A flote

18 marzo 2015

Llegó a la vida con la misma fuerza de un huracán y las mismas ganas de arrasarlo todo. Tenía una fuerza y una determinación muy singulares, pero no todo el mundo podía con ello; a veces era difícil encararse a una persona de carácter tan fuerte, tan poderoso. Ya desde niña sus padres temieron que fuese demasiado poderosa. A veces se hacían perdonar diciendo que la niña les había salido mandona, que su torbellino también les descolocaba a ellos, que por más que lo intentasen no podían hacer nada por calmar sus ganas de arrasarlo todo.

Poco a poco, como todo el mundo, esta chica creció y terminó siendo una mujer. Pero sus fuerzas se apagaron un día, de golpe, a medio camino entre la niñez y la adultez. Sin entender muy bien qué había pasado, su familia y sus amigos, tan acostumbrados a necesitar tomar aire en su presencia, se dieron cuenta de que empezaba a espaciar cada vez más las frases. Que el brillo en su mirada, tan intenso y arreciado, perdía con cada día el vigor que contagiaba. Últimamente no sonreía en serio y cada vez costaba más sacarla de casa, ella que siempre vivió con un pie a cada lado del quicial. Terminaron de alarmarse el día en que dejó el plato de macarrones a medio terminar.

La mujer se abandonó completamente mientras se configuraba su vida. La fuerza y energía que la definieron de joven dejaron de hacerlo a medida que iba conociendo gente nueva y todos la veían como una persona pusilánime, apocada, sin duende. Nadie la echaba ya de menos, cuando antes la echaban de más. Aquellos que la conocieron de joven lamentaban que hubiese cambiado tanto, pues si bien a veces era en exceso intensa, la preferían a aquella suerte de maniquí traslúcido del que no se distinguían emociones.

Lo que le pasó a esta mujer, muchos nunca lo supieron porque ella nunca habló de ella, de esa amiga cuyos contornos se confunden con los de una hermana y que la dejó sin dar explicaciones. Se apagó como una vela ya para siempre porque era ella quien le insuflaba la energía arrolladora con la que marcaba cada acto en su vida. Cuando se marchó, por un tiempo no le quedaron fuerzas más que para respirar y, a medida que fue abandonándose a esa cómoda desidia, se dio cuenta de que era más sencillo ver la vida pasar que luchar por mantenerse a flote.

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2 pensamientos en “A flote

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