Cada mañana

6 noviembre 2014

Como cada mañana desde que llegó a Europa, Meena subió al tranvía con una sensación que le oprimía el pecho y le obligaba a respirar profundo. Había probado de todo: cantar en su cabeza machaconas letras infantiles, rezar, dejar la mente en blanco… pero por más que lo intentara no lograba calmar ese tuntún en las sienes, y al final tenía que bajarse del tranvía para recorrer varias paradas hasta llegar a la librería. Solo así dejaba de sentir las miradas de los demás pasajeros que, estaba segura, la tenían por loca. Porque loca y monstruo, no sabía muy bien por qué, estaban asociados, al menos en su país.

Meena ya solo salía a la calle para ir a buscar el libro milagroso, pero nada de lo que había leído le había ayudado todavía y, con empeño, seguía intentándolo, día tras día, sin faltar ni uno. Estaba segura de que gracias a alguno de aquellos libros lograría volver a mirarse al espejo sin sentir repulsa. Pero, cuando lo lograse, ¿cómo se desembarazaría de aquel olor a piel quemada que todavía le ardía en la nariz, mezclado con el ácido y, sobre todo, con el hedor de quien se lo arrojaba?

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