Porta Garibaldi

15 julio 2015

“Gracias por animarme a escribirte hoy. No iba a hacerlo pero quiero darte la razón, por una vez. Los dos sabemos que es verdad, que mi dureza solo es comparable a mi cabezonería, y no sabes cuánto duele pensar que me ves como un muro infranqueable donde solo te pararías para darte cabezazos. De verdad te digo que me sé reír de mí misma, pero aún no lo ves porque nos estamos construyendo. Dicho esto, Matteo, déjame decirte que te quiero, te veo, te comprendo y te deseo tanto como tú a mí. Ni más ni menos. Porque hasta en eso estamos equilibrados”.

Alessandra releyó la nota que acababa de garabatear con prisa en aquel pequeño bar. Primero borró la palabra “hoy”. Luego pensó que hablar de sus defectos no era la mejor manera de recordarle a Matteo por qué deseaba seguir con ella, y pensó en sustituir ese párrafo por algo más suave, así que lo tachó. Pero entonces, se dio cuenta de que tenía que ser más humilde, que ese párrafo decía grandes verdades y era justo que él supiese que ella era consciente de sus defectos, para que admirase cómo era capaz de agachar la cabeza. Así que reescribió esa frase, suspirando, mientras le empezaba a picar la nariz.

Los fuegos artificiales de ese catorce de julio empezaban a restallar en el cielo encapotado. El cielo gris de cada día. El cielo siempre enladrillado. El cielo viejo, pasado de rosca, la clase de cielo que no tiene ninguna magia que ofrecerle a su gente. Se había hartado de suspirar lo deprimente que era esa ciudad y ahora ya solo miraba hacia el cielo cuando tenía un buen motivo: fuegos artificiales, despejarse la mente, lanzar una plegaria a un Dios cuya existencia condenaba, acordarse de Matteo, evitar una lágrima a destiempo. Ahora se juntaban todos los motivos así que se quedó embobada mirando hacia arriba, triste al ver que ni siquiera esos fuegos eran capaces de sonsacarle la voluntad de luchar.

Releyó su carta y le pareció insuficiente, incomprensible y banal. Siempre le pasaba lo mismo cuando trataba de escribir; por más que se esforzara, no lograba saltar esa valla imaginaria que la separaba de todo lo que quería expresar. Harta de no lograr traducir aquello que corría como una yegua desbocada en su cabeza, arrugó el papel y se concentró en ese cielo gris que ya formaba parte de su banda sonora, mientras fracasaba en su intento por ahuyentar la imagen de Matteo que le gritaba con los ojos “si te vuelves a ir…” desde el andén en Porta Garibaldi.

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