A la fuerza

24 abril 2015

A. es el típico niño. Típico porque odias las verduras y le encantan los dulces, porque siempre llora cuando se cae aunque no se haga daño y porque siempre tiene energía para ir a jugar al fútbol al parque de debajo de casa. Típico niño, porque sabe ser cruel con otros niños pero al mismo tiempo tiene compasión cuando le toca ser testigo de un ataque a quien no conoce, a quien no considera merecedor del escarnio. También es típico porque le cuesta mucho irse a dormir cada noche, porque quiere seguir viendo la tele o simplemente perdiendo el tiempo. Es típico porque se pelea con M., su hermana de 5 años, y es el típico niño también en sus modales. Cada vez con menos frecuencia le tienen que recordar que tiene que dar las gracias cuando le ofrecen algo.

A., sin embargo, dejará de ser el típico niño mañana por la mañana, cuando su padre haga una pequeña mochila y lo arroje a los brazos del ejército. Al principio tendrá mucho miedo y no entenderá nada, pero pronto las palabras que le gritan a la cara comenzarán a hacerse hueco en su conciencia y, moldeando esa razón aún tierna, terminarán por dejar huella. Al poco tiempo dejará de acordarse de su casa y pasará a empuñar un fusil casi tan pesado como él. Recibirá órdenes que a duras penas entenderá y, con la mirada recrudecida de odio y de vehemencia, dirá adiós a la niñez que le han arrebatado a la fuerza el día en que apriete por primera vez el gatillo.

Actualmente hay cerca de 300.000 niños soldado en el mundo, según datos de UNICEF.

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