La lectora

30 diciembre 2014

No llamaba la atención por su cara de loca tanto como por su manía de recorrer el barrio leyendo. La conocían todos, los jóvenes, los viejos y los de edad incierta, porque fuese a donde fuese desde hacía años iba con un libro a cuestas, sin pararse jamás a mirar por dónde iba pero sin tropezarse nunca. Tenía los pasos estudiados, se conocía el barrio al dedillo y podía ir de un punto a otro absorta entre las páginas, esquivando todas las farolas, sin engancharse jamás con la correa de un perro, sin tropezar nunca con un adoquín mal plantado, sin saltarse nunca un semáforo y, sobre todo, sin tomarse nunca la molestia de saludar a sus vecinos. Lidia era tremendamente consciente de que suscitaba comentarios allá donde fuese, pero la importancia que le daba era inversamente proporcional al interés que le suscitaba la novela de turno. Y éste, por mala que fuese la novela, nunca era poco.

Hacía la cola en el supermercado sujetando la cesta con un brazo y con el otro el libro, despegaba los ojos un momento para ver el precio en la caja y le entregaba el billete a la cajera, que no tenía más remedio que meter ella misma las cosas en la bolsa si quería que la lectora empedernida saliese algún día de allí. En no pocas ocasiones le entregaba la bolsa y ella, musitando un “gracias” distraído, se iba sin recoger siquiera el cambio. También en no pocas ocasiones había quien ponía a prueba su capacidad de abstracción y empezaba a hablar de ella con la vecina de la cola o con la propia cajera. Abiertamente, sin cortarse un pelo, alzando a conciencia la voz e incluso atreviéndose a decir bien claro su nombre varias veces, incluso sin sentido: “Lidia por aquí, Lidia por allá”. Ni así conseguían que ella levantase la cabeza del libro. El sonido de las voces a su alrededor no era más que un murmullo apagado que no se sobreponía jamás a las voces intensas de su cabeza, aquellas que le regalaban todas las razones para ausentarse de una realidad que se presentaba opaca, monótona y lánguida, una realidad en la que nunca terminaba del todo de despertar.

Lidia llegó a todas las casas y su fama de chalada, que llevaba sobre los hombros con el peso de una pluma, se transmitió por el barrio de generación en generación. A pesar de haber recorrido hasta los mundos que no existirán jamás, no salió nunca de allí; no tuvo la necesidad porque los pasos que la conducían por las calles del barrio nunca desplegaban el mismo escenario. Paseó por allí mientras se saltaba desde un buque durante la guerra de los 100 años, mientras llegaba a la cámara de gas en Birkenau, mientras daba a luz a una camada de esponjosos cachorrillos y mientras moría en los brazos de su amante. Y los personajes que daban vida a esas escenas eran personas a su lado, y podían ser crueles, redichas, charlatanas o mandonas, pero nunca aburridas,  siempre quería saber más de aquello que tuviesen que decir o hacer en sus mundos de papel que, para ella, eran más de verdad que la propia realidad.

El día en que murió, ya con muchos años, todo el mundo acudió al entierro y un poco hasta sintieron la ausencia en el barrio de aquella loca que, pobrecita, nunca salió de allí, nunca vivió ninguna aventura y seguro que nunca fue del todo feliz. Absorta como había estado siempre en mundos de papel donde ella no tenía nada que decir se había olvidado de vivir. Con su marcha, sin embargo, dejó el ejemplo en muchos niños que, llenos de curiosidad y libres de prejuicios, empezaron a cuestionarse qué habría de tan interesante en los miles de libros que, de pronto, coparon las estanterías de la biblioteca del barrio floreciendo con vida propia y con mucho que contar.

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