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Generaciones

6 marzo 2015

Mi bisabuela Enriqueta nació en 1921 y, según me han contado, siempre llevó su casa con profunda dedicación. Su marido Jacinto era un buen hombre, trabajador y afectuoso, y juntos tuvieron cinco hijos, dos de los cuales aún viven.

Mi abuela Juliana aprendió de su madre todo lo que sabía: a cocinar, a coser, a ordeñar, a cuidar el huerto, a desplumar un pavo, a ayudar a la vaca a parir, a decorar muebles, a peinarse, a cantar… lo único que no aprendió de ella fue a leer y escribir, porque ni Enriqueta ni Jacinto sabían.

Juliana fue, como Enriqueta, esposa abnegada y madre entregada; se casó a los 26, tarde para la época, y solo tuvo dos hijos, uno de los cuales murió de niño. Quedó mi madre, Ana, a quien Juliana dedicó todo su esfuerzo y atención y proporcionó herramientas para que pudiese crecer, además de sana, culta. Trabajó dentro de casa para su familia y fuera de casa como tendera, para poder así enviar a Ana a la universidad.

En consecuencia, mi madre le estuvo siempre muy agradecida y siempre me habla de ella, de lo unidas que estaban y de lo mucho que admiró siempre a su madre por no quejarse nunca, por no estar jamas cansada de tanta tarea y no perder el buen humor. Ese humor, heredado en nosotras, hace que nos riamos cuando, tiradas en el sofá viendo «Sálvame», mi madre me dice: «¡Mira para lo que hemos quedado, Carolina! Si nos viese tu abuela, nos mataba…».

Yo no sé mucho de la vida todavía, pero por lo que cuentan, la mujer desde siempre se ha partido el espinazo trabajando, sobre todo, para los demás. Y pienso que es gracias a ellas, a ese enorme esfuerzo dentro y fuera de casa y a haber tenido el valor de cambiar las cosas, que ahora mi madre y yo estemos tan tranquilas tiradas en el sofá viendo la tele, tras un día moderado de trabajo, sin preocuparnos por que tengamos que hacer mil y una cosas, simplemente disfrutando de nuestro merecido descanso.

8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora

Nos tenías engañados

5 marzo 2015

Siamo senza direzione
una nazione in rotta verso l’autodestruzione
un’altra pantomima di un paese che ormai rischia il tracollo
mentre pippa cocaina con il crocefisso al collo.*

 

Leí este grafiti en un autobús interurbano en las inmediaciones de Brindisi, Apulia, y enseguida me acordé de Fabri. Él, tan irreverente como siempre, se habría reído al ver mi mirada escandalizada, y habría intentado seguir la rima. Incluso, de no estar resacoso, habría intentado improvisar un rap antes de darse por vencido, por millonésima vez, diciendo: «nada, esto no es lo mío».

Le habría gustado mucho ver estos paisajes, ver estas playas, estos olivos, comer tanto y tan bien y disfrutar del sol. La falta de sol es, creo, lo único que no le gustaba de su Vigo natal. Por lo demás, enamorado de su tierra, era tan campechano y cercano como el que más, y al mismo tiempo, un luchador, un revolucionario, un inconformista. La juventud latía en sus venas con fiereza, porque sabía que había venido a este mundo para intentar cambiarlo. Y lo habría conseguido, ya lo creo…

Me encantaría poder hablar contigo ahora, Fabri. Decirte que la violencia de los actos que llevaron a ese hombre a la muerte nunca encontrarán una justificación, porque no la hay. Hay gente que no entiende la diferencia entre defender un ideal y eliminar al que piense lo contrario. Y tú, Fabri, nos tenías engañados a todos. Nunca te perdonaré que fueses de los últimos y que ahora tengamos que vivir unos años sintiendo tu ausencia. Pero menos te perdonaré que me hayas obligado a cambiar esa imagen de chico bueno, apasionado y entregado que tenía de ti. Ahora, hagas lo que hagas, ya nada podrá ser lo mismo.

*Vamos sin dirección
una nación que se dirige hacia la autodestrucción
otra pantomima de un país que está a punto de colapsar
mientras esnifa cocaína con un crucifijo en el cuello.

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Esos nervios

4 marzo 2015

Esos nervios, esa punzada de angustia que atenaza la boca del estómago. Lo he vivido antes; un examen, la entrega de notas a mi madre, la primera cita contigo… Pero esta vez es mucho peor, es mil veces más intenso. Me marea, me aturde, y solo quiero que pase el tiempo y pueda volver a pensar con normalidad. Y mientras tanto, aquí estás tú, tan tranquilo durmiendo a mi lado. Me encantaría poder intercambiarnos y ser yo quien duerme tranquila, despreocupada, sin esta losa apretando lentamente mi cabeza.

Pasan los minutos y el pulso me tiembla mientras miro este aparatito que tiene en sus manos el devenir de mi futuro y que viene en una caja con dos personas sonrientes, felices, ajenas a lo que supondría para mí que saliesen las dos rayitas rosas. El aire encuentra a duras penas su camino hacia los pulmones, por más que hinche el estómago y me esfuerce por hacerlo llegar.

Te retuerces en la cama y tengo ganas de despertarte y de gritarte, de abrazarte, de golpearte para luego pasar a refugiarme en tu abrazo y dejar de sentirme sola y asustada. Pero al mismo tiempo sé que no serviría de nada; ninguno tenemos la madurez suficiente para afrontar esto. Ver tu mirada temblorosa me haría querer tomar las riendas de este asunto, y no, no puedo permitírmelo, esta vez tienes que ser tú quien me coja de la mano y me asegure que saldremos de esta. Esta vez, quiero ser yo la débil de la pareja, la que llore, la que patalee y la que necesite grandes dosis de ayuda para que la tierra deje de tambalearse bajo mis pies.

Han pasado los tres minutos que decía el prospecto. Nunca he tenido tanto miedo, ni he estado tan nerviosa. El corazón que de normal es una masa palpitante es ahora un puño que me golpea el pecho, no parece posible que vaya a resistir tanto miedo, tanta emoción y tanta angustia. Pero al terminar los tres minutos, se desinfla rápidamente como un globo al ver que, por ahora, no estoy embarazada. El alivio se escapa de mi cuerpo en forma de lágrimas mientras tú sigues durmiendo a mi lado.

Pronto sonará el despertador y tendremos que ir a clase. Para ti será un día normal, pero para mí, será el mejor.

Lavandería B-X-L

3 marzo 2015

En las lavanderías de esta ciudad pasa una cosa extraña: nadie se conoce, pero todo el mundo charla amigablemente. El ambiente es el de una sala de espera, con la diferencia de que no existen las tensiones antes una mala noticia del médico, el miedo ante el dolor del dentista o la preocupación del cómo me quedará de la peluquería.

En esta donde estoy ahora hay gente tan dispar que querría iniciar un estudio sociológico, solo para comprender mejor qué ambiente se respira verdaderamente en las ciudades cuando no hay prisas, ni miedo, ni preocupación; solo tiempo.

Una chica rubia y bajita vestida en chándal, universitaria Erasmus me atrevería a decir, se pasea de la lavadora a la secadora arrastrando por el suelo las medias y mostrando su lencería íntima a los hombres que la miran de reojo. Tiene un chupetón enorme en el cuello, y encima se ha hecho una coleta. Sonrío, acordándome de aquel primer y último chico que se atrevió a marcar su territorio con semejante descaro.

También hay un hombre, que habla con todo el que quiera pararse a escucharle en un francés marcadamente árabe, aunque por su aspecto podría ser de cualquier sitio. No sabría decir si está enfadado, indignado, sorprendido o solo es que tiene la vehemencia marcada en su ADN. Su mirada es puro fuego, y cuando se cruza con la mía, siento un poco de vértigo. En algún momento me parece oír un «madame», pero me protejo en una fingida sordera y me convenzo de que no me está llamando a mí.

El pitido de la lavadora anuncia que es turno para la secadora, y un señor mayor me ayuda a entender en qué rendija hay que colocar el dinero, cuánta cantidad, con qué monedas específicas y qué botón seleccionar. No sé si me ha visto preocupada o simplemente tengo pinta de tontaina, pero le dejo hacer porque me llega la impresión de que está muy contento de ayudarme. Habla en francés con un acento extraño que no logro descifrar, solo para hacerme sentir muy tonta cuando responde al teléfono diciendo: «Si, Tamara, arrivo subito, non ti preoccupare».

La secadora termina en el momento en que entran dos señoras riendo a viva voz. Hablan un idioma que nunca entenderé y me pregunto de dónde serán ellas. Llevan ropa de niños también y enseguida entablan conversación con el señor de la mirada de fuego. Hablan en un francés chapucero, pero se hacen entender.

Lo que está claro es que, aunque nadie ahí dentro sea de esta tierra que nos da de comer, la actitud, los gestos y estas ansias de comunicación, me hacen pensar que muchos de nosotros nos sentimos  en casa gracias a, precisamente, este crisol de culturas que le pone color a la ciudad.

La cualidad de las ciudades

2 marzo 2015

Estábamos sentadas en sendos bancos bajo una pared llena de esos relojes que marcan la hora de Moscú, Tokio, París, Nueva York, Londres, Sídney y Buenos Aires. Siempre las mismas ciudades, como si no hubiese más ciudades en el mundo. Si yo tuviese que poner esos relojes, elegiría otras ciudades como Chisinau, Antananarivo, Manila, Quito y Pyongyang, para darlas a conocer un poco. Otra cosa que haría sería cambiarles la pila a esos relojes; es absurdo, pero nunca funcionan, y si lo hacen, nunca marcan la hora real.

Yo estaba bajo el reloj Moscú y tú bajo el reloj Buenos Aires. Cuando te acercaste a hablar conmigo, le di un buen bocado a mi bocadillo para evitar tener que contestarte enseguida. Evité sonreír toda la conversación, convencida de que tenía los dientes llenos de restos de comida. Seguro que pensaste que era antipática.

-¿Sabes?- me dijiste-, me muero por ir a Buenos Aires. Pero solo he estado en Moscú.

-¿Y cómo es?

-Es un sitio metálico. Buenos Aires, en cambio, tiene pinta de ser un lugar muy madera.

-Es una definición extraña-, te dije conteniendo una sonrisa escéptica.

-Sí. Lo sé. Te lo explicaré: la madera se puede pintar fácilmente. Por eso Buenos Aires está llena de colores. Además se contrae y se expande según la temperatura. Buenos Aires parece así de flexible, de maleable. La madera no está fría por definición, pero puede estarlo. Como Buenos Aires, que es cambiante. Y además puede ser lisa, fácil, amable. Pero también puede estar llena de astillas, puede hacer heridas, puede arañar. Como Buenos Aires. Una amiga de allí la llamaba la ciudad de las mil caras.

-No lo había oído antes…

-La madera, como Buenos Aires, puede ser dura si te da en la cabeza. Pero puede ser un buen banco, una cama, una silla, un lugar acogedor. Todo depende de la forma que se le dé, de cómo se moldee. Como a Buenos Aires. Es un material barato, como Buenos Aires, pero cuidado con cariño puede ser valiosísimo y carísimo. Y, como la madera, Buenos Aires parece un sitio natural, conectado con la tierra, con potencial para volver a ella con el tiempo.

-Tienes razón. Moscú es totalmente metal.

-Me alegro de haberme explicado. Me tengo que ir, tengo que coger el vuelo… Buen viaje.

-Gracias. Lo mismo te deseo. ¿A dónde vas?

-A un sitio arena.

-Pues… ¡pásalo bien en Estambul!

-Gracias-, y sonreíste contenta de que por fin alguien hubiese entendido tus teorías sobre la cualidad de las ciudades.

Conocidos, nada más

27 febrero 2015

Eleonora se quejaba todo el rato de que estaba sola en esta ciudad llena de gente y yo intentaba demostrarle con hechos, más que con palabras, que me tenía a mí. A pesar de que esa punzada de pena que se me clavaba al escucharla decir eso, sin tener en cuenta lo que yo pudiera pensar, seguía a su lado porque me gustaba su compañía, y tenía la esperanza de que en eso fuese a cambiar. Pero no servía de nada; pasaba el tiempo y seguía diciendo que ella no tenía amigos en esta ciudad, al menos no como los que la esperaban en su Argentina natal y en los muchos sitios donde había echado raíces por un tiempo.

En sus crisis de soledad, tan recurrentes, la escuchaba y trataba de animarla proponiéndole cada vez unirse a mis planes. Por suerte, yo sentía lo contrario; era en esta enorme ciudad donde yo por fin había encontrado el equilibrio exacto de soledad y compañía que quería, donde podía ser anónima y, al mismo tiempo, sentir que formaba parte de una comunidad y donde podía, por fin, elegir si quería salir o no. Allí nada importaba, nadie te recriminaba nada, porque los lazos no eran tan fuertes como para exigirse nada los unos a los otros. Y yo, que acariciaba esa independencia emocional con infinito alivio, no entendía por qué esa angustia en Eleonora, ella que lo tenía todo para sentirse tan bien acompañada.

El día de su cumpleaños, intenté organizarle una fiesta sorpresa. Reuní a lo que para mí eran amigos y para ella eran simples conocidos y les dije que era su cumpleaños y quería sorprenderla, ya que estaba segura de que pasaría su día sola. Mi apartamento era pequeño y vino muchísima gente, así que en un momento fuimos muchos apiñados en mi saloncito. Pero no nos importó; estábamos contentos, éramos jóvenes y teníamos toda una fiebre de viernes noche por delante. Y sobre todo, íbamos a demostrarle a una persona que nos importaba. Un cosquilleo de felicidad compartida recorría el salón como una ola de brazos en un estadio.

Eleonora iba venir a eso de las 21.00 a mi casa a cenar, envuelta en su halo de amargura habitual. Cuando estábamos todos ya callados con las luces apagadas, pensando que no tardaría en llegar, me llamó y me dijo simplemente: «Ché, ¿sabés? No me apetece ir a cenar… Si tuviese amigos en esta ciudad… pero solo tengo conocidos, no merece la pena… Me quedo en casa viendo la tele. Perdoname, ¿viste? Chau…».

Y colgó antes de que me diese tiempo a replicar. Dolida, apuñalada de nuevo en la misma herida nunca cicatrizada, volví a sentir sobre los hombros el «conocida y nada más», a pesar de tantos momentos compartidos y tanto apoyo recibido. Una vez más era rechazada por no estar a la altura de unas expectativas que ni ella misma alcanzaba siquiera a rozar.

Decidí, en ese momento, despedirla de mi vida a lo grande, con la mayor fiesta que aquella enorme ciudad conoció jamás. Bailamos, bebimos, cantamos, reímos, jugamos. Algunos incluso nos enamoramos fugazmente aquella noche. Hubo quien me llegó a decir que había sido la mejor fiesta de su vida. Y no pocos me abrazaron y me dijeron que Eleonora tenía la mejor amiga del mundo. La bacanal duró hasta bastante más allá del amanecer, hasta que nos abandonaron las energías y el cerebro nos pidió a gritos descanso. Al despertar por la tarde, con la consiguiente resaca y el que sería mi ligue del verano adormilado en la cama, descargué las cientos de fotos tomadas a conciencia y, bajo el título de «cumpleaños de Eleonora», le envié la carpeta por email. Luego, me acurruqué bajo la axila de mi ligue a quien, al verme entre llorosa y riendo, le ofrecí la única explicación posible: «Qué cierto eso de que no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos, ¿verdad?».

Milagros

26 febrero 2015

Abro los ojos y me doy cuenta de esta nueva realidad enseguida, al segundo. No puedo sonreír, porque hay tubos que me bloquean las comisuras de los labios, pero la felicidad tiene sus vías de escape y decide salir por los ojos. Mi madre, a mi lado, me seca el borde de la cara con el dorso de la mano y, como ella sí puede, sonríe con un «hola, hija». Luego coge a Nico en brazos, lo pone en el borde de la cama para que me vea y, cuando sonríe, veo que por fin se le ha caído aquel diente que también peleaba por sobrevivir.

Algún día querría conocer a la familia, pero sé que nunca será posible. Querría ir a su casa, llenarlos de abrazos, ofrecerles el consuelo que puedan necesitar y, si quieren, festejar discretamente el inicio de una vida. Sin embargo, a pesar de esta gratitud tan sincera que me muero por expresar, no tengo manera de conocer a la familia de la persona que, con mucha sensatez, me dejó su bien más preciado.

A quien sí puedo agradecer en persona es a los médicos que, tras años de esfuerzos, de sacrificios y de una tremenda valentía, han conseguido reconectar mis fuerzas al torrente de la vida. Ellos han logrado que pueda seguir viendo a Nico crecer y a su padre envejecer. Para ellos lo que han hecho es algo cotidiano y estoy segura de que ni lo piensan antes de acostarse. No piensan en la enorme proeza que han conseguido con su cerebro, sus manos y unas pocas herramientas como únicas armas. Me sorprende cómo, a pesar de jugar a ser Dios, ellos no se acuestan enaltecidos entre cánticos y oraciones, no viven rodeados de alharacas ni son objeto de adoración. Simplemente cierran los ojos y se alejan del mundo poco a poco, como lo hizo aquel ángel que fue arrastrado al cielo antes de tiempo dejando en la tierra un regalo intacto para mí. Ni los unos ni los otros imaginan que yo, para siempre a partir de ahora, cerraré los ojos cada noche y será un «gracias» lo que deje volar, esperando que por arte de magia les llegue una mínima parte de esa gratitud sincera que nunca podré expresar en toda su verdad.

Amanece un nuevo día

25 febrero 2015

Cuando amanece y se crea un nuevo día, las cosas resurgen con otra textura. Los matices de las cosas se solidifican, los sonidos parecen espesarse y la cualidad de cada materia se vuelve dura, con contornos cortantes y colores que te gritan a la cara. Los monstruos de los niños se cobijan bajo sus camas, las sombras se deshacen como el hielo en el cubata y poco a poco la realidad vuelve a su ser normal. La cotidianeidad toma su forma de nuevo con la fiereza con que lo hace un león alcanzando a su presa y nada ni nadie puede escapar. El motor de la tierra arranca y, una vez más, el silencio de la noche se ahoga entre los gritos desesperados de una sociedad que lucha por avanzar.

En pocos segundos se ha creado un nuevo día, y esta es una verdad tan poderosa que rara vez nos detenemos a apreciar. Pero no debería ser tratado con banalidad porque, imagina por un momento… ¿Y si mañana no sale el sol?

¿Y si mañana te despiertas y el reloj, como cada día, marca las 7? Miras por la ventana con los ojos aún más cerrados que abiertos y es de noche, así que te das la vuelta y sigues durmiendo hasta que, alarmado, saltas de la cama. Un momento. ¿No hay algo raro en el ambiente?

Miras el reloj y son las diez. ¿Las diez? Imposible. Compruebas en el móvil y, sí, son las diez. ¿Cuánto he dormido? Te preguntas aturdido. Pronto te das cuenta de que el mundo entero está conmocionado; las llamadas, de tu madre, tus hermanas, tus hermanos, tus amigos, tu jefe… Todo el mundo -una parte, en realidad- conectado ante este hecho inusual.

Enciendes la luz, qué remedio, y luego el ordenador, la radio y la televisión, todo a la vez. Oyes a tus vecinos en el descansillo, pero nadie parece saber nada. Una ola de angustia se apodera de tu garganta al leer que los científicos de todo el planeta no entienden qué ha podido pasar. Siempre confiaste en ellos, en su capacidad para predecir lo impredecible, para evitar lo inevitable y, sobre todo, para corregir lo incorregible. Y, ahí están, tan mortales como los demás, tan aturdidos que contemplan el suicidio como la única vía para huir del escarnio mundial. Asumen la carga de una culpa que no les pertenece, pero ya se sabe, siempre tiene que haber un cabeza de turco…

Pasan las horas. Las doce, la una, las dos, las tres… ¿volverá el sol al atardecer en este mundo enloquecido? Luces y más luces se prenden en todas las casas, incluso en aquellas habitaciones vacías, como si la ausencia de Lorenzo quedase disfrazada de energía artificial. En algunas partes del planeta no queda más remedio que volver al fuego primigenio como cada noche, despistados porque creen haber dormido demasiado y no son capaces de calcular qué momento del día es. Algunos creen haber muerto y encontrarse en un infierno personal, y lamentan una vida llena de pecados que, en realidad, nunca supieron haber cometido. Caos mundial, todos haciendo preguntas y nadie ofreciendo respuestas. Y las horas pasan y pasan, y llega el momento en que debería haber atardecido y nada cambia.

Has pasado el día pegado a las pantallas porque han prohibido salir. Has hablado con gente que te importa para dar palabras de consuelo inventadas, que no te crees ni tú: «será un experimento social», «estos del gobierno lo sabían, estos cabrones nos ocultan información», «no te preocupes que volverá, ¿cómo no va a volver?», y mil frases más. Y mientras tanto, aunque dabas por hecho que entre todas las cosas que podían ir mal en esta vida, entre todas las cosas que podían fallar, entre todas las verdades que podían callar, lo cierto es que siempre supiste que la llegada de un nuevo día era la única cosa que seguro que no iba a faltar.

Al día siguiente van llegando noticias, hipótesis y, como agua de mayo, soluciones a nivel mundial. Focos, cañones de luz, grandes espejos, reflectores y miles de opciones más y, como ya no sabes a si es verdad, en lugar de tratar de convivir con la oscuridad te aferras a sus promesas sin poder creer que llegará un día en que los niños no sepan ni lo que es la luz solar.

Magia pura

24 febrero 2015

Tendría que haber apreciado más esa magia. Pura magia, eso era, el hecho de que siempre hubiese papel higiénico en casa. Magia que nunca faltase leche, ni pan, ni huevos, ni jabón, ni nada. Que las sábanas siempre estuviesen puestas. Magia que yo dejase una noche mi ropa sucia en una cesta y reapareciese al día siguiente limpia, planchada, cosida, como nueva. Que las heridas dejasen de escocer con un beso. Que me durmiese siempre antes de terminar el cuento, aunque no tuviese sueño. Magia que supiese absolutamente todo lo que le preguntase. Pura magia, eso era, magia y nada más.

Daba por hecho que esa magia siempre estaría ahí, lista para disponer de agua caliente a las duchas, luz tras los interruptores y comida sobre el plato. La magia era incluso capaz de proporcionar un abrigo caliente, porque el calor de la calefacción que la propia magia nos daba no llegaba a la calle. La magia, que era tan lista, sabía de qué talla exacta necesitaba yo mis zapatos y la cantidad exacta de azúcar en la leche que, la magia lo sabía bien, estaba siempre a la temperatura perfecta. También era magia que supiese que estaba a punto de ponerme mala con solo mirarme un momento, como magia era que tuviese siempre un jarabe a mano para curarme.

La magia, tan lista como de costumbre, supo prever que un día se apagaría y dejó todo bien atadito para que supiese utilizar su varita yo también. Tomé ese relevo hace dos años, pero se olvidó de contarme las palabras mágicas que desataban el conjuro y, desde entonces, no paro de pensar en el secreto para ser capaz de hacer magia yo también y, sobre todo, tan bien.

No soy yo

23 febrero 2015

No soy yo, eres tú. No, no, cariño, me has oído bien: no soy yo. Eres tú.

No soy yo quien cada noche ronca como un monstruo del averno. No soy yo quien se despierta y hace pis dejando el borde hecho un asco. No soy yo quien termina el papel higiénico y nunca tira el cartoncito y lo repone con un rollo nuevo. No soy yo quien deja la mesa llena de migas del desayuno, como tampoco soy yo quien eructa nada más terminar de comer y no pide perdón. Ni soy yo quien deja el lavabo lleno de chorretones de pasta de dientes, ni soy yo quien sale de la puerta sin saludar, sin desear buen día al resto, sin agradecer que tenemos 24 horas recién salidas del horno cargadas de responsabilidades, sí, pero de potenciales alegrías también.

No soy yo, eres tú. Eres tú quien cada tarde se va al bar. Eres tú quien no se acuerda de que es el cumpleaños de Virginia. Ni de ninguna fecha importante. Eres tú quien piropea a la camarera, incluso en mi presencia. Y eres tú, solo tú, quien se cree que no me he dado cuenta de que la has piropeado. Eres tú quien nunca me contesta a los mensajes. Y eres tú quien pasa el rato en el que me he escapado para almorzar contigo pendiente de si entra algún compañero tuyo en el bar para que se siente a comer con nosotros.

No soy yo, eres tú quien, al llegar a casa, deja la chaqueta por ahí tirada. No soy yo quien se escaquea de hacer la cena, ni soy yo quien se relaja frente al sofá sin asegurarme de que los niños se bañan, hacen los deberes y tienen la mochila preparada. Tampoco soy yo quien suele gritar enfurecida al televisor cuando sale otro caso de corrupción, ni soy yo quien enloquece porque el Barça haya marcado, ni soy yo quien vuelve a hacer alguna llamada de trabajo cuando hace tiempo que la casa está en silencio. No soy yo quien se pega a tu espalda cuando toca dormir, ni quien te soba el cuerpo sin ningún respeto ante las ganas de descansar por fin, ni quien no entiende que «no» significa «no», y no «insiste, que al final será sí».

Por eso, cariño, no soy yo quien termina la relación. Eres tú, y solo tú, quien ha acabado con nosotros.