Corazones marchitos

29 mayo 2015

Hoy he descubierto que hace 30 años de la tragedia de Heysel y no puedo parar de pensar en esos corazones que quedaron marchitados tras la muerte de los 39 inocentes que acudieron al estadio de fútbol a apoyar a su equipo favorito. No me refiero a los corazones de los 39 muertos inocentes, esos quizá no se marchitarán jamás porque viven en el recuerdo colectivo; me refiero a los corazones de aquellas personas que, tras ser causantes y/o testigos de semejante horror, fueron capaces de seguir allí, viendo al Liverpool y a la Juventus disputarse no sé qué copa de no sé qué liga de no sé qué acontecimiento sin inmutarse.

Bueno, sí, inmutándose ante los goles, ante los fuera de juegos, ante los abucheos, ante las tarjetas rojas del árbitro, ante los parones de los porteros… Inmutándose muchísimo, alterándose de manera animalesca ante estos gestos que, admitámoslo de una vez, carecen de tanto valor. Me los imagino en cambio quedando impasibles tras haber visto 39 almas marcharse aplastadas contra el césped, 39 personas cuya ausencia marcaría de por vida los días de sus seres queridos, 39 personas que no se levantaron esa mañana imaginando que nunca más volverían a tener esa sensación de sueño, de hambre, de ganas de hacer pis, de ganas de darle un beso a su esposa, de prisa por llegar esa mañana al trabajo. Mientras las 39 personas morían y otras 600 quedaban heridas, algunos de los que tan solo una hora después animarían a su equipo podrían incluso estar pensando que se lo merecían solo por ser seguidores de la Juve, pecado horrible que no solo merece la muerte sino también, por supuesto, el relego al olvido inmediato minutos después del merecido final.  Y que no pare la fiesta.

Muchas veces me encontraréis defendiendo al ser humano a capa y espada. Defendiendo su bondad, su supremacía, su sensibilidad, su arte, su gracia y su belleza. Su capacidad de darse al prójimo. Su capacidad de reír y llorar a la vez. Su capacidad de crear cosas como La Capilla Sixtina y a la vez el motor de tracción. Su capacidad de transmitir mucho con una sola mirada, caricia o beso. Pero hay otras ocasiones en las que veo a mi especie marchitarse sintiendo una profunda indiferencia hacia lo único que importa, que es la vida, y me pregunto si de verdad existe el alma o es solo un invento para que nos sintamos un poco menos libres de ser repugnantes.

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2 pensamientos en “Corazones marchitos

  1. Anónimo

    Bueno, el cerebro humano es la “ultima frontera” los cientificos saben mas del los espacios interestelares y de las galaxias que del cerebro humano, me gusta el futbol con moderación y cuando Messi marca un gol decisivo contra quien sea, me emociono y me descontrolo como un niño liberando un montón de endorfinas (lo siento por los del equipo contrario) pero no consigo sintonizar con esa masa alienada que si me viera como ellos me moriria de verguenza.
    Vi ese partido en directo y senti mucha repugnacia que todo siguiera como si nada hubiera pasado, tanto que estuve algunos años “pasando” de este deporte, pero cuando nos juntamos una masa critica quedamos totalmente alienados conviertiendonos en un rebaño que ni el mejor pastor es capaz de dominar.
    En estos momentos ha vuelto a salir como máximo dirigente de la FIFA, ese organismo podrido de dinero a merced de los “capos” millonarios que lo utilizan para sus mas bajos deseos en vez de servir para que el pueblo mejore no solo su salud fisica sino sobre todo mental.

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    1. alelerele Autor de la entrada

      Muchas gracias por compartir tu experiencia, Anónimo, y también por tu reflexión, la he apreciado mucho. Debió ser duro verlo, no puedo ni imaginarlo…
      ¡Un abrazo!

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