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Por fin, Catrina

17 diciembre 2015

Manuel era un escritor atribulado, siempre golpeado por una idea palpitante, siempre arrasado de lágrimas, de gritos que se agolpaban en las comisuras de los labios, de puñetazos sobre la mesa contra la palabra fugitiva, de agudos deseos emanados de su piel. Bebía el alcohol de su propia saliva, se despertaba en la noche ahogado en su propio humo, y la gota le atacaba con la frecuencia de una amante despechada.

Su rutina era tan atormentada como su mente, pero daba buenos resultados. Pocas personas sabían que, tras esos libros cargados de peso y de verdad, se escondía un hombre al que la palabra huraño solo podría rozarle. El único contacto humano que tenía, aparte del estúpido autorcillo al que le vendía su identidad a cambio de un éxito que deploraba, eran las chicas del burdel que visitaba con la condición de no que no le hablaran con voz meliflua cargada de cariños y cielos. No era amigo de las personas, no era amigo de los animales, no era amigo de su oficio, pero no veía otra salida a su espiral de autodestrucción impía que emerger de las tinieblas y volcarlas en un papel. Esos momentos de redención, de victoria sobre su propio reflejo, le procuraban una íntima satisfacción a medio cocer, hasta que la siguiente línea se le atascara en la garganta.

Eran sus libros su peor enemigo, siempre poniéndole a prueba, siempre retándole a un duelo del que nunca salía vencedor, pues sus múltiples premios, aunque coronaran la estantería de otros, no le provocaban más que honda repugnancia y compasión por el ser humano. Huía de toda palabra amable que el autorcillo le reportara con la diligencia de su buen hacer; para él no eran más que morralla con la que moldear su propia tumba.

Manuel solo tenía una esperanza: que llegase pronto su musa para despertarle del letargo que, estaba convencido, le sumía en la más profunda de las mediocridades. Cuando lo hizo, cuando culminó la espera, sonrió y con un “Por fin, Catrina” cargado de dulzura, dejó escapar un último suspiro cansado.

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Deberes humanos

10 diciembre 2015

Marisa había querido ser profesora desde que era una niña, y ahora que lo ha conseguido, está muy feliz con su día a día. Los niños a los que da clase tienen entre 7 y 8 años y son un dechado de sabiduría; le gustan porque lo cuestionan todo y se obliga a estar al día de cada cosa que pueda llamarles la atención, cosas como por qué se forma el rocío o qué significa la palabra “mamotreto”. Aunque a veces se cansa de ellos, pero al mismo tiempo le dan energía y le instan a seguir siendo un ejemplo para ellos.

Hoy es 10 de diciembre, el Día de los Derechos Humanos. Para que sepan bien qué se conmemora este día, la clase se ha dividido en grupos de 5 y va a crear cada grupo una cartulina con el título, una lista de los 10 derechos humanos que entre todos han simplificado y un dibujo para cada uno de ellos.

  1. Todos nacemos libres e iguales.
  2. La esclavitud está prohibida en todas sus formas.
  3. Todos tenemos derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad.
  4. Todos tenemos derecho al asilo, a la nacionalidad y a migrar.
  5. No seremos sometidos a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.
  6. No veremos atacados nuestra vida privada, nuestra familia, nuestro domicilio, nuestra honra o a nuestra reputación.
  7. Todos tenemos derecho a un tribunal imparcial que vele por que se haga justicia.
  8. En caso de persecución, todos tenemos derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país.
  9. Hombres y mujeres tenemos derecho a casarnos y fundar una familia sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión.
  10. Todos tenemos derecho a la propiedad, individual y colectiva.

Marisa recoge las cartulinas y las guarda en su taquilla. Les echa un vistazo y le parece que han hecho todos unos trabajos estupendos y sobre todo, está satisfecha de que hayan interiorizado estos valores.

En casa la espera Juanita, la chica ecuatoriana que limpia su casa desde hace años y a la que nunca ayudará a regularizar sus papeles, a pesar de saber que eso supondría la reunificación con sus niños, a quienes no ha visto crecer. Juanita fue una recomendación de la vecina del B, quien dice Marisa que tiene una hija lesbiana y un hijo drogadicto, argumentos que utiliza siempre que puede para evitar que su marido la mire con otros ojos. Juanita también cuida del perro de la familia, quien la adora porque es la única que no le aparta con la punta del pie ni le llama “chucho de mierda” en cuanto puede. Ella le cuida con gusto, a pesar de que no le paguen las horas extras que le dedica, y a veces sueña con volver a Quito y llevárselo para salvarle de esa familia que no aprecia la suerte que tiene. Juanita ni siquiera le tiene tirria a Marisa ni a su familia, no se plantea que se podrían portar mejor con ella y con los que les rodean, está demasiado ocupada trabajando para llevarse algo a la boca mientras “la señora” se la llena de discursos sobre lo bien que ha enseñado a los alumnos el verdadero significado del Día de los Derechos Humanos.

Gracias

03 diciembre 2015

Gracias, mamá, porque no te asustaste cuando me viste la primera vez, sino que me abrazaste y me amaste de la misma manera que a mis hermanos.

Gracias, papá, porque nunca colaste entre tus suspiros una gota de desesperación, sino solo las ganas de hacer fuerza.

Gracias, mamá, porque demostraste más paciencia que cualquier reloj de arena al enseñarme a comer, a vestirme, a moverme, a estar yo solo.

Gracias, papá, porque siempre estuviste seguro de que aprendería a nadar algún día.

Gracias, mamá, porque tuviste la inteligencia suficiente como para hacerme comprender que defenderme de los ataques nunca sería fácil.

Gracias, papá, porque me llevaste a esos partidos, conciertos, espectáculos y ferias cargando con el peso de mi cuerpo en tus hombros, alzándome a una cumbre muy alta.

Gracias, mamá, porque supiste interpretar mis silencios, mis miradas blancas, mis risas a destiempo.

Gracias, papá, porque supiste secarme esa lágrima la primera vez que pensé que aceptar esto se os podría haber hecho eterno.

Gracias, mamá y papá, porque con vuestro ejemplo me hicisteis creer que recorrer juntos esta carrera de obstáculos sería un paseo.

3 de diciembre, Día Internacional de las Personas con Discapacidad

¿Qué empezó?

1 diciembre 2015

Delia nació en el hospital donde empezó todo.

¿Qué empezó?

Empezó el cortejo que llevó a Santi a acostarse con la residente de segundo, quien volvió a su casa llorando dispuesta a contarle a Gustavo cómo se tambaleaba su mundo. Finalmente no se atrevió, le dejó vivir con esa traición y un día él se fue de Interraíl y con la cuchilla de su amigo se cortó. Le dio las gracias por prestársela, no la lavó, y éste día tras día su cuchilla utilizó. Gustavo y Jaime llegaron a Copenhague, donde este último conoció a Rodrigo, y una cosa llevó a la otra y terminaron echando de la habitación a su amigo. Rodrigo volvió a España y olvidó a Jaime a la media hora, lo que tardó en llamar a Esther y hacerle gritar como una loca. Pero Esther descubrió el pastel, no quería una marica, prefería volver a casa y acurrucarse bajo su mantica. Debajo de la manta, estaba su amigo Sadam, que le decía cada noche que le acompañara de viaje a Ámsterdam. Esther y Sadam se pasaban la casa, la comida y la jeringuilla, y entre juerga y juerga, se dejaban hasta la vida. Pero en esos días Sadam se enamoró de una barriorojera, se quedó en Ámsterdam y dejó a todos por ella. Ielah se ganaba su sueldo, conocía muchos viajeros, uno de ellos era Miguel que celebraba su despedida de soltero. Pero Emma tampoco tuvo suerte, no cerró este ciclo de veneno, pues le pareció que en su noche de bodas no hacía falta poner un remedio. Meses después nació Delia, una niña de enormes ojos, que trajo bajo el brazo un pan lleno de lazos rojos.

1 de diciembre, Día Internacional de la Acción contra el Sida

Terrícola

23 noviembre 2015

Qué pereza, otro paseo más hasta allí, otra cola más. Ojalá hubiese un aparato que te permitiese hacer ese engorro desde casa. Ha sido un trámite complicado, pesado, a ratos interminable, pero finalmente ha conseguido su cita. Tiene a dos personas delante de ella y entonces le tocará. Mientras espera, mira las fotos de carné que trata de no apretar entre sus manos sudorosas y se le escapa una sonrisa porque, admitámoslo, sale feísima. ”Estamos en pleno siglo XXIV, podían haber inventado algo para retocar las fotos y que saliésemos más favorecidos”, piensa.

La cola se eterniza. Saca el libro que tanto le pesa en el bolso y trata de distraerse leyendo, pero no lo consigue. Está nerviosa, contenta, ella es de las pocas personas que está de acuerdo con los 7 gobiernos en que esta medida ayudará a conseguir la paz que tanto necesita su pequeño mundo. De repente recuerda que tiene que llamar a su marido para avisarle de dónde está, como marca la ley, así que le pide al señor de detrás de ella que le guarde su turno y se acerca a la cabina que tienen en la sala de espera. Mientras marca, piensa en lo útil que sería que hubiese teléfonos portátiles que llevar en el bolso y usar en cualquier momento.

Vuelve a la cola y vuelve a su libro. Se titula ”El mundo antes de la III Guerra Total” y describe un mundo que a ella le resulta difícil de creer pero que dice El Libro de Historia que existió, un mundo donde la gente volaba en algo llamado aviones a otros países del mundo, donde la gente se conectaba a través de unos aparatos eléctricos con algo llamado ”Internet”, un mundo donde la gente no se moría a los cuarenta años, donde había unos siete billones de habitantes y no solo unos 100 millones repartidos en la pequeña porción del emisferio norte que se salvó. Le cuesta imaginar que pudiesen existir hace apenas trescientos años tantas máquinas extrañas que hiciesen las cosas por uno y que los hombres de esa época fuesen tan geniales como para crearlas y al mismo tiempo tan estúpidos como destruirlo todo en la III Guerra Total.

Por fin le toca su turno. La señorita del mostrador es amable y le entrega su pasaporte universal. Lo mira un momento con detenimiento -su nombre: L. España; su nacionalidad: Ciudadano de la Tierra; su fecha de caducidad: 234-día del año-345 N.E.*; disponibilidad para alunizar: completa; su foto: horrible- y espera que le sirva de algo en caso de que los alienos vengan para llevárselos de la Tierra.

*Nueva Era

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No voy

16 noviembre 2015

Le da un retortijón en la tripa, el enésimo esa tarde. No debería haberse comido ese kebab, sabe que le sientan mal, pero no había nada en casa y bajar al puesto de la esquina era el recurso más fácil y rápido. Quedan aún dos horas para que empiece el concierto, pero el dolor no se le pasa y empieza a temer que no pueda ir.

Para distraerse, decide pintarse las uñas de negro y planchar la camiseta del grupo que Etienne le regaló. A ella la música heavy le parece solo ruido, pero recuerda la mirada de ilusión cuando en su cumpleaños le dio aquel sobre con dos entradas para él y “quien tú quieras” y al “¿En serio que me vas a acompañar?”, simplemente no pudo decirle que no.

El esmalte de las uñas se le estropea en cuanto va corriendo al baño a rendirse ante la evidencia: está enferma. Se le empañan los ojos, un poco de dolor, un poco de rabia. Bien es cierto que ella  apenas podría reconocer una canción del grupo, pero desea con fuerza pasar esa noche con Etienne, ahora que por fin se ha mudado a París para poder estar juntos.

-Lo siento, Memel, me duele demasiado. Él insiste ligeramente, le dice que es su aniversario, pero pronto se convence de que ella no podría aguantar la intensidad de un concierto como aquel en una sala tan enorme como es la Bataclan. Deciden, finalmente, que él irá solo y que en cuanto termine el concierto, irá a su casa a cuidarla.

Se despiden distraídos, ella le desea que se lo pase bien y él que se ponga buena para recibirle en unas horas, sin imaginar que, en realidad, se verán solo quince minutos después de colgar cuando él, en un acto de amor desinteresado, decida no acudir al concierto y pasar la noche con ella.

Paciencia

12 noviembre 2015

Se recoloca el pelo bajo el velo, se mira al espejo y sonríe acordándose de cómo aquella chica del tranvía se quejaba de que su novio ni se hubiese percatado de sus mechas nuevas. Tenía un acento fuerte y pronunciaba las erres con vigor, así que dedujo que sería una congoleña nacida en Bélgica.

A menudo se hacía a sí misma una pregunta sobre sus hijos Ahmed y Nasima. Habían nacido aquí, tenían pasaporte de aquí, hablaban los idiomas de aquí y se movían como personas de aquí. Pero se habría apostado el oro de sus ancestros a que nadie hubiese contestado Bélgica a la pregunta de “¿De dónde eres?”.

Sin saber muy bien en qué momento exacto ocurrió aquello, hace ya mucho que no piensa en volver a Casablanca. Tampoco se quedaría aquí, en este reducto de un mundo hecho de las 50 sombras del gris menos picante, pero ya no le queda más remedio, porque sin tener un pie en ninguno de los dos lados, no siente que pueda ni quedarse ni echar raíces. Y no hay día que ese despiste no le haga preguntarse quién es, de dónde viene y si alguna vez irá a alguna parte.

Inspirado en el documental “Patience, patience, t’iras au paradis”.