Archivo del Autor: alelerele

No pienses y sonríe

6 mayo 2015

¡Madre mía, qué guapa! No parece ni ella… qué feliz está, qué brillo en los ojos… ¡Y ese escote! Siempre ha sido una persona feliz, eso me encanta de ella.

Le queda como un pincel el vestido, casi tan bien como a Laia. ¿Dónde está? Ahí, en la segunda fila. No a todo el mundo le sienta bien ese color verde…

Ya viene para acá, llegó el momento. Qué calor, Dios mío, me apreté demasiado la corbata. Viene, sonríe que viene. A ver, ¿qué se ha hecho en el pelo? No sé si me gusta, casi que suelto le quedaría mejor para las fotos. ¿Y qué llevará debajo del vestido? Nada extraño, probablemente… Qué sosa ha sido siempre. Bueno, pero hoy sí, fijo que hoy me sorprende. Bueno, ya está, sonríe y mírala a los ojos. Y deja de pensar. Deja de pensar y sonríe. Ya está hecho.

¿Por qué esa cara de bobalicón otra vez? Parece tan seguro y convencido… Mírale a los ojos y déjate contagiar. Sonríe, como está haciendo él, déjate contagiar. Cómo me pican las bragas… Maldita manía la suya de vestirme de putita, si sabe que así luego no dura ni tres minutos.

Y qué calor, qué dolor de cabeza. Me han apretado demasiado el moño. Bueno, vamos allá. No mires a mamá, que te lo va a leer en la cara, ni a papá, ni a Laia. Tú cabeza derecha, mirando al frente y ya está. Ya está. Sonríe y deja de pensar. Déjalo ya, que va a empezar.

-Hermanos, hermanas, estamos aquí reunidos…

Acabar con un león

5 mayo 2015

«Con el viaje tan largo que me espera y este avión lleno de capullos…», piensa Irina disgustada. Había previsto dormir durante todo el vuelo, pero todo apuntaba a que tendrá que pasarse las cuatro horas de avión aguantando los molestos codazos y los continuados «perdón, sorry, perdón» del tío a su lado. Abre el botecito de somníferos que le ha recetado el médico, pero finalmente decide no tomarse nada porque ya hace bastante que no le hacen falta.

Lo habría entendido si hubiesen tenido veinte o veintipocos años, pero ellos deben pasar de cuarenta. Lo habría entendido si el vuelo fuese desde o hacia un lugar como Ibiza o Mikonos. Pero están yendo de Belgrado a Copenhague. Él y sus amigotes se dan collejas, se ríen, se retuercen en el asiento, se llaman a gritos y se insultan, se ríen más fuerte, se levantan, se tiran sobre el asiento… Uno de ellos se duerme y empiezan a sacarle la foto de rigor que les permitirá reírse de él cinco minutos, antes de relegarla para siempre en el olvido. Para más inri, a los pocos minutos de despegar empiezan a pedir cervezas, una detrás de otra, hasta pasar al vino. Menos mal, la borrachera hace que se apoltronen en la butaca y entren en un sueño que otorga una inusitada calma a la cabina.

Irina entonces le mira un momento y se sorprende de lo muy familiar que le resulta. Esa nariz achatada, ese pelo engominado, esas cejas pobladas. Y recuerda.

Era su último servicio y estaba nerviosa, contenta y al mismo tiempo cargada de ganas de terminar pronto. Se había dedicado al vetusto oficio desde que cumplió la mayoría de edad porque había sido un buen modo, fácil y rápido, de ganar dinero para irse cuanto antes de una casa donde su padrastro la insultaba y su hermanastro la tocaba con lascivia. Había sido un trabajo intenso y en ocasiones más extenuante para la mente que para el cuerpo, pero le había permitido ahorrar lo suficiente como para juntar una pequeña cantidad para irse a Dinamarca a trabajar como bailarina exótica por un sueldo mucho más alto. Había oído que las serbias estaban cotizadas y estaba dispuesta a descubrir si era verdad.

Ese día en que realizó su último servicio, miró las agujas del reloj con el ansia de quien ya tiene las maletas hechas. Recibió a su cliente, un hombre de mediana edad bien parecido que enseguida se mostró demasiado altivo para una ocasión en la que, generalmente, suelen mostrarse más bien intimidados. A pesar de que ella le dijo que no la besase por activa y por pasiva, él insistió tanto que terminó por rendirse, aferrándose a esa idea de que el cliente siempre tiene la razón. Cuando terminaron, él exigió completar la hora con un baile sensual, por lo que tuvo que vestirse y desvestirse de nuevo mientras él luchaba inútilmente por recuperar su erección. Cuando el reloj marcó la hora volvió en insistir hasta robarle un último beso a destiempo.

Irina le dejó un momento mientras se vestía para ir al baño sin imaginar que él se iría dejándola empantanada, sin pagarle lo que, con esfuerzo, sudor y rabia, se había ganado.

Ahora Irina lo ve dormir a su lado, sintiéndose inocente, y la botella de vino tinto apenas abierta que tiene en su mesita se ofrece frágil y vulnerable, dispuesta a recibir entre sus paredes de cristal la dosis perfecta de somnífero como para acabar con un león.

¿Mereció la pena?

4 mayo 2015

Tiene tanto que decir. Tanta información en su poder. Su cerebro bulle con datos, cifras, ideas, conclusiones, pensamientos, acontecimientos y dudas, pero sus dedos viven en una cárcel.

-Libertad- piensa-, feliz utopía.

Su mujer y su hijo recién nacido le esperan en casa. Cuántas lágrimas ha vertido ella deseando que termine por abandonar. Y él, que no puede, que no quiere, que no debe… Ya ha perdido la cuenta de las veces en que se ha puesto en esa tesitura, entre abandonar o seguir caminando hacia la feliz utopía.

Recuerda sus años de estudiante, cuando la ilusión por cambiar parte de lo podrido que hay en el mundo era lo único que le hacía pegar el culo a la silla en esas interminables horas de estudio.

Mientras una extraña calma le afloja el esfínter, aprieta entre sus dedos la libreta que le arrebatan un instante después con toda la fuerza de la rabia humana. En su bolsillo posterior, la grabadora se le clava en las nalgas y desea con todas sus fuerzas que no la encuentren ellos, con la esperanza de que al menos sus notas de voz trasciendan. Cuando oye el «clic» que le recuerda a la cámara de fotos que también le arrancaron, se atreve por fin a abrir los ojos. El cañón que le apunta la frente le regala una última pregunta para la que no encuentra respuesta: ¿Mereció la pena?

3 de mayo, Día Mundial de la Libertad de Prensa

Bucarest 2015

30 abril 2015

Solo han sido cuatro años, pero parece que son más, de todo lo que ha pasado. La ciudad estará cambiada, la gente será desconocida e incluso habrá sitios que no reconozcamos, porque el paso del tiempo habrá cincelado esos cambios en las paredes de la ciudad casi con tanta fuerza como en nuestros recuerdos.

 Desde ese junio de 2011 en que nos separamos sabiendo que nos juntábamos para siempre hemos sido testigos de los avances y retrocesos de unos y de otros. Nos hemos acompañado, aunque sea en la distancia, en una larga serie de desengaños amorosos, desengaños amistosos, desengaños laborales y preocupaciones familiares, que han caído con fuerza junto a las grandes alegrías, éxitos personales, encuentros amorosos, encuentros amistosos y, en algunos casos, incluso éxodos urbanos.

Ahora que somos distintos de como éramos entonces, tenemos que volver a ponernos el disfraz de quienes fuimos cuando éramos estudiantes y volver a enfrentarnos cara a cara con esos recuerdos neblinosos que nos envuelven en el pasado. Nos preparamos para volver a esta ciudad gris que nos acogió con naturalidad, como si fuéramos uno más de sus perros callejeros. Esa Bucarest nuestra, a veces tan antipática, tan hostil, otras veces tan suave, tan fácil, esa ciudad que pocos ubican en un mapa y que todavía hoy hace arrugar la nariz a más de uno cuando descubre que no, que no era el último de los destinos disponibles de la lista Erasmus, sino una elección cargada de aplomo, de convicción y de ganas.

Sé que lloverán recuerdos, incluso que podrán caer lágrimas emulando esa lluvia pesada que arreciaba con demasiada frecuencia. Sé que es más que probable que algún momento desagradable vuelva a llamar a la puerta, porque así fue ese año, una montaña rusa cargada de altibajos, que mareaba pero que no aburría, que no se hacía larga.

Nuestro momento volverá ahora que vamos a pisar de nuevo ese lugar que nos conoció juntos, a los siete, que nos vio reír en los bares del centro, que nos vio saludar a perros de la calle, que nos vio repetir «Urmeaza statia: Grozavesti» con un delator acento español, que nos vio llorar en la habitación cuando nos sentíamos maltratados, que nos vio abrazarnos cuando ese llanto tocaba su fin, que nos vio fingir que nos preocupábamos por estudiar rumano, que nos vio picarnos al Jungle y reírnos de lo bonita que puede llegar a ser la vida, que nos vio preparar viajes con mucha más ilusión de la que pondríamos en nuestra boda, que nos vio, en definitiva, saborear aquellos momentos que, a sabiendas de que no volverían, absorbimos con un gusto desmedido por tenernos.

Ha llegado el momento de volver a nuestra Buca, juntos y casi todos. Un nudo de emoción me aprieta el estómago, como si me reencontrase con un viejo amigo al que hace tiempo que no veo, y siento algo de miedo porque, como dijo Sabina, «al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver». Pero al mismo tiempo sé que ese reencuentro irá bien, porque en el fondo una parte de nosotros nunca se fue de Bucarest.

Un ángel entre andamios

29 abril 2015

Sofía es menudita, rubia y con cara de ángel. Tiene la sonrisa fácil, se sonroja a la mínima de cambio y las pestañas arañan las lentes de unas gafas que conserva desde que era una niña. Es amable con todo el mundo, incluso cuando tiene un mal día, y no le hace falta maquillarse mucho porque su piel, pálida natural, parece de por sí nacarada. Lo mismo pasa con sus ojos azules, que ya resaltan de por sí lo suficiente como para necesitar ningún tipo de accesorio artificial. Ella, además, suele hablar suave, siempre pidiendo las cosas por favor y dando las gracias, manteniendo la mirada del interlocutor, y no duda en tocar al que tiene enfrente para aumentar la sensación de cercanía.

Sofía parece más joven de lo que es. Cualquier diría que tiene veintitrés o veinticuatro años, cuando en realidad tiene treinta y uno. Será por esas faldas floreadas que suele vestir, o por las manoletinas llenas de detalles que gusta calzar. Incluso a veces todavía le piden el carné al entrar en las discotecas, o dan por hecho que sigue siendo estudiante. En no pocas ocasiones le han preguntado si se dedicaba a la enseñanza, y cuando ella decía que no, solían decirle «qué pena, yo creo que se te darían bien los niños».

Sofía aún no lo sabe porque solo acaba de empezar a trabajar, pero sus años de arduo esfuerzo van a verse recompensados muy pronto porque es muy buena en lo que hace. Estudió ingeniería civil, nada que ver con esos puestos de profesora, enfermera y secretaria que todos se empeñaban en designarle, y le encanta ver cómo los edificios, puentes y carreteras van tomando forma bajo sus designios. Como ese entusiasmo supura de toda ella, sus jefes valorarán ese esfuerzo y dentro de nada la ascenderán en su trabajo. Pero cuando sea capataza de obra y tenga bajo su cargo a un puñado de hombretones que no pueden tolerar cómo esa mujer menuda y angelical, una niña prácticamente, les da órdenes y les corrige… Entonces empezará el verdadero desafío.

Venecia tiene un color especial

28 abril 2015

Estos días en que se celebra la Feria de Sevilla la recuerdo y sonrío con muchas ganas. No se me apetese, cariño, me decía cuando le ofrecía un yogur después de comer. Qué dulce fue siempre esta mujer, pienso ahora, y me entran unas ganas absurdas de saber qué tal está. Me dicen que está bien, que sigue con ese corazón enorme que, si le cabe en el pecho, es solo porque éste también es enorme. Descomunal. Como toda ella. Como su sonrisa, como su generosidad, como sus abrazos.

Su sueño es ir a Venecia, y a veces desearía que me tocase la lotería para poder darle ese capricho. Ese capricho que, más que capricho, es desde mi punto de vista una obligación. En la utopía de un mundo justo donde todos tuviesen sus necesidades cubiertas, ir a Venecia debería ser el primer derecho en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Nadie tendría que morirse sin tener la oportunidad de ver Venecia, y menos si lo deseas tanto como ella. Ojalá hubiese ahorrado un eurillo al día desde que tuvo ese primer pensamiento, a lo mejor a estas alturas ya tendría un pie en el Ponte Rialto y otro en su Sevilla natal.

A mí lo que se me apetese es ver que la vida se termina portando bien con la gente que lucha por ser feliz y por hacer el bien con pequeños gestos cotidianos. Como ella, que se preocupaba de prepararme la sopa de verduras que sabía que me encantaba, y que, cuando era el turno de la sopa de fideos, siempre se acordaba de que me gustaba espesa, reservando el caldo. Ella que se acordaba de todos nuestros cumpleaños cuando no existía el Facebook, ella que educó a sus hijos en el amor y la tolerancia necesarios como para tener siempre una mano cargada de cariño hacia una niña diferente. Ella, que fue una bonita presencia en nuestra casa, llevaba esa gracia y ese salero andalú en cada uno de sus actos. Se me apetese muchísimo que encuentre el modo de llevarlos a Venecia y de insuflar un poco de color especial a los canales llenos de historia que sé que tanto va a apreciar, del mismo modo que deseo que siga sonriendo y satisfecha con cómo se esfuerza por saborear el rebujito de la vida.

L’amour est toujours beau

27 abril 2015

Mírales, qué lindos, piensa la señora Van Kempen, y se le retuerce en el pecho la certeza de que los tiempos pasados son, si no mejores, desde luego remotos. Se acerca a ellos con la sonrisa más sincera del mundo y con los ojos azules tan llenos de envidia sana e interrumpe ese beso en el momento en que la chica más desearía prolongarlo hasta el infinito.

Lo primero que les dice es «L’amour est toujours beau», con una expresión que enternecería a cualquiera, y cubre con su paraguas a esa pareja que comienza a hornearse con buen sabor. Ellos ni habían notado la lluvia, imbuidos en su propia burbuja, esa que separa la irrelevante realidad de la persona que tienes enfrente, el eje de todo lo que gira alrededor en ese preciso instante.

Durante unos minutos hablan, intercambian impresiones a pie de calle, como se hacía antaño, sin importar el con quién y el por qué. La señora Van Kempen se pone seria al recordar el miedo que se respiraba en el aire cuando visitó España en los años 70. Con una impecable pronunciación, menciona su ruta por La Manga del Mar Menor y su excursión a Toledo, y no puede evitar estremecerse pensando en el miedo que les llegaba sin pudor abofeteando su conciencia de extranjeros con suerte. Ese miedo del que habla la señora Van Kempen ellos dos solo pueden imaginarlo en las generaciones precedentes, pues tienen la suerte de haber nacido en paz y en libertad. En estos momentos hay pocas cosas que les asusten, henchidos de una seguridad pasmosa que por lo visto abruma hasta a los viandantes.

«L’amour est toujours beau», vuelve a decir ella, sonriendo. Se despide de la pareja que, a caballo entre la satisfacción de un fin de semana vivido plenamente y la sensación extraña de separarse al fin, alarga como de costumbre ese adiós que, por suerte, nunca dura demasiado. Y mientras tanto, ese mes de abril que tantas emociones ha reportado da sus últimos coletazos augurando muchos más abriles tras de sí.

A la fuerza

24 abril 2015

A. es el típico niño. Típico porque odias las verduras y le encantan los dulces, porque siempre llora cuando se cae aunque no se haga daño y porque siempre tiene energía para ir a jugar al fútbol al parque de debajo de casa. Típico niño, porque sabe ser cruel con otros niños pero al mismo tiempo tiene compasión cuando le toca ser testigo de un ataque a quien no conoce, a quien no considera merecedor del escarnio. También es típico porque le cuesta mucho irse a dormir cada noche, porque quiere seguir viendo la tele o simplemente perdiendo el tiempo. Es típico porque se pelea con M., su hermana de 5 años, y es el típico niño también en sus modales. Cada vez con menos frecuencia le tienen que recordar que tiene que dar las gracias cuando le ofrecen algo.

A., sin embargo, dejará de ser el típico niño mañana por la mañana, cuando su padre haga una pequeña mochila y lo arroje a los brazos del ejército. Al principio tendrá mucho miedo y no entenderá nada, pero pronto las palabras que le gritan a la cara comenzarán a hacerse hueco en su conciencia y, moldeando esa razón aún tierna, terminarán por dejar huella. Al poco tiempo dejará de acordarse de su casa y pasará a empuñar un fusil casi tan pesado como él. Recibirá órdenes que a duras penas entenderá y, con la mirada recrudecida de odio y de vehemencia, dirá adiós a la niñez que le han arrebatado a la fuerza el día en que apriete por primera vez el gatillo.

Actualmente hay cerca de 300.000 niños soldado en el mundo, según datos de UNICEF.

Emoción si me sostiene

23 abril 2015

A Leonid le sudan las manos mientras me sostiene, lo cual me da qué pensar. Hace calor, sí, pero preferiría pensar que es por el estado de excitación en que se encuentra al sostenerme por lo que traspira así. Se lo noto en el pulso, en la respiración entrecortada y en la manera en que le tiemblan los dedos, que sería imperceptible excepto para un alma delicada como la mía.

Sin quererlo, estoy segura, me moja a mí también, y me ondulo de manera que no puedo controlar. Quién sabe si la próxima persona que me sostenga entre sus manos lo notará y le dará algo de reparo saber que alguien ha dejado en mí la huella de una pasión ajena, que no le corresponde.

Sus ojos están clavados en mí, y por ello debo dar lo mejor de mí misma, estar segura de que me encuentra interesante, de que quiere seguir allí, sosteniéndome a corta distancia de su pecho, que late enloquecido mientras su mirada concentrada me recorre con impaciencia.

Que yo recuerde, nadie me había mirado de esa manera. Por supuesto que muchas personas han pasado tiempo conmigo, los ha habido más o menos solícitos y más o menos agradecidos, pero Leonid parece sentir una especial devoción hacia mí. De hecho, me parece haberle oído decir «Por fin, aquí estás» cuando me ha acariciado por primera vez, antes de conseguir que me abriera entera a él. Y me ha parecido de un intenso increíble, yo que rara vez he suscitado grandes emociones. De hecho, sólo podría recordar a una persona que me haya cogido con el arrobo con que ahora lo hace Leonid, pero murió hace ya demasiados años y aquello cambió mi destino. De esa vida acomodada ya no queda más que algún vago recuerdo, recuerdo que se aleja con cada vapuleo al que me someten. Parece que ahora se prefieren jóvenes, y eso hace que yo tenga que echar mano de mi experiencia, de mi olor y de ese tacto que algunos, como Leonid, aún parecen apreciar. Sin embargo, con cada caricia nueva, se imprime en mí una huella indeleble, que habrá de perdurar muchos años y que no se difuminará con el tiempo, al contrario. Y por eso ahora me preocupa un poco este sudor caliente y pegajoso que me llega a través de los dedos de Leonid, mientras alguna gota en su frente parece estar a punto de caer también, arriesgándose a estrellarse sobre mi cuerpo.

Pero Leonid parece distinto, y por eso no me importa tanto que cambie mis contornos. Es, ¿cómo decirlo?, más pasional. Ha tratado de conocerme más allá del nombre con el que coronaron mi historia, ahondando en unas palabras que ni yo misma sé pronunciar, que ni yo misma sé a qué remiten. Sus ojos, que son profundos por como yo los veo, recorren cada palabra que yo tengo que contarle, y es un amante fiel de la escucha, apenas me interrumpe. Deja que yo misma me dé a conocer, sin obstáculos, sin preguntas, sin exigencias, y sólo hace una pausa cuando desea ir más allá, cuando no se contenta con lo que ya conoce y ha de proseguir el camino.

Sin embargo, hay muchas cosas que me gustaría contarle a Leonid si me diese la oportunidad de conocernos un poco mejor. Con el tiempo, podría llegar a engancharle y a hacerle partícipe de mi vida, podría conseguir que quisiera acariciarme cada noche por un período no corto de tiempo, porque soy vieja y mi historia es turbulenta. Podría, incluso, conseguir ser una de aquellas huellas en el camino que le cambian a uno, y sólo así, quizá, dejar atrás el vaivén con el que removieron mis pensamientos.

Me gustaría poder decirle cómo ocurrió todo, observar en sus ojos que se desata mi historia en ellos, percibir por el ritmo de su respiración que está viajando a través de mí, que está viviendo a través de mí. Sólo espero la oportunidad adecuada, ese momento en que se haga esclavo de mis curvas que son rectas y, como nunca anteriormente, se quede anclado a un recodo de mi historia para hacerle mío.

Lo cierto es que tengo la esperanza de que Leonid entienda cuánto le necesito. Observar en su mirada este interés tan puro en el que se abandona cuando interioriza mis palabras me hace vibrar, moverme inquieta, pero él es exigente y detiene mi contoneo con una mano firme, concentrándose en aquello que ansía conocer.

El rato que pasamos juntos en la plaza es breve. Leonid ha leído mis pensamientos y, como un amante solícito, me ha cogido entre sus manos para llevarme a casa, arrancándome del lugar en el que pasé los últimos meses mientras era ignorada por las personas que se detenían siempre a mirar a mis vecinas pero nunca a mí. Negocia mi precio, lo cual es doloroso porque en una vanidad que nace de lejos, me gustaría pensar que Leonid sería capaz de pagar cualquier cosa por estar conmigo. Al final, mientras sigue sosteniéndome con dulzura pero con firmeza, da las gracias y nos aleja de aquel sitio en el que me sentí invisible por más tiempo del calculado.

Ahora, además de su pulso, siento los pasos que da, un pie y otro pie chocando sobre el adoquinado de esta pequeña ciudad donde pensé que estaría de paso. Es un trotar firme que me obliga a contonearme coqueta, que me marea y me sacude, presa de la excitación al saberme suya y de las ganas por volver a mostrarme ante él allá donde el pudor brota con furia. Y es que, al fin y al cabo, Leonid va a conocer mis entrañas, mis intenciones más profundas, mis tesoros más ocultos, y por más que me apetezca ser partícipe de una vida totalmente ajena, no puedo evitar agitarme, desplegar cientos de alas manchadas al compás de mi estremecimiento. De vez en cuando, y esto me vuelve a dar qué pensar, Leonid atisba sin detener sus pasos un pedazo de mí, con una impaciencia por conocerme que nunca había experimentado. Al tuntún, vuelvo a abrirme a él en cualquiera de mis lances, pensando que el orden de los acontecimientos podría alterar el entusiasmo suscitado. Y cuando esto ocurre, cuando vuelve a explorar las palabras que me nacen de dentro, vuelvo a sentir los latidos de su corazón acelerarse, y yo desearía tener la capacidad de volverme bonita, de poder desplegar ante él todas los atributos de los que tanto yo, como mi artífice, siempre nos hemos vanagloriado.

La casa de Leonid es como me había imaginado: llena de iguales que, como yo, han tratado de arrancar un pedazo de la imaginación de este hombre sombrío. Siento celos al pensar que, al igual que yo, han suscitado en Leonid emociones intensas, han sido capaces de acelerar el ritmo de su corazón, han podido anclarle junto a ellas para robarle aquel tiempo que sólo quien está dispuesto a regalarnos siente que no ha perdido. Estas iguales contienen, de la misma manera, millones de cosas que contarle, pero mi intuición me dice que sus historias no son apasionadas como aquella que yo quiero compartir con él. Y me agito con una libertad que ellas, encajonadas en un abrazo, no pueden experimentar, envidiosas de una sensación que sólo distinguen de cuando en cuando.

Enciende una luz y, con emoción, contemplo cómo se sienta en una butaca y vuelve a sentarme en su regazo, sin creer el brillo en sus ojos que augura una impaciencia insólita. Entonces lo veo. Es exactamente ese brillo el que hace que me acuerde de él, del autor de la historia que creó mis líneas, de la única persona, aparte de Leonid, en quien he leído el arrobo al atravesarme.

Bien entrada la noche, Leonid termina conmigo. Desde la ventana de su casa puedo ver la luna en cuarto creciente, y recuerdo que en algún momento de mi intriga la luna es descrita con poesía, preguntándome entonces si, a partir de ahora, así es como la verá siempre Leonid. Él me acaricia con incredulidad cuando termino de hablarle, y puedo percibir el brillo en sus ojos que presagian un torrente de lágrimas. Me gustaría poder llorar yo también con él, agradecerle tanto caudal, y de alguna manera creo que esas lágrimas proceden, precisamente, de un sentimiento parecido. Me sostiene entre sus manos y acaricia mi piel allí donde soy menos sensible, mientras me mira y se pierde en sus cavilaciones. Yo le miro de vuelta, pero mucho dudo de que él pueda percibir mi ligero temblor, que no es más que la expresión más pura de la fragilidad. Soy suya, le pertenezco, pero esto no me hace vulnerable.

Leonid se levanta y, sosteniéndome de nuevo entre sus manos, atraviesa un largo pasillo hasta entrar en una habitación grande, poco iluminada. En una mecedora encuentro a una mujer, que es bella como sólo las viejas sabemos serlo. Sus miles de canas peinan un moño tirante que es lo único que da color a un atuendo negro, acorde con la mirada perdida. Cuando ve a Leonid, sonríe débilmente levantando la cabeza, y éste nos acerca a ella, arrodillándose a su lado, cogiéndole una mano. Con esa mano, Leonid acaricia mi piel como minutos antes hiciese él mismo, y siento el tacto rugoso de su palma chocar contra mi cuero estriado. Entonces Leonid pronuncia una frase que hace que deje de temblar:

-Abuela, mira. Por fin he encontrado la novela que escribió el abuelo, esa que tanto buscaste. Estaba en el mercado de la plaza. La voy a leer para ti.

Me siento en casa, por fin, tras tantos años.

23 de abril, Día Internacional del Libro

Ya vale, por favor

22 abril 2015

Oye, chicos, venga, ya vale. La broma al principio no estaba mal, parecía que todo eran risas y buen rollo. Mucho progreso, mira lo que somos capaces de hacer, flipa con eso y con lo otro, y cada día un paso más, un logro mejor, un sentimiento de superación inabarcable. Os encantaba jugar a ser dioses, y a mí me enorgullecía bastante daros las herramientas necesarias para serlo. Era divertido, era bueno, era alucinante. Juntos, vosotros conmigo y yo con vosotros, éramos capaces de visitar a mis vecinos con ese artefacto en forma de supositorio. ¿Quién nos lo iba a decir? Juntos éramos capaces de volar, de informar, de correr, de crear. Era alucinante, no lo voy a negar.

Pero ya, ya vale, me he cansado. Os habéis pasado. Empieza a dolerme mucho la piel y tengo muchísimo calor. Además, se me está cayendo el pelo a marchas forzadas, lo que hace más difícil que pueda respirar. Cada día huelo peor, cada día estoy más desprotegida, cada día estáis peor también vosotros. Por no hablar de la deshidratación… Qué sed, chicos, por favor. Se me está agrietando la piel y todo. Ya estoy un poco mayor para estos trotes, creo que es hora de que me escuchéis y frenéis un poco, porque esto está dejando de ser divertido…

Además, echo mucho de menos mi aspecto anterior. Era más bella, sin tanto accesorio pesado, sin tanto edificio sobresaliente. Tenía más verdor, más montañas, más flores, más agua. Y tenía muchísimos más amigos. A ellos también los echo de menos; me gustaba que viviésemos juntos, darles de comer y de beber. Ahora me siento mal por no poder hacerlo, por no poder recuperarlos. Ni qué decir tiene de vosotros, los humanos. Hay partes de mí donde he perdido toda sensibilidad, tengo tantas heridas y cicatrices que ya ni me crece el pelo, la piel está escamada, deshidratada. Allí solo tengo seres infectos que provocan más y más daño y, no sé, chicos, esto hace tiempo que dejó de tener su gracia… Creo que es hora de frenar un poco, no me gustaría tener que desaparecer un día del todo y que no tengáis más suelo donde vivir, más agua que beber ni más aire que respirar…

22 de abril, Día de la Tierra