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Todo encaja, funciona y fluye

1 octubre 2015

Verónica encierra su mano suave y tersa en la suya, llena de venas, arrugas y manchas, y siente pena. Es la primera vez que siente pena desde que sabe que va a morir. Verónica, no Verónika, no decide morir, pero no le queda más remedio porque tiene ya ochenta y nueve primaveras a sus espaldas y sabe muy en sus carnes que a todo hijo de vecino le llega su hora.

Cristina mira hacia arriba, clava sus enormes ojazos marrones en los pequeños ojillos grises de su abuela y siente alegría. Sin saber todavía ponerle un nombre, siente también una inmensa gratitud por esa abuela que le dedica tiempo, que la educa y le consiente, y a la que ella ve inmortal.

Verónica ya la echa de menos y querría ahora mismo poder tener la edad de su nieta y volver a vivir desde el principio. Cambiaría pocas cosas, quizá ninguna, pero saborearía cada momento como parece hacerlo Cristina, que aún está en esa maravillosa edad de verlo todo de colores.

Verónica entendió eso cuando empezó a pensar que le quedaba poco para morirse, por ley de vida. Luchando por no perderse las tardes en el parque, cotidianas y nada banales, trata de ver a través de los ojazos marrones de su nieta aquello que sus pequeños ojillos grises ya no le permiten ver. De esa manera, como si hubiese recuperado un poco la vida, tiene una segunda oportunidad antes de echar el telón de un escenario donde no se cuece nada especial pero todo encaja, funciona y fluye.

1 de octubre, Día Internacional de las Personas de Edad.

Fossila

28 septiembre 2015

Recibió aquel precioso fossila cuando cumplió la mayoría de edad, a los tres años. Su madre había estado cultivándolo en los corales del Abismo desde que eclosionó su huevo y, siguiendo la tradición de su cardumen, se lo entregó con infinito amor y ternura para marcar en público su recién adquirida madurez. Sølvÿa quedó maravillada por la belleza de aquel fossila: una flor perfecta en el centro rompía la serenidad de su superficie violeta, masticada de escamas. Su madre había horadado la parte superior para hacer espacio a un largo trozo de kelp, de manera que pudiese anudarlo sin problemas, y su forma delicada, de contornos suaves, era lo suficientemente grande como para imponerse en su cabellera color salmón. Un objeto precioso, fruto del amor de una madre que cultiva una joya para su hija con la única intención de verla brillar.

Sølvÿa sintió un inmediato mordisco en el alma tan pronto le ataron su pelo con él. La larga cabellera que acompañaba el movimiento acompasado de su cola desapareció bajo el yugo de aquel regalo, y ante la atenta mirada de una familia borracha de orgullo, probó a nadar con él. Se sintió torpe, absurda, tremendamente pequeña. Poco quedaba de su imponente figura, de su magnífica estampa que se abría paso entre las olas. Ahora más bien parecía un tritón recién nacido, desprovisto de feminidad, de poesía, de misticismo.

Mientras toda la familia sonría con un reconocimiento íntimo henchido de añoranza, Sølvÿa trataba de controlar aquel balanceo que nada tenía que ver con su aleteo, otrora sensual y melódico. Tuvo que tragar agua para deslizar las lágrimas que amenazaban con atenazarle el alma.

A pesar de que durante días le repitieron que se le pasaría, que se acostumbraría a nadar como adulta, que recuperaría su equilibrio y majestuosidad tan pronto dejase de llorar por su melena, Sølvÿa terminó arrancándose aquella flor de piedra de su cabeza y la lanzó de un aletazo tan lejos como se lo permitió su cola de joven sirena. El marinero que lo encontró en la cubierta de su barco pegó las dos mitades con infinita paciencia y mirando aquella joya blanca, ya no violeta, se preguntó de dónde vendría y, sobre todo, a qué afortunada mujer se la regalaría.

Globo pinchado

16 septiembre 2015

Macarena siempre había querido montar en globo aerostático. Siempre, desde que tenía uso de razón, le fascinaba cómo un globo, no tan distinto de los que veía en las fiestas de cumpleaños, podía llevarla a acariciar nubes, ver el vuelo de las aves de cerca y perder la perspectiva de lo grande o pequeña que podía ser una casa. Su madre le decía que algún día montarían y ella se lo iba creyendo, hasta que llegó la pubertad y empezó a leer mejor las señales que le enviaba su madre: detrás de un “sí, sí, ya iremos” siempre se escondía una cara de “que te crees tú eso”.

En plena adolescencia se dio cuenta de que no encontraba a absolutamente nadie que compartiese su fascinación y que estuviese dispuesto a escucharla durante más de un minuto hablar sobre lo increíble que era que un globo de tamaño considerable cargado de personas pudiese volar tan alto utilizando una técnica tan simple. Cuando ingresó en la universidad, Macarena empezó ingeniería aeroespacial. Allí conoció a su primer novio, un chaval insulso y medio tímido que le prometió pedirle matrimonio en un viaje en globo. Pero esto, como la mayoría de promesas, nunca ocurrió.

Macarena tenía ya 57 años cuando por fin logró la oportunidad. No tenía familia, vivía de alquiler y era bastante feliz con su trabajo de secretaria, puesto que nunca terminó la carrera. Había ido posponiendo el momento, unas veces por falta de dinero, otras por falta de salud, muchas otras porque no era el momento perfecto, sin saber que en realidad casi siempre fue por falta de iniciativa, por no saber decir que no al impulso vencedor del “bueno, ya lo haré, ¿qué prisa tengo?”.

El día en que salió por la puerta estaba contenta, nerviosa, emocionada porque por fin iba a ver el mundo a sus pies, pero terminó por dejar de ver el mundo del todo cuando las fuerzas, y con ellas la oportunidad de un sueño que siempre persiguió a medias, le flaquearon poco después del impacto de la maceta sobre su cabeza.

Hacia el balcón

14 septiembre 2015

Iba acelerada con el cesto colgado del brazo, la mantilla medio caída y el pelo en un moño revuelto. Los higos de India estaban en su mejor momento y la miraban desde la cesta con un canto de sirenas, pero a pesar del calor, que ya empezaba a ser  intenso a mediodía, ella se resistía a quitarse la mantilla y sobre todo, a comer en la calle. En aquellos primeros años de la década de los 30 de un pequeño pueblo de la Italia meridional, todavía había un sinnúmero de cosas que una señorita no debía hacer en la calle. Corriendo, preocupada por la pasta que todavía tenía que amasar y cocer para el almuerzo, entró en el portal al tiempo que Alberto se tragaba las ganas de, por fin, hablar con ella.

Hacía ya tiempo que la guerra civil había estallado en España, y preocupado ante la perspectiva de verse obligado a combatir con las tropas de Mussolini en apoyo a Franco, decidió llevarse al menos un recuerdo del motivo más grande por el que tenía que volver con vida. La guerra, España, el resto de Italia… todo lo que no fuesen ellos dos quedaba para él tan lejos como lo estaba el balcón de ella desde el lugar donde él se paraba cada día a espiar.

El coraje que le definiría en los tiempos de la batalla tardó poco en aflorar. Hasta ese momento, Alberto se contentaba con ver a María en el balcón, observarla en sus tareas cotidianas, admirar sus movimientos desde la distancia y sentirse seguro de que podía observarla con la tranquilidad del fantasma enamorado. Se dijo, mientras pagaba una lira al fotógrafo del pueblo, que algún día sus nietas heredarían esa foto furtiva y podrían imaginar, inventarse, suponer la intensidad de un amor sin el cual tampoco existiría su historia.

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Chapó

30 julio 2015

Teodoro es un hombre de costumbres y siempre lo ha sido. Cuando era niño, se levantaba a la misma hora, aunque fuese festivo, y desayunaba lo mismo de pie en la barra del bar de debajo de su casa: churros con zumo de naranja. Su padre pedía un café y fumaba un puro, y en cuanto cumplió catorce años le dieron permiso para incorporar una taza él también. Lo del puro, por suerte, nunca le llamó mucho la atención…

Durante años siguió paso a paso su rutina, tanto en la mañana como en la noche. Poco antes de irse a dormir a las 10 clavadas, iniciaba un ritual muy medido que consistía en cepillarse los dientes, lavarse los pies, lavar las gafas con jabón y agua fría, ponerse el pijama, ponerse unos calcetines y remeter el bajo del pantalón del pijama para que no se le subiese en la noche, leer un capítulo –ni uno más, ni uno menos- del libro de turno, rezar un padrenuestro, poner la alarma y estirarse todo lo largo que era para dormir boca arriba pensando, invariablemente, en lo que le aguardaba al día siguiente.

Ahora que ronda ya los setenta años, sigue levantándose a la misma hora y sigue desayunando lo mismo, sigue prefiriendo la prensa en papel y sigue viendo las noticias de la 2 por la noche, mientras se toma la manzanilla que, como lleva años repitiendo religiosamente, le ayuda a conciliar el sueño.

Teodoro es madrileño y, desde niño, ha ido al Rastro cada domingo. Pasea, regatea con los vendedores que ya le conocen y saben que siempre se va sin comprar nada, y termina la mañana con una tapita de anchoas y una clara con casera, nada de limón. Es un hombre de costumbres, meticuloso, algunos dicen que maniático, pero no es verdad; no le da un ataque de ansiedad ni de furia si no puede hacer lo que quiere, pero sí le incomoda y en casos extremos le entristece. Siempre ha abrazado esa rutina que, con el paso de los años, no ha hecho sino apretarse más y, si esta rutina está plagada de recuerdos de aquellos que ya no están, más aún. Eso explica por qué hoy Teodoro tiene lágrimas en los ojos y no las puede contener, a pesar de tener ya una edad. Y es que, sin su Café Comercial, no sabe dónde podría ir a desayunar.

Cuzco

28 julio 2015

cuzcoLo que más le interesa a la gente es, sin duda, el Machu Picchu. Cualquiera sabe que es espectacular, una zona mística donde confluyen arte e historia. Las manchas de turistas siempre quieren saber sobre el Machu Picchu, y rara vez se paran a preguntarme algo sobre la plaza de armas de Cusco o incluso sobre Ollantaytambo, que es tan fascinante. Pero bueno, no se lo puedo reprochar, entiendo que lo que más les interese sea el Machu Picchu, al fin y al cabo es a lo que vienen, ¿no?

Llegar a Machu Picchu es sencillo, sólo hay que coger un tren que te lleva a Aguas Calientes y, desde allí, un micro. Nosotros, con el tour, hacemos esta ruta para que mis grupos no se pierdan la oportunidad de montar en el tren, porque es toda una experiencia.

Yo tengo cincuenta y tres años, y llevo trabajando como guía turístico para la zona de Cusco desde que tenía veintiuno. Me gusta mi trabajo, por el contacto con la gente y por el contacto con mis raíces. Siento un profundo orgullo cuando los turistas se quedan como colgados de mi boca al explicarles las anécdotas más interesantes de este lugar que, para mí, es mágico.

En todos estos años, como se podrán figurar, he vivido gran cantidad de momentos y de anécdotas. Sin embargo, el más extraño lo viví hace unas semanas.

Ocurrió justo después de que finalizaran las vacaciones de Navidad. Hacía un calor horrible los primeros días de enero, algo inaudito en esta zona, y yo no tenía ninguna gana de ir a trabajar. Mi única nieta, Andrea, acababa de celebrar su primer cumpleaños, que es el dos de enero, y estaba graciosísima descubriendo los juguetes que acababa de recibir, y yo no quería despegarme de ella. Mi esposa Paola me reñía constantemente porque parecía más chico que ella, decía, pero no podía evitarlo, se me caía la baba. Así que, por eso, recibí el día cinco al grupo de turistas más bien malhumorado.

Se trataba de un grupo de doce gringos, todos tan bien vestidos con sus cámaras de última generación, sus sonrisas siempre al punto. Reían bien alto y conversaban en un español fluido, pese a ser de los Estados Unidos, porque formaban parte de un programa innovador de una agencia de viajes tejana que combina las clases de español con visitas a países de habla hispana donde poder ejercitar su idioma con los locales, por apenas una luca gringa. Todos eran jubilados, pero parecían joviales y enérgicos, y se había creado el clásico ambiente pilas que siempre aparece en estos tours. Una de las maneras de darles a entender la diversidad de nuestro lenguaje es conocer diferentes países donde se hable español, así que la mayoría ya había visitado otros sitios como Argentina, España, México o República Dominicana. En consecuencia, hablaban un español amalgamado, con palabras de aquí y allá, y un acento gringo que lo sujetaba todo como podía. Era bien chistoso escucharles, siempre tan agradables conmigo, pero al principio yo no podía evitar sentirme malhumorado porque quería estar en mi casa de Wanchaq con la Andreíta, y descansando, que casi ni me había dado tiempo. Aquel grupo de jubilados eligieron un mal período, el calor está siendo demasiado intenso este año, y probablemente se preguntasen por qué el guía no estaba tan bien dispuesto a atenderles con chascarrillos y chilindrinas, como seguramente habían encontrado en otros lugares del Perú.

El primer día de aquel tour que habría de durar cuatro en la zona de Cusco, visitamos la ciudad, que permítanme añadir lo preciosa y rica que es. La plaza de armas es un regalo para la vista, insertada en la naturaleza, con todas las mujeres serranas que pasean de aquí para allá portando en sus recios brazos un trozo de tela de alpaca, una jarra con mate de coca o una pieza de cerámica artesanal. Estoy bien seguro, créame usted, de que el paraíso se encuentra por estas latitudes, y es por eso que no todos soportan bien la altura, porque el paraíso no está abierto para todos. Siempre les digo a mis turistas, entre risas y chascos, que si sienten alguna náusea, deberían ir prestos a confesarse al párroco don Damián, allá en la catedral, porque es una señal de que Dios les está vetando la entrada al Cielo.

Al final del primer día, cené con el grupo en un local muy coquetón en la misma plaza de armas, en un balconcito que da a la catedral. La música local y las conversaciones en torno al chicharrón y el pisco sour no eran suficientes para acallar el griterío de ese grupo de gringos, cuyo buen humor ya lo hubiese querido yo para mí.

Lo cierto es que, entre aquel grupo, había una mujer que no hubiese llamado la atención de nadie, a no ser que ese alguien hubiese sido observado con tanta insistencia como lo estaba siendo yo. Resultaba inquietante, si le digo la verdad, porque era tan silenciosa y apocada que no la veía venir, y de repente, ahí estaba, a mi lado, sin decir ni mu, sólo mirándome con unos ojos azules y saltones que impresionaban casi tanto como su cuerpecito encorvado, minúsculo, tan tela como una plumilla de paloma. Se llamaba Katerina y, de no ser por una mata de pelo blanco y fosco que abultaba más que ella, como el algodón, hubiese parecido más joven de lo que seguramente era. Al principio, me daba algo de lástima porque, en un grupo tan grande y bien avenido, ella era la única que se movía sola, como un fantasmilla que sigue al grupo, nada más que observando lo que le rodeaba, sobre todo a mí. Algunas mujeres en el grupo trataban de hacer amistad con ella, pero veían que era como escupir en un lago y dejaron de intentarlo. Y ella, para qué mentir, parecía aliviada cuando la dejaban perdida en sus mundos.

Aquella noche en el restaurante cuzqueño, estaba si cabe más lorna que durante el resto del día, mirándome como trasportada, sin casi probar bocado de aquellas delicias, ¡que casi hasta me ofendo! Yo me hubiese sonrojado si no lo hubiese estado ya por efecto del pisco sour, pero cuando me achispé lo suficiente para dejar de pasar vergüenza, decidí devolverle la mirada con la misma insistencia, pensando que eso sería suficiente para hacerle caer los párpados. Para mi sorpresa, la buena mujer que bien me sacaba diez años, me sonrió, ¡estaba coqueteando, la muy ruca! La situación me hizo tanta gracia que, en vez de palta, lo que sentí fue risa, y eso fue suficiente para que la muy ganza se pensase que estaba yo de coqueteo también.

Cuando terminamos de cenar eran alrededor de las nueve de la noche y una de las más animadas propuso tomar una última en algún bar de por ahí. Cusco es bien conocida por ser una ciudad movida, con sus discotecas y chinganas, pero igual me pareció que este grupo enorme de viejos gringos llamaría demasiado la atención. Así con todo, no me dejaron mucha elección y les llevé al local más abandonado que pude pensar, deseando que se pasase pronto la noche.

Katerina me seguía mirando en todo momento, sin bailar con los demás, sin conversar con nadie, simplemente bebiendo un pisco sour tras otro. Yo me había pasado a las chelas, pensé que el caldero sería menos fuerte y la Paola no se enteraría de la juerga por trabajo. El grupo en general era bien animado y no paraban de convidarme a las cervezas y a decirme lo bien que lo estaban pasando, que a pesar de ser cochos seguían disfrutando de unos bailes, y que eso en su país hubiese sido impensable. Se reían y se movían con muchísima vitalidad, todos menos Katerina que sólo me miraba apartada.

Cuando llegaron las doce de la noche, yo llevaba encima una bomba de aúpa y no me sentía con ánimo de coger el coche, que nunca se sabe, así que llamé a la Paola y le dije que me quedaba en el hotel de los turistas, que total me conocían y me darían una habitación, que estaba huasca como para conducir.

En cuantito que colgué el teléfono, me acerqué a la Katerina y le planté un beso de película, de esos con mucha lengua, y ella se dejó hacer, la muy carretona. El grupo estaba pasándoselo tan bien que no nos vieron salir por la puerta de atrás y echar una canita al aire en el patio trasero de la discoteca, entre los cubos de basura y algún gato despeluchado, entre gemidos del esfuerzo y susurros de prisa, entre el jale que no sabía que ella tenía y el paleteo que nos traíamos entre manos. Una experiencia, sí señor, tan divertida como chapucera.

Aquella noche, Katerina y yo dormimos en la misma habitación abrazados como si nos uniera algo. Volvimos a hacer el amor por la mañana de mala manera, ya más por no estar ahí callados, porque verdad es que la Katerina por la mañana no me pareció nada atractiva, y seguramente yo a ella tampoco. Cuando bajamos a la sala de desayuno, lo hicimos separados por diez minutos, que no queríamos despertar sospechas, y todo el grupo nos saludó sin chanzas, con toda la naturalidad del mundo. Si sabían o no, no me quedó nunca claro.

Aquel día visitamos Sacsayhuaman y Ollantaytambo, y allá también, la Katerina seguía mirándome con esos ojos saltones, sin pestañear. Iluso de mí, pensaba que tras la cana al aire se le habría pasado la obsesión por mirarme fijo, pero ella seguía allá clavándome esos ojos que parecía que iban a salir a darse un paseo. Fíjese si soy lenteja, que no creo ni que estuviese escuchando mis explicaciones, y vaya si me distraía que estuviese mirándome con tanto ardor. Ese mismo día decidí increparle, pero en la noche no encontré valor para apartarla de mí, que estaba encendida, la muy ruca, y volvimos a hacerlo, en la habitación del hotel esta vez, y cuando terminamos, cualquiera estaba con energías como para ponerse a dialogar sobre trascendencias. Yo no suelo sacarle la vuelta a la Paola mucho, pero volvió a tragarse mi cuento, o fingió tragárselo, yo creo que a la mujer ya le da igual y sabe que soy un palero y ni rechistó, y esa noche volvimos a dormir la Katerina y yo estrujados en la cama minúscula, yo comiéndome sus pelos blancos y ella aguantando mis ronquidos.

El tercer día marchamos a Machu Picchu, donde habríamos de pasar una noche en Aguas Calientes para regresar al día siguiente y partir en avión a Lima, donde otro guía monse se haría cargo ahora de la mañosa de Katerina. Partimos, como le decía ahorita, en el tren y, cuando llegamos, estábamos tan cansados que casi no tenían ganas ni de visitar el Machu Picchu, pero no les quedó otra que aguantar mi cháchara sobre incas e incautos, sobre el sangrón de Bingham, el Templo del Sol y la Plaza Sagrada.

Al atardecer, bajamos a Aguas Calientes y nos alojamos en el hotel más lujoso que había por allá, y aprovechamos los baños termales que nos aliviaron el cansancio, una medicina tradicional tan maravillosa como erótica. Ya se imaginarán ustedes cómo se me lanzó al cuello la Katerina en cuanto me descuidé, con esos brazos y esas yucas tan larguiruchas, que era imposible escapar de ellas. Me pregunté si no estaría templada, si no cometería una locura, que con esa cara de destornillada que se gastaba la mujer no me hubiese extrañado, así que decidí afrontarlo y le pregunté así, a bocajarro, si sabía que lo nuestro no era más que pura diversión, simple choque y fuga, que yo tenía a mi buena señora esperándome en mi hogar y que ella tenía que volverse a Texas y olvidarse. Entonces ella, que apenas me había hablado en todos esos días, demostró ser una buena charlatana y, en un español casi perfecto, se echó a reír como una loca, que parecía aún más loca que de costumbre, y también llorando a la vez, me contó su historia.

Por lo visto, la buena de Katerina había estado casada hacía diez años con un señor llamado Mario de la zona de Arequipa. Con él había tenido dos hijos, un varón y una hembrita, pero no se veían nunca porque hacían su vida en Miami, dejándola a ella sola con su agonía, según dijo hipando. Añoraba a su esposo, que había muerto así, sin avisar, y había venido al Perú con la esperanza de cumplir ese sueño de conocer su país, que nunca visitaron juntos porque él siempre tenía que trabajar. Había logrado reunir fuerzas para venir, por fin después de años de voltear la cabeza cuando veía un latino por la calle, pero había vivido los primeros días en el país con la sensación de vacío en el corazón. No había sentido nada en ningún momento, ni congoja ni emoción, ningún tipo de sentimiento que augurara un reencuentro con sus recuerdos. Paseando, cámara en mano, como una turista más, no sentía el calor de las tradiciones que el padre había inculcado a sus hijos, ni el vibrar de un espejismo cualquiera que le trajese de vuelta a su marido, aunque fuese en forma de ilusión. Cuando consideraba su amor muerto con el tiempo y el olvido, me vio y, siendo la viva imagen de su esposo, notó cómo se le inflamaba el corazón y le sobrevenían de golpe todos los momentos.

Nada más terminar su historia, tan bien contada en un español muy suyo, con los ojos saltones llenos de lágrimas, me miró muy fijo y dijo:

-Cuando te vi en el hotel supe que eras tú, Mario, y que merecíamos vivir una segunda luna de miel, porque me abandonaste tan pronto…-. Tenía la expresión un poco enloquecida y sentí cómo me daba un saltito el corazón. Entonces, yo traté de explicarle que me llamaba Adolfo, que Mario no era, pero no me dejó continuar, siguió mirándome con sus ojos saltones de embeleso, que me daban miedo y que no admitían reproches. Era como si se hubiese vuelto loca de repente, como si al decir en voz alta lo que le ocurría se hubiese abierto la caja de la cordura y, de pronto, no supiese con quién estaba hablando. Entonces, siguió en inglés, mucho más alterada:

-Ay, Mario, me has abandonado en lo mejor de la vida. Cuando teníamos a los niños criados, cuando por fin podíamos vivir nuestro amor sin ataduras, vas tú y te mueres, dejándome sola, solísima, que a los niños los criamos mal porque me han abandonado también. ¿Es ese el concepto de familia que se vive en tu país, el de abandonar a tus seres queridos? Mario, podías haberme llevado contigo, pero hasta en eso fuiste egoísta. Te extraño tanto, pero tú te has ido sin preguntarme, decidiste que querías irte y que te ibas y punto-. Entonces, hizo una pausa larga, infló el pecho todo lo que pudo y, mirándome perdida, estalló:

-Te has ido con esa, ¿verdad?-. Aquí yo me asusté de veritas, no me parecía la misma, con ese fuego en los ojos saltones, y entonces comenzó a gritar y a echarme en cara no sé cuántas infidelidades y abandonos y desprecios, y yo me acordé de mi Paola, tan buena ella, cuidando de Andreíta en nuestra casa de Wanchaq, ella sola, y me dio tanta culpa que se me escapó una lágrima a mí también, fíjese usted, un hombre hecho y derecho, viejo si quiere, llorando de culpa. Y ella seguía moqueando desconsolada, la Katerina, y yo no sabía qué hacer para calmarla, si seguirle el juego y fingir ser el tal Mario y pedirle perdón, o intentar sacarla de su ofuscación, pero ella hablaba sin parar, sin dejar que la interrumpiese. Por fortuna, poco a poco se fue calmando hasta quedarse tranquila, como desinflada, y yo pasé la noche mirando al techo, trastornado también, pensando cómo una persona puede sentirse tan mal habiendo recibido la reprimenda que le corresponde de la persona de la que menos se lo merece.

La Katerina se despertó como si nada a la mañana siguiente, la muy zapatilla. Empacó sus cosas con calma, como si no se acordase de nada y se marchó sin despedirse, con los ojos mucho más relajados, ¡nada que ver! Quizá la buena mujer sólo necesitaba su segunda luna de miel y decirle a su marido todo aquello que no le dijo en años, descargar toda la furia que le hacía sentirse mal para recobrar la paz que le correspondía, o qué se yo.

Por mi parte, volví a mi casa en Wanchaq y le dediqué a mi mujer todo el tiempo de que fui capaz hasta que el siguiente tour me hizo marchar. Sin embargo, desde aquello que me pasó con Katerina, no he podido zafarme de esta sensación de culpabilidad, que me hace imaginarme a la buena de Paola desquiciada como la Katerina, saltándose al cuello de cualquiera, y sintiéndose tan infeliz por mi culpa, y no puedo con eso, de verdad que no, porque la Paola siempre ha sido una mujer dedicada, una buena mariachi. Y yo creo que la Katerina era un poco bruja o algo y me pasó su malestar, porque yo siempre he sido un poco patero, un poco pendejo, y nunca me había sentido mal, pero como que me ha transmitido lo que sentía y ahora ella estará despejada y mansa y yo no, ni un poquito. Y por eso se lo cuento a ustedes, aquí en la intimidad de esta chingana, para ver si yo también consigo sacarme de encima esta angustia que no me deja ni dormir y vuelvo a ser el que era, un poco tramposo, sí, pero también bastante zanahoria.

Perlas a los cerdos

27 julio 2015

Tiene un corazón apasionado, repleto de ganas, pero su vulnerabilidad la hace partícipe de sus tristezas. De forma recurrente se ha chocado contra muros infranqueables, ha tenido que afrontar las ganas de ignorarse a sí misma, ha tenido que repetirse concienzudamente que caer en la tentación de verle, de llamarle, de regalarle un minuto de su tiempo equivale a tirarle perlas a los cerdos. Qué visual, esa imagen, qué acertada resulta y qué bien expresa una emoción que a casi nadie resulta desconocida…

Amiga, déjame decirte que mientras supura, uno no se acostumbra a esa herida; seguimos arañándola hasta hacerla sangrar empeñados en creer que es la manera de conseguir que desaparezca. Pero un día llegará –créeme, tardará pero lo hará- esa persona que borre con sus besos tus cicatrices, que limpie con su risa los restos de tus lágrimas y que sepa desempolvar tu capacidad de entregarte sin miedo, esa capacidad que creías muerta desde hace tiempo pero que en realidad solo estaba dormida. Dormida porque estaba cogiendo fuerzas para el torbellino que se le avecina…

La persona que llegue no solo encajará su anatomía dentro de la tuya, sino que será una pieza en tu puzle de vida. Esa persona no solo verá los agujeros que quedan por rellenar, sino que será capaz de mirar las piezas que ya existen. Verá sus colores, sus formas y el conjunto del dibujo remachado de relieves, de texturas, de luces e incluso de sombras. Solo alguien con una sensibilidad acorde a tus expectativas aceptaría y amaría el puzle completo, colorido, emocionante, solo alguien así podría con tamaño desafío.

Cuando llegue, amiga mía, recordarás los arañazos con muy poca amargura y casi un puntito de sorna, y serás capaz de recoger el puñado de perlas a los pies de los cerdos para hacerte el collar más bonito y merecido del mundo. Pero, mientras tanto, por favor encuentra la manera de bailarle el agua a la vida e ignorar la tensión que genera esa espera que siempre, siempre culmina.

Arena de playa entre los dedos

24 julio 2015

Abro los ojos y veo solo azul. Azul puro, turbador, azul de mar y de cielo, azul como la pupila nerudiana que me clavas desde tu lado de la toalla. Sonrío con esa verdad que emana de lo más hondo y sin más preocupación que quitarme de encima el sudor del verano consumido, me lanzo corriendo hacia la orilla del Egeo, que me acoge en un abrazo potente, sincero.

Grecia μου, recorrer tus islas sin más techo que un manto de estrellas me llenó de recuerdos. Hoy lucho por evocarlos, en un pobre intento por retener esa juventud que se me escapa despacio, como lo hacía la arena de tus playas entre mis dedos.

Será un gran amor

22 julio 2015

Marina le ha mirado de reojo, pero no es hasta cuando Jacobo le habla que ella se da cuenta de lo guapo que es. Le contesta a su pregunta con un tímido, “sí, aquí vivo” y vuelve a mirar por la ventanilla, reprimiendo las ganas de preguntarle lo mismo. Menos mal que él es mucho más lanzado que ella e, intuyendo las ganas que se cuecen entre ambos, le dice que él también, que se mudó a Madrid hace apenas dos meses. “No conozco a mucha gente”, deja caer como quien no quiere la cosa.

Marina ha hecho ese trayecto Madrid-Orense en autobús un millón de veces desde que se mudó a Madrid para estudiar. El primer año trató de volver solo una vez al mes a su casa, pero al ver que era incapaz de forjar una sola amistad de verdad, terminó por volver cada fin de semana. Sus padres, hartos de insistir en que debía tratar de integrarse en la gran ciudad, empezaron a acogerla con el cariño propio de las circunstancias.

Marina se pone a mirar por la ventana y sonríe un poquito, deseando que él no se dé cuenta de que fracasa en su intento por ocultar la mezcla de vergüenza e ilusión. Él la sigue mirando más de frente y, sin que se le pase por la recámara del cerebro que igual le molesta, le pregunta su nombre. Luego se presenta él, “Jacobo”, y pasa a contarle cómo su nombre y Santiago son el mismo nombre, algo que Marina encuentra gracioso.

Poco a poco ella va deshaciendo los nudos de la timidez y consigue seguir la conversación con más templanza. Le aguanta la mirada, le sonríe en los silencios e incluso, cuando han hecho la parada de rigor, se han quedado ahí plantados en el asiento con tal de no interrumpir la charla. Se ríen, se intercambian el Facebook, ella se toca el pelo y él se mesa a barba. La conversación se va tornando más y más profunda y ambos han dejado bien claro, en las escasas 5 horas que dura el trayecto, que están encantados de conocerse por fin.

Esperanzados, divertidos, contentos, observan por la ventana que han llegado a su destino. Ella sonríe y él también, seguro de que volverán a verse. Pero entonces bajan del autobús y él observa con una bofetada de realidad la mirada desilusionada de ella al ver cómo recoge del portaequipajes la muleta sin la cual su cojera sería todavía más pronunciada, y se le congela la sonrisa en la cara. Esa mirada que ha visto en tantas chicas antes, que le doblega las ganas de seguir intentándolo, se le clava con más dolor que su cadera cuando va a llover. Mientras ella se aleja, Jacobo mira su espalda contonearse y en lugar de desear tener una cadera sana como la suya, desea que ella fuese menos superficial. Convencido de que nunca le hará ni caso, como tantas otras, borra el mensaje donde ella apuntó su contacto y se da media vuelta segundos antes de que se pose en su espalda la mirada de Marina que, como en toda película romántica que se precie, se da la vuelta para mirar una última vez al que, está segura, será un gran amor.