Archivo del Autor: alelerele

Alicia no tiene esencia

11 noviembre 2014

A Alicia no le importa esperarme cuando doy vueltas en las librerías y siempre hace el amor conmigo, le duela la cabeza o no. Nunca me discute en público, sonríe cuando le tomo el pelo y, sin que te enfades, te diré que probablemente sea la única mujer sin aires de mandona que conozco.

El problema con Alicia es que no tiene esencia. Alicia se levanta de la cama y no huele a buenos días, ni a babas en la almohada, ni a sueño, ni a aliento mañanero. Cuando sale de la ducha, no huele a champú, a mascarilla o a crema. Tampoco le huele el pintauñas en las manos, el café en los besos o los pedos en el lavabo. De los restaurantes no le queda ni rastro de coco del postre, ni de alioli, ni de pintalabios, y si me mete sus bragas en la maleta cuando viajo no hay nada de Alicia en ellas. Ni siquiera cuando cocina se le impregna algo el pelo.

Pero Alicia tampoco tiene malicia, y por eso no sabe que ella no huele, como nada ni nadie lo hace, desde que te tengo a ti metida con fuerza entre ceja y ceja.

Dice la gente

10 noviembre 2014

Me habían dicho que todos los caminos llevan a Roma, pero yo siempre termino en Estambul. Algo me dice que están allí, como también me dice que crecieron fuertes, que son divertidos, que van a librerías, que tratan bien a sus novias, que cuidan el uno del otro, que están bien. De si seguirán siendo tan parecidos como cuando nacieron, ese algo ya no me dice nada.

Pienso que quizá me hayan atendido en el bazar alguna vez. A lo mejor les he dado una propina en un restaurante, o quién sabe si no será uno de ellos aquel botones al que grité cuando dejó caer mi maleta… Dicen que una madre sabe quiénes son sus hijos con mirarlos a los ojos, pero no son más que tonterías que te dice la gente que quiere consolarte. En su generosidad, se esfuerzan por aflojarme un poco esa soga que me oprime los pulmones cuando pienso que la vida me regaló finalmente todas las riquezas que hacen falta para criar a unos hijos cuando era demasiado tarde, instantes después de haberlos regalado por dos duros a otra madre que, según dicen, no los sentirá tan suyos al mirarlos a los ojos.

Disforia

7 noviembre 2014

Ginés lleva aparato y es gordo, y todo apunta a que le tendrán que poner gafas. Por si fuera poco, Ginés tiene 10 años. Pero Ginés no es blanco de burlas, ningún niño desempolva su ingenio cuando lo tiene enfrente, nadie se molesta en insultarlo. Ginés nunca será famoso, no aparecerán biografías con su nombre en las librerías, ni canciones suyas en la radio. Ginés nunca será nada. Porque nada es Ginés.

De Inés, en cambio, sí se ríen los demás niños. Es gorda, lleva aparato y, por si fuera poco, tiene 10 años. Además, dentro de poco le pondrán gafas para leer.

Inés es la única persona a la que odia Ginés porque, por su culpa, el resto de niños no lo ven. No ven que él también es “ballena”, que también tiene una valla en la boca, que también es repetidor. No, los niños de su clase solo ven a una niña que se llama Inés. ¿Cómo puede ser que él sea el único que conozca a Ginés? Si lo tienen ahí, enfrente suyo cuando le llaman gorda y fea. ¿Cómo puede ser que no vean a Ginés pero sí a Inés? Si para Ginés, ni existe Inés…

Cada mañana

6 noviembre 2014

Como cada mañana desde que llegó a Europa, Meena subió al tranvía con una sensación que le oprimía el pecho y le obligaba a respirar profundo. Había probado de todo: cantar en su cabeza machaconas letras infantiles, rezar, dejar la mente en blanco… pero por más que lo intentara no lograba calmar ese tuntún en las sienes, y al final tenía que bajarse del tranvía para recorrer varias paradas hasta llegar a la librería. Solo así dejaba de sentir las miradas de los demás pasajeros que, estaba segura, la tenían por loca. Porque loca y monstruo, no sabía muy bien por qué, estaban asociados, al menos en su país.

Meena ya solo salía a la calle para ir a buscar el libro milagroso, pero nada de lo que había leído le había ayudado todavía y, con empeño, seguía intentándolo, día tras día, sin faltar ni uno. Estaba segura de que gracias a alguno de aquellos libros lograría volver a mirarse al espejo sin sentir repulsa. Pero, cuando lo lograse, ¿cómo se desembarazaría de aquel olor a piel quemada que todavía le ardía en la nariz, mezclado con el ácido y, sobre todo, con el hedor de quien se lo arrojaba?

La mirada perdida

Como Ángel nunca había ido de putas, no tenía ni idea de cuál era el protocolo. ¿La mano? ¿Dos besos? ¿Un abrazo lánguido, de esos que no se sabe muy bien quién se lo da a quién? El lugar era menos sórdido de lo que se había imaginado, pero aun así le picaba la nuca, signo inequívoco de que no quería estar allí. Estefanía se le acercó cuando apuraba el último trago y le plantó dos besos pegajosos que traían de regalo una bofetada de perfume barato. Sintió náuseas, pero se cuidó de hacérselo ver a ella; putero sí, pero caballero más.

A Ángel no le gustó nada aquella chica. Le pareció demasiado alta, algo ordinaria, y tenía la mirada perdida. No parecía haber pisado una librería en su vida. Aun así, guiado por la presión en su entrepierna, subió las escaleras y, durante varias horas, se dejó adular desnudo sobre la cama, agradecidos ambos por la magia de la pildorita azul que nunca falla.

Cuando llegó a su casa, Raquel lo recibió en la puerta diciéndole:

-Venga, enséñamelo todo. Dime que, por fin, has aprendido- con una sonrisa de deseo en la mirada.

La mirada perdida

5 noviembre 2014

Como Ángel nunca había ido de putas, no tenía ni idea de cuál era el protocolo. ¿La mano? ¿Dos besos? ¿Un abrazo lánguido, de esos que no se sabe muy bien quién se lo da a quién? El lugar era menos sórdido de lo que se había imaginado, pero aun así le picaba la nuca, signo inequívoco de que no quería estar allí. Estefanía se le acercó cuando apuraba el último trago y le plantó dos besos pegajosos que traían de regalo una bofetada de perfume barato. Sintió náuseas, pero se cuidó de hacérselo ver a ella; putero sí, pero caballero más.

A Ángel no le gustó nada aquella chica. Le pareció demasiado alta, algo ordinaria, y tenía la mirada perdida. No parecía haber pisado una librería en su vida. Aun así, guiado por la presión en su entrepierna, subió las escaleras y, durante varias horas, se dejó adular desnudo sobre la cama, agradecidos ambos por la magia de la pildorita azul que nunca falla.

Cuando llegó a su casa, Raquel lo recibió en la puerta diciéndole:

-Venga, enséñamelo todo. Dime que, por fin, has aprendido- con una sonrisa de deseo en la mirada.

Nombre: Soledad G.
Profesión: Administrativo

Edad: 59

Opinión sobre Historias de tu mundo:
De la mano de los distintos personajes que retrata la autora, se nos brinda la oportunidad de viajar por los lugares más exóticos y pintorescos de una forma que casi resulta real.
En cada historia descrita se nota una gran sensibilidad y un profundo conocimiento de los lugares que describe por parte de la autora. Destacaría también la facilidad con que salta de una historia a otra, sin que por ello su lectura pierda un ápice de interés.
Al leerlo sientes como si fueran los propios personajes quienes contaran su historia. En definitiva su lectura me resultó fascinante y muy amena.

Opinión sobre Afrodita en la ventana:
A través de su lectura nos sumergimos en la vida de la gente corriente que habita en el  Madrid más cotidiano. Los personajes destilan humanidad, nos adentramos en el submundo de algunos de ellos y que la autora ha sabido captar con tanta maestría.
También quiero destacar la riqueza del lenguaje y gran variedad, con expresiones o localismos raros de encontrar hoy día entre los escritores. En definitiva, ¡una gran novela!

Afrodita en la ventana (Bohodón Ediciones)

Presentación Afrodita en la ventana en Madrid, 17 enero 2015 Champanería Librería María Pandora

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Presentación Afrodita en la ventana en Barcelona, 8 marzo 2015, Casa del libro «La maquinista»

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Feria del libro de Madrid, Parque del Retiro, 7 junio 2015

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Para saber todo el valor de una alegría has de tener con quién compartirla.

                                                                             M. Twain

Afrodita, por Gon M.Claudia se encendió un cigarrillo mientras trataba de ignorar la mirada de las personas que en ese momento se cruzaban con ella. La lluvia que hacía no mucho había ondulado su pelo, se secaba ahora sobre el asfalto de la calle, una calle que empezaba a recibir entre sus sombras la luz de lo que sería un día más de aquel otoño húmedo y adormecido. Su maleta negra, sucia tras el largo viaje, empezaba a acumular el peso de una noche sin dormir.

Fumaba desde los trece años, y desde la primera calada lo había hecho con la misma parsimonia con que caminaba o hablaba. Con una cadencia extrañamente sensual, Claudia no tenía prisas para casi nada, y del mismo modo con que cantaba en la ducha lo que casi siempre parecían baladas, consumía ahora el tabaco entre sus dedos.

Personas muy distintas cruzaban miradas con ella, algunas con sus ojos, la mayoría con su cuerpo vestido de rojo y guitarra. Tratando de ignorar la lascivia y sus comentarios, Claudia aplastó el cigarrillo contra el tacón y respiró un aire contaminado y lleno de libertad que empañó sus ojos y sus ideas.

No recordaba la primera vez que había deseado irse a Madrid. Creía haber sido cuando vio Mujeres al borde de un ataque de nervios en el cine de verano del pueblo, pero no podía estar segura porque por aquel 1988 Claudia sólo tenía diez años y una imaginación tan viva que la engañaba con según qué recuerdos diluidos. De lo que sí lo estaba era de las esperanzas que tenía puestas en su nueva vida, una vida cargada de expectativas y de prejuicios que no tardarían en despabilarla.

El repiqueteo de los goterones que caían desde los toldos se sumaba al traqueteo de las ruedas de su maleta que recorrían la Gran Vía, sin esquivar las colillas ni los chicles. Sus enormes ojos de ciervo, como solía decirle Nano, recorrían las fachadas de los imponentes edificios que se le echaban encima en un intento por reubicarse. Y de nada hubiera servido leer un mapa: en sus veinte años de vida, Claudia nunca se había visto en la necesidad de encontrar su camino porque no había tenido la oportunidad de perderse.

A las 8 de la mañana encontró la pensión y con un suspiro lleno de tensión y angustia descargó su ligero cuerpo sobre la cama mientras alejaba de su mente la molesta vocecilla que le gritaba lo loca que estaba, lo mucho que se arrepentiría de eso, lo infeliz que iba a ser en una ciudad donde la gente corre en vez de andar y sobrevive en vez de vivir.

*

Ismael cuelga la chaqueta en el ropero de la entrada mientras recibe el beso de su mujer que, cargado de nada, prefiere no devolver. Ha sido un día largo en el trabajo porque, para qué mentir, no ha podido evitar mirar el reloj cada cinco minutos en un intento por hacer que el tiempo pase más rápido, sin entender cómo es que a su casa tampoco quiere volver. Hace mucho que no piensa en sí mismo como una hormiga más, pero esa sensación punzante de haber decepcionado al Isma de un tiempo crece con las canas, y no puede evitar pensar que ha hecho algo mal, porque casi nada ha salido como él esperaba, empezando por sí mismo.

La casa huele a coliflor, como muchos días desde que Nuria decidió que debían ponerse a dieta, y Joaquín le saluda con un movimiento de cabeza cuando pasa por delante del salón donde éste ve la televisión con la misma expresión de quien ve llover. Una vez colgada la corbata y desconectado el móvil, los tres se sientan a cenar como cada noche alrededor de una conversación casi tan insípida como la coliflor. Nuria trata de hacer que su hijo adolescente le cuente con detalle cómo ha ido ese día en el instituto, pero Joaquín no está por la labor de contarle que se está planteando seriamente dejar los estudios para ponerse a trabajar. Por lo menos, todavía no, así que no dice mucho con palabras, pero da a entender con la mirada que hoy tampoco le apetece hablar.

Poco después padre e hijo comparten un cigarro en la terraza de su duodécimo piso en el Barrio del Pilar. No hablan mucho porque no tienen nada que decirse; prefieren pensar cada uno en sus cosas de manera que las ideas se ordenen para dar paso a un sueño más o menos reparador. Mientras, Nuria termina de planchar las camisas de Ismael pensando en Marcos y más concretamente en su espalda moviéndose rítmicamente sobre su cuerpo. Calcula que han pasado ya tres meses desde que inició esa aventura con su compañero de trabajo y no consigue encontrar en ella un ápice de culpabilidad o de arrepentimiento, lo cual no es normal teniendo en cuenta que, en el fondo, a Ismael le sigue queriendo. O eso cree.

Ismael tampoco sabe que ya no quiere a su mujer. Es consciente de que ya nada es como era al principio, pero se convence de que igual que todo ha cambiado en su vida con el paso de los días, lo mismo ha ocurrido con su matrimonio. Y que no por ello, necesariamente, ya no haya amor. Piensa que con Nuria todo es fácil porque ya la conoce, y que aunque no despierte en él grandes emociones, por lo menos se encuentra en ella porque ha aprendido a observarse en los ojos de la que, hasta hacía no mucho, era su media naranja.


Afrodita en la ventana es un libro que cuenta con dos historias paralelas con algunos rasgos en común pero, al mismo tiempo, muy diferentes entre sí, tanto en su estilo narrativo como en la naturaleza de la historia. Resulta un libro adecuado para un público muy amplio, con capacidad para entretener y que, sin grandes pretensiones, permite reflexionar acerca de conceptos universales como el amor, la familia y la ambición.

La primera de las historias, escrita en pasado, habla de Claudia, una chica joven e inexperta pero tremendamente atractiva que, recién llegada a la gran ciudad, tiene que enfrentarse a sus miedos y a las complicaciones que le van surgiendo en su lucha por ser feliz. La segunda historia, escrita en presente, habla de Ismael, un señor de mediana edad que, cansado de la vida, establece una relación cercana con un grupo variopinto de mendigos que pululan por las calles de Madrid y a los que necesita incluso más que ellos a él. El hilo que conectará ambas historias será la admiración que Claudia despierta a su paso, sin dejar indiferente a nadie, ni tan siquiera a Ismael, que no podrá evitar establecer una relación insana de obsesión a través de la ventana donde la ve vivir.

Afrodita en la ventana está disponible bajo el sello de Bohodón Ediciones en formato tradicional y digital. ¡Consigue tu ejemplar!

Portada

«¡En ningún sitio de España pasas hambre! ¡En ningún sitio de España pasas sed!», Alberto Cándido, dueño del Mesón de Cándido

Alberto Cándido nació, creció y se formó en el Mesón de Cándido, el restaurante más conocido de Segovia. Observando cada día a sus padres trabajar con ahínco en lo que ha terminado siendo el mayor legado que podían trasmitirle, esta figura mítica de la hostelería española sigue, a sus setenta y seis años, ofreciendo a los miles de turistas y locales que acuden cada año a su restaurante a probar el famoso cochinillo asado no solo este magnífico manjar, sino también la oportunidad de observar, rodeados de tradición, arte y cultura, la ceremonia del plato practicada con devoción y cariño en este punto emblemático de la ciudad de Segovia.

Diciembre 2008

PREGUNTA: Lo suyo viene de familia, de generación en generación, desde hace más de cien años…

RESPUESTA: Efectivamente, este Mesón fue una antigua casa de comidas que viene desde el año 1896. Mis bisabuelos la adquirieron y después mis abuelos, en 1905 la ampliaron con diversos comedores y salones, hasta que llegaron mis padres.

Mi padre fue el famoso Cándido, el que tuvo la suerte de comenzar en esta casa y con una mujer fantástica que era una gran trabajadora, mi madre, Patro. Él era quien estaba de cara al público y en su pequeño restaurante servía a los clientes, mientras que mi madre era el alma de la casa porque cocinaba y llevaba la familia. Era el año 1931, y ya en esos años empezaron a ampliar el Mesón de Cándido con nuevas salas. Después yo también, como cuarto eslabón de esta cadena que une el pasado con el futuro, continué la tarea. Mi hijo Cándido, con sus cuatro hermanos, constituirán a su vez la quinta generación que mantendrá la tradición familiar.

P:¿Cuál es su primer recuerdo de sus padres entre fogones?

R: Bueno, a mi madre la recuerdo desde toda la vida, desde que era niño, desde que tenía cuatro, cinco, seis añitos tengo la imagen de mi madre: cómo trabajaba, cómo luchaba, cómo se metía a encender aquella cocina de carbón, cómo tenía que atender que, de un litro de aceite, saliese un litro de aceite, porque no había nada de nada…Y mi padre era un hombre súper inteligente: fíjate, sin los medios de comunicación que hay ahora se las ingenió para atraer a la gente ideando un plato que fue el cochinillo asado, que a nadie se le había ocurrido. Un día mi padre le dijo a mi madre: “Patro, si nosotros consiguiésemos poner un cochinillo asado encima de nuestras mesas nos haríamos famosos”, porque en aquella época el cochinillo era un plato que no se conocía, y mi madre dijo: “Pues ya está hecho”, y al día siguiente empezaron a vender el cochinillo. Al principio era difícil, nadie lo quería  y mi padre se esforzaba en decirle a la gente “¡Tengo cochinillo asado!” a lo que la gente contestaba “¿Y eso qué es?”. Y después de probarlo: “Oiga, ¡qué rico!”, y luego ya hacia los años 1935, 1936, 1937…el humillo del horno de Cándido, del pan candial, de estos cochinillos llega a la primera villa de España, la villa de la corte y empezó a venir la gente…

P: ¿Cómo se dio cuenta de que lo suyo también era ser cocinero?

R: Yo nací en el mismo Mesón, porque era donde vivían mis padres y yo nací allí. Era  nuestra casa, nuestro hogar, aquí dormíamos y aquí jugaba yo con mis dos hermanas y con mis amigos, me crié en el Mesón, llevo el Mesón en lo más profundo de mi corazón. Mis padres aquí, pobrecitos, lo pasaron muy mal porque eran años de escasez, de cartillas de racionamiento, nadie podía viajar, así que mi madre se centró en la cocina con un par de chiquitas que venían de los pueblos, mientras mi padre estaba en el local con dos camareros, trabajaban muchísimo. Y yo, a los diez años  ya me tocaba ponerme detrás del mostrador, al principio poco a poco, pero cuando tuve trece años ya de lleno, desde por la mañana hasta por la noche. Recuerdo que mi padre le dijo a mi madre: “¡Patro, mira aquí, el vecino de enfrente que tiene una tienda de ultramarinos, su hijo ya le ayuda!” y mi madre contestó: “Pues no te preocupes que ya mañana le prepararé una chaquetilla blanca a nuestro hijo Alberto para que nos ayude”. Y así empecé la tradición familiar. No solamente era yo: el hijo que tenía un padre en la tienda de ultramarinos ayudaba, el hijo que tenía un padre con una sastrería se hacía sastre, el señor que tenía una zapatería, su hijo se hacía zapatero… Ahora no es así, ahora ¡todo el mundo a estudiar!, y por eso se han perdido las tradiciones en muchos negocios familiares tradicionales y artesanales, ha sido una verdadera pena.

P: Cuéntenos, ¿qué es lo más duro de pasarse la vida entre fogones?

R: ¡Nada! Nada porque se hace con amor.

P: Será muy gratificante…

R: ¡Muy gratificante! Cuando se trabaja con ilusión, con fe, con amor pues todo es tan fácil, tan bonito, tan sencillo de hacer en la vida… Lo que pasa es que las profesiones te tienen que gustar y así dedicarte a ellas por entero, y sobre todo, si luego tienes la suerte, como tuvo mi padre, de tener una mujer que le ayudó muchísimo, y como la que he tenido yo, con una esposa que se ha dedicado conmigo a llevar este Mesón hacia delante, pues luego te encuentras aquí reunido con una gran familia, con tus hijos que están todos contigo, con tu mujer y además con un personal estupendo, porque aquí tenemos, en el Mesón de Cándido, el Pórtico Real y el Hotel Cándido, más de cien trabajadores y son cien amigos íntimos con los que compartimos momentos de ilusión, de alegría, de pena… Esto es muy bonito, la hostelería es muy bonito, lo que no se puede hacer es aferrarte a una profesión que no te guste, porque eso es un martirio.

P: La mejor escuela para aprender este oficio es, sin duda, observándolo a diario en casa… ¿Usted se formó después en alguna escuela de cocina de manera complementaria?

R: No, no, sólo observando a mis padres. Yo tenía mis clases particulares del colegio y además estudié idiomas: hablo inglés, francés, algo de alemán y un poco de japonés.

P: ¡Japonés!

R: Sí, cuando parto el cochinillo asado con el canto del plato digo este discurso: “Yo Cándido, hijo de Cándido, Mesonero Mayor de Castilla, parto el cochinillo con el plato, antigua celebración que se hace en este Mesón en tiempos de nuestro rey don Enrique IV de Castilla” en japonés. (A continuación repite el discurso en japonés). Bueno, esto les hace una ilusión increíble, igual que el hecho de tener las cartas en japonés, el poder explicarles cómo es el cochinillo, el vino… esas cuatro cositas son las que yo sé en japonés, aunque mi idioma fuerte es el inglés, y también el francés.

P: Eso ayudará mucho en el trato cercano con el cliente, claro…

R: Claro, porque así cuando llega un cliente, sea de donde sea, yo le recibo con un “Buenos días, ¿de dónde viene? Ah, Liverpool, qué bonito…”, lo que te da una cercanía con el cliente enorme. Automáticamente le doy un librito con la historia del Mesón en inglés y así todo esto hace que el cliente se sienta en casa, halagado, y piense “¿Dónde estamos? ¿Estamos en Cándido?” “Pues sí, señor, está usted en Cándido”. Todo esto es lo bonito de tratar con el cliente, porque no sólo consiste en servir una buena comida que esté bien hecha, sino servirla con mucho amor, con mucho cariño y añadirle este toque de personalidad. Esta es mi misión, la aprendí de mi padre y la sigo aplicando.

P: Este oficio le ha traído muchas recompensas, por ejemplo, reconocimiento internacional en el mundo de la hostelería, el título de Mesonero Mayor de Castilla…

R: Bueno, ese era de mi padre desde el 1 de diciembre de 1980, pero me lo ha transmitido el rey en una carta personal muy bonita que decía: “Para que le disfrutes tú muchos años”. Además de eso mi padre tuvo muchas condecoraciones de oro, del trabajo, del turismo… Y yo, bueno, con tener alguna pequeñita de plata me conformo porque mi padre fue un gran hombre, un hombre en una generación fuera de lo normal y eso ya es irrepetible. Yo quiero llegar al público, a lo más profundo de su corazón, a atenderle bien, y quiero que el nombre de mi padre no se pierda. El lema de mi padre era “Familia Cándido: la familia, la tradición y el buen hacer” y, con las grandes cosas que hemos hecho después, si mis hijos me preguntan, “Papá, ¿qué ponemos aquí?”, yo les digo que el nuevo lema sería: “Familia Cándido: además de familia, tradición y buen hacer, es la voluntad en marcha”.

P: Una voluntad creciente desde la época de sus padres, sin duda…

R: Pues hombre, mis padres empezaron siendo una tabernita debajo del acueducto a ser un restaurante famosísimo en el mundo. Te lo digo de verdad, yo he ido a la India y estando allí, un local me preguntó en el aeropuerto “Oiga, señor Cándido, ¿ha venido usted aquí a vender cochinillos?” Este es el mayor honor que tenemos, aunque conlleve mucho sacrificio: yo a mis setenta y seis años me sigo levantando a las ocho de la mañana aunque me acueste a la una de la mañana. La tradición familiar es importante, es duro muchas veces, pero es así.

P: Recibe muchas visitas de grandes personalidades que acuden cada año al Mesón de Cándido. Háblenos de esas experiencias.

R: Esto es un museo, tenemos las firmas del Emperador de Japón, del Rey de España don Juan Carlos I, de la Reina doña Sofía, del Príncipe y las Infantas, jefes de estado, Premios Nobel, investigadores, físicos, matemáticos, deportistas… todo el mundo ha pasado por el Mesón, y cada uno que se va, pues luego hace propaganda. Y no sólo: Tenemos un Libro de Oro con las firmas de todas estas personalidades, y luego las más importantes las sacamos para poderlas exponer en los pergaminos. Por ejemplo, tengo un pergamino donde figuran todas las Reales Academias de España, desde el año 1925 hasta 1950, es decir, ese pergamino es una joya porque son 25 años de firmas auténticas de personajes como Concha Espina, Alberto Insúa, Ortega y Gasset, Cañavate, Pío Baroja, Quintero, Machado, Benavente, el General Varela… artistas de cine como Sofía Loren y otros españoles tan simpáticos como Morán, Pepe Isbert, todos estos hombres magníficos… y bueno, toda la gama de personajes de la historia de España que han pasado por este Mesón y que nos ha dado tanta gloria.

P: La situación no podría ser más privilegiada, con estas vistas al espectacular acueducto…

R: Te voy a contar una anécdota curiosa respecto a este acueducto… Mi padre nació en el 1903 y exactamente 2000 años antes que él nació en el mismo solar donde mi padre tuviese la casa, el emperador Teodosio El Grande. Este acueducto se tardó cien años en hacer, lo terminó Teodosio. Al terminarlo, puso una cartela  de elegante traza que decía “Cuando se elevó este puente en el siglo I, ya murmuraba la gente ‘Será para el Mesonero un negocio permanente’”. Y así es, y así está siendo.

P: ¿Cómo son los turistas que acuden a diario al Mesón de Cándido? ¿Les sorprende el cochinillo, su sabor, su presentación?

R: La presentación lo que más: yo siempre que tengo ocasión, cuando las mesas son de más de seis personas, procuro cortar el cochinillo con el plato, como lo hacía mi padre. Esto les llama mucho la atención.

P: ¿Cómo comenzó esta tradición?

R: ¡Te la voy a contar! Mi padre, antes de venir a Segovia desde Coca, sabía que no era fácil poner un cochinillo encima de la mesa de un restaurante, porque había que ir a un pueblo, que te lo vendiesen, sacrificarlo, prepararlo… Al principio mi padre les ofrecía a los clientes que venían al pueblo una racioncita y así poco a poco empezaron a venir todos los del pueblo preguntando: “Oye, ¿qué es eso tan rico que dice que comió aquí el otro día fulanito?” y así mi padre empezó a atraer al público. De Madrid empezaron a llegar en el año 32, 33… privilegiados, claro, porque en aquella época no viajaba nadie. En el año 1942 o así vino un señor muy importante y mi padre le puso el cochinillo al cliente encima de la mesa para cortarlo. Pero resulta que el cuchillo se le había olvidado y el camarero que estaba a su lado le dijo: “Jefe, mire, con el mismo plato”, y le trinchó el cochinillo con el mismo plato. Y al final mi padre le dijo al camarero: “Faustino, hay que ver la fama que hemos ganado hoy”. Pero continúa la historia: mi padre siguió partiendo el cochinillo con el plato, lo adornó con unos versitos, porque mi padre era mitad poeta mitad hostelero, y así ofrecía él los cochinillos. Entonces mandó hacer unas andas, como en las procesiones, y así llevábamos el cochinillo, en andas.

P: Todo un espectáculo…

R: Mi padre iba muchas veces vestido de segoviano, de mesonero, con las alcaldesas, las alzas, el tamboril, se hacía la presentación y todo. Pero un buen día, a Cándido al hacer el saludo se le escapó el plato, ¡plas!, y se fue al centro del comedor y se estrelló. Y entonces dijo mi padre: “Hoy hemos rematado la faena”, y a partir de ese momento mi padre empezó a partir el cochinillo con el plato y después lo estrellaba contra el suelo. Era importantísimo porque como la gente, entonces, no lo sabía, se asustaba… ahora ya todo el mundo se lo sabe, y si no lo haces, te lo piden y todo. Esta es la verdadera historia del tostón asado en esta casa que hizo famosa la hostelería de Segovia, que es una de las ciudades españolas con más hostelería. Y es en parte gracias al cochi…?

P: …nillo.

R: ¡Exacto!

P: ¿La comida española, la mejor?

R: Bueno, no se puede decir cuál es la mejor cocina del mundo, todas son diferentes: la comida china, la japonesa, la italiana, la francesa… En España las cocinas son muy distintas entre ellas. Aquí tenemos cuatro cocinas: la del sur donde se fríe, la de Castilla donde se asa, la del norte donde se guisa y los arroces de la zona de Valencia, Cataluña… ¡por no hablar de Galicia! Vamos que… ¡en ningún sitio de España pasas hambre! ¡En ningún sitio de España pasas sed!

OLYMPUS DIGITAL CAMERA