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Mensaje que solo ellas dos entienden

19 junio 2015

Me gustaría no estar tan cansada para poder seguir dándome lo que más me gusta de mí misma, aunque probablemente no sea lo mejor. Tener el tiempo necesario para maltratar el teclado con mis ganas. Tener las energías para seguir marcando el paso de mi tiempo con todo aquello que me provoca una emoción, repugnancia, indiferencia, con aquello que me hace palpitar y me inyecta las ganas de esa vida que veo que se me escapa entre cada tic tac del segundero.

Esta pantalla, tan parecida a la otra y al mismo tiempo tan distinta. Tan lejana, como lejanos quedan ya esos días donde las musas me enseñaban a bailar un tango mientras me estrujaban contra ellas acariciándome la espalda. Esos días donde la seducción en sus palabras me hacía ir corriendo a dejar mi huella en este universo paralelo. Esos días donde, en vez de echarme de menos, me echaba de mí misma para intentar verme reflejada en uno de esos pabellones donde están las personas que, lo consigan o no, abrazan lo que buscan.

Me gustaría que fuera yo, y no ella, quien te dijese estas palabras, para que todos las comprendiesen, para que fuese algo más que un mensaje encriptado que solo nosotras entendemos. Porque aunque no nos hemos dicho adiós, una parte de ti se ha ido con esa firma, y lo sabes, y te apena aunque creas que es justo. Algún día ella volverá a extender sus brazos y piernas desde la esquina donde la tienes arrinconada y, además de darte cuenta de cuánta falta hacía, arrasará la ausencia que imprimió en el ambiente con el brillo de sus ganas.

Recuperando «El hogar»: Desde el avión

16 junio 2015

Lucía siempre pensó que su nombre era precioso. “Lucía”, pretérito imperfecto del verbo “lucir”. Precioso significado, se decía a menudo, y agradecía a su madre que se hubiese impuesto al insulso “Marta” con el que se empeñaba su padre en bautizar a su primogénita.

Lucir, lo que se dice lucir, no… Lucía rara vez lucía. Pero tenía un éxito tremendo en ser muy feliz y apasionada, y eso era lo que más me gustaba de ella. Yo, en cambio, siempre había sido bastante luciérnaga y aun así, nunca había logrado arañar esa felicidad cuya responsabilidad, ahora lo veo claro, siempre delegué en otros.

Lucía tenía un cuerpo que en el Caribe nunca hemos apreciado. Mis apretadas curvas contrastaban con su figura filiforme, así como lo hacían mis labios carnosos con su boca pequeña, mi piel nacarada con la suya llena de pecas o mis pasos bailarines con su torpe proceder. No conseguía arrancar ningún suspiro a su paso, lo cual es raro en un país donde no hay persona que se libre del escrutinio ajeno. Pero nunca pareció preocupada; más bien sonreía tranquila cuando veía a aquellos hombres de mirada encendida emocionarse con mi contoneo y dar rienda suelta a su más sincera admiración. Incluso las mujeres me seguían con intensidad, pero siempre marcando la diferencia con un brillo de disgusto en la mirada.

Lucía y yo fuimos amigas desde el momento en que nos conocimos, y seguiremos siéndolo a pesar de esta distancia que se impuso en el momento en que cogió ese avión. Teníamos solo doce años la primera vez que nos agarramos del brazo para ir a comprar un Cawy, y ya catorce cuando mis padres me prohibieron verla. En esos dos años que pasamos juntas antes de que supiesen que me codeaba con alguien de su calaña tejimos un hilo resistente y lleno de colores que me fascinó de por vida. Aquel primer día nos sentamos en el Malecón mirando al mar y, mientras nos pasábamos la lata, empezamos a conversar sobre cómo sería la vida fuera de esa isla. Entrábamos de puntillas en una adolescencia que se presentaba alterada y nuestra imaginación bailaba al ritmo de la salsa que sonaba a poca distancia. Qué bonito sería, pienso ahora, seguir compartiendo con ella estos recuerdos del pasado sin temor a que nos abofetee la realidad.

El día en que me prohibieron seguir viéndola fue el mismo día en que aprendí la palabra “disidente”. Qué bien me sonó, he de reconocerlo, “di-si-dente”, tanto que, incluso cargada de lágrimas como estaba, agarré el diccionario y busqué su significado:

  1. y com. Que diside, que se muestra contrario a determinada opinión, creencia, doctrina u organización:
    sector disidente de un partido.

Arrugué el entrecejo mientras buscaba la palabra “doctrina”:

  1. Enseñanza que se da a una persona sobre una materia determinada.
  2. Ciencia, sabiduría
  3. Conjunto de creencias defendidas por un grupo:
    doctrina liberal.

Cerré el diccionario, me sequé las mejillas y pensé con la determinación más grande que he demostrado en mi vida que, fuese lo que fuese esa doctrina, no me iba a separar de la única chica que no había envidiado ni condenado la fascinación que parecía despertar en los demás.

Empecé a verla a escondidas. La imaginación tiene una capacidad de desarrollo muy fuerte cuando se trata de desafiar una realidad impuesta. Hice creer a mis padres que Lucía y yo habíamos roto todos los lazos e inventaba excusas que resultasen plausibles al porqué de mis escarceos diarios. Así, conocí La Habana como seguramente pocos han conocido: conocimos sus entresijos, sus recovecos, sus más torvos secretos y sus destellos de luz más fascinantes. Todos los días al salir de la escuela iba a recogerla a la suya y nos íbamos agarradas del brazo a merendar al Malecón. Luego caminábamos, hablábamos con la gente, elegíamos los barrios más alejados y nos mezclábamos con sus habitantes, y poco a poco fuimos desarrollando una visión crítica ante todo lo que ocurría en sus esquinas. No pasábamos desapercibidas: dos adolescentes en uniforme, riendo agarradas del brazo mientras ignoraban a los hombres que se empeñaban en remarcar las diferencias entre una y otra. Y ella, en su infinita sencillez cargada de templanza, simplemente sonreía y seguía agarrándome fuerte, mientras yo me coloreaba y apretaba el paso.

Lucía venía de una familia diferente. También proveníamos de barrios alejados, estudiábamos en escuelas rivales y nuestros amigos eran de todo menos compatibles. Y aun así, nosotras supimos dejar todo aquello atrás y fijarnos mejor en la luz que desprendía la otra. Conforme pasaba el tiempo, a pesar de esas restricciones que nos imponía mi familia, seguíamos contando la una con la otra para absolutamente todo, y juntas imaginábamos cómo sería llegar a la universidad y poder por fin independizarnos. Cuando llegó ese momento, Lucía ingresó en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad de La Habana y yo en Medicina en la Universidad de Ciencias Médicas.

Allí Lucía conoció a Jérôme, un profesor costarricense de ascendencia francesa que, habiendo pasado su juventud en París, traía su mochila cargada de ideas revolucionarias. Ella, eterna apasionada, comenzó a involucrarse y a leer cada vez más, a escucharle como colgada de sus labios, a querer trepar por unos puños que se alzaban golpeando le cielo. Su discurso se fue enardeciendo con el tiempo y sus actividades orientándose hacia lo inevitable, pues había mamado desde niña aquello que terminaría por atraerle de Jérôme: ansias de libertad, de justicia, de progreso. Lucía, por primera vez, lucía de lo radiante que estaba por vivir lo que le aguardaba. Se enamoraron y pronto ella se mudó a vivir con él a su pequeño departamento en el corazón de Miramar, casándose poco después y teniendo un niño casi al mismo tiempo. Su familia siempre apoyó esa unión y ella, copiando aquel discurso que mis padres ponían en boca de los “disidentes”, se hizo más y más fiera.

Y así vivieron unos meses, puliendo sus discursos con la misma dosis de miedo y de convicción, hasta que un día, cuando a Lucía le quedaban dos meses para licenciarse, Jérôme publicó un artículo en el periódico de la Universidad que él mismo dirigía con alguna crítica de más. No era la primera vez que sus palabras volaban como dardos hacia el régimen, pero nunca se tomó en serio las amenazas de éste hasta esa noche, cuando entraron a la fuerza e interrumpieron sus vidas recién horneadas. Imagino cómo los golpes despertaron al bebé que dormía en la cuna, quedando su llanto cubierto con los gritos, súplicas e insultos de Lucía, que trataba desesperada de evitar que se lo llevaran esposado. Al final, imagino cómo solo alcanzó a oír la advertencia: “Si no quieres ser la siguiente, más vale que empieces a hacer las maletas”.

Hace unos días, una semana después de que Lucía dejase de contestar a mis llamadas, recibí esta carta que aflojó el nudo que sentía en el estómago dando salida al torrente de lágrimas:

“Querida Fede,

 Ya estoy en el avión y, para tranquilizarme, bajo la vista. No veo más que tres o cuatro luces diminutas ahí abajo y me pregunto si serán casas, y si dentro de esas casas hay familias que riñen, amigos que ríen, parejas que pasan del amor y solo hacen la guerra, bebés que aprenden a andar, viejos muriendo en soledad, perros llorando su trozo de pan y alguna que otra señora deseando que su marido vuelva ya de una vez del bar.

Respiro este aire que, como el de hospitales y guarderías, tiene un regusto especial, muy suyo. Termino pensando cuánta gente habrá allá abajo que vea este avión y se pregunte a dónde vamos, a qué vamos y por qué nos vamos, con lo bien que se está ahí abajo, donde la tierra es firme y los sueños siguen siendo inalcanzables. “Qué miedo tengo”, pienso, siendo por fin sincera conmigo misma, dejando caer esa careta de valiente que no se adhiere por más que apriete.

Cuando aterrice en el punto más alejado de aquello que siempre consideré mi hogar echaré de menos a masticar la humedad de esa isla, y mi nueva condición de extranjera me saludará tímida, como queriendo decirme que siente las molestias pero no voy a poder librarme fácilmente de ella. Que siente mi miedo, pero no me zafaré fácilmente de él. Que mi acento siempre me delatará, como lo hará el color de mi piel varios tonos más oscuro de aquellos a mi alrededor. Que nunca entenderé cierta broma sobre algún famoso del que jamás oí hablar. Que, por más tiempo que pase y por mucho que me sienta integrada en esta sociedad, no habrá día en que no recuerde que mi lugar está en aquel sitio del que ojalá no hubiera tenido que salir jamás”.

Me gusta la Unión Europea

12 junio 2015

Alemania, me gusta de ti que eres segura, que eres fuerte y que albergas en ti una ciudad como Berlín, donde puedo ser feliz gracias a quien en ella acoges.

Austria, me gusta de ti que eres tranquila, que eres humilde y que albergas en ti una ciudad como Salzburgo, que es el lugar que vio nacer a Mozart y al primer chico que me dio un beso.

Bélgica, me gusta de ti que eres estimulante, que eres abierta y que albergas una en ti ciudad como Bruselas, a la que siento mi hogar y donde veo que los sueños se cumplen poquito a poco.

Bulgaria, me gusta de ti que eres luchadora, que eres terca y que albergas en ti una ciudad como Rila, que es imponente en su belleza a pesar de su escondite.

Chipre, no te conozco. Tengo ganas de descubrir si eres como te imagino: caótica, alocada, la hija pequeña de Grecia y Turquía que ha sabido rascar de sus dos padres lo mejor de cada uno.

Croacia, me gusta de ti que eres luminosa, que eres frágil y que albergas en ti una ciudad como Dubrovnik, cuyas callejuelas recogen demasiado drama como para querer recordarlo.

Dinamarca, me gusta de ti que eres altiva, que eres orgullosa y que albergas en ti una ciudad como Copenhague, a donde van las sirenas a ignorar los piropos de los marineros.

Eslovaquia, me gusta de ti que eres exótica, que eres independiente y que albergas en ti una ciudad como Bratislava, enclave medieval lleno de calles estrechas y amplias expectativas.

Eslovenia, me gusta de ti que eres hermosa, que eres natural y que albergas en ti una ciudad como Liubliana, cuyos tres puentes te abren camino a una belleza desconocida.

España, me gusta de ti que eres pura, que eres pasional y, sobre todo, que albergas en ti una ciudad como Madrid, sobre la que no tengo nada que añadir porque ella en sí misma es ya un motivo.

Estonia, me gusta de ti que eres contraste, que tienes colores y que albergas en ti una ciudad como Tallin, cuya ciudadela te abraza para no dejarte salir.

Finlandia, me gusta de ti que eres original, que eres incomprensible y que albergas en ti una ciudad como Helsinki, a la que espero volver para descubrir mejor el encanto de lo desconocido.

Francia, me gusta de ti que eres elegante, que eres dulce y que albergas en ti una ciudad como París, que a pesar de no ser la ciudad de la luz, ciega con su belleza.

Grecia, me gusta de ti que eres aventurera, que eres divertida y que albergas en ti una ciudad como Oia, que es una maqueta del paraíso reproducido en la Tierra.

Hungría, me gusta de ti que eres enigmática, que eres dual y que albergas en ti una ciudad como Budapest, cuya belleza solo podría competir con su historia.

Irlanda, me gusta de ti que eres verde, que eres juvenil y que albergas en ti una ciudad como Cork, que me trae recuerdos de una adolescencia agridulce.

Italia, me gusta de ti que eres diversa, que eres poderosa y que albergas en ti una ciudad como Roma, que es apasionada y terrenal al mismo tiempo.

Letonia, me gusta de ti que eres amable, que eres pequeñita y que albergas en ti una ciudad como Riga, donde me recibieron los tres mosqueteros con simpatía.

Lituania, me gusta de ti que eres oscura, que eres sencilla y que albergas en ti una ciudad como Vilna, donde su frialdad te obliga a disfrutar de una sopa de color rosa chicle.

Luxemburgo, me gusta de ti que eres importante, que eres organizada y que albergas en ti a tu tocayo, precioso pueblo con ínfulas de ciudad.

Malta, me gusta de ti que eres mediterránea, que eres tradicional y que albergas en ti una ciudad como La Valletta, donde tantos paseos me enseñaron a apreciarte.

Países Bajos, me gusta de ti que eres libre, que eres memorable y que albergas en ti una ciudad como Ámsterdam, de donde siempre salgo con un regusto de amargura clavado entre los dientes.

Polonia, me gusta de ti que eres vital, que eres auténtica y que albergas en ti una ciudad como Cracovia, que está dolida pero no cesa de intentar recuperarse.

Portugal, me gusta de ti que eres silenciosa, que eres constante y que albergas en ti una ciudad como Lisboa, con quien no me importaría casarme.

Reino Unido, me gusta de ti que eres extraña, que eres irónica y que albergas en ti una ciudad como Londres, gracias a la cual estoy hoy aquí.

República Checa, me gusta de ti que eres hermosa, que eres traviesa y que albergas en ti una ciudad como Praga, de los lugares con más encanto de este continente decrépito.

Rumanía, me gusta de ti que eres ambiciosa, que eres potente y que albergas en ti una ciudad como Bucarest, montaña rusa de emociones que en su día constituyeron mi mundo.

Suecia, me gusta de ti que eres talentosa, que eres pacífica y que albergas en ti una ciudad como Estocolmo, de donde todo el mundo sale encantado.

A nuestros vecinos que pronto serán familia también quiero decirles:

Albania, me gusta de ti que eres absurda, que eres original y que albergas en ti una ciudad como Tirana, que siempre me gustó precisamente por su encanto adquirido.

Macedonia, me gusta de ti que eres multicultural, que eres racial y que albergas en ti una ciudad como Skopie, a donde quiero regresar para extraer todo su jugo.

Montenegro, me gusta de ti que eres afilado, que eres recóndito y que albergas en ti una ciudad como Kotor, cuyos encantos espero que nunca descubra el resto de Europa para salvarte de una inexorable invasión.

Serbia, me gusta de ti que eres valiente, que eres consciente y que albergas en ti una ciudad como Belgrado, un lugar donde se respira la paz tan anhelada.

Turquía, me gusta de ti que eres bipolar, que eres explosiva y que albergas en ti una ciudad como Estambul, llena de colores, olores y sabores de vida.

Bosnia y Herzegovina, me gusta de vosotras que sois esforzadas, que sois heroicas y que albergáis en vosotras una ciudad como Sarajevo, que refloreció de las cenizas como un ave fénix para deleitarnos con su historia.

Kosovo, me gusta de ti que eres reivindicativo, que eres muy tuyo y que albergas en ti una ciudad como Pristina, desde donde el país entero clama por su derecho a existir.

30 años desde la firma de España del tratado de adhesión a la Unión Europea, 12 de junio de 1985

Reflexiones en el día de Selectividad

11 junio 2015

-¡Qué nervios, tía! Siento como si prácticamente todo nuestro futuro se viese marcado por este momento. Como si este día, esta hora y este lugar determinasen para siempre los pasos que marcarán nuestro porvenir.

-Tantas horas calentando la silla y friendo el cerebro tienen que tener su recompensa, creo yo. Tantas renuncias a planes apetecibles, tantas horas arañadas al sueño, tantos momentos de estrés antes de recibir los resultados…

-Sí, todo ello tiene que tener su merecida recompensa en forma de felicidad, en forma de éxito, en forma de realización, en forma de orgullo o en forma de profunda satisfacción.

-Lo que sea, pero que se vea el esfuerzo, que las horas invertidas se traduzcan a una nota que nos dé para estudiar lo que queremos.

Escucho cómo hablan dos amigas, las empollonas de la clase, nerviosas, emocionadas, preocupadas, y pienso que hay muchas personas que han pasado por el colegio y el instituto por encima, entendiéndolo más como un club social que un paso previo a la vida adulta. Nunca pensaron que aquello que no aprendes en esas aulas no lo aprenderás jamás, porque el ritmo frenético de una vida llena de facturas, de responsabilidades, de luchas, de cumplir y de aparentar no te dejaría tiempo para ponerte a rellenar ese hueco que en su día no llenaste.

Mientras espero a que abran las aulas y estos adolescentes den ese paso que les adentre en una nueva etapa de la vida me miro alrededor y veo a futuros abogados, ingenieros, profesores, médicos, periodistas y un sinfín de profesiones más y me pregunto si todos ellos verán de verdad traducidos sus esfuerzos en una profesión para la que sienten que han nacido o tendrán que contentarse con vender su alma a una empresa que les succione toda ilusión y afán de superación.

Tiene sueño

10 junio 2015

Érase una vez una niña llamada Rocío que siempre tenía sueño. Se levantaba cada mañana a las 8.30, apurando la paciencia de su madre, y se vestía frotándose los ojos en un intento por despabilarse. Luego arrastraba sus pequeños pies hasta el baño, donde se apoyaba en una mano mientras llenaba la otra para lavarse la cara como si fuese un gatito, derramando la mitad. Mientras tanto, escuchaba los gritos de su madre desde la cocina diciéndole que se diese prisa, que iba a llegar tardísimo a clase.

Se sentaba en la mesa de la cocina para desayunar y no pocas veces se quedaba dormida encima del brazo, mientras la otra sostenía a duras penas la cuchara sobre el tazón de cereales. Su madre entraba en la cocina y le daba una colleja para despertarla, pero de poco servía porque en cuanto salía se volvía a dormir. En consecuencia, pocas veces terminaba su desayuno. Cuando llegaba a clase, tarde por haberse dormido en el autobús y haberse saltado una o dos paradas, sus amigos le decían que tenía siempre los ojos rojos. Las profesoras se enfadaban porque se quedaba dormida y le ponían notas a sus padres, mientras que los profesores preferían despertarla con golpes en el pupitre. En el recreo todos iban a jugar a la pelota, pero ella no tenía energía y prefería sentarse en un banco y luchar por mantener los ojos abiertos ante lo que ocurría en el mundo. No era hasta por la tarde, cuando comía y tenían un recreo largo, que Rocío se despertaba un poquito.

A medida que se acercaba la tarde, Rocío iba recuperando la ilusión por el día, porque se acercaba la noche. A eso de las 5 tenía los ojos muy abiertos y las piernas se le balanceaban en la silla, deseando poder salir escopetada en cuanto sonase la campana. Llegaba a casa corriendo, mirando por la ventana y sonriendo como si fuese su cumpleaños y una gran fiesta le aguardase en la cocina. Pero nada más lejos de la realidad; tenía la casa para ella sola durante toda la tarde y por delante muchas, muchísimas horas para leer todas aquellas historias que, aunque le robaban horas de sueño, le regalaban los momentos de profunda felicidad que la realidad siempre se guardaba para sí misma.

En el fondo no está tan mal

8 junio 2015

Hace un calor insoportable y a Jorge le caen las gotas de sudor por la espalda, se le pegan a la camisa y le hacen pasar vergüenza. Sobre todo ante la chica que está a su izquierda, que parece tan aburrida y cansada como el resto. Fuma tranquilamente y juguetea distraída con el móvil, esperando a que salga ya de una vez, y Jorge se ha fijado en que va demasiado arreglada para un trabajo como este. Supone que es precisamente la larga espera en tacones y la ausencia de sombra lo que la hace dar saltitos de un pie al otro, como queriendo desentumecer los pies hinchados ya de tanto rato.

El sol inclemente de Sevilla se vuelve aún más cruel en estos meses y Jorge, que viene de Gijón, teme no poder soportarlo. Mira el reloj por decimonovena vez en ese minuto y saca un cigarro, con la esperanza de amenizar la espera, y le tiende uno a su compañero, que está tan aplatanado como él. Luego, con la excusa de hablar con la chica, finge no tener fuego y le pide a ella el mechero que le vio sacar hace tan solo un ratito.

Es más maja de lo que parecía y pronto se están riendo juntos. El silencio de la espera que momentos antes reinaba en las puertas de Alcalá de Guadaíra, en ese suceder de minutos en los que no sucede nada, se ha visto interrumpido por la conversación que acaban de iniciar. Él se fija en cómo sonríe ella, porque se le forman dos arrugas graciosas a ambos lados de la nariz. Ella nota cómo él no desvía su mirada hacia abajo ni un momento. Cuando está a punto de pedirle el móvil, Isabel Pantoja decide aparecer por fin y la avalancha de periodistas que se agolpaban a las puertas de la cárcel rompen la magia del momento y dispersa a la multitud, y entonces Jorge abandona de un porrazo la idea que empezaba a cocinar en su cabeza de que ser periodista del corazón, en el fondo, no está tan mal.

No eres invisible

5 junio 2015

Elena era una chica de catorce años que tenía la capacidad de volverse invisible. No era magia; simplemente podía volverse invisible. Nadie la veía, nadie la tocaba, nadie le hablaba. Estaba ahí, en un grupo y, de pronto, se volvía invisible. Podía observar lo que ocurría a su alrededor, podía ser testigo de cómo se comportaban los demás, podía analizar lo que acontecía sin necesidad de ser partícipe. Los demás hablaban, se tocaban, se miraban, se reían, se preguntaban. Y ella, mientras tanto, solo observaba. No decía nada, para no delatarse; simplemente se quedaba ahí, siendo invisible, tratando de entender mejor por qué era invisible.

De vez en cuando hacía un amago de abrir la boca pero siempre desistía porque sabía que no iba a hacerse oír por encima del resto de voces que se imponían con fuerza unas sobre las otras. Al final, Elena se iba y nadie nunca lo notaba.

Un día Elena se llevó una sorpresa enorme. Estaba como siempre amalgamada en un grupo de personas imbuida en su invisibilidad cuando vio que un chico a su lado la miraba fijamente. La miraba con dos ojos redondos como platos y con la boca cerrada con fuerza, sin pestañear. Parecía sorprendido, parecía un poco aterrorizado a decir verdad. Elena, al darse cuenta de que le estaba mirando, enrojeció y le dijo: “¿Puedes verme?”. Y él dijo que sí. “¿Y tú a mí?” más con deje de afirmación que de pregunta. Cuando Elena le dijo que sí, ambos sonrieron profundamente y entonces el grupo entero enmudeció y, cobrando por fin consciencia de sus presencias, les preguntaron que cómo se llamaban.

Dos de junio

2 junio 2015

Lo primero que exclamó la enfermera nada más verla es “¡Esta niña está lista para hacer la primera comunión!”, porque era enorme, oronda, rotunda. Pobre madre. Cinco kilos, ni más ni menos, una cabeza deformada debido a la gestación en un lugar demasiado reducido para ella y un solo cabello blanco, estúpido, altivo, que coronaba aquel huevo kínder lleno de rizos negros. Llegaban al mundo otros cinco kilos de llantos y patadas al aire, un saco de mocos que recordaba a la señolita Eccal·laata y que tenía unas ganas enormes de echar a andar.

Cumple años cada 2 de junio. Cumpleaños cada 2 de junio. Una fecha cargada de controles cuando era niña, de Selectividad al abrazar la mayoría de edad y de exámenes cuando le tocó el turno a la Universidad. Ahora que es adulta, o eso dicen, le toca estar en la oficina. Y aun así es una fecha que adora, porque le trae tantos buenos recuerdos del pasado y porque aún no ha perdido la ilusión de ser la protagonista del día.

Esos 2 de junio en los que no falta la canción de turno al abrir los ojos. Creo que le hace más ilusión a la cantante, y eso que en ningún caso es poca. Luego llega la tarta, que nunca está tan buena como la lasaña, y el inequívoco “que lo veamos felices desde hoy en un año”. Los “halaaa…” al abrir algunos regalos y los “¡HALA!” al abrir otros. Las fotos que sacamos, no para recordar ese día sino  para recriminarnos lo feas que estábamos dentro de algún tiempo, cuando nos dé por sacarlas del archivo. Y sobre todo esos abrazos y besos que no son más intensos ni más largos porque sea el cumpleaños.

Además de los momentos, que aunque se repiten cada vez no los cambiaría por nada del mundo, recuerda con cariño y profunda nostalgia los regalos que ha ido recibiendo, cargados de simbolismo sin necesidad de invertir casi nada. Ahí está aquella primera sorpresa que recibió en forma de canción, con aquellos versos que le sacaron sonrisas y ahora le sacan lágrimas. Mira el retrato que tiene enfrente, aquel que ocho manos expertas en sus gustos y su vida dibujaron con el lujo de cada detalle, y parece también cantar ese estribillo: “Yo en Salou te empecé a descubrir… ese perfil griego que me gusta a mí”. También le vuela a la cabeza aquel día que tuvo como título “Los planes favoritos de A.”, sin saber que entre esos planes algún día se encontraría el ir al Atomium a reír por lo absurdos que debemos parecer desde fuera intentando abrir cada pequeña bolita para descubrir un regalo.

2 de junio siempre es un día bonito, aunque sea en la distancia, porque permite valorar el paso del tiempo, porque es un momento más para celebrar que sigo viva y porque me recuerda -como si lo hubiese olvidado- lo santa que debí ser en otra vida para haberme tocado ahora en suerte vuestra compañía.

Corazones marchitos

29 mayo 2015

Hoy he descubierto que hace 30 años de la tragedia de Heysel y no puedo parar de pensar en esos corazones que quedaron marchitados tras la muerte de los 39 inocentes que acudieron al estadio de fútbol a apoyar a su equipo favorito. No me refiero a los corazones de los 39 muertos inocentes, esos quizá no se marchitarán jamás porque viven en el recuerdo colectivo; me refiero a los corazones de aquellas personas que, tras ser causantes y/o testigos de semejante horror, fueron capaces de seguir allí, viendo al Liverpool y a la Juventus disputarse no sé qué copa de no sé qué liga de no sé qué acontecimiento sin inmutarse.

Bueno, sí, inmutándose ante los goles, ante los fuera de juegos, ante los abucheos, ante las tarjetas rojas del árbitro, ante los parones de los porteros… Inmutándose muchísimo, alterándose de manera animalesca ante estos gestos que, admitámoslo de una vez, carecen de tanto valor. Me los imagino en cambio quedando impasibles tras haber visto 39 almas marcharse aplastadas contra el césped, 39 personas cuya ausencia marcaría de por vida los días de sus seres queridos, 39 personas que no se levantaron esa mañana imaginando que nunca más volverían a tener esa sensación de sueño, de hambre, de ganas de hacer pis, de ganas de darle un beso a su esposa, de prisa por llegar esa mañana al trabajo. Mientras las 39 personas morían y otras 600 quedaban heridas, algunos de los que tan solo una hora después animarían a su equipo podrían incluso estar pensando que se lo merecían solo por ser seguidores de la Juve, pecado horrible que no solo merece la muerte sino también, por supuesto, el relego al olvido inmediato minutos después del merecido final.  Y que no pare la fiesta.

Muchas veces me encontraréis defendiendo al ser humano a capa y espada. Defendiendo su bondad, su supremacía, su sensibilidad, su arte, su gracia y su belleza. Su capacidad de darse al prójimo. Su capacidad de reír y llorar a la vez. Su capacidad de crear cosas como La Capilla Sixtina y a la vez el motor de tracción. Su capacidad de transmitir mucho con una sola mirada, caricia o beso. Pero hay otras ocasiones en las que veo a mi especie marchitarse sintiendo una profunda indiferencia hacia lo único que importa, que es la vida, y me pregunto si de verdad existe el alma o es solo un invento para que nos sintamos un poco menos libres de ser repugnantes.

E.M.

27 mayo 2015

Gabriel fue, desde siempre, un niño tremendamente risueño, alegre y juguetón, capaz de contagiar su energía a cualquiera que lo mirase de cerca y de lejos. Tenía, como su nombre indica, una cara angelical y nunca tuvo un solo enemigo, hasta que cumplió los veintitrés años y se encontró con E. M. Ella era fea y tremendamente mala. Absolutamente nadie la quería a su lado. Gabriel, que era un amante apasionado de la vida, que sabía saborear los momentos más cotidianos y que no se le daba nada mal aprovechar cada regalo que se le ponía por delante, se encontró con E.M. un día cualquiera y la odió desde el primer instante. Con la llegada de E.M. su vida cambió para siempre.

E.M. tenía la capacidad de absorber sus energías, de hacerle perder el equilibrio, de paralizarle y de hacer que se echase a temblar con solo prever que se acercaba. La familia y los amigos de Gabriel, como es lógico, vieron cómo se escapaba lentamente ese aire risueño que siempre habían admirado y pusieron todas sus energías en echar a E.M. de su vida. Pero ésta era invasiva, insistente, penetrante. No se les ocurría nada verdaderamente efectivo para echarla, y por mucho que intentasen con todas sus fuerzas convivir con ella, no conseguían acostumbrarse a lo que ya todos consideraban una maldición.

Con el tiempo, Gabriel no tuvo más remedio que abandonarse a la idea de que E.M. nunca se iba a ir. De que tendría que vivir todos los días sobreponiéndose a la fatiga, a los temblores, a la lentitud, a los problemas que le acarreaba su presencia. Contó con la ayuda de todas las personas que lo querían para acostumbrarse a convivir con ella y, en la medida de lo posible, recobrar su existencia anterior. También tomó la sabia decisión de volcarse en esa otra gente que también conocía a E.M. para poder luchar juntos por echarla o por aprender a tolerar tan desagradable compañía.

Finalmente Gabriel comprendió que, aunque su vida no volvería a ser la misma desde la llegada de E.M., encontraría en aquellas personas y dentro de sí mismo la fuerza para seguir sonriendo y volver a ser quien siempre había sido: un hombre risueño, alegre y juguetón, capaz de contagiar su energía a cualquiera que lo mirase de cerca y de lejos.

27 de mayo de 2015, Día Internacional de la Esclerosis Múltiple