Amanece un nuevo día

25 febrero 2015

Cuando amanece y se crea un nuevo día, las cosas resurgen con otra textura. Los matices de las cosas se solidifican, los sonidos parecen espesarse y la cualidad de cada materia se vuelve dura, con contornos cortantes y colores que te gritan a la cara. Los monstruos de los niños se cobijan bajo sus camas, las sombras se deshacen como el hielo en el cubata y poco a poco la realidad vuelve a su ser normal. La cotidianeidad toma su forma de nuevo con la fiereza con que lo hace un león alcanzando a su presa y nada ni nadie puede escapar. El motor de la tierra arranca y, una vez más, el silencio de la noche se ahoga entre los gritos desesperados de una sociedad que lucha por avanzar.

En pocos segundos se ha creado un nuevo día, y esta es una verdad tan poderosa que rara vez nos detenemos a apreciar. Pero no debería ser tratado con banalidad porque, imagina por un momento… ¿Y si mañana no sale el sol?

¿Y si mañana te despiertas y el reloj, como cada día, marca las 7? Miras por la ventana con los ojos aún más cerrados que abiertos y es de noche, así que te das la vuelta y sigues durmiendo hasta que, alarmado, saltas de la cama. Un momento. ¿No hay algo raro en el ambiente?

Miras el reloj y son las diez. ¿Las diez? Imposible. Compruebas en el móvil y, sí, son las diez. ¿Cuánto he dormido? Te preguntas aturdido. Pronto te das cuenta de que el mundo entero está conmocionado; las llamadas, de tu madre, tus hermanas, tus hermanos, tus amigos, tu jefe… Todo el mundo -una parte, en realidad- conectado ante este hecho inusual.

Enciendes la luz, qué remedio, y luego el ordenador, la radio y la televisión, todo a la vez. Oyes a tus vecinos en el descansillo, pero nadie parece saber nada. Una ola de angustia se apodera de tu garganta al leer que los científicos de todo el planeta no entienden qué ha podido pasar. Siempre confiaste en ellos, en su capacidad para predecir lo impredecible, para evitar lo inevitable y, sobre todo, para corregir lo incorregible. Y, ahí están, tan mortales como los demás, tan aturdidos que contemplan el suicidio como la única vía para huir del escarnio mundial. Asumen la carga de una culpa que no les pertenece, pero ya se sabe, siempre tiene que haber un cabeza de turco…

Pasan las horas. Las doce, la una, las dos, las tres… ¿volverá el sol al atardecer en este mundo enloquecido? Luces y más luces se prenden en todas las casas, incluso en aquellas habitaciones vacías, como si la ausencia de Lorenzo quedase disfrazada de energía artificial. En algunas partes del planeta no queda más remedio que volver al fuego primigenio como cada noche, despistados porque creen haber dormido demasiado y no son capaces de calcular qué momento del día es. Algunos creen haber muerto y encontrarse en un infierno personal, y lamentan una vida llena de pecados que, en realidad, nunca supieron haber cometido. Caos mundial, todos haciendo preguntas y nadie ofreciendo respuestas. Y las horas pasan y pasan, y llega el momento en que debería haber atardecido y nada cambia.

Has pasado el día pegado a las pantallas porque han prohibido salir. Has hablado con gente que te importa para dar palabras de consuelo inventadas, que no te crees ni tú: “será un experimento social”, “estos del gobierno lo sabían, estos cabrones nos ocultan información”, “no te preocupes que volverá, ¿cómo no va a volver?”, y mil frases más. Y mientras tanto, aunque dabas por hecho que entre todas las cosas que podían ir mal en esta vida, entre todas las cosas que podían fallar, entre todas las verdades que podían callar, lo cierto es que siempre supiste que la llegada de un nuevo día era la única cosa que seguro que no iba a faltar.

Al día siguiente van llegando noticias, hipótesis y, como agua de mayo, soluciones a nivel mundial. Focos, cañones de luz, grandes espejos, reflectores y miles de opciones más y, como ya no sabes a si es verdad, en lugar de tratar de convivir con la oscuridad te aferras a sus promesas sin poder creer que llegará un día en que los niños no sepan ni lo que es la luz solar.

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