Archivo del Autor: alelerele

Es normal

25 mayo 2015

Supongo que es normal que te hayas cansado de mí, tan pronto y tan de repente. No soy fácil, tengo un carácter fuerte, tengo las ideas demasiado claras, tengo sed de independencia y al mismo tiempo unas ganas tremendas de merecerte la pena. Supongo que es normal que sientas que ya no hay nada más que escarbar, que es el momento de irte hacia otra persona para empezar este proceso desde el principio y así, quizá, volver a sentirte vivo. Volver a sentirte tuyo.

Supongo también que es normal que te eche de menos, que se me haga raro no ser parte de tus ideas, ahora que me había acomodado en la impresión de poder ser el cemento que une los ladrillos de tu castillo. Supongo que esta angustia que siento en el pecho, este temblor en las piernas, este escozor en los párpados y esas mariposas en la tripa que traen de todo menos buenas sensaciones, son también de lo más normales.

Supongo que es el precio que pagar por haberte creído mío, sin darme cuenta de que eras, desde el principio, una mera ilusión, un profundo espejismo que solo aboca al vacío. Supongo que es normal que ahora vea claro que solo quería algo con lo que soñar, demasiado perfecto como para ser real, demasiado mío como para poder ser verdad.

Te echo de menos

22 mayo 2015

Te echo de menos, Madrid. Echo de menos tus tonterías, como que un día estés de buen humor y tus calles sean preciosas y estén llenas de buena gente, y otro día estés rebotada y no haya nada que podamos hacer para sacarte de tu locura transitoria. Echo de menos esa facilidad tuya para hacer que quiera estar siempre contigo y al mismo tiempo me agobie la idea de volver a vivir lo que ya hemos vivido.

Madrid, echo de menos tus taxis blancos con su inconfundible raya roja, porque me parecen mucho menos lúgubres que los negros de Barcelona y mucho más elegantes que los amarillos de Nueva York. Echo de menos tus baldosas con forma de rombos porque me recuerdan a mi infancia, cuando me maravillaban esas manchas grises que nunca imaginé que serían chicle repegado. Con tu lavado de cara te has llevado esos chicles y, con ellos, un poco mi inocencia también.

Echo de menos tus autobuses que antes eran rojos y ahora son azules. El reloj del edificio de Telefónica también era rojo antes y ahora también es azul; odio que intenten maquillarte casi tanto como odio que me intenten maquillar a mí. Tampoco me gusta que me cambien los recuerdos y que la osa y el madroño haya decidido jugar al pilla-pilla con el cartel del Tío Pepe. Qué descontrol, ni que yo decidiese ahora quitarme la nariz para intercambiarla con la oreja.

Echo de menos tu calor, el de dentro y el de fuera, echo de menos alzar la vista y que se me empañen los ojos de luz y de belleza, echo de menos saber que estoy a unas paradas de metro de mi casa y echo de menos pensar lo bonito que es que la palabra Madrid empiece igual que la palabra “madre” cuando la abrazo después de un durísimo día de paseos, terracitas, risas e inspiración.

Angustia de fin de semana

20 mayo 2015

No te haces a la idea de lo largo que es un minuto sin tener noticias de ti. Parece mentira que sea la misma medida de tiempo que utilizamos cuando estamos juntos. A veces el tiempo se mide solo gracias al agónico pasar del reloj que, por más que avance, no me trae buenas noticias; otras veces parece ir corriendo al final de lo que siempre queremos posponer.

Hoy llevo más tiempo que nunca desde el minuto en que nos conocimos sin saber de ti. Y no es fácil. No es fácil porque me siento maniatada, porque veo que no soy partícipe de tu vida hasta el punto de no poder contactar con alguien para que me dé la buena noticia: «Está bien, está aquí, y además no te ha mentido, porque está en Reims y no en París».

¿Sois, de verdad, la misma persona? ¿Aquel capaz de hacerme vibrar con solo mirarme y aquel capaz de romperme con una palabra divorciada de la realidad? ¿Es capaz el primero de ponerse una máscara tan cruenta para transformarse a consciencia en aquello que nunca deseé conocer? Me resisto a creerlo, me resisto a pensar que esto pueda irrumpir en una historia que se presentaba a todas luces acertada.

Esas dudas del dónde, el cuándo, el qué, el cómo y sobre todo el con quién se extienden como nubarrones sobre mi cabeza al tiempo que lo hace la pátina de sudor frío que se empeña en inventarse mis sospechas. Y sin poder creer que seáis la misma persona, me acurruco en la nubecita y cierro los ojos muy fuerte, deseando que mañana sea jueves y este fin de semana no haya existido, para poder retomar aquello que durante un espejismo me hizo tan feliz.

¿Cómo has hecho?

19 mayo 2015

Esta es una más de esas historias incomprensibles con las que al final, de un modo u otro, todo aquel que tenga hermanos se siente identificado. Podría resumirse así: «Nos queríamos matar todo el día, pero vaya mierda la vida sin ella». La historia de dos personas que desde luego nacieron en momentos distintos, con un carácter diametralmente opuesto y unos gustos completamente contrarios y que terminaron encontrándose en el paso del tiempo, sorprendiéndose de lo parecidos que podían resultar al final el ying y el yang, la noche y el día. Esta historia es el ejemplo de uno de esos afortunados casos en los que la palabra «hermana» ha trascendido la connotación familiar, dando lugar a una vida compartida.

A la mía, poca gente se atreve a conocerla, a traspasar esa coraza de tía dura que no puede evitar ofrecer al mundo. Pero los que lo han conseguido terminarán por darse cuenta de cuánto les habrá merecido la pena.

Ya lo he dicho muchas veces; mi familia está recompuesta de añicos. Aunque no queden huecos, siempre se verán las grietas por donde nos rompimos. Pero precisamente para mantener esos cimientos necesitamos encontrar más de un pilar de la casa, y en ella lo encontramos porque heredó su inequívoca fuerza y su inconfundible grinta y supo acoplarlas a su alma femenina, capaz de una profunda empatía. ¿Cómo has hecho, Nati? ¿Cómo lograr que la fórmula dicotómica salga tan, pero tan bien? Algún día, como has hecho siempre, nos lo enseñarás y serás, cómo no, de nuevo un enorme ejemplo a seguir.

Enfermo de la vida

18 mayo 2015

Desde luego que no me siento un enfermo, aunque a veces me da la impresión de que voy a terminar perdiendo la cabeza… Tanto que pensar, tanto tiempo defendiéndome de lo que creo que no debería suponer un problema para los demás, tanto dolor al saber que estoy haciendo daño sin quererlo… Porque es verdad, yo no quiero hacer daño. No quiero leer esa decepción en la mirada de mi padre, esas lágrimas en los ojos de mi madre, esa mueca de extrañeza en los rostros de mis amigos. No puedo, pero estoy tan bloqueado que no puedo hacer nada para detenerlos, como no sea luchar contra mí mismo con una fuerza que no sé de dónde podría sacar.

Y es que no puedo encontrar esa fuerza para luchar porque no siento que esa sea mi causa. No me siento un enfermo, porque no me duele nada; como mucho a veces duele el alma porque me recuerda que a ojos de muchos no soy normal. Soy un enfermo. ¿Enfermo de qué parte, exactamente? De la cabeza, por no ver que no estoy enfermo. De los ojos por fijarme en otros hombres. Del corazón por enamorarme de otros hombres. Del pene, por responder ante ellos. Enfermo de la garganta, por reírme con ellos. Enfermo de las manos, que al parecer se mueven demasiado. Enfermo de la vida, al parecer, porque no me dejan vivirla de la única forma que puedo, que sé y que quiero.

17 de mayo de 1990, la homosexualidad queda eliminada de la lista de enfermedades mentales.

Aterradora

13 mayo 2015

Sofía se acurruca y empieza a temblar. Le pasa desde siempre, que yo recuerde y no logra acostumbrarse. Da igual lo que le diga la gente, lo mucho que insistan para que deje de tener un miedo atroz. No es capaz de superarlo, y empieza a temer que nunca se desembarazará de esa sensación tan, pero tan desagradable. Sus profesoras, sus padres, alguna amiga algo más mayor… han intentado de todo, desde dejar la luz encendida hasta llenarle la cama de peluches o ponerle música suave, y la madre vive con la tentación de quedarse con ella hasta que se duerma, pero siempre se lo impide un padre que lleva a rajatabla las recomendaciones de la terapeuta.

Sofía lo único que puede hacer cuando entra en esos momentos es cerrar los ojos y recordar que está en la playa, o en el campo, o con alguien a quien quiera mucho y le infunda seguridad. Así, poco a poco, logra quedarse dormida y cuando amanece se ha olvidado de lo mal que lo pasó la noche anterior. Y yo me tengo que fastidiar y esperar unas cuantas horas para volver a tener mi oportunidad.

No la culpo, la verdad. Es cierto que soy bastante aterradora; mi camisón negro está lleno de jirones y a través de ellos se me ve la carne quemada, y me falta un brazo. No tengo ni un pelo en la cabeza, ni dientes, y mi nariz está rota y no deja de sangrar. Además, también me falta un ojo, pero intento tapármelo con la mano que me queda. No culpo a la pobre niña si grita aterrada cuando intento aparecerme ante ella, pero así es como soy y no podemos modificar nuestro aspecto, a pesar de que no sea precisamente la imagen que uno tendría de un ángel de la guarda… Sin embargo, necesito que me escuche de una vez porque me han encomendado entregarle el mensaje de que es la elegida para evitar la muerte y ya no me queda mucho más tiempo…

La vecina de 4ºB

12 mayo 2015

Matías tiene un empleo bastante anodino para sus expectativas. Como todo niño, nació queriendo ser astronauta, creció queriendo ser futbolista y se coronó siendo economista. Pero la crisis le ha azotado a él también y ahora trabaja conduciendo esos autobuses que llevan a los pasajeros desde la terminal hasta el avión. Es un trabajo cómodo, tranquilo, bastante estable y, lo que es mejor, solitario. No se enreda en cuestiones como rutas, dinero, pasajeros molestos o tráfico. Pero, para qué negarlo, a veces se aburre bastante y le da por pensar, y entonces siempre vuelve a lo mismo: su vecina del 4ºB.

Debe tener 10 años más que él, pero jamás ha visto a una mujer tan sexy, ni siquiera en revistas o películas. Le obsesiona un poco. Bueno, un poco no, muchísimo. Y desde hace años. Pero más le obsesiona no poder encontrar el momento para lanzarse. Le da vueltas y más vueltas a la posibilidad de encontrarse con ella en el ascensor y quedarse encerrados, de meterse un día en su casa con la excusa de arreglarle un grifo, de poder hablar con ella sobre una caña en el bar mientras los niños remolonean con los últimos goles. Pero nunca encuentra el momento adecuado.

Lleva así desde que se mudaron a esa casa hará ya ocho años; al principio solo pensaba lo buena que estaba, pero cada día iba mirándola unos segundos más hasta que se dio cuenta de que ahora la miraba incluso dormido. Esta obsesión que le hace querer tender la ropa con la esperanza de que se asome ella también, que le hace bajar la basura con la esperanza de que la baje ella también, que le hace asistir a las reuniones de vecinos con la esperanza de que aparezca ella también, que le hace bajar a por las cartas con la esperanza de que baje ella también, que le hace ir al supermercado con la esperanza de que vaya ella también, que le hace ser el marido perfecto, el único que ayuda con las tareas del hogar sin rechistar, el que consigue que cada día su mujer lo quiera más y más por ser tan generoso y responsable, esa obsesión, y solo esa, es la que le llevó a chocar con otro autobús en plena pista por distraerse mirándola a ella, a su vecina del 4ºB, dentro de su autobús rumbo a un avión.

Roma

11 mayo 2015

En cada copa del pino hay una historia que merece ser contada. Como en cada copa de helado, en cada copa de Prosecco y en cada copa rota acumulada en el Testaccio. Así es esta ciudad, la madre de la historia abriéndose paso a través del tiempo y arrastrando consigo todo aquello que fue hace siglos. Y al tiempo que palpita la historia, se congregan en sus plazas, sus calles, sus escalinatas y sus bancos historias del día a día, más mundanas.

¡Ay! Si cada piedra hablara… se quedaría afónica de reírse de su historia versada y de llorar la sangre derramada. El pulgar de Nerón se volvería a erguir con determinación sobre las cabezas de todos esos gatos que maúllan a la luna más bonita de Europa. Y al mismo tiempo, el caos de una ciudad que no se relaja, le pondría la banda sonora a esta belleza rara.

Es eterna, eternamente apabullante. Es infeliz, coronada de desgracias. Es enorme, como enormes serían los surcos de sus arrugas si habláramos de una vieja dama. Esta ciudad que trasciende toda connotación de lugar habitable ha sabido traducir arrugas en socavones en las aceras, canas en grietas sobre las fachadas y achaques en profunda idiosincrasia. Y a pesar de su decadencia, de la que uno no se cansa, sigue siendo conmovedora, altiva, porque a pesar de todo se sabe la reina de todas las salsas. Y es que Roma, que puede permitirse el lujo de ignorar las críticas que le caen a diario por parte de sus más fieles amantes, será siempre eterna a pesar de su capa caída, y nunca cesará de arrancar suspiros en las calles más recónditas de su alma apaleada.

Hasta aquí

8 mayo 2015

María está a punto de llorar porque está preocupada, pero su estúpida manía de pasar por alto los conflictos le impiden enfrentarse a ese momento. Está sentada en su sofá de escay que heredó de su abuelo y araña la piel del reposabrazos en un intento de aliviar la tensión. Le mira preparar la cena y piensa que no va a poder engullir nada; ni una gota de agua podría pasar por esa garganta abotargada.

Lleva ya doce años con Jorge, doce años enamorada de ese hombre bueno y generoso. A veces le duele incluso un poco el pecho si se para a pensar qué pasaría si él la dejara. Se pone a imaginar cómo sabría el café de la mañana sin su beso de buenos días y se le encoge la garganta. Fantasea todo lo que le permite el cerebro antes de colapsar con cómo sería ir a dormir y no acurrucar sus pies entre sus rodillas. Pronto se estremece, obligándose a ahuyentar esas sombras antes de que la encierren y la ahoguen. María vive siempre así de preocupada, porque así es ella, adelantada siempre a los acontecimientos, sobre todo aquellos con un tinte pesimista.

Muchos amigos le han insinuado con cariño que tiene una obsesión, que su relación con la idea de una pareja no es del todo sana y que echan algo de menos cómo era ella antes. Pero María les ignora porque le encanta entregarse en cuerpo y alma a Jorge y reafirmarse cada día y cada noche en su convicción de que es un hombre bueno, generoso.

Y de hecho, es verdad. Jorge es un hombre bueno, generoso, honrado y trabajador. Incluso divertido, a ratos. Pero María tiene una pregunta en la punta de la lengua cuya respuesta, en realidad, ya conoce. Y no quiere enfrentarse a lo evidente. No quiere aceptar que él sentirá cómo las sogas que lo atan a ese matrimonio se deshacen con la facilidad de un lazo de seda, dándole la vía libre que tanto anhela. Porque cuando el amor desaparece es igual o más evidente que cuando permanece flotando en el ambiente.

Atila

7 mayo 2015

Atila llegó al refugio atemorizado. Le faltaban las orejas, porque se las cortaron para que pudiese pelear mejor, y en el hocico tenía una herida que no terminaba de cicatrizar. Si se rascaba porque le picaba comenzaba a sangrar y las voluntarias le curaban con paciencia y, para qué negarlo, con algo de miedo. No era un perro bonito, sus múltiples heridas le otorgaban un aspecto algo feroz. Y si le dolía, no dudaba en comenzar a rugir.

Atila fue entrenado durante tantos años para participar en peleas de perros que su corazón se convirtió en una roca. Le inculcaron el valor de la fiereza, si es que éste puede considerarse un valor, y ya solo sabía expresarse con rabia y con violencia.

Poco a poco su corazón de piedra fue moldeándose gracias al cariño de las voluntarias. Empezó a mostrarse más juguetón y más afectuoso, y dejó de rugir con tanta frecuencia. Dormía mejor y comía con mucho más apetito que antes. Un día, cuando Atila llevaba unos tres meses en el refugio, apareció Migas, un perro pequeño de color café con leche que soltaba mucho pelo y que era alegre y juguetón y que trajo un soplo de ánimo a sus compañeros del refugio. Las voluntarias adoraban ver cómo jugaba con todos y cómo su presencia hacía que el resto de perros saliesen de su sopor para unirse a las carreras y saltos de su compañero café con leche.

Atila y Migas no tardaron en congeniar. Tenían una edad parecida y, aunque Atila era de complexión más fuerte, eran de tamaño parecido y tenían una manera de entender el juego muy similar. Pronto se hicieron inseparables y las responsables del refugio no dudaron en animarles a estar juntos, convencidas del bien que el pequeño Migas ejercía en Atila.

Pero un día, Atila, que conservaba todavía la fuerza inculcada por la mano férrea del hombre que le utilizó en su beneficio,  no calculó bien la intensidad de un mordisco juguetón. Durante unos instantes, se quedó pasmado sin entender porqué su compañero de juegos no se movía como hacía un momento. Cuando las chicas se lo llevaron, comprobaron con el corazón roto cómo los suaves aullidos del pequeño gran Atila iba creciendo conforme pasaban los días y su amigo de juegos no volvía.

Basado en hechos reales (gracias a Elena Mariño Seoane).