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Hola y adiós

7 abril 2015

Y qué pena tener que despedirnos de nuevo, cuando no hace sino segundos que os fui a buscar a la estación de tren, dando saltitos contenta por la calle, como la niña que siempre soy cuando me refugio sobre vuestro regazo. Y qué alegría que hayáis venido, que hayamos recuperado un poco de ese tiempo que se escurre como arena entre los dedos, tiempo del que me siento tan culpable por estar desperdiciando. Qué bien que, sin necesidad de hacer nada, hayamos encontrado esa vía de en medio entre sentirse en casa y estar de vacaciones.

Qué sonrisa más apagada en ese adiós contra el cristal del tren, sabiendo que dentro de nada habrá un reencuentro y que, como tal, le seguirá el adiós. La vida, qué maldita, siempre dándonos solo segundos para disfrutar de las buenas cosas. Menos mal que tenemos una gran capacidad de retención, en la mente y en el corazón, para poder revivirlas cuando sintamos que nuestro fuero interno se marchita. Esos recuerdos me aferran a la idea de que no estoy sola incluso si es domingo y no hay paella en toda la ciudad.

Me vuelvo a mi casa, que me acoge en su infinito vacío, con el buche lleno de comida rica y el alma con el arañazo del adiós y de la resaca de los días compartidos. Por suerte el calendario, que es mi aliado en este momento, me saluda desde la mesa recordándome que el «hasta pronto», en el fondo, nunca queda demasiado lejos, porque así lo queremos las dos.

Pasos adelante

6 abril 2015

Recuerda Guillermo el paseo por el campo y de pronto aquella detonación que le provocó más dolor en la cabeza y en los oídos que en la pierna, que quedó entumecida. Pero no piensa durante mucho tiempo; aleja pronto el recuerdo y decide mirar a su madre, cuya sonrisa profunda acentúa aún más si cabe sus pronunciadas arrugas.

Ahora que han pasado veinte años, acaricia su muñón y sonríe, porque ya no siente ni pena ni dolor, ni rabia ni congoja. Nada de aquello que durante varios años le pareció que le perseguiría de por vida. Hoy, además, tiene un motivo importante por el que sonreír y por el que agradecer que aquella mina no le arrebatase la vida, que durante unos días estuvo a caballo entre el sí y el no. Por fin, tras años de trabajo, de mucho pelear, de recaudar fondos, de escribir, de leer, de llorar, de reír, de madrugar y de trasnochar, ha llegado a casa este precioso paquete que le augura, por fin, su futuro mejor.

Lo abraza con temblor antes de abrirlo y sonríe a sus padres, a su esposa y a sus hermanos que lo rodean con los ojos llenos de emoción. Es una familia humilde, trabajadora, llena de esperanza y de muchísimas ganas de salir adelante. Nunca lo han tenido fácil, pero nunca se han rendido y, sobre todo, siempre han encontrado motivos para seguir creando su espacio en esta su Colombia que nunca querrían abandonar, a pesar de todo. En esta lucha, como en todas, han estado unidos desde el principio hasta el final, y celebran esta victoria de Guillermo como si fuese la hazaña de toda la comunidad. Y es que de hecho lo es, y aunque no sean ellos quienes lleven esa prótesis en sus piernas, cada uno de ellos sentirá que los pasos que den de ahora en adelante serán solo los primeros en esta enorme caminata que no ha hecho más que empezar.

4 de abril, Día internacional para la sensibilización contra las minas antipersonas

Pensé que sería peor

2 abril 2015

Pensé que sería más duro echarte de menos. Pero me sorprende que sea tan fácil. Será que el recuerdo está tan anclado al olvido que por fin me permite dar pasos adelante.

Pensé que sería más difícil echarte de menos. Pero me sorprende que sea tan maleable. Que, al fin y al cabo, sea mi decisión. Será que el saber que estás lejos y tan fuera de mi alcance me da la libertad para no añorarte.

Pensé que sería más arduo ese camino que me aleja de lo que un día llegamos a ser. Pero me hace feliz ver que puedo pasear por esa senda como si fuese descalza por la playa, al abrigo de la brisa del mar que me recuerda sin pena ni dolor los baños que nos dimos en varios mares del mundo.

Pensé, en definitiva, que se me caería el corazón a pedazos el día que decidieses reaparecer, como siempre supe que harías, porque en el fondo siempre fuiste bastante previsible. Pero no solo mi corazón no se cayó en trocitos, sino que se hizo más grande, más amplio, con capacidad para acoger a otra gente y todo lo que éstos tuviesen que decir, y me di cuenta de que olvidar es posible, y de que en el fondo, nunca estuviste tan preso de mis recuerdos como siempre me empeñé en creer. Y por fin, liberada de esos lazos que me amarraban a un recuerdo que ahora es amargo, me permití ser libre de mis fantasmas y sonreírle a ese presente que me abría los brazos con un gran calma y mucha, pero mucha fantasía.

Traviesa

1 abril 2015

Se esconde traviesa detrás del marco de la puerta y espera a que salgan de la cocina para poder ir a coger lo que tanto ansía de la nevera. Está harta de que ejerzan tanto control sobre ella, ¡ya es mayorcita para saber lo que es bueno y lo que no! Pero se llevará una buena bronca si la pillan, así que decide que es mejor esconderse y esperar a que salgan para poder hacer de las suyas.

Ella solo quiere una de las torrijas, aunque sea una pequeña, ahora que por fin ha llegado la Semana Santa. Sabe que no puede comer demasiadas, que como le han dicho, una es más que suficiente, pero están tan buenas que no puede evitar soñar con comerse otra antes de irse a dormir. Ignora las advertencias sobre su salud y las amonestaciones de los cabezas de familia que se imponen sobre ella cada vez con más insistencia, y se acerca a la cocina relamiéndose, pensando en que ese riesgo bien merecerá la pena.

Cuando por fin llega a la encimera y estira su brazo torpe para agarrar el preciado tesoro, escucha ruidos en el salón y teme que estén a punto de pillarla. Aún así llega a coger rápidamente una servilleta y envuelve la torrija en ella con el corazón a mil por hora. Logra meterla en el bolsillo del pijama justo cuando llega su hija y, enfadada como siempre que sale de la habitación, le grita:

-¡Madre! ¿No te hemos dicho mil veces que estás muy débil para salir de la cama? A descansar, vamos, que ahora te llevo una manzanilla para que te duermas bien.

Cuando llega la manzanilla, doña Emilia la echa en la maceta de la mesilla y sonríe profundamente al desenvolver su pequeño tesoro con la luz apagada, contenta de poder cometer esa chiquillada que le devuelve un poco la alegría de estar viva.

El muro

31 marzo 2015

Leïla se divierte pasando una rama de un árbol por el muro. Uno dos tres, va contando, cuatro, cinco, seis… Solo tiene seis añitos y en el cole ya les están enseñando a contar, y como Leïla será una mujer inteligente, despierta y curiosa, ha aprendido a contar hasta cien mucho antes que sus compañeros. Sigue recorriendo este muro mientras da pequeños saltos y la rama se va despellejando en el extremo, soportando a duras penas el roce contra el gris cemento.

En este muro hay algunas pintadas, pero Leïla, aunque sabe leer, no se para a mirarlas a menos que tengan colores llamativos o algún dibujo bonito. Pero es raro, la mayoría solo muestran consignas, quejas, gritos, frases hechas, frases bonitas, reclamos al cielo. Leïla sigue recorriendo el muro, sin preguntarse qué divide porque su conciencia de niña pequeña no le permite ver que los muros dividen, que se levantaron con un propósito mucho más duro que el de aliviar su aburrimiento matutino. Para ella, ese muro es tan inocente como las paredes de su casa, y quién sabe si no se sentirá en realidad protegida por ellos, más que encerrada.

Leïla termina por llegar a un esquina, porque ese muro da una especie de rodeo que forma una suerte de habitación al aire libre. Apoyada en la esquina, ve a una niña más mayor, de unos 10 años, jugando con una pelota contra el muro que poco antes aguantaba su arañazo. Con la naturalidad de una niña pequeña, olvida el interés que pudiese suscitarle su rama y se acerca a ella, quien pronto le revelará que se llama Samy y que tiene en realidad doce años, no diez. Es simpática y pasan el resto de la mañana jugando juntas, a pesar de que la segunda le doble la edad. El estruendo que hacen los señores con cascos que construyen ese muro que las protege no parece molestarles, y su risa casi se oye por encima de las montañas. Por fin, Leïla ha encontrado una amiga con la que sentirse a gusto, de igual a igual.

Al día siguiente, Leïla se despierta muy contenta de saber que tiene una nueva amiga para jugar esas vacaciones. Recuerda cómo Samy compartió con ella su preciosa pelota y le enseñó gran cantidad de juegos, y cómo se reían cada vez que oía el estruendo de las obras del muro diciendo que era la tierra, que se había tirado un pedo. Cuando llega al punto donde el día anterior torció a la derecha para entrar en ese reducto que aún quedaba abierto, encuentra el muro enorme, gris, imponente y macizo que la separa del otro lado y, con la naturalidad propia de una niña de 6 años, llama con los nudillos convencida de que, como todas las puertas del mundo, se abrirá para dejarla pasar al otro lado y seguir disfrutando con su nueva amiga en la que ya es su parte favorita de Belén.

La loubine

30 marzo 2015

No importa dónde estés porque sabes que ella estará cerca. Quizá no a tu lado, quizá no en la misma ciudad, quizá no haciendo lo mismo que tú en este preciso momento, ni siquiera pensando en ti, pero sabes que está cerca porque llevas una parte de ella dentro, como una parte de ti está en ella. Habéis crecido unos años planeando vidas al compás de la ciudad y, como no podía ser menos, siempre quedarán en ti esas cenizas de lo vivido, como siempre quedará fuel para recargar lo venidero.

Durante unos días, las lágrimas que esperabas en torrentes se han cansado de asomar y le han dejado su merecido espacio a una sonrisa que transmite más que habla y que viene cargada de recuerdos. Del pasado, del presente e incluso del futuro. Haciendo gala de su mirada positiva ante la vida y de sus ganas de seguir peleando por arrancar felicidad a cada instante, se aferra a los buenos deseos como un velcro recién estrenado, consiguiendo que todo tenga más luz y que las cosas sencillas de la vida cobren el sentido que a veces pierden.

Con esa voz siempre aguda y siempre cargada de sentimiento te acompaña incluso en la distancia en los ratos en los que necesitas con urgencia reírte de ti misma. Y el tacto de unas manos que siempre se muestran amables te envuelven como los tiempos que siempre echaremos de menos.

No hay nada nuevo que ver

27 marzo 2015

La miro aquí tumbada a mi lado, llena de arrugas ahora que se ha desmaquillado, con ese camisón que deja casi al descubierto las tetas caídas y termino por apartar la mirada. Aquí no hay nada nuevo que ver. Está leyendo un libro que debe ser amargo o triste, porque tiene el código de barras más marcado que normalmente y el entrecejo aún más fruncido que cuando se enfada conmigo, algo que, por cierto, ocurre a menudo últimamente.

Poco antes de dormirme, sonrío pensando en ellos.

Tampoco la miro cuando se despierta y se va corriendo al baño. Ya no tiene ni la decencia de cerrar la puerta. Supongo que aquí ya no hay nada de lo que avergonzarse. Luego desayunamos en silencio, porque tampoco hay nada nuevo que decirse.

Pienso de nuevo en ellos cuando me sirvo el café y sonrío, imaginándoles en pleno desayuno en nuestra casa de Santander. Probablemente guardarán también en silencio sin apenas mirarse, cada uno pensando en su achaque particular. «Luego les llamo», me digo.

De camino al trabajo, imagino cómo se habrá despedido mi madre de mi padre al salir a hacer la compra. Seguramente no le haya dicho nada, simplemente haya agarrado el carrito y, con los pasitos cortos que la definen desde hace tiempo, haya cerrado la puerta tras de sí. Yo a mi mujer sí le he dado un beso en la mejilla, un gesto que me ha devuelto al aire acompañado de una oleada del perfume que le regalé la pasada Navidad. Mis padres ya no se perfuman, pero siguen manteniendo su higiene. Yo casi nunca me arreglo, total aquí ya no hay nada que mantener.

Esa noche les llamo y sonrío al comprobar que siguen bien. Concretamos el viaje y, cuando cuelgo, mi mujer ni me pregunta, porque aquí no hay nada nuevo que saber. Cenamos tranquilamente las croquetas que le salen tan ricas y nos echamos unas risas frente a la tele antes de ir a dormir. Le digo, antes de apagar la luz, que tengo ganas de ir, y pienso que tengo ganas de ir para seguir comprobando que el tiempo se ha aposentado en sus arrugas y desciende con suavidad, hasta que llegue la hora de hacer ese viaje que ambos se resisten a emprender.

Al día siguiente cogemos el coche mi mujer y yo y vamos a celebrar el nonagésimo cuarto cumpleaños de mi padre, que tiene la bendición de celebrarlo tan solo unas semanas antes que el nonagésimo segundo de mi madre. Y, como cada año en los últimos veinte, calibraré la suerte de ser testigo de esas vidas compartidas y seguiré deseando despertarme a su lado para seguir horrorizándome con las arrugas en su cara y sus tetas caídas. Al fin y al cabo, es un espectáculo en declive que espero continuar presenciando con las mismas pocas ganas durante muchos más años, para tener algo nuevo que ver.

Cuántas vidas ahí abajo

26 marzo 2015

Me encantaba esa manía tuya de visitar todos los miradores, rascacielos, tejados, azoteas, ventanales, acantilados, cimas, antenas, torres y torretas de cada sitio al que íbamos solo para poder preguntarme aquello que siempre lograba despertar mi imaginación: «¿Cuántas personas habrá ahí abajo?».

Luego cogías aire con toda la fuerza de tus pulmones y mi mano dentro de la tuya y, con esa sonrisa tan de verdad que pocas veces asomaba, te brillaban los ojos imaginando miles de vidas ahí abajo. «Dímelo, Dani, ¿cuántas personas habrá ahí abajo que estén ahora mismo durmiendo? ¿Cuántas chicas estarán ahora mismo, en este instante, fingiendo un orgasmo? ¿Y cuántas teniéndolo de verdad?». Yo me reía y tú tironeabas para que me concentrase en darte una respuesta: «¿Cuántos bebés estarán llorando al unísono ahí abajo? Y esas luces, ¿cuántos estudiantes suspenderán el examen para el que se están preparando en este preciso momento? ¿Habrá muchas madres dando de mamar a sus bebés ahora? ¿Y cuántas chicas se quedarán embarazadas esta noche sin quererlo? ¿Habrá muchos perros siendo adoptados ahora mismo? ¿Y cuántos litros de agua desperdiciados en grifos mal cerrados? ¿Crees que se habrá muerto gente antes de que termine de decir esta frase? ¿Y cuántos niños nacerán en este exacto segundo en que tú tomas aire?». Si tardaba un poco en contestar, para darle realismo a mi respuesta, no podías esperar: «Dímelo, Dani, contéstame, por favor, venga, dime, ¿cuántos?».

Me gustaba la manera tan pueril en que tironeabas de mi mano, instándome a darte una respuesta pronto, sin importar cuál. Al principio era difícil contestarte, «¡Pero yo qué sé!» era lo único que se me ocurría, pero pronto te fui conociendo y vi que el número te daba igual, que en realidad solo querías una respuesta, un número, algo a lo que aferrarte en ese momento en que la vida, en todo su esplendor, palpitaba bajo nuestros pies. Tu sonrisa cuando yo por fin te daba una cifra, aunque fuese disparatada, era el único consuelo ante el tormento de saberte fuera de esas estadísticas que, precisamente por ser tan mundanas y estar ya fuera de tu alcance, nos azotaban con toda su crueldad.

Saxo

25 marzo 2015

Mira que me pareció insulso cuando lo conocí en aquella fiesta. Más bajo que alto, más gordo que delgado pero más delgado que cachas, más feo que guapo y mucho más pavo que espabilado. Se agarró a un botellín de Mahou como un bebé a la teta y se quedó ahí plantado en medio de la habitación, mientras yo me desvivía por traer comida de aquí para allá y que todo el mundo pasase un buen rato.

No hablé con él más que para constatar que era, como se dice en mi pueblo, un soncio, un sornio, un pavisoso de cuidado. Una de esas personas que olvidarías al instante de no ser porque, de lo excesivamente aburridas que resultan, llaman la atención. Debía ser un tímido patológico, concluimos Leila y yo, porque ni siquiera era capaz de mirarte a la cara al decir su nombre. Juan. Hasta su nombre era aburrido.

Pero, ¿cuánto puede renacer una persona cuando se encuentra haciendo aquello para lo que ha venido a la vida? ¿Cómo puede cambiar la percepción que uno tiene de sí mismo, de ese mundo tan imponente que le rodeaba hace tan solo unos instantes, de todo aquello que hasta hace dos minutos provocaba casi hasta miedo, cuando se abraza a aquello que le da sentido?

Juan es otra persona esta noche. Está transportado encima de ese escenario hecho de palés mal montados. La acústica no es la mejor, y casi no hay luz. Pero poco nos importa a los que, taladrando el palco, nos transportamos con él al son de su saxo. Sus dedos se mueven veloces persiguiendo el esfuerzo de sus pulmones, pero no lo hacen tan rápido como su cerebro, que es quien ejecuta en realidad el baile de su cuerpo, que se retuerce en una mueca angustiada en según qué notas, que va arriba, abajo, para la izquierda, para la derecha, para adelante, para detrás, en una curva malograda, en un tratar de esconderse, en un querer replegarse, en un querer abandonarse, en un querer marcharse de un cuerpo que no para ni un momento mientras baila con su saxo, mientras consigue sacar de ese cuerpo metalizado su agonía de realidad, mientras hace que todos los que observamos la escena sintamos pena por quien no tenga la suerte de estar aquí ahora mismo.

Nunca nadie ha visto ni verá al Juan más real que cuando está con su saxo. El resto del tiempo, es solo el ser lánguido y apagado que vimos en la fiesta, cuando no sospechábamos que anda buscando encontrar en las cosas del día a día el arrobo que solo le proporciona su saxo.

Que no es él

24 marzo 2015

Tendrías que verle mientras recuerda a aquel chaval. Se ríe, con una inevitable mueca de pena, al recordar cómo lo recibieron en su casa al sur de Valonia y vivió con ellos unos tres o cuatro años. Recuerda perfectamente cómo se emocionó al ver al perro de la familia, un cocker llamado Sable -Arena- que al final terminó cayéndole hasta mal. A su hermana no llegaron a conocerla nunca, pero la asistente social le dijo que estaba en buenas manos, con una familia al norte de Bruselas. Quedaron en que mantendrían el contacto, aunque las evasivas por parte del otro matrimonio les hicieron desistir. Finalmente, se enteraron pocos años más tarde que iniciaron los procesos para adoptarla.

Jacques y Christine se lo pensaron durante un tiempo también, pero en cuanto Fader llegó a la adolescencia decidieron que no sería buena idea. Ya se intuía que sería un poco bala perdida, y confirmaron que no querrían más problemas que los justos cuando encontraron unas pastillas extrañas en el bolsillo de su mochila.

Jacques y Christine se consideraban bastante liberales y, habiendo crecido en un país con diversidad religiosa, querían que Fader se acercase a esas raíces de las que siempre renegó. Les costaba aceptar que renegase de su padre, quien robó todo lo que tenía su madre en Francia y volvió con su primera esposa a Argelia, dejándola empantanada y sin más remedio que repartir a sus dos hijos en sendas familias de acogida. Por más que Fader tratase de explicarles sus motivos para rechazar aquel país que recorría sus venas, Jaques y Christine le llevaban a veces a traición a la mezquita y le recordaban la fecha de inicio de Ramadán, sin causar ni una mínima impresión en el chaval.

A sus quince años, sutilmente, echaron a Fader del hogar e iniciaron los procesos de adopción, esta vez sí, pero de una bebé china. Fader no sentía más apego del que aquellos padres de acogida sentían por él, pero le dio pena y pereza perder esas comodidades y volver al centro de menores.

Muchos años más tarde, Jacques piensa en él cuando lee en el periódico el destrozo que un tal Fader ha hecho en Mons. Pero no quiere recordar. Tendrías que verle mientras piensa en aquel chaval y se dice que no, que cómo va a ser el mismo. Se ríe en una mueca extraña para esconder la vergüenza que le enciende al leer que ha estado dando tumbos de albergue en albergue, a sus cuarenta y un años, hasta terminar así. La noticia da detalles de su vida anterior al incidente; acaba de separarse, tiene un hijo de veintitantos años y tendría una hija que, de no haber muerto a los nueve meses de muerte súbita, estaría ahora en plena edad del pavo. Luego vuelve a mirar la foto y, aunque no lo consigue, lucha por gritarse mentalmente que no. Que no es él. Que-no-es -él, se dice.

¿Cómo va a ser él? Ni se parece… Como no podría ser menos, le faltan varios dientes y tiene la clase de mirada que tiene la gente sin horizonte.  Si Christine estuviese ahí le despejaría del todo la duda. Le diría que ellos, aunque brevemente, le dieron una educación, un poco de afecto y mucha libertad de espíritu. Nada, no es él, se dice, no es. Jacques sigue sonriendo en esa mueca tan torcida mientras echa el periódico a la chimenea y se acuesta convenciéndose de que no. Que no es él. Que-no-es -él. Y punto.