Vivimos el hoy

30 junio 2015

No te conozco desde hace 31 años. De hecho, ni siquiera te conozco desde hace 31 semanas. No te he conocido en las etapas de tu vida, pero puedo imaginarte y se me escapa la sonrisa entre los dientes al verte crecer al compás de tu inquietud por explorar el mundo. Tus rizos tan característicos como los míos, tus colores que sabes que tanto me gustan, tu buen humor que no se doblega ni ante la más puntiaguda de mis lanzas, tu ego que a veces me resulta inconmensurable, tus ataques de euforia por todo y nada, tus ganas de darte a conocer en todas tus esquinas y esa cursilería de la que tanto me hablas a través de tus escritos… me pregunto si todas esas cosas que tan bien te definen estaban en el momento en que fuiste concebido, un niño dentro un niña, o si han sido las cosas que has ido regando con el paso de estos 31 años hasta formar el matorral de ideas, de energía y de claras intenciones que adorna mi jardín desde hace unos pocos meses.

En realidad, me alegro de no haber sido testigo de este irse podando, porque ahora puedo maravillarme con las formas de sus ramas, los colores de sus hojas, las formas de sus copas y el gusto de sus frutos. Llegaste a mi vida en el momento en que tenías que hacerlo, ni antes ni después, ni en aquellas otras ciudades donde tan seguros estamos de que nos tuvimos a un paso, ni en el futuro que nos espera agazapado en la esquina frotándose las manos con la certeza de saber que nos va a sorprender.

Sea lo que sea lo que venga, seguro que no nos dejará indiferentes. Mientras tanto, vamos a seguir volando en la nube y temblando de seguridad por no tener nada de miedo ante lo que este año nos va a deparar.

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2 pensamientos en “Vivimos el hoy

  1. Anónimo

    Fue en el invierno de 1984 durante el último año del primer gobierno constitucional después del largo periodo militar y entre las acciones temidas de aquel “sendero luminoso” beligerante e implacable que dejaban sombras y dolor en las provincias y amenazaban con llegar a la capital. En medio de una fría noche sabatina de toque de queda que en la Ciudad de los Reyes, la última fémina de la familia, aquella niña regordeta, de finas facciones, de cabellos marrones y ensortijados, de ojos redondos color miel, de pálida piel y pecas por doquier, sentía que el dolor interno que le comunicaba su cuerpo desde la mañana se intensificaba más y más. Ella era primeriza, virgen en el parto natural. El día anterior había estado de lo más normal en la escuela con sus amigas sorprendidas por su gran barriga. A la niña le aquejaba los dolores desde tempranas horas del sábado, desde antes que cantase el viejo gallo de su callejuela. No comía, solo bebía y sudaba. Ya por la noche se dirigió al hospital. El trayecto en taxi era interminable entre las paradas de los semáforos, los controles de los soldados y el número de contracciones que igualaban en cantidad a los agujeros de las pistas. Ella tan solo sabía una cosa, que todo esto estaba por acabar o por comenzar, que traería al mundo a un niño para jugar y crecer con él, para que le enseñe a ser madre y mujer, para cultivarle lo único que sabía hasta ese momento: curiosear….

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