Pobre iluso

7 julio 2015

Joaquín lleva un tiempo sintiéndose raro. Como con mucha energía, con muchas ganas de moverse y con muchas ganas de hacerse oír. Pero a la vez está un poco encerrado y no puede dar rienda suelta a todo lo que quiere hacer. Cuando estira sus brazos, chocan contra cuatro paredes, igual que sus piernas. Tiene todos los movimientos limitados. Si grita, si llora, si habla… nadie lo oye. Se siente raro, a veces le golpea una lucidez que desconoce y otras solo se ve envuelto en una pátina de líquido extraño que le ciega los ojos, la mente y la voluntad. A su alrededor todo está oscuro, pero cada día que pasa oye mejor las voces que antes le llegaban como encorchadas y poco a poco va siendo más y más consciente de su nueva situación.

Desde hace pocos días tiene más hambre de lo normal. Él que siempre ha sido un poco raquítico y nunca tenía apetito, ahora tiene hambre a todas horas. No sabe qué fuerza extraña le ha insuflado la vida pero lo agradece, porque ahora tiene todas las ganas que antes no tenía de abrir los ojos y experimentar.

Por fin, cuando empieza a ser plenamente consciente de su maravillosa circunstancia, ve la luz al final del túnel y unas voces que le resultan familiares diciendo “empuja, empuja, tranquila que ya sale”, y se dirige para allá con toda la certeza y la ilusión de que lo que le espera de ahora en adelante será incluso mejor.

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