E.M.

27 mayo 2015

Gabriel fue, desde siempre, un niño tremendamente risueño, alegre y juguetón, capaz de contagiar su energía a cualquiera que lo mirase de cerca y de lejos. Tenía, como su nombre indica, una cara angelical y nunca tuvo un solo enemigo, hasta que cumplió los veintitrés años y se encontró con E. M. Ella era fea y tremendamente mala. Absolutamente nadie la quería a su lado. Gabriel, que era un amante apasionado de la vida, que sabía saborear los momentos más cotidianos y que no se le daba nada mal aprovechar cada regalo que se le ponía por delante, se encontró con E.M. un día cualquiera y la odió desde el primer instante. Con la llegada de E.M. su vida cambió para siempre.

E.M. tenía la capacidad de absorber sus energías, de hacerle perder el equilibrio, de paralizarle y de hacer que se echase a temblar con solo prever que se acercaba. La familia y los amigos de Gabriel, como es lógico, vieron cómo se escapaba lentamente ese aire risueño que siempre habían admirado y pusieron todas sus energías en echar a E.M. de su vida. Pero ésta era invasiva, insistente, penetrante. No se les ocurría nada verdaderamente efectivo para echarla, y por mucho que intentasen con todas sus fuerzas convivir con ella, no conseguían acostumbrarse a lo que ya todos consideraban una maldición.

Con el tiempo, Gabriel no tuvo más remedio que abandonarse a la idea de que E.M. nunca se iba a ir. De que tendría que vivir todos los días sobreponiéndose a la fatiga, a los temblores, a la lentitud, a los problemas que le acarreaba su presencia. Contó con la ayuda de todas las personas que lo querían para acostumbrarse a convivir con ella y, en la medida de lo posible, recobrar su existencia anterior. También tomó la sabia decisión de volcarse en esa otra gente que también conocía a E.M. para poder luchar juntos por echarla o por aprender a tolerar tan desagradable compañía.

Finalmente Gabriel comprendió que, aunque su vida no volvería a ser la misma desde la llegada de E.M., encontraría en aquellas personas y dentro de sí mismo la fuerza para seguir sonriendo y volver a ser quien siempre había sido: un hombre risueño, alegre y juguetón, capaz de contagiar su energía a cualquiera que lo mirase de cerca y de lejos.

27 de mayo de 2015, Día Internacional de la Esclerosis Múltiple

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