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Con sesenta años

20 febrero 2015

Buscando en el baúl de los recuerdos, uuf, cualquier tiempo pasado me parece peor. Los hay de toda índole, pero si te soy sincera, soy más feliz ahora. No tengo las inquietudes, los miedos ni las dudas que tenía de niña. No tengo los complejos, las rabietas ni las indecisiones que tenía de adolescente. No tengo las obsesiones, las tensiones ni los pájaros en la cabeza que tenía a los veinte. No tengo las prisas, las neuras ni el estrés que tenía a los treinta. No tengo la apatía, la presión ni la vanidad que tenía a los cuarenta. No tengo la desidia, la autocrítica ni la inestabilidad emocional que me sobrevino a los cincuenta.

Ahora que tengo sesenta-y, acaricio la jubilación con ilusión y estoy segura de que todo lo vivido ha servido para que ahora mire atrás y pueda tener la serenidad de espíritu que me merezco. Sigo siendo joven, sigo siendo capaz de reír a destajo y he aprendido a trabajar con calma, disimulando lo suficiente como para que parezca que hago más lo que en realidad hago. Mis amigos me aceptan como soy y ya nadie exige que cambie. Ni siquiera yo misma me lo pido ya. Y a veces me siento un poco invisible, pero no te imaginas cuánto lo agradezco. La salud no me ha abandonado, pero siempre puedo utilizar la excusa de que no tengo la energía de antaño para salirme con la mía. Si engordo, ¿qué más da? Si fumo, ¿a quién le importa ya? Si no sé algo y, sobre todo, si no me apetece hacer algo, a nadie le preocupa. Y yo me aprovecho de esa libertad en la que se me perdona todo.

Qué bien, saber que me he ganado esta tranquilidad a fuerza de responder ante una sociedad que, solo por el hecho de ser mujer, siempre me ha apretado las cuerdas. Esas exigencias se han ido relajando conforme se profundizaban las arrugas y se me iba redondeando el cuerpo.  Y la verdad es que me gusta tanto que, si me dieran a elegir, volvería a nacer pero directamente con sesenta años.

Luces y sombras

19 febrero 2015

Lo que está claro es que los pringados siempre serán pringados, los populares siempre serán populares y los que estamos en el medio seguiremos siendo invisibles, arrinconados en todas partes sin pinchar ni cortar demasiado. Da igual si el escenario es un aula, un botellón, una excursión o la vida misma; yo siempre formaré parte de ese grupito de personas que, sin poder destacar para lo bueno o para lo malo, trata de diferenciarse sin lograrlo jamás.

Estoy en la primera reunión de antiguos alumnos organizada por el colegio del que me gradué sin grandes aspavientos hace hoy diez años. Veo a Iván, el guapo de la clase, que a pesar de su anillo en el dedo, desata sus dotes de donjuán. Está más fuerte que hace diez años y es lo suficientemente joven como para conservar aún todo su pelo. La sonrisa desafiante que le colgaba siempre de la cara se conserva con un deje hipócrita, que intenta parecer cordial. Será que, a fuerza de practicar para la consultoría que dirige, se ha obligado a suavizar un poco su ego. Sus amigos de siempre, Alberto, Roberto, Luis… Por lo que me chivan las redes sociales, llevan una vida a todo trapo y en las fotos se ven grandes viajes a lomos de yates carísimos y se intuyen grandes cantidades de sexo, drogas y tecno-pop.

Las chicas tampoco han cambiado nada. Raquel, Celia, Susana y sus acólitas comentan el fin de semana pasado. Una punzada de amargura me recuerda que ellas siguen siendo tan amigas o más que hace diez años, que han compartido varias bodas e incluso algún nacimiento, y que parecen regar esa amistad con altas dosis de cariño, mientras que yo, por más que me he esforzado, he perdido a mucha gente en el camino. Por supuesto, a pesar de sus embarazos y sus vidas acomodadas, conservan la figura que desarrollaron en su juventud y su pelo, gracias a sus abultados sueldos, reluce casi tanto como su moreno de rayos UVA sobre el que destacan inmensas sonrisas.

A algunos me hace verdadera ilusión verlos. Está Pilar, está Álvaro, está Estefanía, está Domingo… esos eran majos y siguen siéndolo, y me acogen con una sonrisa y un amago de abrazo torpe que me sabe a poco. Con ellos hablamos un poco del más y del menos y nos reímos menos que el resto de grupos, hasta que nos quedamos sin conversación y empezamos a destripar a aquellos que durante años fueron objeto de envidias y a aquellos que fueron blanco de burlas. Al final, me digo, todos tenemos nuestras luces y sombras.

La mejor de las terapias

18 febrero 2015

Eres la mejor de las terapias. Eres la única, en todo el mundo, que me permite desconectar de un día duro en el trabajo, la única que consigue que me olvide de que es la hora de comer y, sobre todo, la única que me permite alejarme de los fantasmas del pasado, del presente y del futuro.

Cuando me atrapas, siento que estoy curada de cualquier herida, por profunda que sea. Siento que estoy a salvo, que soy inmortal. Que no queda sitio en la tierra para ningún mal, porque estamos construyendo juntas un universo paralelo que nos aleja de lo superfluo, de lo que no tiene importancia, de lo banal, y me gusta ese nuevo rincón donde puedo acurrucarme contigo sin sentir nada más que una gran paz.

En aquellos días en los que los nubarrones no me dejan pensar con claridad, me acuerdo de que tú siempre estás ahí, y nunca me dejas sola, y se me pasa todo atisbo de miedo por el qué vendrá. Mientras estés a mi lado, nunca me pasará nada, porque eres la mejor de las terapias, la única que me funciona, la que de verdad me agarra de la mano cuando estoy a dos centímetros del precipicio, la que me demuestra cada día que, pase lo que pase, no me abandonará.

Me aferras a la realidad al tiempo que me alejas de mi vida. Magia pura, rozas lo sobrehumano.

Eres, de verdad, otra buenísima razón para alegrarme de haber nacido en el siglo en que nací, en el lugar en que nací, en la familia en que nací. Sin ti, los días serían oscuros y las noches serían eternas, y no habría escapatoria para el horror que azota cada ángulo del mundo con una crueldad de la que siempre serás testigo. Sin ti, no habría posibilidad de salir corriendo para los que se sienten aprisionados por el tedio y el desencanto. No habría modo de que niñas y niños de todo el planeta volasen de su realidad, no podrían las generaciones recrearse en lo que fue, ni podrían los inquietos de espíritu saciar sus ansias de saber más. Sin ti, nuestras vidas serían cáscaras vacías con contenido evaporable y, sin duda, la humanidad viviría en un sitio mucho más sórdido. Un sitio hueco e insustancial del que, encima, no se podría uno escapar.

Agradezco de corazón el haberte conocido a tiempo. Agradezco haber nacido humana, con la capacidad de valorarte y consagrarte como mereces. Agradezco saber valorar que el tenerte no es ya una elección, sino una verdadera necesidad.

«Escribir es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana». Graham Greene, escritor inglés.

La estirada de turno

17 febrero 2015

Me debe de ver como una estirada tremenda. No me extraña, la verdad, si a veces ni yo misma sé quién es exactamente esa estirada que me devuelve la mirada desde el espejo. Con ese moño, tan tirante como la sonrisa que ofrezco a los clientes, los brazos siempre en jarras bajo una chaqueta planchada hasta el delirio y unos accesorios escogidos con demasiada precaución, para que no se diga que no cuido la imagen que ofrezco. Pero, ¿para qué? Para perderme, me digo a menudo. ¿Qué quedó de aquella muchacha que a veces se reía tan alto en el tren que le chistaban? ¿Y de esa que, cuando iba a las discotecas, bailaba hasta que parecía que se le había caído la camiseta en un charco? ¿Y de esa otra que se retaba a gritar «boooomba» cada vez más alto cuando se tiraba a la piscina? Nada, creo que no queda nada de ella.

¿Nada? Algo sí, mujer, me intento decir los fines de semana, cuando me deshago del moño y la sonrisa tirante, cuando arrugo la chaqueta del trabajo en el fondo de la lavadora y cuando me permito salir a la calle sin maquillaje, sin pintauñas, sin tacones. Entonces me siento muy libre y las arrugas que el botox no han conseguido camuflar aparecen chirriando sobre mi cara cuando sigo las bromas de mis amigos, disfrutando con el hecho de que la gente en la mesa de al lado se escandalice por lo alto que me río.

En esos escasos dos días, me veo guapísima cuando me miro en el espejo y lamento de todo corazón que hoy no pueda verme, porque estoy segura de que si lo hiciese dejaría de pensar en mí como la estirada de turno y me vería con otros ojos, quizá con ojos de deseo, como yo querría. Pero eso nunca pasa, porque el mundo de lunes a viernes es totalmente gris, y nada podrá evitar que cada mañana me abra la puerta y me salude con un lacónico «buenos días, señora Ruiz». En sus gestos, volveré a veré el apuro con el que recoge el montoncito que acaba de barrer mientras maldice en su fuero interno a la estirada de la directora, que siempre llega pronto.  Y es verdad, siempre llego pronto, pero no para tener ninguna reunión ni contestar ningún email, sino para reservarme unos minutos de ventaja creyendo que ese día, por fin, encontraré la valentía para deshacerme de las barreras que la jerarquía impone consiguiendo alejarme de él.

Lo más difícil

16 febrero 2015

Le cuesta poner la sonrisa falsa y mantenerla constantemente mientras hace la visita. Encima el maquillaje es algo molesto, la peluca le pica en la frente y en muchas ocasiones hace demasiado calor. Pero aún así, le pone todo el empeño del que es capaz y sonríe antes de entrar en la habitación. Cuando sale, le duele la mandíbula de tanto tirar.

Han pasado cinco meses desde que empezó esta tarea, que muchos consideran titánica. Él mismo no la considera menos heroica, para qué nos vamos a engañar… Pero poco a poco se ha ido acostumbrando y ya casi nunca se tiene que parar a coger aire cuando se emociona. Le da miedo haberse enfriado tanto como para no verle el encanto a lo que hace, pero en parte lo agradece, porque a veces se le hace realmente difícil seguir allí y enfrentarse a esas miradas cargadas de ilusión que lo darían todo por un ratito más de espectáculo.

Hoy es otro de esos días en los que te apetece de todo menos reír y hacer reír, pero Adolfo se pone su capa de héroe y entra en la habitación de Marina, que es una de sus preferidas porque tiene la sonrisa más agradecida del mundo y además siempre le abraza con demasiada ternura. Hoy Marina está muy contenta, se lo nota nada más verla. Su madre, sentada a los pies de la cama con unos papeles en la mano, ríe sin poder contener un torrente de lágrimas cargadas de la felicidad más pura; aquella que emana del alivio, de la tensión liberada, del triunfo sobre el monstruo que hace pupa. Adolfo se olvida de su papel y con su tono de voz normal y sus gestos acompasados, sonríe por primera vez de verdad y se abalanza sobre Marina para recibir las buenas noticias que llevaba tanto tiempo esperando escuchar.

15 de febrero, Día Internacional del Cáncer Infantil

Guantes

13 febrero 2015

Tamara se suele cambiar de peinado a menudo porque, ya se sabe, uno aplica sus talentos sobre uno mismo mientras se pueda. Ella puede porque aún es joven y tiene una mata de pelo espesa y fuerte, castaña natural, aunque hoy la lleva más tirando a rubia. Está pensando en volver a teñirse de pelirroja, como lo llevaba a finales de año, le parecía que ligaba más…

Hoy ha terminado su turno un poco más tarde de lo normal porque la señora Águeda tiene una cena importante y el peinado no le terminaba de convencer. Por fin entra en el metro apurada, tiene que pasar a comprar los dichosos guantes y ya son pasadas las siete de la tarde. Cuando se baja en su estación, va corriendo a la tienda, pero ya está cerrada. Se alarma un poco, son más de las ocho y si la droguería está cerrada, todo lo demás lo estará también. Intenta pensar en un bazar chino o en una tienda 24 horas, incluso llama a un par de amigas para que le presten, pero nada, no consigue los dichosos guantes por ningún sitio. Está realmente preocupada, ¿cómo se ha metido en esta situación? Si estaba segura de que tenía varios pares de reserva en casa… Al final se da por vencida y se va a casa a dormir, pero le cuesta un poco conciliar el sueño.

Al día siguiente, como cada mañana, a las seis ya está en las oficinas fregando y pasando el mocho. Esta vez tiene las manos desnudas y cuando llega a la peluquería no tiene la alegría de siempre. Está tan preocupada por que las clientas lo puedan notar que se distrae y, como nunca antes, un nudo de angustia en el estómago entorpece su trabajo. A pesar de todo, pone mucho empeño en tratar de ignorar la señal de alarma que cree ver en la mirada de su jefa… Sabe que no le perdonará una nueva queja por el olor a lejía y las asperezas en las manos, por más que se esfuerce a diario en fidelizar a las clientas con masajes, ungüentos y demás parafernalia profesional.

Como en un naufragio

12 febrero 2015

El día en que la televisión anunció la muerte del criminal más buscado de los 90, Mariana estaba naciendo en el hospital de Vall de’Hebrón y yo me retorcía de dolor bajo las contracciones, deseando con todas mis ganas viajar en el tiempo para evitar el momento en que la concebimos.  Aquel día, tanto Agustín como yo estábamos de resaca futbolística tras la victoria del Barça contra el Madrid, y se nos fue de las manos. Ni él ni yo estábamos listos para formalizar lo nuestro, pero qué se le va a hacer, el daño ya estaba hecho. Pero más daño me estaba haciendo parir a aquella hija que nacería enorme, con más de cuatro kilos y medio, en un momento en que yo estaba para todo menos para distracciones. Con un nuevo trabajo, proyecto de novio y un pie fuera de casa, me veía por fin saboreando las mieles de una libertad que siempre se me vetó. Y, sin darme cuenta, estaba otra vez encerrada en una nueva cárcel para la que no habría nunca una salida.

El día en que la televisión anunció la muerte del criminal más buscado de los 90,  Mariana nacía y a mí se me escapaban las lágrimas y maldecía el día en que me hice aquel tatuaje que me privaría de la epidural casi tanto como el día en que conocí a Agustín. En ese momento, nunca me habría creído que a los pocos minutos me compensaría cada segundo de dolor al verla aferrarse a mi pecho como lo habría hecho yo a un salvavidas en medio de un naufragio, muertas de miedo las dos.

El hogar

11 febrero 2015

Ya estoy en el avión y, para tranquilizarme, bajo la vista. No veo más que tres o cuatro luces a diminutas ahí abajo y me pregunto si serán casas, y si dentro de esas casas hay familias que riñen, amigos que ríen, parejas que pasan del amor y solo hacen la guerra, bebés que aprenden a andar, viejos muriendo en soledad, perros llorando su trozo de pan y alguna que otra señora deseando que su Paco vuelva ya de una vez del bar.

Respiro ese aire que, como el de hospitales y guarderías, tiene un regusto especial, muy suyo. Termino pensando cuánta gente habrá allá abajo que vea este avión y se pregunte a dónde vamos, a qué vamos y por qué nos vamos, con lo bien que se está ahí abajo, donde la tierra es firme y los sueños siguen siendo inalcanzables. «Qué miedo tengo», pienso, siendo por fin sincera conmigo misma, dejando caer esa careta de valiente que no se adhiere por más que apriete.

Cuando aterrizo en el punto más alejado de aquello que siempre consideré mi hogar empiezo a masticar la humedad de esa isla y mi nueva condición de extranjera me saluda tímida, como queriendo decirme que siente las molestias pero no voy a poder librarme fácilmente de ella. Que mi acento siempre me delatará, como lo hará el color de mi piel varios tonos más claro de lo que veo a mi alrededor, que nunca entenderé cierta broma sobre algún famoso del que jamás oí hablar y que, por más que luche y por mucho que me sienta integrada en esta sociedad, no habrá día en que no recuerde que mi lugar está en aquel sitio del que no debí salir jamás.

Mientras duermes

10 febrero 2015

Hoy me he pasado más o menos una hora mirándote dormir y he llegado tarde al trabajo. Mis compañeros me han mirado un poco mal, pero no me ha importado nada porque mirarte dormir es lo más bonito que he visto en mucho, mucho tiempo. Si ellos pudiesen sentir lo que yo siento cuando te miro dormir, estarían totalmente de acuerdo y dejarían de lanzarme indirectas envenenadas cada mañana.

Estás preciosa cuando duermes, aunque tú siempre lo vas a negar. Tienes el pelo aplastado contra la frente, la respiración acompasada y a veces hasta babeas un poquito, y yo me muero de ternura cuando parece que sueñas y te cambia la expresión. Me dan ganas de despertarte para abrazarte y darte las gracias por estar por fin aquí, pero me freno, porque no es justo privarte de un sueño reparador solo porque yo quiera materializar en un abrazo lo afortunado que me siento de que estés a mi lado.

Seguro que llegará el día en que deje de sentir esta alegría tan inmensa cuando veo que duermes en paz. Pronto llegará la normalidad a nuestras vidas y entraremos en esa  rutina acomodada que me borrará la sonrisa embobada. Pero para eso aún queda mucho; por ahora sigo despertando con la emoción de ver que, a medida que van desapareciendo las pesadillas y las llagas que traías del orfanato se van curando, vamos familiarizándonos poco a poco con nuestros roles de padre e hija y empezamos a sentirnos cada vez menos extraños.

Tic y tac

9 febrero 2015

Pasea sola por la orilla del Ebro porque él todavía no se ha levantado y recuerda, como cada vez que coge un avión, lo maravilloso de este mundo que no tiene esquinas. A sus años sigue siendo una viajera con fobia a atarse a un sitio, ella que siempre odió la expresión «ciudadano del mundo».

El aire que entra en su mente despeja todas las ideas absurdas que ha tenido en los últimos meses, que no han sido pocas. Los viajes le traen siempre eso, alejan la rutina que se acurruca en su cama al tiempo que huye la pereza de saberse estancada. No le queda mucho, ha de darse prisa si quiere apurar su juventud, porque dentro de nada no podrá seguir pensando en sí misma como una chavala.

Su novio, a quien solo le preocupa del paso del tiempo que las canas vayan desbancando a la calva, se ríe de esa sed de aprovechar cada fin de semana, de probar cada comida exótica y de hablar con cada persona que le mantiene la mirada. Y es que para ella solo la certeza de haber vivido una juventud plena y sin trabas le reportará un poco de calma cuando llegue mañana.