Cuántas vidas ahí abajo

26 marzo 2015

Me encantaba esa manía tuya de visitar todos los miradores, rascacielos, tejados, azoteas, ventanales, acantilados, cimas, antenas, torres y torretas de cada sitio al que íbamos solo para poder preguntarme aquello que siempre lograba despertar mi imaginación: “¿Cuántas personas habrá ahí abajo?”.

Luego cogías aire con toda la fuerza de tus pulmones y mi mano dentro de la tuya y, con esa sonrisa tan de verdad que pocas veces asomaba, te brillaban los ojos imaginando miles de vidas ahí abajo. “Dímelo, Dani, ¿cuántas personas habrá ahí abajo que estén ahora mismo durmiendo? ¿Cuántas chicas estarán ahora mismo, en este instante, fingiendo un orgasmo? ¿Y cuántas teniéndolo de verdad?”. Yo me reía y tú tironeabas para que me concentrase en darte una respuesta: “¿Cuántos bebés estarán llorando al unísono ahí abajo? Y esas luces, ¿cuántos estudiantes suspenderán el examen para el que se están preparando en este preciso momento? ¿Habrá muchas madres dando de mamar a sus bebés ahora? ¿Y cuántas chicas se quedarán embarazadas esta noche sin quererlo? ¿Habrá muchos perros siendo adoptados ahora mismo? ¿Y cuántos litros de agua desperdiciados en grifos mal cerrados? ¿Crees que se habrá muerto gente antes de que termine de decir esta frase? ¿Y cuántos niños nacerán en este exacto segundo en que tú tomas aire?”. Si tardaba un poco en contestar, para darle realismo a mi respuesta, no podías esperar: “Dímelo, Dani, contéstame, por favor, venga, dime, ¿cuántos?”.

Me gustaba la manera tan pueril en que tironeabas de mi mano, instándome a darte una respuesta pronto, sin importar cuál. Al principio era difícil contestarte, “¡Pero yo qué sé!” era lo único que se me ocurría, pero pronto te fui conociendo y vi que el número te daba igual, que en realidad solo querías una respuesta, un número, algo a lo que aferrarte en ese momento en que la vida, en todo su esplendor, palpitaba bajo nuestros pies. Tu sonrisa cuando yo por fin te daba una cifra, aunque fuese disparatada, era el único consuelo ante el tormento de saberte fuera de esas estadísticas que, precisamente por ser tan mundanas y estar ya fuera de tu alcance, nos azotaban con toda su crueldad.

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