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Usar la espada de vez en cuando

17 julio 2015

Es altiva, bella y poderosa. Tiene el pelo rubio ceniza, ondulado y le llega por los hombros. También tiene un mentón fuerte y unos labios finos, que rara vez se curvan en una sonrisa. Es alta, robusta, femenina. Está enferma, lo pasa mal, muchos la ignoran, muchos dicen respetarla pero pocos la respetan de verdad. La han violado tantas veces a lo largo de la historia de la humanidad que cree que debería morir pronto, para al menos darles la posibilidad a los humanos de adquirir un poco de conciencia. Pero no, eso nunca ocurrirá porque muchas personas dependen de ella para llenarse la boca de palabras que a menudo no se traducen en gestos.

Hoy, como todos los días, se levanta y se pone su túnica, desempolva su pesada balanza y mira al mundo con un suspiro. Instantes antes de recibir el primer golpe, se venda los ojos y empuña la espada deseando adquirir pronto la fuerza necesaria para usarla de vez en cuando.

17 de julio, Día Internacional de la Justicia

Porta Garibaldi

15 julio 2015

“Gracias por animarme a escribirte hoy. No iba a hacerlo pero quiero darte la razón, por una vez. Los dos sabemos que es verdad, que mi dureza solo es comparable a mi cabezonería, y no sabes cuánto duele pensar que me ves como un muro infranqueable donde solo te pararías para darte cabezazos. De verdad te digo que me sé reír de mí misma, pero aún no lo ves porque nos estamos construyendo. Dicho esto, Matteo, déjame decirte que te quiero, te veo, te comprendo y te deseo tanto como tú a mí. Ni más ni menos. Porque hasta en eso estamos equilibrados”.

Alessandra releyó la nota que acababa de garabatear con prisa en aquel pequeño bar. Primero borró la palabra “hoy”. Luego pensó que hablar de sus defectos no era la mejor manera de recordarle a Matteo por qué deseaba seguir con ella, y pensó en sustituir ese párrafo por algo más suave, así que lo tachó. Pero entonces, se dio cuenta de que tenía que ser más humilde, que ese párrafo decía grandes verdades y era justo que él supiese que ella era consciente de sus defectos, para que admirase cómo era capaz de agachar la cabeza. Así que reescribió esa frase, suspirando, mientras le empezaba a picar la nariz.

Los fuegos artificiales de ese catorce de julio empezaban a restallar en el cielo encapotado. El cielo gris de cada día. El cielo siempre enladrillado. El cielo viejo, pasado de rosca, la clase de cielo que no tiene ninguna magia que ofrecerle a su gente. Se había hartado de suspirar lo deprimente que era esa ciudad y ahora ya solo miraba hacia el cielo cuando tenía un buen motivo: fuegos artificiales, despejarse la mente, lanzar una plegaria a un Dios cuya existencia condenaba, acordarse de Matteo, evitar una lágrima a destiempo. Ahora se juntaban todos los motivos así que se quedó embobada mirando hacia arriba, triste al ver que ni siquiera esos fuegos eran capaces de sonsacarle la voluntad de luchar.

Releyó su carta y le pareció insuficiente, incomprensible y banal. Siempre le pasaba lo mismo cuando trataba de escribir; por más que se esforzara, no lograba saltar esa valla imaginaria que la separaba de todo lo que quería expresar. Harta de no lograr traducir aquello que corría como una yegua desbocada en su cabeza, arrugó el papel y se concentró en ese cielo gris que ya formaba parte de su banda sonora, mientras fracasaba en su intento por ahuyentar la imagen de Matteo que le gritaba con los ojos “si te vuelves a ir…” desde el andén en Porta Garibaldi.

Llegó el día de devolver el favor a la vida

13 julio 2015

Se encontraba tirado en el parque pensando en quien un día le dejó bien claro que se pasó horas y horas disparando esperanzas desde su oficina. Era su manera de decir que no se rendía ante la improbable tarea de lograr los fondos necesarios para el tratamiento, aquel que carcomía las entrañas de la única persona a la que quiso de verdad. Siempre sospechó que tenía un corazón de piedra incapaz de sentir nada por nadie, pero tras cogerle de la mano por primera vez se dio cuenta de que un poco sí que sentía.

A las seis de la tarde Mauricio se levantó y se sacudió las manchas de hierba del pantalón mientras crecían sus ganas de fumarse un cigarrillo. Se contuvo, primero porque llevaba solo tres monedas en la cartera y le tenían que durar hasta el final del día, y segundo porque no quería que ese momento de debilidad marchitara lo que con tanta fuerza de voluntad le había prometido. Cómo le brillaban los ojos en ese momento en que él por fin lo pronunció: “Sí, te lo prometo, dejaré de fumar. Pero lo hago por ti, no porque a mí me apetezca…”.  Qué fácil es hacer feliz a un niño, pensó, conmovido por la transparencia de su sonrisa al ver que éste era sincero.

Mauricio comenzó a andar hacia la salida del parque casi abrazando en su pecho aquel papel que le auguraba un tratamiento a su sobrino y volvió a rememorar el momento en que aquella desconocida potente y racional le dejó bien claro que se pasó horas disparando esperanzas desde su oficina. Finalmente logró salvarle de la enfermedad que lo carcomía, pero no sin el precio de obligarle a prometer que algún día le devolvería a su vez ese favor a la vida.

Simplemente eso

9 julio 2015

Tzen estuvo muy cerca no nacer, pero se alinearon los astros para que su familia pudiese tenerla. Su tío por parte de padre conocía a alguien influyente y, aunque nunca se enteró muy bien de la historia, sabe que consiguió un permiso para que su familia burlase la ley de hijo único impuesta en el país desde 1978. Por eso, Tzen tiene una hermana dos años mayor llamada Tzu-Fan que no se le parece en nada y con la que hace muchos meses que no habla. Son, por lo tanto, una familia insólita. En su pueblo las niñas siempre le decían cuánto la envidiaban, sin saber que en realidad tanto Tzen como Tzu-Fan desearían con fuerza ser hijas únicas, como el resto.

Hoy hace más o menos tres años que toda la familia se instaló en Alicante, donde abrieron una tienda de todo a 1 euro. Desde su llegada a España Tzen no ha hecho más que soñar con terminar el instituto para poder ir a la universidad y así dejar de pasar sus tardes y fines de semana ayudando en la tienda. Es tanto lo que tiene que ayudar que no ha podido, ni tan siquiera una vez, unirse a los planes de sus compañeros del instituto o asistir a clases de español para mejorar esa pronunciación que mucha gente le recuerda con burlas que es incorrecta. De haber tenido la oportunidad de ir a la universidad, se habría encargado de informarse bien para elegir alguna carrera que no se impartiese en Alicante para alejarse de su familia y de ese negocio que no solo no le da nada, sino que le quita.

Pero no puede irse. No se lo permiten; su deber como buena hija es ayudar en el negocio familiar sin rechistar, como hace su hermana, quien no tiene ninguna intención de ir a la universidad. Tzen lleva así varios meses intentando hacerse a la idea de que pasará su vida en esa tienda, pero por más que se esfuerza, no consigue eliminar la rabia que este hecho le suscita. Su vida está condenada a un tedio impuesto, a conformarse, a morir en vida por una causa ajena pero, como buena hija de familia china, no tiene los mecanismos para enfrentarse a la autoridad paterna.

Hasta que un día entiende que su incapacidad para resignarse es grande y decide hacer aquello para lo que nunca pensó que encontraría el valor. Mientras camina hacia la estación agradece mentalmente y por primera vez que, como cada noche, Tzu-Fan la haya dejado encargada de retirar el dinero de la caja registradora y de cerrar la tienda.

Pobre iluso

7 julio 2015

Joaquín lleva un tiempo sintiéndose raro. Como con mucha energía, con muchas ganas de moverse y con muchas ganas de hacerse oír. Pero a la vez está un poco encerrado y no puede dar rienda suelta a todo lo que quiere hacer. Cuando estira sus brazos, chocan contra cuatro paredes, igual que sus piernas. Tiene todos los movimientos limitados. Si grita, si llora, si habla… nadie lo oye. Se siente raro, a veces le golpea una lucidez que desconoce y otras solo se ve envuelto en una pátina de líquido extraño que le ciega los ojos, la mente y la voluntad. A su alrededor todo está oscuro, pero cada día que pasa oye mejor las voces que antes le llegaban como encorchadas y poco a poco va siendo más y más consciente de su nueva situación.

Desde hace pocos días tiene más hambre de lo normal. Él que siempre ha sido un poco raquítico y nunca tenía apetito, ahora tiene hambre a todas horas. No sabe qué fuerza extraña le ha insuflado la vida pero lo agradece, porque ahora tiene todas las ganas que antes no tenía de abrir los ojos y experimentar.

Por fin, cuando empieza a ser plenamente consciente de su maravillosa circunstancia, ve la luz al final del túnel y unas voces que le resultan familiares diciendo “empuja, empuja, tranquila que ya sale”, y se dirige para allá con toda la certeza y la ilusión de que lo que le espera de ahora en adelante será incluso mejor.

Bésame mucho

6 julio 2015

Carla se despierta esta mañana y se lanza contenta sobre su marido. Le besa en la nuca, éste se despereza, se da la vuelta, la besa en los labios, se besan un buen rato, hasta que Mónica entra corriendo en la habitación y se tira sobre ellos. Se separan, la llenan de besos cada uno en una mejilla y se van a desayunar.

Con el sabor de esos besos aún en los labios, Carla bebe su café y consulta su correo electrónico mientras su marido viste a la niña. Los dos salen por la puerta pero antes le dan un beso a mamá. Carla se ducha, se peina, se viste y se maquilla, y antes de salir de casa le lanza al perro un beso al aire, que coge con un ladrido.

Carla se sube al coche y llega a la oficina pasadas las nueve. Allí le presentan al nuevo de finanzas; le saluda con dos besos dados al aire y le da la bienvenida. Luego deja sus cosas en la mesa  se va a ver a Maribel, que cumple años. Le da un beso y un abrazo y prometen irse a tomar un café a media mañana. En el café de la mañana baja Luis Miguel que acaba de volver de vacaciones y le saluda con dos besos distantes, muy diferentes al beso que le dará en el hotel a la hora de comer. Cuando terminan de vestirse, siendo ya las cuatro, se besan de nuevo en el ascensor y luego espera cinco minutos para salir ella también en dirección a la oficina, donde comentará lo rico que estaba el sushi de la comida con su amiga.

A las 6 de la tarde, Carla sale de la oficina y va con el coche a buscar a su madre. Sube en el asiento del copiloto y la saluda con un beso en la mejilla. Su madre le devuelve tres y calcula que ese el amor que siente una madre hacia su hija; tres veces más grande de lo que siente ésta a su vez. Lo confirma cuando ve a Mónica deslizarse por el tobogán e ir corriendo a lanzarse a sus brazos. La llena de besos y luego la manda corriendo a despedirse de la tata, quien le da un beso en la frente antes de irse a casa. Se quedan Carla y la abuela esperando a que se despida de sus amigos y se deslice una última vez por el tobogán, pero se cae y se hace una herida en la rodilla que, por lo visto, deja de doler con el beso de mamá.

Cuando llegan a casa, Carla besa a su marido y éste le devuelve el beso por tres y entonces ella  piensa en los colores tan diferentes que acompañan a todos besos de su día a día.

6 de julio, Día Internacional del Beso

Licenciada

2 julio 2015

Ya todas esas tardes, esas noches y esas albas que has pasado pegada a las páginas de tus apuntes y libros quedan relegadas a un olvido más que merecido. Ahora ya no volverás a recordar todos esos planes a los que tuviste que renunciar, ya no volverás a pensar en todas esas tardes aburridas en las que solo querías cerrar el libro y unirte a la fiesta en la calle, ya no volverás a tener en cuenta que tienes que salir corriendo de la oficina para llegar a la facultad y seguir clavada en una silla tomando apuntes. Ya puedes desechar para siempre las profundas decepciones por haber suspendido, las enormes frustraciones por haber entregado un trabajo que solo araña el aprobado, la desidia al atender el discurso de un profesor que está más que encantado de escucharse.

Lo que queda ahora es solo el poso del conocimiento adquirido. La suerte de saber muchísimo más que la media nacional. La satisfacción de tener tu título universitario, que más que adornar la pared de tu cuarto tiene que adornar el brillo de tu sonrisa cuando lo mires. Ahora, más que nunca, todos tus sobrinos pelearemos por que estés en nuestro equipo del Trivial, ya que eres garantía para la victoria.

Te mereces ese regusto de satisfacción por los deberes bien hechos, por haber logrado lo que con mucha determinación un día te propusiste y, a pesar de las adversidades, nunca has abandonado. Cuando todos te instábamos a tirar la toalla, hartos de verte pasarlo mal, tú seguiste adelante, empecinada en tu cuesta arriba, apretando los dientes y sin quejarte casi nada. Esa tranquilidad que debes estar sintiendo tú ahora mismo solo es comparable al orgullo de toda la familia por verte subida en ese podio de oro que, por fin, has conquistado.

Vivimos el hoy

30 junio 2015

No te conozco desde hace 31 años. De hecho, ni siquiera te conozco desde hace 31 semanas. No te he conocido en las etapas de tu vida, pero puedo imaginarte y se me escapa la sonrisa entre los dientes al verte crecer al compás de tu inquietud por explorar el mundo. Tus rizos tan característicos como los míos, tus colores que sabes que tanto me gustan, tu buen humor que no se doblega ni ante la más puntiaguda de mis lanzas, tu ego que a veces me resulta inconmensurable, tus ataques de euforia por todo y nada, tus ganas de darte a conocer en todas tus esquinas y esa cursilería de la que tanto me hablas a través de tus escritos… me pregunto si todas esas cosas que tan bien te definen estaban en el momento en que fuiste concebido, un niño dentro un niña, o si han sido las cosas que has ido regando con el paso de estos 31 años hasta formar el matorral de ideas, de energía y de claras intenciones que adorna mi jardín desde hace unos pocos meses.

En realidad, me alegro de no haber sido testigo de este irse podando, porque ahora puedo maravillarme con las formas de sus ramas, los colores de sus hojas, las formas de sus copas y el gusto de sus frutos. Llegaste a mi vida en el momento en que tenías que hacerlo, ni antes ni después, ni en aquellas otras ciudades donde tan seguros estamos de que nos tuvimos a un paso, ni en el futuro que nos espera agazapado en la esquina frotándose las manos con la certeza de saber que nos va a sorprender.

Sea lo que sea lo que venga, seguro que no nos dejará indiferentes. Mientras tanto, vamos a seguir volando en la nube y temblando de seguridad por no tener nada de miedo ante lo que este año nos va a deparar.

Una crucifixión en vida

23 junio 2015

Recibe la noticia como un jarro de agua fría. “¿Y ahora? Los niños, la casa, el dinero, la comida…”, piensa mientras una explosión de calor le azota las mejillas. Entonces las lágrimas comienzan a fluir, no tanto por esa pérdida irremediable que aún no alcanza a interiorizar, sino por la consciencia de todas las dificultades que a partir de ese preciso instante se abalanzarán sobre ella.

Desde fuera, uno podría pensar que el hecho de que la preocupación ante su nueva condición sea más grande que la pena por haberle perdido no es más que la confirmación de que los matrimonios concertados son, en la mayor parte de los casos, una crucifixión en vida.

Lalia nunca se ha enamorado y ya lleva a sus espaldas el peso de un estado civil que le llega ahora de nuevas, como en su día le llegó el de “esposa”. También carga desde hace cinco años con una condición de madre, aunque al menos en este caso los artífices de su condena sí suscitan en ella el amor más grande e intenso que ha sentido jamás.

Ella siempre ha sido vulnerable pero nunca se ha sentido tan débil ni tan sola como en el momento en que toma conciencia de que se ha quedado desnuda ante el peligro, sin ningún tipo de herramienta con la que combatir a esa fiera que acomete contra ella. Además del miedo atroz ante la que se le viene encima, siente una pena inmensa en este momento, y no es por su muerte, sino por no tener nada más que diecinueve años de vida vacía a sus espaldas y, por delante, el futuro de tres niños a los que alimentar del aire, agua contaminada y palabras vacías de esperanza.

23 de junio, Día Internacional de las Viudas
Se estima que 115 millones de viudas viven en la pobreza y 81 millones han sufrido malos tratos. Las niñas casadas con hombres mayores son especialmente vulnerables.

No me obligues a pintarme

22 junio 2014

Publicado en WeLoverSize.

Soy una chica de 28 años, mitad española mitad italiana. Mido 1,78 y siempre he sido la más alta de todos los saraos. Soy de complexión normal, más ancha de caderas que de busto (bonita manera de decir que estoy bastante plana). Estoy en mi peso, pero si me descuido puedo engordar mucho. Tengo el pelo muy rizado, negro y largo, una nariz grande y unos ojos grandes, una boca pequeña, dientes alineados y tendencia al acné. Mis pies son enormes, lucho a diario contra mi vello corporal , que no es poco –si pudiese viajar en el tiempo le cortaría las manos a la primera loca que se arrancó un pelo– y todo el mundo sabe que soy muy torpe y descoordinada (de hecho no sé cómo aún no me he despeñado por algún sitio). Me suelen decir que huelo bien porque me tengo que echar productos en el pelo para domarlo. Me muerdo las uñas, no tengo ningún sentido de la moda ni de la estética en general, no me pinto jamás y no he pertenecido nunca a ninguna tribu urbana porque me daba demasiada pereza dedicarle tanta atención a la tendencia que esta siguiese.

Creo, de verdad, que yo no suelo comentar del aspecto físico de las personas a menos que me hayan pedido consejo u opinión. Todas las mujeres en mi familia tienen sobrepeso y yo las veo preciosas. Ni siquiera me entero de cuando engordan o adelgazan, porque estoy demasiado preocupada tratando de entender si están bien o no. Algunas de mis amigas también son gordas. Unas pocas tienen bigote, o celulitis, o psoriasis, o los dientes torcidos, o muchas pecas, o van siempre despeinadas…  Y aun así son preciosas. También tengo amigos extremadamente delgados y muchos de los chicos con los que he estado eran calvos o estaban a punto de serlo y lucían con orgullo su coronilla de hombre cincuentón, y aun así me gustaban. Otros en cambio tienen pelos en los sitios más insospechados y en cuanto se quitan la camiseta les asoma una incipiente barriga. Los hay que descuidan la higiene y los hay tan obsesionados con el espejo que se pasan el día de selfie en selfie. Hay de todo, de verdad.

He visto a amigas agonizar de hambre y torturarse en los gimnasios para lucir el bikini, hablar durante horas de dietas, caminar descalzas por la calle porque no aguantaban más sus tacones y llegar tarde cuando habíamos quedado porque tenían que plancharse el pelo, pintarse las uñas o elegir el bolso adecuado. Del mismo modo, llevo años oyendo comentarios y opiniones que nunca pedí sobre el hecho de que yo no me maquille nunca, aunque solo sea la raya, de que no me ponga tacones, aunque sean unos bajitos, de que no me alise el pelo, aunque solo sea para dejar un rizo más grande que el mío, de que no utilice bolsos, aunque sea uno deportivo y de que no tenga ningún sentido de la moda ni sepa bailar ni tenga interés por aprender ninguna de las dos cosas. Opiniones que nunca he pedido y que no creo que constituyan una versión mejorada de mí misma, opiniones que yo nunca me atrevería a dar, porque nadie debería sentirse con el derecho de opinar tan libremente sobre el cuerpo ajeno. Nunca nadie aconseja a otros de manera tan descarada que se pongan a leer un libro o que un sábado cambien un plan de botellón por un museo. Pero cuando se trata de mejorar la carcasa, cualquier opinión parece válida. Y no, no lo acepto, porque yo me siento súper cómoda en mis zapatos. Planos, para más datos.

Podré haber sido más o menos dura y directa, y sé que soy muy pesada sermoneando a mi familia y amigos con que se pongan el cinturón de seguridad, con que apaguen las luces y cierren bien los grifos y con que no usen palabras como “retrasado”, “puta” o “maricón”, con que no escriban con faltas de ortografía. Pero de verdad creo que nunca, ni cuando era una niña cruel y descorazonada, me habréis oído aprovechar la gordura de mis hermanas para atacarlas en una pelea, ni habréis visto que me ahorre un piropo a una amiga a sabiendas de que esa noche –como todas las noches- ligaría más que yo, ni les he dicho que quizá ese kebab a las seis de la mañana tras toda la noche bebiendo no sea la mejor de las ideas. Como tampoco me habréis oído decirles a mis novios que esa camiseta no conjunta con el pantalón, que sería bueno que se empezasen a rapar para disimular la calva o que el tabaco, además de apestarle la boca, le hace la sonrisa negra.

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Este es un mensaje para quien quiera darse por aludido y aludida: si yo no te digo que podrías aprovechar tu voluptuoso cuerpo para vestirte mejor, si yo no te digo que podías dejar de hincharte a hamburguesas para estar más sana, si yo no te digo que vistes demasiado formal para el día a día, si yo no te digo que vas tan maquillada que podría pintar las líneas de Nazca sobre tu cara, si yo no te digo que podías depilarte mejor las piernas, si yo no te digo que podías estar un poquito menos obsesionado con el gimnasio y con la ración de proteínas que debes comer hoy, si yo no te presiono para que te compres esa camiseta que me gusta a mí, no entiendo por qué yo tengo que llevar toda mi vida escuchando que podía hacerme la raya del ojo, que podía alisarme el pelo un poquito, que podía ponerme una camiseta más corta o que podría intentar tener más estilo y moverme más delicadamente. Lo que yo oigo tras todas estas opiniones que nunca he pedido es “eres una versión pobre, masculinizada y dejada de ti misma” y me niego a creer que la mujer que me mira tranquila y segura desde el espejo cada mañana necesita de todos esos cambios para que los demás también la vean.