Atila

7 mayo 2015

Atila llegó al refugio atemorizado. Le faltaban las orejas, porque se las cortaron para que pudiese pelear mejor, y en el hocico tenía una herida que no terminaba de cicatrizar. Si se rascaba porque le picaba comenzaba a sangrar y las voluntarias le curaban con paciencia y, para qué negarlo, con algo de miedo. No era un perro bonito, sus múltiples heridas le otorgaban un aspecto algo feroz. Y si le dolía, no dudaba en comenzar a rugir.

Atila fue entrenado durante tantos años para participar en peleas de perros que su corazón se convirtió en una roca. Le inculcaron el valor de la fiereza, si es que éste puede considerarse un valor, y ya solo sabía expresarse con rabia y con violencia.

Poco a poco su corazón de piedra fue moldeándose gracias al cariño de las voluntarias. Empezó a mostrarse más juguetón y más afectuoso, y dejó de rugir con tanta frecuencia. Dormía mejor y comía con mucho más apetito que antes. Un día, cuando Atila llevaba unos tres meses en el refugio, apareció Migas, un perro pequeño de color café con leche que soltaba mucho pelo y que era alegre y juguetón y que trajo un soplo de ánimo a sus compañeros del refugio. Las voluntarias adoraban ver cómo jugaba con todos y cómo su presencia hacía que el resto de perros saliesen de su sopor para unirse a las carreras y saltos de su compañero café con leche.

Atila y Migas no tardaron en congeniar. Tenían una edad parecida y, aunque Atila era de complexión más fuerte, eran de tamaño parecido y tenían una manera de entender el juego muy similar. Pronto se hicieron inseparables y las responsables del refugio no dudaron en animarles a estar juntos, convencidas del bien que el pequeño Migas ejercía en Atila.

Pero un día, Atila, que conservaba todavía la fuerza inculcada por la mano férrea del hombre que le utilizó en su beneficio,  no calculó bien la intensidad de un mordisco juguetón. Durante unos instantes, se quedó pasmado sin entender porqué su compañero de juegos no se movía como hacía un momento. Cuando las chicas se lo llevaron, comprobaron con el corazón roto cómo los suaves aullidos del pequeño gran Atila iba creciendo conforme pasaban los días y su amigo de juegos no volvía.

Basado en hechos reales (gracias a Elena Mariño Seoane).

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