Solsticio de invierno

21 diciembre 2015

“19 días y 500 noches”. Qué razón tenía Sabina cuando pensó ese verso, las noches siempre son peores. Se hacen eternas, el sueño se concilia a duras penas y cuando al fin llega la tregua, le entra prisa al amanecer por devolvernos la lucidez.

La noche es el momento en que todo se para, se estanca. Durante estas horas no se puede avanzar, ni tan siquiera retroceder. Las agujas se congelan en un ritmo cadencioso;  no reciben noticias, no se ponen en marcha mecanismos para acelerar esperas, no se dan rienda suelta a las desdichas, ni a las alegrías, no se es productivo ni se puede vaguear a gusto. No se puede hacer más que mirar el techo y rogar que llegue el sueño o, en su defecto, esperar a que la agonía del insomne pase y el mundo arranque su motor de nuevo.

Es el momento en que vuelven todos los fantasmas, en que las ausencias se desvinculan del pasado para golpear con sus nudillos nuestra frente, el momento en que las distracciones dejan de ser el antídoto perfecto a una pena a la que no podemos ponerle un nombre.

Menudo solsticio de invierno me espera esta noche.

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