Saxo

25 marzo 2015

Mira que me pareció insulso cuando lo conocí en aquella fiesta. Más bajo que alto, más gordo que delgado pero más delgado que cachas, más feo que guapo y mucho más pavo que espabilado. Se agarró a un botellín de Mahou como un bebé a la teta y se quedó ahí plantado en medio de la habitación, mientras yo me desvivía por traer comida de aquí para allá y que todo el mundo pasase un buen rato.

No hablé con él más que para constatar que era, como se dice en mi pueblo, un soncio, un sornio, un pavisoso de cuidado. Una de esas personas que olvidarías al instante de no ser porque, de lo excesivamente aburridas que resultan, llaman la atención. Debía ser un tímido patológico, concluimos Leila y yo, porque ni siquiera era capaz de mirarte a la cara al decir su nombre. Juan. Hasta su nombre era aburrido.

Pero, ¿cuánto puede renacer una persona cuando se encuentra haciendo aquello para lo que ha venido a la vida? ¿Cómo puede cambiar la percepción que uno tiene de sí mismo, de ese mundo tan imponente que le rodeaba hace tan solo unos instantes, de todo aquello que hasta hace dos minutos provocaba casi hasta miedo, cuando se abraza a aquello que le da sentido?

Juan es otra persona esta noche. Está transportado encima de ese escenario hecho de palés mal montados. La acústica no es la mejor, y casi no hay luz. Pero poco nos importa a los que, taladrando el palco, nos transportamos con él al son de su saxo. Sus dedos se mueven veloces persiguiendo el esfuerzo de sus pulmones, pero no lo hacen tan rápido como su cerebro, que es quien ejecuta en realidad el baile de su cuerpo, que se retuerce en una mueca angustiada en según qué notas, que va arriba, abajo, para la izquierda, para la derecha, para adelante, para detrás, en una curva malograda, en un tratar de esconderse, en un querer replegarse, en un querer abandonarse, en un querer marcharse de un cuerpo que no para ni un momento mientras baila con su saxo, mientras consigue sacar de ese cuerpo metalizado su agonía de realidad, mientras hace que todos los que observamos la escena sintamos pena por quien no tenga la suerte de estar aquí ahora mismo.

Nunca nadie ha visto ni verá al Juan más real que cuando está con su saxo. El resto del tiempo, es solo el ser lánguido y apagado que vimos en la fiesta, cuando no sospechábamos que anda buscando encontrar en las cosas del día a día el arrobo que solo le proporciona su saxo.

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2 pensamientos en “Saxo

  1. Anónimo

    ¡Buenos días, Alessia!.
    Como siempre me dejas atónita con la facilidad que tienes de invención para crear tanta cantidad de personajes cada día.
    Que envidia! yo que soy negada para poner tan siquiera un párrafo que tenga sentido.
    También quiero darte las gracias por la dedicatoria de tu libro, que ayer me entrego tu madre.
    Besitos, y adelante.
    M A R I A

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    1. alelerele Autor de la entrada

      ¡Muchísimas gracias, Marian!
      Me da muchísimo ánimo que me sigas tanto y tus palabras me dan fuerzas para continuar con este proyecto. De todo corazón, mil gracias por leerme y por compartir conmigo tus impresiones.
      ¡Un fuerte abrazo!

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