El mercado

24 noviembre 2014

Se escuchan tantas tonterías en la cola del mercado cada mañana que he optado por no volver. Mi hijo pequeño, que parece que nació pegado a un teclado, me ha enseñado a hacer la compra por Internet. Creo que es la mejor alegría que me ha dado nunca; saber que puedo quedarme en casa y que no tengo que ir al mercado.

El mercado es un lugar inhóspito, sombrío y chapucero. ¿Chapucero?, me pregunta la gente. ¡Chapucero!, contesto yo. Porque está mal diseñado, porque es incómodo y porque lo llevan personas chapuceras, que no saben hacer nada y que no quieren aprender a hacer nada, solo ganar dinero a costa de la felicidad ajena. Personas que tienen el corazón seco, que no saben de la importancia de los lazos, de los recuerdos, de la vida. Personas ciegas del alma.

Todas las mañanas que me levanto y pienso que tengo que ir al mercado se me cae una losa en el pecho que no me deja respirar. Hay quien dice que soy exagerada, ¡puede ser! Pero si ellos hubiesen visto cómo ese mercado era antes el hogar bonito y acogedor que fue, el sitio lleno de risas traviesas y de madres que creían en la zapatilla como mejor método de educación, de olor a queso fresco y a paja chamuscada, no me creerían tan exagerada al afirmar, con rotundidad, que el mercado es un sitio inhóspito, sombrío y chapucero.

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