Emoción si me sostiene

23 abril 2015

A Leonid le sudan las manos mientras me sostiene, lo cual me da qué pensar. Hace calor, sí, pero preferiría pensar que es por el estado de excitación en que se encuentra al sostenerme por lo que traspira así. Se lo noto en el pulso, en la respiración entrecortada y en la manera en que le tiemblan los dedos, que sería imperceptible excepto para un alma delicada como la mía.

Sin quererlo, estoy segura, me moja a mí también, y me ondulo de manera que no puedo controlar. Quién sabe si la próxima persona que me sostenga entre sus manos lo notará y le dará algo de reparo saber que alguien ha dejado en mí la huella de una pasión ajena, que no le corresponde.

Sus ojos están clavados en mí, y por ello debo dar lo mejor de mí misma, estar segura de que me encuentra interesante, de que quiere seguir allí, sosteniéndome a corta distancia de su pecho, que late enloquecido mientras su mirada concentrada me recorre con impaciencia.

Que yo recuerde, nadie me había mirado de esa manera. Por supuesto que muchas personas han pasado tiempo conmigo, los ha habido más o menos solícitos y más o menos agradecidos, pero Leonid parece sentir una especial devoción hacia mí. De hecho, me parece haberle oído decir “Por fin, aquí estás” cuando me ha acariciado por primera vez, antes de conseguir que me abriera entera a él. Y me ha parecido de un intenso increíble, yo que rara vez he suscitado grandes emociones. De hecho, sólo podría recordar a una persona que me haya cogido con el arrobo con que ahora lo hace Leonid, pero murió hace ya demasiados años y aquello cambió mi destino. De esa vida acomodada ya no queda más que algún vago recuerdo, recuerdo que se aleja con cada vapuleo al que me someten. Parece que ahora se prefieren jóvenes, y eso hace que yo tenga que echar mano de mi experiencia, de mi olor y de ese tacto que algunos, como Leonid, aún parecen apreciar. Sin embargo, con cada caricia nueva, se imprime en mí una huella indeleble, que habrá de perdurar muchos años y que no se difuminará con el tiempo, al contrario. Y por eso ahora me preocupa un poco este sudor caliente y pegajoso que me llega a través de los dedos de Leonid, mientras alguna gota en su frente parece estar a punto de caer también, arriesgándose a estrellarse sobre mi cuerpo.

Pero Leonid parece distinto, y por eso no me importa tanto que cambie mis contornos. Es, ¿cómo decirlo?, más pasional. Ha tratado de conocerme más allá del nombre con el que coronaron mi historia, ahondando en unas palabras que ni yo misma sé pronunciar, que ni yo misma sé a qué remiten. Sus ojos, que son profundos por como yo los veo, recorren cada palabra que yo tengo que contarle, y es un amante fiel de la escucha, apenas me interrumpe. Deja que yo misma me dé a conocer, sin obstáculos, sin preguntas, sin exigencias, y sólo hace una pausa cuando desea ir más allá, cuando no se contenta con lo que ya conoce y ha de proseguir el camino.

Sin embargo, hay muchas cosas que me gustaría contarle a Leonid si me diese la oportunidad de conocernos un poco mejor. Con el tiempo, podría llegar a engancharle y a hacerle partícipe de mi vida, podría conseguir que quisiera acariciarme cada noche por un período no corto de tiempo, porque soy vieja y mi historia es turbulenta. Podría, incluso, conseguir ser una de aquellas huellas en el camino que le cambian a uno, y sólo así, quizá, dejar atrás el vaivén con el que removieron mis pensamientos.

Me gustaría poder decirle cómo ocurrió todo, observar en sus ojos que se desata mi historia en ellos, percibir por el ritmo de su respiración que está viajando a través de mí, que está viviendo a través de mí. Sólo espero la oportunidad adecuada, ese momento en que se haga esclavo de mis curvas que son rectas y, como nunca anteriormente, se quede anclado a un recodo de mi historia para hacerle mío.

Lo cierto es que tengo la esperanza de que Leonid entienda cuánto le necesito. Observar en su mirada este interés tan puro en el que se abandona cuando interioriza mis palabras me hace vibrar, moverme inquieta, pero él es exigente y detiene mi contoneo con una mano firme, concentrándose en aquello que ansía conocer.

El rato que pasamos juntos en la plaza es breve. Leonid ha leído mis pensamientos y, como un amante solícito, me ha cogido entre sus manos para llevarme a casa, arrancándome del lugar en el que pasé los últimos meses mientras era ignorada por las personas que se detenían siempre a mirar a mis vecinas pero nunca a mí. Negocia mi precio, lo cual es doloroso porque en una vanidad que nace de lejos, me gustaría pensar que Leonid sería capaz de pagar cualquier cosa por estar conmigo. Al final, mientras sigue sosteniéndome con dulzura pero con firmeza, da las gracias y nos aleja de aquel sitio en el que me sentí invisible por más tiempo del calculado.

Ahora, además de su pulso, siento los pasos que da, un pie y otro pie chocando sobre el adoquinado de esta pequeña ciudad donde pensé que estaría de paso. Es un trotar firme que me obliga a contonearme coqueta, que me marea y me sacude, presa de la excitación al saberme suya y de las ganas por volver a mostrarme ante él allá donde el pudor brota con furia. Y es que, al fin y al cabo, Leonid va a conocer mis entrañas, mis intenciones más profundas, mis tesoros más ocultos, y por más que me apetezca ser partícipe de una vida totalmente ajena, no puedo evitar agitarme, desplegar cientos de alas manchadas al compás de mi estremecimiento. De vez en cuando, y esto me vuelve a dar qué pensar, Leonid atisba sin detener sus pasos un pedazo de mí, con una impaciencia por conocerme que nunca había experimentado. Al tuntún, vuelvo a abrirme a él en cualquiera de mis lances, pensando que el orden de los acontecimientos podría alterar el entusiasmo suscitado. Y cuando esto ocurre, cuando vuelve a explorar las palabras que me nacen de dentro, vuelvo a sentir los latidos de su corazón acelerarse, y yo desearía tener la capacidad de volverme bonita, de poder desplegar ante él todas los atributos de los que tanto yo, como mi artífice, siempre nos hemos vanagloriado.

La casa de Leonid es como me había imaginado: llena de iguales que, como yo, han tratado de arrancar un pedazo de la imaginación de este hombre sombrío. Siento celos al pensar que, al igual que yo, han suscitado en Leonid emociones intensas, han sido capaces de acelerar el ritmo de su corazón, han podido anclarle junto a ellas para robarle aquel tiempo que sólo quien está dispuesto a regalarnos siente que no ha perdido. Estas iguales contienen, de la misma manera, millones de cosas que contarle, pero mi intuición me dice que sus historias no son apasionadas como aquella que yo quiero compartir con él. Y me agito con una libertad que ellas, encajonadas en un abrazo, no pueden experimentar, envidiosas de una sensación que sólo distinguen de cuando en cuando.

Enciende una luz y, con emoción, contemplo cómo se sienta en una butaca y vuelve a sentarme en su regazo, sin creer el brillo en sus ojos que augura una impaciencia insólita. Entonces lo veo. Es exactamente ese brillo el que hace que me acuerde de él, del autor de la historia que creó mis líneas, de la única persona, aparte de Leonid, en quien he leído el arrobo al atravesarme.

Bien entrada la noche, Leonid termina conmigo. Desde la ventana de su casa puedo ver la luna en cuarto creciente, y recuerdo que en algún momento de mi intriga la luna es descrita con poesía, preguntándome entonces si, a partir de ahora, así es como la verá siempre Leonid. Él me acaricia con incredulidad cuando termino de hablarle, y puedo percibir el brillo en sus ojos que presagian un torrente de lágrimas. Me gustaría poder llorar yo también con él, agradecerle tanto caudal, y de alguna manera creo que esas lágrimas proceden, precisamente, de un sentimiento parecido. Me sostiene entre sus manos y acaricia mi piel allí donde soy menos sensible, mientras me mira y se pierde en sus cavilaciones. Yo le miro de vuelta, pero mucho dudo de que él pueda percibir mi ligero temblor, que no es más que la expresión más pura de la fragilidad. Soy suya, le pertenezco, pero esto no me hace vulnerable.

Leonid se levanta y, sosteniéndome de nuevo entre sus manos, atraviesa un largo pasillo hasta entrar en una habitación grande, poco iluminada. En una mecedora encuentro a una mujer, que es bella como sólo las viejas sabemos serlo. Sus miles de canas peinan un moño tirante que es lo único que da color a un atuendo negro, acorde con la mirada perdida. Cuando ve a Leonid, sonríe débilmente levantando la cabeza, y éste nos acerca a ella, arrodillándose a su lado, cogiéndole una mano. Con esa mano, Leonid acaricia mi piel como minutos antes hiciese él mismo, y siento el tacto rugoso de su palma chocar contra mi cuero estriado. Entonces Leonid pronuncia una frase que hace que deje de temblar:

-Abuela, mira. Por fin he encontrado la novela que escribió el abuelo, esa que tanto buscaste. Estaba en el mercado de la plaza. La voy a leer para ti.

Me siento en casa, por fin, tras tantos años.

23 de abril, Día Internacional del Libro

Anuncios

4 pensamientos en “Emoción si me sostiene

Cuéntanos qué te ha parecido.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s