Bucarest 2015

30 abril 2015

Solo han sido cuatro años, pero parece que son más, de todo lo que ha pasado. La ciudad estará cambiada, la gente será desconocida e incluso habrá sitios que no reconozcamos, porque el paso del tiempo habrá cincelado esos cambios en las paredes de la ciudad casi con tanta fuerza como en nuestros recuerdos.

 Desde ese junio de 2011 en que nos separamos sabiendo que nos juntábamos para siempre hemos sido testigos de los avances y retrocesos de unos y de otros. Nos hemos acompañado, aunque sea en la distancia, en una larga serie de desengaños amorosos, desengaños amistosos, desengaños laborales y preocupaciones familiares, que han caído con fuerza junto a las grandes alegrías, éxitos personales, encuentros amorosos, encuentros amistosos y, en algunos casos, incluso éxodos urbanos.

Ahora que somos distintos de como éramos entonces, tenemos que volver a ponernos el disfraz de quienes fuimos cuando éramos estudiantes y volver a enfrentarnos cara a cara con esos recuerdos neblinosos que nos envuelven en el pasado. Nos preparamos para volver a esta ciudad gris que nos acogió con naturalidad, como si fuéramos uno más de sus perros callejeros. Esa Bucarest nuestra, a veces tan antipática, tan hostil, otras veces tan suave, tan fácil, esa ciudad que pocos ubican en un mapa y que todavía hoy hace arrugar la nariz a más de uno cuando descubre que no, que no era el último de los destinos disponibles de la lista Erasmus, sino una elección cargada de aplomo, de convicción y de ganas.

Sé que lloverán recuerdos, incluso que podrán caer lágrimas emulando esa lluvia pesada que arreciaba con demasiada frecuencia. Sé que es más que probable que algún momento desagradable vuelva a llamar a la puerta, porque así fue ese año, una montaña rusa cargada de altibajos, que mareaba pero que no aburría, que no se hacía larga.

Nuestro momento volverá ahora que vamos a pisar de nuevo ese lugar que nos conoció juntos, a los siete, que nos vio reír en los bares del centro, que nos vio saludar a perros de la calle, que nos vio repetir “Urmeaza statia: Grozavesti” con un delator acento español, que nos vio llorar en la habitación cuando nos sentíamos maltratados, que nos vio abrazarnos cuando ese llanto tocaba su fin, que nos vio fingir que nos preocupábamos por estudiar rumano, que nos vio picarnos al Jungle y reírnos de lo bonita que puede llegar a ser la vida, que nos vio preparar viajes con mucha más ilusión de la que pondríamos en nuestra boda, que nos vio, en definitiva, saborear aquellos momentos que, a sabiendas de que no volverían, absorbimos con un gusto desmedido por tenernos.

Ha llegado el momento de volver a nuestra Buca, juntos y casi todos. Un nudo de emoción me aprieta el estómago, como si me reencontrase con un viejo amigo al que hace tiempo que no veo, y siento algo de miedo porque, como dijo Sabina, “al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”. Pero al mismo tiempo sé que ese reencuentro irá bien, porque en el fondo una parte de nosotros nunca se fue de Bucarest.

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