Fossila

28 septiembre 2015

Recibió aquel precioso fossila cuando cumplió la mayoría de edad, a los tres años. Su madre había estado cultivándolo en los corales del Abismo desde que eclosionó su huevo y, siguiendo la tradición de su cardumen, se lo entregó con infinito amor y ternura para marcar en público su recién adquirida madurez. Sølvÿa quedó maravillada por la belleza de aquel fossila: una flor perfecta en el centro rompía la serenidad de su superficie violeta, masticada de escamas. Su madre había horadado la parte superior para hacer espacio a un largo trozo de kelp, de manera que pudiese anudarlo sin problemas, y su forma delicada, de contornos suaves, era lo suficientemente grande como para imponerse en su cabellera color salmón. Un objeto precioso, fruto del amor de una madre que cultiva una joya para su hija con la única intención de verla brillar.

Sølvÿa sintió un inmediato mordisco en el alma tan pronto le ataron su pelo con él. La larga cabellera que acompañaba el movimiento acompasado de su cola desapareció bajo el yugo de aquel regalo, y ante la atenta mirada de una familia borracha de orgullo, probó a nadar con él. Se sintió torpe, absurda, tremendamente pequeña. Poco quedaba de su imponente figura, de su magnífica estampa que se abría paso entre las olas. Ahora más bien parecía un tritón recién nacido, desprovisto de feminidad, de poesía, de misticismo.

Mientras toda la familia sonría con un reconocimiento íntimo henchido de añoranza, Sølvÿa trataba de controlar aquel balanceo que nada tenía que ver con su aleteo, otrora sensual y melódico. Tuvo que tragar agua para deslizar las lágrimas que amenazaban con atenazarle el alma.

A pesar de que durante días le repitieron que se le pasaría, que se acostumbraría a nadar como adulta, que recuperaría su equilibrio y majestuosidad tan pronto dejase de llorar por su melena, Sølvÿa terminó arrancándose aquella flor de piedra de su cabeza y la lanzó de un aletazo tan lejos como se lo permitió su cola de joven sirena. El marinero que lo encontró en la cubierta de su barco pegó las dos mitades con infinita paciencia y mirando aquella joya blanca, ya no violeta, se preguntó de dónde vendría y, sobre todo, a qué afortunada mujer se la regalaría.

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2 pensamientos en “Fossila

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