Simplemente eso

9 julio 2015

Tzen estuvo muy cerca no nacer, pero se alinearon los astros para que su familia pudiese tenerla. Su tío por parte de padre conocía a alguien influyente y, aunque nunca se enteró muy bien de la historia, sabe que consiguió un permiso para que su familia burlase la ley de hijo único impuesta en el país desde 1978. Por eso, Tzen tiene una hermana dos años mayor llamada Tzu-Fan que no se le parece en nada y con la que hace muchos meses que no habla. Son, por lo tanto, una familia insólita. En su pueblo las niñas siempre le decían cuánto la envidiaban, sin saber que en realidad tanto Tzen como Tzu-Fan desearían con fuerza ser hijas únicas, como el resto.

Hoy hace más o menos tres años que toda la familia se instaló en Alicante, donde abrieron una tienda de todo a 1 euro. Desde su llegada a España Tzen no ha hecho más que soñar con terminar el instituto para poder ir a la universidad y así dejar de pasar sus tardes y fines de semana ayudando en la tienda. Es tanto lo que tiene que ayudar que no ha podido, ni tan siquiera una vez, unirse a los planes de sus compañeros del instituto o asistir a clases de español para mejorar esa pronunciación que mucha gente le recuerda con burlas que es incorrecta. De haber tenido la oportunidad de ir a la universidad, se habría encargado de informarse bien para elegir alguna carrera que no se impartiese en Alicante para alejarse de su familia y de ese negocio que no solo no le da nada, sino que le quita.

Pero no puede irse. No se lo permiten; su deber como buena hija es ayudar en el negocio familiar sin rechistar, como hace su hermana, quien no tiene ninguna intención de ir a la universidad. Tzen lleva así varios meses intentando hacerse a la idea de que pasará su vida en esa tienda, pero por más que se esfuerza, no consigue eliminar la rabia que este hecho le suscita. Su vida está condenada a un tedio impuesto, a conformarse, a morir en vida por una causa ajena pero, como buena hija de familia china, no tiene los mecanismos para enfrentarse a la autoridad paterna.

Hasta que un día entiende que su incapacidad para resignarse es grande y decide hacer aquello para lo que nunca pensó que encontraría el valor. Mientras camina hacia la estación agradece mentalmente y por primera vez que, como cada noche, Tzu-Fan la haya dejado encargada de retirar el dinero de la caja registradora y de cerrar la tienda.

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