Archivo del Autor: alelerele

Nunca la vida

9 enero 2015

Nunca me pareció la vida tan absurda como cuando decidió apartarte de mí.

Nunca me pareció tan ajena la felicidad como cuando la vida decidió que suficiente por hoy, por mañana, por siempre.

Nunca me pareció tan viejo el cielo como cuando la vida hizo evidente que solo volveríamos a sonreír por separado.

Nunca me pareció tan cercano el horizonte como cuando la vida te chivó al oído que te estabas marchitando conmigo.

Nunca me pareció tan innecesario respirar cuando la vida evidenció que otros también serían capaces de reconocer tu luz, y que ellos también merecían cegarse.

Nunca me pareció tan posible morirse sin pena por irse del mundo como cuando tú cerraste la puerta tras de ti, sabiendo que la llave yacería siempre en la mesita de noche.

Nunca me pareció tan largo el futuro como cuando la vida agitó frente a tus ojos ese mundo de posibilidades por estrenar, mundo donde yo no tenía ni siquiera la oportunidad de asomar.

Con su boina calada

8 enero 2015

Con su boina calada y sus guantes de seda sale Ramiro a pasear. Hoy ha elegido el Retiro, porque le habían dicho que era un lugar singular, lleno de rincones curiosos, como el ángel ese que al parece está situado a 666 metros sobre el nivel del mar. Ramiro no lo encuentra excepcional, pero aún así se deja llevar y recorre las diversas avenidas que resquebrajan ese pulmón de Madrid, un pulmón algo infecto que, deduce, nunca dejó de fumar.

Otro día Ramiro elige el río para pasear con su boina calada y sus guantes de seda. Ha tirado alguna piedrecita al caudal, pero no ha sido capaz de hacerlas rebotar. Perdió esa magia cuando era pequeño y nunca más la pudo recuperar.

De sus sitios menos favoritos, Ramiro recuerda la calle Montera. Su boina calada y sus guantes de seda no están bien vistos entre tanta sirena varada, y siente el acoso de sus miradas y sus cantos de reclamo avanzar sin que su conciencia pueda evitar rechistar.

El primer día, con su boina calada y sus guantes de seda, Ramiro se dirigía a su hostal. Lo que no sabía entonces y está recién empezando a descubrir tras un mes en Madrid es que, además de todas esas cosas que decía Sabina en sus canciones sobre esa gran ciudad, tenía razón en que era mejor no volver al lugar donde has sido feliz, para poder seguir evitando el recordar.

Oposiciones

7 enero 2015

Abre el libro y suelta un suspiro cargado de cansancio, de aburrimiento, de «otra vez más de lo mismo». Le pesan los párpados casi tanto como la perspectiva del nuevo día ante ella, que es exactamente como el anterior y que se parecerá invariablemente a muchos de los que le siguen. Intenta no mirar al reloj, no pensar que le quedan horas por delante antes de su momento de mente en blanco. Sin embargo es imposible, a estas alturas, tener la mente en blanco, pues una sucesión de palabras que hace ya tiempo que dejaron de ser impronunciables bailan ante sus párpados, sin lograr silenciarlas del todo.

La angustia de no saber si lo conseguirá algún día, si podrá siquiera arañar su sueño, se suma a la incertidumbre de la eterna pregunta: «¿Convocarán plaza?». Como cada día, la respuesta a esa pregunta es un movimiento de hombros que no hace sino añadir interrogantes. Difícil seguir con esa rutina hecha de inercias, pero más difícil aún es pensar que todo podría ser en balde. Por suerte, todavía tiene la fuerza, a pesar de sus renuncias cotidianas, de relativizar y ver que su decisión no es una condena, sino una elección, y de apreciar que está trazando el camino que algún día alumbrará gran parte de su futuro.

A no pocos kilómetros de allí, una amiga piensa a menudo en ella y sonríe henchida de un orgullo ajeno pero sincero, segura de que nunca se diluirá la admiración que siente hacia ella. Aunque querría acompañarla en la celebración de su aprobado, en realidad hace tiempo que ya es dueña de un éxito sobrado, merecido, más que logrado. Por eso, a pesar de que un poco siente no poder verla disfrutar de una vida que ella sabe que viviría plena, no puede decirlo más en serio cuando reza para que no decaiga el ánimo de su heroína de sonrisa eterna.

Sin ideas

5 enero 2015

 Soy una caja de galletas vacía. Un niño sin ganas de jugar. Una adolescente sin noviete con el que tontear. Un perro al que nunca sacan a pasear. Una pareja que nunca se escribe un whatsapp. Una película que nunca van a  estrenar. Una ONG que tuvo que cerrar. Un bote de fideos instantáneos a punto de caducar. Un lata de coca cola sin gas. Una gata en celo sin nada que arañar. Un bebé recién nacido sin un pezón del que mamar. Un barco a la deriva, sin roca en la que amarrar. Una gota de agua que ha caído sobre una mina de sal. Una miss mundo coronada que se cae del pedestal. Un escritor sin ideas al que el edad le va comiendo la creatividad.

Deseos para un nuevo año

2 enero 2015

Lucía deseó con todas sus fuerzas que se terminasen las guerras. Pidió que, por favor, dejaran de morir niños inocentes por el hambre y, ahora que la calefacción se había roto en su casa y sabía lo que era pasar frío, deseó que todo el mundo tuviese un refugio donde dejar de castañear los dientes. También deseó con toda su alma que desapareciese esa enfermedad de la que hablaban tanto en la televisión últimamente, el ébola, y de paso eso que llamaban VIH que sabía que estaba relacionado con el SIDA sin entender de qué manera exactamente. Pidió que no muriesen más mujeres a manos de sus parejas y que no muriesen más ancianos solos en sus casas.

También pidió cosas personales, como que papá y mamá dejaran de discutir y que de vez en cuando se diesen un beso entre ellos también, no solo a ella. Deseó sacar muchos más dieces que el año pasado y que cambiasen a su señorita por otra un poco más maja que pusiese menos deberes.

Pidió además que nadie abandonase a sus perritos en la carretera y que los niños de su clase dejasen de pegar a Jorge y de llamarle gordo y mariquita. Deseó sinceramente que el mundo se concienciase, como ya había hecho ella, de que no había que tirar papeles al suelo, ni malgastar agua ni, sobre todo, arrancarle de cuajo la piel a los animales para hacerse abrigos horrorosos. Deseó que prohibiesen los toros este año y que todas esas personas en paro encontrasen un trabajo de lo que habían estudiado.

El seis de enero abrió los ojos ilusionada, esperando que sus deseos se hubiesen cumplido pero cuando abrió sus regalos vio decepcionada que allí solo había calcetines, un pijama y una muñeca para la que no tendría atenciones.

Demencial

31 diciembre 2014

El sonido de los tacones contra el asfalto de la ciudad. Eso, más que ningún otro elemento de la mujer, es lo que me llevó a cometer lo que usted considera una atrocidad. Ahora que ha pasado el tiempo lo veo con más claridad: no soy un enfermo sexual, pero hay ciertas cosas que no se puede evitar asociar. Como el taconeo de una mujer por la calle, ese tac tac tac, ¿acaso hay algo en el mundo que suene más musical?

Las minifaldas, los pintalabios y los perfumes, todos ellos son también un ideal. Veo a la mujer encarnada en un monumento al que siempre se debería admirar. No es solo su belleza lo que la hace escultural, es también su pose, su contoneo, ese buen gusto tan delicado que es, al mismo tiempo, brutal. Sin embargo, es el taconeo, ese tac tac tac, lo que me hace perder la cabeza y sucumbir a una tentación que todo el mundo prefiere callar. Pero eso, su señoría, no es forzar, es solo aliviar la necesidad que su taconeo me lanzaba en forma de inequívoca señal.

Por tanto, la señorita Almudena tendría que haber previsto que, si ella llevaba esos tacones, algo así le podría pasar. Ir por ahí provocando con esa prenda tan femenina y tan tremendamente sensual… No puede ser, ¡es demencial!

La lectora

30 diciembre 2014

No llamaba la atención por su cara de loca tanto como por su manía de recorrer el barrio leyendo. La conocían todos, los jóvenes, los viejos y los de edad incierta, porque fuese a donde fuese desde hacía años iba con un libro a cuestas, sin pararse jamás a mirar por dónde iba pero sin tropezarse nunca. Tenía los pasos estudiados, se conocía el barrio al dedillo y podía ir de un punto a otro absorta entre las páginas, esquivando todas las farolas, sin engancharse jamás con la correa de un perro, sin tropezar nunca con un adoquín mal plantado, sin saltarse nunca un semáforo y, sobre todo, sin tomarse nunca la molestia de saludar a sus vecinos. Lidia era tremendamente consciente de que suscitaba comentarios allá donde fuese, pero la importancia que le daba era inversamente proporcional al interés que le suscitaba la novela de turno. Y éste, por mala que fuese la novela, nunca era poco.

Hacía la cola en el supermercado sujetando la cesta con un brazo y con el otro el libro, despegaba los ojos un momento para ver el precio en la caja y le entregaba el billete a la cajera, que no tenía más remedio que meter ella misma las cosas en la bolsa si quería que la lectora empedernida saliese algún día de allí. En no pocas ocasiones le entregaba la bolsa y ella, musitando un «gracias» distraído, se iba sin recoger siquiera el cambio. También en no pocas ocasiones había quien ponía a prueba su capacidad de abstracción y empezaba a hablar de ella con la vecina de la cola o con la propia cajera. Abiertamente, sin cortarse un pelo, alzando a conciencia la voz e incluso atreviéndose a decir bien claro su nombre varias veces, incluso sin sentido: «Lidia por aquí, Lidia por allá». Ni así conseguían que ella levantase la cabeza del libro. El sonido de las voces a su alrededor no era más que un murmullo apagado que no se sobreponía jamás a las voces intensas de su cabeza, aquellas que le regalaban todas las razones para ausentarse de una realidad que se presentaba opaca, monótona y lánguida, una realidad en la que nunca terminaba del todo de despertar.

Lidia llegó a todas las casas y su fama de chalada, que llevaba sobre los hombros con el peso de una pluma, se transmitió por el barrio de generación en generación. A pesar de haber recorrido hasta los mundos que no existirán jamás, no salió nunca de allí; no tuvo la necesidad porque los pasos que la conducían por las calles del barrio nunca desplegaban el mismo escenario. Paseó por allí mientras saltaba desde un buque durante la guerra de los 100 años, mientras llegaba a la cámara de gas en Birkenau, mientras daba a luz a una camada de esponjosos cachorrillos y mientras moría en los brazos de su amante. Y los personajes que daban vida a esas escenas eran personas a su lado, y podían ser crueles, redichas, charlatanas o mandonas, pero nunca aburridas,  siempre quería saber más de aquello que tuviesen que decir o hacer en sus mundos de papel que, para ella, eran más de verdad que la propia realidad.

El día en que murió, ya con muchos años, todo el mundo acudió al entierro y un poco hasta sintieron la ausencia en el barrio de aquella loca que, pobrecita, nunca salió de allí, nunca vivió ninguna aventura y seguro que nunca fue del todo feliz. Absorta como había estado siempre en mundos de papel donde ella no tenía nada que decir, se había olvidado de vivir. Con su marcha, sin embargo, dejó el ejemplo en muchos niños que, llenos de curiosidad y libres de prejuicios, empezaron a cuestionarse qué habría de tan interesante en los miles de libros que, de pronto, coparon las estanterías de la biblioteca del barrio floreciendo con vida propia y con mucho que contar.

Virtuoso

29 diciembre 2014

Tiene maneras de virtuoso, y cuando lo veo tocar la guitarra como si acariciara a la mujer más curvilínea del mundo, me lo imagino rodeado de aplausos en un escenario, aplausos menos potentes de lo merecido. Imagino cómo se le cierran los ojos mientras le arranca suspiros, gemidos y berridos a esa bella dama tensada con cuerdas, y del mismo modo, no puede evitar cerrarlos el público extasiado que cuelga de esas notas, como mareado ante tanto talento.

Otras veces son sus manos las que llaman mi atención. Los dedos pellizcan rápido el mástil y consiguen que más de una mosca distraída detenga su vuelo en el aire para pararse a escuchar. Su gitaneo, su guitarreo, ese punteo hipnótico que me hace soñar, solo es comparable al silencio en una montaña cubierta de nieve. Todo lo demás, a su lado, ruido sucio que me trepana los tímpanos y me seca las ganas de ponerme a bailar.

Mateo tiene ese talento que todo el mundo advierte pero pocos reconocen. Lo advierten porque está ahí, en el Mont des arts, uno de los puntos más turísticos y pintorescos de esta ciudad tan poco encorsetada para ser tan fría. Es imposible que pase inobservado. Sin embargo, pocos lo reconocen porque no es más que un músico de la calle, una guitarra congelada y sin esperanza que nunca llegará a abrazar el éxito. Tengo la esperanza de que pronto los conciertos que ofrezca serán de esos en los que la gente no haya pagado por la pena de ver al virtuoso temblar de frío y de hambre, sin sospechar que en realidad no tiembla más que de emoción.

La masajista

26 diciembre 2014

Marina era una chica que sabía poco de la vida y aún así se movía con soltura, con gracia, incluso demasiada para una mujer de su edad. No había querido estudiar y ahora se pasaba las mañanas mirándose al espejo de la barra del bar, las tardes dando paseos con las amigas por el centro comercial y las noches de casa en casa, arañando unas horas de compañía y también, por qué no, algo más que una amistad. Luego dormía poquísimo, pero Marina nunca aparecía cansada, malhumorada. Jamás una ojera, una arruga de más, un gesto de fatiga. Creo que jamás la vi bostezar. Su secreto, una rayita que otra en la barra del bar.

Marina, además de ser una chica sencilla de barrio, era bastante atolondrada y no imaginaba nunca salir de allá. Era muy buena dando masajes. Se rociaba  las manos con mucho aceite de jojoba y se ponía a masajear. A veces era una espalda, a veces eran unas nalgas, a veces unos pechos, a veces unas manos, a veces sus propias manos, a veces una cara, casi nunca una cara, a veces un pene, casi siempre un pene, a veces incluso la tripa de una embarazada… Marina amaba su trabajo, masajeaba sin parar, con soltura, como se movía cada mañana en las barras del bar, como lo hacía por las tardes por el centro comercial,  como lo hacía por las noches en las casas de sus amigos, con esa facilidad y esa energía que la acompañaba también en la soledad de su sofá.

Marina era guapa, no guapísima, pero sí bastante guapa, y eso le facilitaba las cosas de su día a día. Nunca estaba cansada Marina, nunca se quejaba. Sabía poco de la vida, pero lo que sí sabía es que no quería saber nada más.

Y con razón

24 diciembre 2014

No te creas que no me he dado cuenta de que últimamente siempre eres tú quien me dice “Te quiero” y yo quien contesta rápidamente con un “¡Y yo a ti mucho!”. Créeme que cada vez que te me adelantas pienso “Mierda, la próxima vez se lo digo yo antes”. Pero si te soy sincera, no encuentro el momento adecuado, porque pienso que no quedará natural, que parecerá forzado.

¿Será que se me queda corto ese “Te quiero”? ¿Será porque es una expresión tan manida que ya ha perdido todo su encanto? Estoy segura de que, desde que el mundo es mundo, se han lanzado muchos más “te quieros” a aire que al corazón. Y por eso yo trato de marcar la diferencia intentando encontrar una palabra o una nueva expresión que, sin haber perdido todo su encanto, pueda expresar todo lo que siento. Y con razón.