Archivo del Autor: alelerele

25 de noviembre

25 noviembre 2014

Si me arrancas un pelo de la cabeza, recordaré cuánto daño me hacías cada vez que me gritabas. Si me das un codazo distraído en el hombro, me vendrán a la memoria todas las veces en que al final me agarrabas. Si me rozas sin querer en una manga, me acordaré de cuando me tiraste con fuerza aquella lata. Si me das un empujón mientras te agachas, recodaré esos escalones girar enloquecidos contra mi espalda.

Pero si me das un beso, un escalofrío no se perderá bajo mi falda. Si me acaricias la mejilla, no aflorará una sonrisa en mi cara. Si me das un abrazo, sentiré solo unas sogas apretarme lentamente los pulmones, como con calma. Incluso si oigo tu perdón, sentiré mi corazón encerrarse en su crisálida. Porque no hay nada que puedas hacer ya para devolverme la ilusión en la mirada.

25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

El mercado

24 noviembre 2014

Se escuchan tantas tonterías en la cola del mercado cada mañana que he optado por no volver. Mi hijo pequeño, que parece que nació pegado a un teclado, me ha enseñado a hacer la compra por Internet. Creo que es la mejor alegría que me ha dado nunca; saber que puedo quedarme en casa y que no tengo que ir al mercado.

El mercado es un lugar inhóspito, sombrío y chapucero. ¿Chapucero?, me pregunta la gente. ¡Chapucero!, contesto yo. Porque está mal diseñado, porque es incómodo y porque lo llevan personas chapuceras, que no saben hacer nada y que no quieren aprender a hacer nada, solo ganar dinero a costa de la felicidad ajena. Personas que tienen el corazón seco, que no saben de la importancia de los lazos, de los recuerdos, de la vida. Personas ciegas del alma.

Todas las mañanas que me levanto y pienso que tengo que ir al mercado se me cae una losa en el pecho que no me deja respirar. Hay quien dice que soy exagerada, ¡puede ser! Pero si ellos hubiesen visto cómo ese mercado era antes el hogar bonito y acogedor que fue, el sitio lleno de risas traviesas y de madres que creían en la zapatilla como mejor método de educación, de olor a queso fresco y a paja chamuscada, no me creerían tan exagerada al afirmar, con rotundidad, que el mercado es un sitio inhóspito, sombrío y chapucero.

Pan y vino

21 noviembre 2014

Las croquetas estaban de muerte. Los callos de muerte también, y el jamón, ni te cuento. Y las cabezas de las gambas, que chupeteábamos con gusto, estaban de muerte, como la cerveza esa, los pimientos de padrón, el queso manchego… todo de muerte.

-¿A quién se lo ocurrió ir al centro a tomar algo? ¿Fue al propio Panivi?- dice alguien sacándome de mi cabeza a patadas.

-Panivi… ¿Os acordáis de cómo se enfadaba al principio? “¡Marcelino, joder, me llamo Marcelino!”.

Todos nos reímos un poco al recordarlo, y esas risas retumban en el silencio de la sala de espera.

-Y pensar que ahora era él quien se presentaba como Panivi, que como se te escapase un Marcelino te ponía mala cara…

-¿Te ponía?

-Perdona.

Para Panivi las tapas no estaban de muerte porque él no la miraba a la cara cuando las saboreaba. Pero yo, mientras cuento los siglos que pasan con cada movimiento del segundero, no paro de pensar en cómo me sabrán a partir de ahora las croquetas, la cerveza, las gambas…

Miedo también

20 noviembre 2014

Está lloviendo desde hace horas y Piña aún no ha salido de debajo del sofá, donde se ha arrastrado a cuatro patas en cuanto ha oído el primer trueno. Silvia supone que tiene miedo, pero no está segura porque, en realidad, no lo conoce mucho. Lo recogió hace dos días de un contenedor en el que estaba aullando enloquecido, probablemente de frío, de hambre y un poco de miedo también.

“Criaturita…”, se dijo con una pena inmensa mientras lo envolvía en su chaqueta, que estaba mojada. Fue corriendo a casa sabiendo que Miguel no estaría de acuerdo, que era una idea descabellada, como según él lo eran casi todas sus ideas.

Cuando llegó a casa, Silvia abrió con cautela la puerta, temerosa de su reacción. Sin embargo, Miguel la miró a los ojos y, emocionado, la besó en la frente, rompiendo ambos a llorar. Ella de alivio, él de impotencia, de pena y un poco de miedo también.

Cuando se calmaron, Miguel cogió una manta con dibujos de pequeñas piñas y lo envolvió con cuidado. Sentándolo sobre sus rodillas para verlo bien, le dijo a Silvia: “Tendremos que ir pensando en un nombre para nuestro nuevo bebé”, y sonrieron con complicidad, con emoción y con un poco de miedo también.

En diez años

19 noviembre 2014

Llamaban a la puerta con la misma insistencia con que rugían sus tripas y solo se decidió a descolgar el teléfono cuando el agua rompió a hervir. Entonces, el bebé cuyo nombre aún no habían decidido empezó a llorar, provocando que los ladridos de Pantalón y de Uñago fueran aún más atronadores. Sin darse cuenta del estallido en su cerebro que se acompasó al comienzo inesperado de la Mascletà, su corazón comenzó a bombear sangre más rápido de lo normal, haciendo que sus sienes le apretasen un poco más fuerte. A pocos kilómetros de allí, su madre y su hermana comentaban su vida mientras brindaban con la primera cerveza, provocándole un pitido molesto en ambos oídos, y la vecina que tenía solo 15 años y la casa para ella sola subía el volumen de la minicadena para no tener que escuchar la angustia que le gritaba lo sola que estaba.

Por primera vez, Mari Carmen decidió ignorar todas esas alarmas que requerían su atención, su presteza y su aplomo y se desnudó delante del espejo, solo para descubrir con horror que, en el giro de pocos meses, su cuerpo y sobre todo su cara habían sumado 10 años. Entonces, prefirió no haber parado.

Bambalinas

18 noviembre 2014

La primera vez que Beatriz se subió a un escenario le entró la risa floja y tuvo que sacar sus mejores dotes de actriz para disimular las ganas de estallar en carcajadas. Entonces, y solo entonces, se convenció de que valía para esto.

La última vez que Beatriz se subió a un escenario estaba demasiado tranquila y entonces, y solo entonces, se dio cuenta de que ya no valía para esto.

Catorce de marzo (I)

17 noviembre 2014

Antes, cuando Luisa se cruzaba con Ricardo cada mañana para ir al trabajo, ponía cuidado en mirarle solo si ese día tenía bien el pelo o se había puesto su ropa más bonita. Si ese día, por la razón que fuese, tenía un rizo de más o una pulsera de menos, se escondía bajo su capucha de pelo de hurón y apretaba el paso, sintiendo en lo más hondo de su corazón mucha pena por no poder ver su sonrisa al pasar aquel día.

Luisa nunca había creído en el amor a primera vista. Pensaba que era una gilipollez de gente débil y acomplejada. ¡Enamorarte de alguien a quien no conocías! Vaya tontería… En sus 43 años nunca había tenido una historia de amor que no estuviese basada en una profunda confianza y en un deseo de conocer mejor al que, en ese momento, se hacía llamar “su pareja”. Que este apelativo hubiese correspondido a varios hombres en las últimas dos décadas no le hacía desistir del impulso de llamar al siguiente “mi pareja” también. De todos ellos, sostenía convencida, se había enamorado después de largas citas donde había más conversación que miradas y más palabras que sonrisas.

Sin embargo, hoy Luisa no se engaña y sabe, con una mano ya rozando el fuego, que lo que siente por Ricardo es más amor de lo que nunca había sentido por Manuel, Adrián, Lucas o Marcelo. Hoy se ha despertado a las seis de la mañana para plancharse el pelo, se ha comprado una marca nueva de pintalabios que, dice la publicidad, no se corre, para que al besarle con pasión no deje de estar guapa; se ha puesto el vestido nuevo que compró con su hermana y se ha cambiado el bolso. No está nerviosa, solo emocionada porque, por una vez en su vida va a ser valiente, va a sacar el arrojo que nunca tuvo para hablar con él. Será –está convencida – un catorce de marzo el día que ambos señalarán en su calendario como “nuestro aniversario”.

Cuando me dices

14 noviembre 2014

Cuando me dices que soy “guapa reversible”, que la mirada se me pone chueca cuando me concentro, que mi pelo nunca ha tenido tanto brillo como me creo y que se me oye respirar hasta cuando hay ruido en la habitación, me doy cuenta de que cuando te digo que hablas por encima de tus posibilidades, que tus pies tienen pelos hasta donde no ya no hay piel y que no estaría de más cuidarte esa coronilla, en el fondo, nos estamos diciendo lo mismo. Y es precisamente en ese decírnoslo todo cuando no nos decimos nada porque no hace falta, ya que la mirada socarrona y la sonrisa vacilona nos delatan.

Bisturí

13 noviembre 2014

Cuando volví a verte estabas muy cambiado, pero no tanto como para no reconocerte. Ya no tenías esas arrugas alrededor de la boca, esas que siempre te molestaron tanto y que, por más cremas de tu madre que te echases, seguían ahí. Tan extrañas esas arrugas, como si tuvieses sesenta años sin haber cumplido apenas los diez. A veces me preguntaba si no serían un castigo de Dios por haberte hecho tan rematadamente sexy.

Sí, ¿qué pasa? ¿Te crees que una niña de diez años no es capaz de saber si alguien es sexy o no? Yo lo veía mejor que ahora que se supone que sé más del tema.

Esas arrugas habían arañado tu piel cada vez que habías reído y llorado. Era muy curioso que, a pesar de la naturaleza tan diferente de esos sentimientos y de los motivos tan dispares que los hacían aflorar, la mueca era siempre la misma, un mohín que te arrugaba los labios hacia los lados y dejaba esa hendidura en la piel, tan inherente a ti y, de algún modo, a mí también.

Cuando volví a verte y comprobé que esas arrugas ya no estaban ahí me pregunté cuánto te habría marchitado la vida para que, a tus sesenta años, tu cara pareciese un lienzo recién planchado.

Doloris se hace pis

12 noviembre 2014

Mientras esperábamos a la vieja Doloris enfrente de la librería de la plaza, mi padre me dijo que ya era hora de que dejase de fingir que valía para algo y empezase a trabajar con ella. Los niños le cantábamos “Doloris se hace pis y se emborracha con anís”, y ella no tenía ni fuerzas para defenderse. No fuimos muy buenos con ella, no… En el colmado tirábamos los huevos al suelo aparentando que había sido ella, y no había día en que no imitásemos sus andares. Además, nos encantaba decirles a nuestras hermanas que terminarían como ella, sola y medio ida, y yo ahora no sé para quién era más cruel esa afirmación, si para nuestras hermanas con su miedo a la soltería o para la Doloris, ya sin remedio…

Cuando la conocí y vi que no había nadie más cuerda que ella, me di cuenta de la lección que me quiso enseñar mi padre y aprendí que, aplicando mi ingenio y humor a hacer daño, no terminaría abrumado por los aplausos de un público agradecido, sino lavando el pis en unas sábanas que, lo creyese o no, pertenecían a alguien más listo que el resto.