde un «¿Me presentas a tu amiga?». No sería nada agradable que, en cuanto Marta encontrase otras amigas con las que salir y vivir a todo tren, dejase a Sara de lado, ni sabría cómo consolar a su hija el día en que esta dejase de contar con ella siquiera para actividades menos glamurosas como ir a tomar un café.

Sara no lo entenderá, ni hoy ni mañana, porque ahora mismo solo ve a su amiga divertida y maja, a la guapa de la clase que la ha escogido nada menos que a ella como mejor amiga. Pero algún día, Lourdes está segura, dejará de echarla de menos y empezará a verla como rival. Y entonces agradecerá que ya no esté a su lado.

Ni más ni menos

12 marzo 2015

Lorena tiene 7 años y es una de las niñas más felices que veremos jamás. Tiene dos hermanos, de 5 y 9 años, con los que juega todos los días. Sus padres se quieren, ella está sana, le gusta ir al colegio y aprende todo lo que le enseña la profe de buena gana.

Ahora Lorena tiene 13 años. Le acaba de bajar su primera regla, y se odia frente al espejo porque, aparte de ser asqueroso, tiene más granos que nunca. No entiende qué ha cambiado, por qué de repente le apetece llorar por cualquier tontería. Le sigue gustando estudiar, pero no ir a clase porque tiene que ver al idiota de Martín.

Con 14 años, Martín y Lorena se dan su primer beso, con 15 hacen el amor. A Lorena le duele muchísimo, Martín no piensa en otra cosa durante semanas. Quiere repetir, pero no será hasta los casi 17 cuando Lorena decida volver a pasar por la experiencia otra vez.

A los 18 años, Lorena decide que quiere estudiar arquitectura y Martín dice que él prefiere estudiar periodismo. Se tienen que separar; ella se va a Madrid, pero él se queda en su pequeña ciudad porque sus padres no pueden pagarle un alquiler en la ciudad. Se juran amor eterno, se despiden con un beso y se prometen llamarse todos los días y visitarse al menos una vez al mes.

Cuando Lorena acaba de cumplir 19 años, se enamora de Víctor y deja a Martín, quien ahogará su pena bajo las faldas de Teresa. Lorena y Víctor duran poco más de un año, y cuando Lorena tiene casi 21, decide irse de Erasmus para olvidarse de Víctor y, de paso, aprender un poco de inglés.

En Utrecht, Lorena conoce a Dan, que es inglés, y cuando termina su Erasmus se va con él a vivir a Londres. Alquilan una pequeña casa en el Soho y se cree muy bohemia. Es casi tan feliz como cuando tenía 7 años, hasta que tiene que ponerse a trabajar en un bar de copas porque su título, con su inglés, allí no le sirve de nada. Cuando llega a casa Dan está dormido, y cuando ella despierta, él ya se ha ido. Los días que tiene libres quiere salir a hacer cosas, pero entre la lluvia incesante y que él es muy perezoso, nunca hacen nada, y le sobreviene un aburrimiento que la lleva a hacer la maleta y volverse a España. Tiene 24 años.

En España, Lorena aún no tiene experiencia en arquitectura, así que envía millones de currículos a todos los estudios del país, hasta que uno de ellos le ofrece unas prácticas no remuneradas a tiempo completo. Lorena, que vive con sus padres y sus dos hermanos, hace las maletas muy contenta y se dispone a trabajar, hasta que se da cuenta de que necesita desempolvar los apuntes porque no lo recuerda todo.

Cuando Lorena está a punto de cumplir 26, le ofrecen un contrato en el estudio. Se alegra muchísimo y, para celebrarlo, decide llamar a Víctor para ver qué tal está. Casualmente, viven en la misma ciudad. Se ven, toman un café, se ríen mucho y terminan en la cama. Luego Víctor se va rápidamente porque ha quedado con su novia para cenar, y Lorena se queda en casa lavando las sábanas y poniendo morritos frente al espejo.

Ahora Lorena tiene 30 años. Lleva casi 5 trabajando en el estudio y está a punto de casarse con Joaquín, el becario del estudio que ya ni es becario ni trabaja allí. Se mira al espejo, se siente bien, toda una profesional, enamorada, joven y sana. La boda será por todo lo alto; han trabajado ambos muy duro para poder pagársela, renunciando a salidas a cenar y a viajes con los amigos. La ceremonia es preciosa, hay mucha gente y todos se ríen y bailan mucho. De luna de miel se van a Jamaica. Con 31 años, nace el primer hijo y casi todos los que se encontraban en la boda vuelven a reunirse para el bautizo.

Cuando Lorena tiene 33 años tiene a su segundo hijo, que es una niña esta vez. La niña nace sorda, pero con un implante coclear se soluciona su problema. Crece sana y feliz, como Lorena, hasta que cumple 4 años y le dan un hermanito que le quitará atenciones, y entonces adoptará esa mueca de desprecio que nunca llegará a abandonar del todo.

Cuando Lorena tiene 42 años, sus hijos tienen 11, 9 y 5 años. Son niños felices y sanos. El mayor es cabezota y buen estudiante, la niña es presumida y divertida y el pequeño es torpe y cariñoso.  Las tardes se las pasa conduciendo por la ciudad para llevarles a clases extraescolares. Los viernes aprovecha para cenar con su marido y a veces con algunos amigos. Los sábados comen con sus suegros y pasean por la ciudad, y el domingo hacen deporte y van al cine. Algunos días, cuando es Joaquín quién está en el coche llevando a los niños, se ve con Víctor en un hotel.

Lorena descubre con 44 años que tiene un bulto en el pecho. Va corriendo al hospital, le dicen que es un tumor pero está en una fase temprana. Después de varias vistas y de tratamiento la operan. El pronóstico es bueno, todo sale bien y recupera su vida tal y como fuese antes del susto. Con el tiempo, se le olvidará darle gracias a la vida por esta segunda oportunidad.

Cuando Lorena está a punto de cumplir los 49 se le retira la regla, y lo vive con un profundo alivio. Gana mucho peso y Víctor empieza a llamarla más a menudo. Su hijo mayor ha terminado el colegio y va a entrar a estudiar Magisterio de inglés. Ella hubiese preferido algo como Derecho o Ingeniería, pero se aguanta. Su hija tiene un novio capullo y está repitiendo, pero sabe que no es más que una fase. El pequeño no le da problemas ni satisfacciones particulares.

Lorena tiene 52 años cuando se muere su madre y le cuesta horrores superar la pérdida. Cuenta los años que le quedan para la jubilación y desde hace ya mucho tiempo no le ve la gracia a encontrarse con Víctor, así que solo lo ve cuando él insiste mucho. Justo poco después de cumplir los 56 se entera de que su marido tiene un lío con la secretaria y se divorcia. Los niños lo entienden, no parecen preocupados. Para despejarse del rollo de papeleos, va a ver a su hijo que está de Erasmus en Roma y se lo pasan de miedo comiendo pizza y helados en las plazas de la ciudad. La novia que se ha echado no le gusta ni un pelo, pero cuando él le pregunta por qué, no se le ocurre un argumento más convincente que «porque es francesa».

Lorena se jubila por fin antes de lo previsto, a los 62. Su hijo mayor está colocado y con una novia que, por suerte, es española. La mediana se pelea por terminar la carrera y amenaza con dejarlo todo e irse a Dublín. El pequeño acaba de empezar Medicina; por fin una satisfacción. Lorena decide mudarse a la casa de Torremolinos que le quedó del divorcio y, para disfrutar de los años venideros, se compra un lienzo, muchos pinceles y botes de colores, y se baja al paseo marítimo a ver si algún turista se para. Pocas veces se para a pensar sobre su vida, pero cuando lo hace, sonríe para sí misma con un poco de ironía y bastante indiferencia.

Condensados en al aire

11 marzo 2015

Hay un niño en alguna parte del mundo que se retuerce en su asiento mientras finge prestar atención a su profesor. Aburrido, se pregunta por qué tiene que estar ahí, y mira el reloj que le regalaron el día de su comunión convencido de que las agujas pueden ir para atrás. No hay nada en la ventana que deje volar su imaginación. Ojea el libro, bosteza, intenta llamar la atención de su único amigo, al que han sentado lo más lejos posible, intenta dibujar algo en el pupitre, y nada… Los minutos no hacen más que condensarse en el aire.

Desearía tanto ser mayor de una vez. Tendría la libertad de decidir no ir a ningún sitio, de ir a todas partes. No tendría que rendir cuentas a nadie. Nadie le gritaría por cualquier cosa. Decidiría él mismo qué ponerse y cómo tener su habitación, ¡qué digo! Su casa entera. Se pasaría los fines de semana viendo sus series preferidas y jugando a los mejores videojuegos. Se ducharía solo cuando hiciese realmente falta, no cada día por sistema, y comería siempre hamburguesas y perritos calientes. Sería tan feliz que no puede esperar a crecer para saborear las mieles de esa libertad que ahora no puede ni imaginar que sea posible.

En alguna parte del mundo hay un señor que se retuerce en su asiento mientras finge leer el informe que el jefe le ha enviado. Aburrido, se pregunta cuál es el sentido de la vida, y mira el reloj que le regaló su mujer el día de su aniversario convencido de que se le ha gastado la pila. Abre otra ventana del explorador intentando encontrar algo interesante que leer. Ojea algún blog, bosteza, intenta escribir algún mensaje por el Facebook, intenta despejarse con un café y nada… Los años no hacen más que condensarse en el aire.

Otro día más

10 marzo 2015

Gloria abre ese correo con un nudo en el pecho, con esa angustia focalizada que siente toda persona cuando se enfrenta a algo importante. Ni en eso ni en nada; Gloria no es especial, no es diferente, no es única. Está inmersa en las mismas angustias, en las mismas inseguridades, en las mismas sensaciones de tantísimos jóvenes españoles, italianos, griegos, portugueses, irlandeses, europeos, del mundo. Y, a pesar de compartir este problema con tanta gente, se siente sola en la escalada, porque la desgracia ajena no nos hace compañía cuando la vivimos también en nuestra propia piel, de tan concentrados que estamos en lo nuestro.

Hay tantas personas en este instante buscando infatigablemente algo que hacer por las mañanas, algo que contestar cuando en las fiestas le preguntan «¿a qué te dedicas?», que asusta. Buscan algo que les haga sentir que las horas de biblioteca ajenas al sol del fin de semana, las toneladas de apuntes deforestando la tierra, los nervios floreciendo como granos en la cara y las decepciones versadas sobre la almohada, no han sido en vano. Pero sí, en realidad, sí lo han sido. Bienvenidos al mundo.

Gloria, como muchos en este momento, abre ese correo y se enfrenta a otro «no», uno más que se apila sobre un montón de «noes» de ya ni recuerda qué empresas. Pensaba que se habría acostumbrado a estas alturas, pero no, la losa se sigue apoyando en el estómago. Y el mundo a su alrededor le sigue diciendo que no pierda el ánimo, que no abandone, que vale mucho, que ella puede, que ya llegará, que paciencia. Lo dicen cargando cada palabra de las mejores intenciones, de las mejores. No tiene duda. Pero Gloria no sabe dónde seguir buscando herramientas para construir ese podio que le haga sobresalir por encima de tanta gente que, a todas luces, está mejor preparada. Se le han acabado las fuerzas, se le han desgastado las ideas, se le han marchitado las ilusiones a fuerza de esperar algo que se resiste a pensar que no llegará nunca.

Mañana será otro día, se dice. Pero no, en realidad, será un día igual al anterior y, probablemente, al siguiente.

Presentación en Barcelona

Son muchos los motivos que llevan a millones de turistas a acudir a la ciudad condal para admirar fachadas ondulantes, fotografiar basílicas inacabadas, chapotear en playas atestadas y llenarse de delicioso pa amb oli. A mí, este fin de semana me ha llevado hasta allí por décima vez en mi vida, la generosidad, la amistad y el amor de un puñado de habitantes que no para de sorprenderme con sus muestras de afecto.

Sabía, como lo sé siempre que me acogen en Barcelona con el corazón abierto, que lo pasaría bien. Que sería, como todos los anteriores, un viaje para recordar, lleno de abrazos, de risas, de comida y de gestos de esos que se te apelotonan en la memoria. Acepté de buen grado toda esa generosidad y ese cariño incondicional consciente de que emanan del desinterés más puro. Para que luego digan que los catalanes son agarrados…

Ese fin de semana he sido feliz, y  no ha sido gracias a mí. Muchas personas han venido, incluso curzando el Mediterráneo, para acompañarme en la presentación de mi primera novela. No quisieron perderse la oportunidad de ser testigos de algo que para mí es importante, como buenos amigos, y corrieron ante la perspectiva de volver a vernos después de tanto tiempo.

Seis años han pasado desde aquel verano en Tokio. Miles de aventuras repartidas en varios viajes, anécdotas que nunca mueren a fuerza de recordarlas, muchas palabras de apoyo y ánimo y nunca, jamás, un mal momento entre nosotros. Estas cosas pasan rara vez. Y precisamente por eso, porque son raras, son preciosas. Lo buenos que somos en esta tarea de atesorar nuestro pedazo de mundo llamado TTT, a pesar de los kilómetros que nos dividen, me confirma que nacimos, en parte, para juntarnos.

Aquí las fotos del evento.

Gracias a Marcos y su familia, Silvia, María Ángeles, Amador, Patri, Laia, Lenna, Patri, Fer, Jose, Ari y Mercè.