Archivo del Autor: alelerele

Enjaulados

23 enero 2015

-¿Tú crees que algún día nos sacarán de aquí?

-No lo creo… a ti a lo mejor, para echarte sobre una cazuela.

-Capullo…

– A mí, no creo, y casi mejor  porque creo que nunca aprendí a volar…

-No sé. Parece que la más pequeña nos tiene cariño. No le harían algo así sus padres, ¿no?

-¿Esa pequeña piraña, querernos? Esa no quiere a nadie, si ni nos mira… Y ya has visto las peleas que tiene con su hermano para ver quién limpia las jaulas.

-Puede ser…

-Es, es.

-¿Te duele?

-No. Ya se han atrofiado, no siento nada. ¿Y a ti?

-No, la verdad que no. Desde que me instalaron la ruedecita para correr me siento algo más ágil.

-¿Te acuerdas de Momo?

-Claro.

-Solía decir que solo las personas con una vida vacía decidían controlar la de un animal que no les hace compañía. Y tenía razón, no somos perros, tú y yo, ¿qué gracia le encuentran a tenernos aquí encerrados, prácticamente amputados? ¿De verdad creen que tenemos el poder de ahogar su soledad?

-Pero… quizá sean unos amantes de los animales.

-En realidad creo que nos tienen para acallar sus conciencias por ignorar a sus hijos cuando les piden ir al campo de excursión.

-Sí, ya van tres veces esta semana, y siempre les mandan aquí, a molestar.

-Claro. No les merece la pena levantarse del sofá solo por ver animales correr y volar en libertad, teniendo ellos mismos dos maravillosos ejemplares en cautividad…

Una noche en Verona

22 enero 2015

Le mira desde que despertó hace una hora y sigue sin poder creer que esté así, a su lado. Está más guapo que nunca y le sorprende que tenga la piel tan blanca, siendo veronés. Nadie que ella conozca tiene ese tono de piel; le llamó la atención nada más conocerlo, sobre todo por el contraste con los ojos y el pelo tan oscuros. Le pasa la mano por la cabeza y se echa a temblar al notar lo fría que tiene la frente.

Recostado sobre la cama tiene la expresión serena y parece que se esté echando una siesta. Por un momento, se confunde y piensa que cuando despierte le preguntará qué ha soñado; le encanta preguntárselo a la gente porque ella rara vez recuerda sus sueños. A él, en cambio, no ha podido preguntárselo porque no llegaron a dormirse bajo la misma sábana.

Las lágrimas que hasta hace poco se apretaban en su garganta ruedan ahora calientes hasta estrellarse contra el cuello de su camisola. Con determinación, se convence de que no falta mucho para que ese dolor tan intenso se diluya en la oscuridad de un sueño eterno, y se deshace de la rabia que siente. De lo que no consigue deshacerse es del miedo atroz por lo que espera a la vuelta de la esquina.

Julieta destapa el frasco y, cogiéndole su mano inerte, hace cuenta del contenido, respondiendo a esa pasión juvenil que rara vez nos permite calibrar las consecuencias de nuestros actos. Tumbándose a su lado, se serena ya del todo y dejar de atormentarse por haber fingido abandonarlo.

Rehacer mi vida

21 enero 2015

Rehacer tu vida… qué expresión tan fea. Como si mi vida se hubiese roto. Como si no se hubiese, en realidad, remontado en sí misma, más resistente y más cimentada.

Desde que Mauro y yo nos divorciamos ninguna de mis amigas o conocidas me ha dicho todavía: «Qué guapa te veo, estás estupendamente». La mayoría de las veces así es como yo me encuentro, estupendamente, y el espejo me devuelve la mirada de una mujer segura de su decisión y contenta. Pero mi regreso al mercado célibe debe estar cegándome, pues perece que soy la única que no ve esa vida rota que todos tratan de recomponer como un jarrón estrellado contra el suelo.

Nunca un «estás mejor así» o un «ya me dirás dónde hay que ir a buscar la valentía que has demostrado al dejarle», que sé que más de una se moriría por decir… No, eso nunca cae, siempre son palmadas en los hombros acompañadas de miradas que sonríen con ternura recordándome que, para estas personas, tengo una vida desmontada de la cual solo quedan cimientos amontonados en el asfalto.

Querría decirles que mi vida no ha de rehacerse porque no está deshecha, porque siempre ha estado bien anclada en la tierra y porque sus andamios, aunque a veces se arquean, nunca se quiebran. Huyo de esa idea que me anima a construir nuevas relaciones con el pretexto de «rehacer mi vida», porque no quiero volver a levantar paredes que, disfrazadas de muros de carga, son en realidad barreras que me separan de mí misma.

La máquina tragaperras

20 enero 2015

Solíamos parar siempre en el mismo bar de carretera para tomar un café y que mi padre descansara de las tres o cuatro horas de coche que nos llevaban hasta la mitad del recorrido hacia el pueblo. Qué grande es España, y este pueblo está lejísimos, como lejísimos quedan los recuerdos de cuando hacer aquellos viajes me hacía feliz. Ahora cada metro que dejamos atrás me sabe a tiempos en los que la familia era un ente unido, y no un grupo de miembros que comparten un techo sin apenas pararse a mirarse.

En el aquel bar, tan sucio que casi daba asco, había una máquina tragaperras. Esta hacía – o esa era mi sensación- aún más ruido que el resto de máquinas cada vez que los tres limones se ponían en fila. Siempre tuvo el poder de hipnotizarme, por no entender qué había de meritorio en aquella hazaña que todos parecían celebrar.

Mi padre reservaba durante semanas las monedas para la ocasión. Tintineaban en su bolsillo mientras se acercaba con una sonrisa a la máquina, casi con ademán de reencuentro, y mi madre le miraba desde la barra con sorna. Solía sorprenderse de que nunca jugase en las máquinas del barrio, solo en aquella, riéndose abiertamente de él por considerarla su máquina de la suerte. Quizá sean los recuerdos, que con el tiempo han ido palideciendo, pero es cierto que no recuerdo ni una sola vez en que al final un estruendo no anunciara la cascada de monedas, acompañada por los vítores de toda la familia que, más que celebrar la exangüe fortuna, celebraba la alegría de mi padre.

Yo siempre pedía jugar, pero mi madre nunca me dio permiso y la moneda que mi padre buscaba en el fondo del bolsillo terminaba siempre en sus manos. «¡Hale! Y con esto me tomo yo un café, que esa máquina la carga el diablo y no es para niños», decía. No pude probar en mis carnes aquella sensación que veía en mi padre hasta que mi madre murió, azotando mi juventud de lleno, y cuando por fin lo hice me quedó una sensación de vacío que no supe explicar en ese momento.

Hace poco cumplí cuarenta y ocho años. Mi mujer tiene cuarenta y seis y mis hijos doce, quince y veintitrés.  Seguimos yendo al pueblo cada Navidad, cada Pascua y cada verano, la pequeña llena de ganas, el mayor sin parar de quejarse. Allí, las casas me hablan, las calles me saludan con recuerdos y los olores son auténticas máquinas del tiempo. Y, con todo, es la musiquilla de esos tres limones poniéndose en fila lo que hace que se me apriete el corazón en el pecho, recordándome que hubo un tiempo en que cualquier cosa nos ponía contentos.

Presentación

19 enero 2015

Ese sol de Madrid, tan ácido que parece recién horneado en el infierno, me araña los ojos nada más despertar. Intento no ponerme a pensar enseguida, porque quiero matar de hambre a la serpiente que se alimenta de mi estómago. Nervios, dice mi madre, emoción, dice mi hermana, pánico, digo yo, sabiéndome exagerada.

Llega la tarde y, con ella, el momento de ir para allá. El lugar es mucho más bonito de lo que lo era en mi mente, cuando esto no era más que espejismos, deseos, quimeras. Está lleno de libros que ambientan, velas que iluminan y sonrisas que empapan, cargadas de buenos deseos que se abren camino acompañados de las mejores palabras.

El discurso que tenía en mente no encuentra cómo llegar hasta la garganta. Sí lo hace en cambio la emoción intensa, mezclada con una gratitud sincera y una felicidad punzante, casi abrasiva. Querría dedicarle un rato a cada persona que me abraza en el umbral de la puerta y poder así expresar cuánto aprecio el enorme gesto y el camino recorrido para estar esa noche aquí, conmigo. Pero desisto, porque no me veo capaz de concentrar las palabras adecuadas para devolver todo el afecto que me llega por oleadas.

Cuando todo acaba y salgo de allí arropada por las mejores personas que tengo a mi lado, me envuelve toda la generosidad, el apoyo y el cariño recibidos durante tantos años. De fondo la catedral más fea de toda España me grita al oído que esta noche, por si las moscas, se ha vestido de gala.

Aquí las fotos del evento.

Gracias mamá, Sole, Natalia, Anna María, Paz, Jose, Archi, Elena, David, Miguel, Andrés, Isabel, Anna, Fabio, zio Michele, María, Marcos, Miky, Irene, Fer, María, Manu, Fouz, Elena, Peña, Paco, Rosa, Noe, Marga, Juan, Estela, Pili, María, Manoli, Conrado, Rosa, Victoria, Maite, Vicente, Carmen, Gloria, Paola, Lucía, Elsa, Nieves, Julio, María Jesús, Julio, Ana, Juan Luis, Dori, Eduardo, Juani, Mercedes, María, Flori, Pilar, Lucía y Eugenio.

Una pareja insólita

16 enero 2015

Dormimos desde hace ya varios años en habitaciones separadas, pero por las mañanas nos vamos a despertar el uno al otro. Si soy yo quien se despierta primero, me tiro en plancha sobre ella, que se despierta siempre insultándome a gritos y diciendo que va a poner un cerrojo en la puerta. Creo que de verdad teme morirse del susto algún día, pero es más fuerte de lo que se cree. Si es ella la que se despierta primero, planea a conciencia su venganza; normalmente se descalza y se sube a mi espalda.

Después desayunamos juntos. Ella lee el periódico, yo escuchando la radio, fingiendo que no la miro por el rabillo del ojo. Está horrible por las mañanas, pero no me quiero imaginar cómo estaré yo entonces.

Luego nos duchamos juntos, cada uno con su esponja bajo el mismo chorro. Si la cosa se calienta, me pide que le lave el pelo y yo le digo que, a cambio, me lave ella a mí el cuerpo.  El sexo matutino, pero solo tras haber comido y dormido, es lo mejor que se inventó, y en eso siempre estuvimos de acuerdo.

Nos volveremos a ver por la noche para cenar algo y ver la tele, sus piernas sobre mis rodillas, los dedos de mi manos entrecruzados con los de sus pies y en la mesita, sendos tés. Luego cada uno se acuesta en su cama y se imagina cómo sería dormir con el otro aplastándole el brazo o tirándole de los pelos, robándonos la almohada o dándonos patadas. Sonreímos.

Ajuste de cuentas

15 enero 2014

Le robaba algo a su jefe todas las mañanas. Incluso ponía el despertador a conciencia, de manera que pudiese coger el metro pronto y así adelantarse a la entrada en la oficina unos pocos minutos, los suficientes para eximirse de toda culpa. Al fin y al cabo, eran tantos en ese despacho y el trasiego era tan constante que, para encontrar al responsable, habría hecho falta un guarda jurado las 24 horas anclado a la mesa del jefe. Y ella era, además, tan invisible que nunca temió por su puesto, la verdad.

Los lunes le quitaba unas galletas. Los martes le quitaba tres o cuatro bolígrafos. Los miércoles le quitaba todas las grapas de la grapadora o, si ya estaba calentita, la grapadora entera. Los jueves le quitaba un taco de folios sin abrir. Los viernes, que era el día en que su enfado in crescendo tocaba techo, le quitaba el cartucho de tinta negra.

“¡Es increíble! ¿A ti se te gasta tan rápidamente la tinta, Rosario?”, le decía cada viernes a la de finanzas. Menos mal que ella solía decir que sí, que a ella también se le gastaba enseguida, y a él no le quedaba más remedio que gritarle con infinita educación que se diese prisa en cambiarle de una puñetera vez el maldito cartucho que volvía a estar vacío. Ella, obediente, cambiaba rápidamente el cartucho vacío por uno lleno, guardaba el vacío en su cajón para volver a dar el cambiazo a la semana siguiente y apuntaba en el registro, bajo el nombre de su jefe, “1 cartucho de tinta negra”, sin poder disimular una sonrisa. En el bolso esperaba tranquilo el cartucho casi sin estrenar que había sacado esa mañana de la impresora, sin imaginarse que su destino sería una papelera de la calle.

En realidad ella no tenía impresora en su casa ni necesitaba para nada una grapadora, y ni siquiera eran las galletas lo que le interesaba porque vivía en una dieta constante. Sin embargo, la sensación de poder devolver un poco de malestar a la única persona que introducía malas vibraciones en su vida compensaba el madrugón, el miedo a ser descubierta y sobre todo el remordimiento que estaba sintiendo por hacer aquello que le habían repetido desde niña que estaba mal, -¡pero que muy muy muy mal!-. A todo ello se sobreponía la satisfacción infinita, intensa y maleable de escuchar el tono de voz acobardado de su jefe justificándose cuando hacían cuentas los de inventario.

Alguien muy especial

14 enero 2015

Cuando tenía 12 años me ocurrió algo que nunca le conté a mi madre para no disgustarla. Estaba en primero de la ESO y el colegio nos llevó a hacer una salida al circo de Madrid. Cuando llegamos nos sentaron a toda la clase en una fila y justo detrás se sentó un grupo de personas con Síndrome de Down. A la salida del circo, estábamos mi mejor amiga y yo y a nuestro lado un chico muy popular y guapo, que nos gustaba a todas, esperando el autobús un poco más alejados del resto. En ese momento, pasaron el grupo de chavales con Síndrome de Down, de edades diversas, y entre ellos había una niña pequeña, rubia y muy mona que dormía en brazos de una de las monitoras. Al verla pasar, sentí una ternura enorme y dije, con toda la naturalidad propia de una niña de 12 años: «Se parece a mi hermana pequeña».

Cuando montamos en el autobús, yo me sentía bien, pensando incluso que el chico guapo se habían dado cuenta también de la infinita dulzura de aquella niña, porque había sonreído al oírme. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: pronto empecé a escuchar a otro de los chicos de la clase decirme: «Alessia, D. dice que tu hermana es amorfa». AMORFA. Por si fuera poco, aprovechando que era un día lluvioso, lo empezaron a escribir en el vaho de las ventanas.

Aquel día lloré mucho y, al mismo tiempo, recibí muchos abrazos de las niñas de la clase, que siempre fueron infinitamente más buenas que los niños, y de mi hermana Natalia, que como siempre logró quitarle mucho del dolor al asunto.

Cuando llegué a casa escribí el pequeño artículo que encontraréis más abajo y que me publicaron en una revista juvenil. Desde entonces he vivido muy pocas situaciones similares, pero  aquella tampoco fue la única. Sí son, afortunadamente, excepcionales, pues la gente es en general muy amable, cariñosa y respetuosa con ella, y también conmigo cuando estoy con ella.

Hoy Anna María cumple 23, y sigue siendo la mejor hermana que Natalia y yo podríamos imaginar. Los chicos de mi clase, que como muchos niños supieron ser crueles sin saber muy bien por qué, han crecido y son ahora chicos trabajadores y majos, a quienes nunca se les pasaría por la recámara del cerebro decir algo así.

Hace 7 años ocurrió algo que cambió mi vida por completo: nació Anna María, mi hermana pequeña. Fue el 14 de enero de 1992. Por aquel entonces yo era bastante pequeña, tenía casi 5 años y no entendía nada. Pero, a medida que fui creciendo, comprendí que mi hermana no era como las demás. Tenía el Síndrome de Down y eso la hacía «distinta». Yo no podría imaginar una hermana mejor. Pero la mayoría de la gente no piensa de igual modo. A lo largo de estos 7 años he tenido que aguantar las miradas curiosas, las burlas y los insultos. Por eso he escrito esta carta. Mi única intención con ella es transmitir al mundo entero que no deberíamos juzgar a nadie ni por su aspecto ni por su inteligencia, sino por su calidad como persona. Yo os puedo asegurar que Anna María es mucho mejor que la mayoría de la gente. Es atenta, cariñosa y es capaz de amar sin fin. Precisamente por eso, me gustaría pediros que abráis vuestros corazones cuando os encontrés con alguien como ella. Al fin y al cabo, no son tan «distintos»: lloran cuando están tristes, ríen cuando están contentos y solo queren querer y ser queridos. ¿Es algo tan anormal?
Gracias, Anna María, por hacernos felices a todos y gracias a vosotros por dejar desahogarme.
Géminis (Madrid).

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Sonrisa boba

13 enero 2015

Le ves y no parece especialmente contento por ese pitido, que debería ir acompañado de una sonrisa boba. Para el resto, esa sonrisa boba es tan ajena que no puede por menos que ir acompañada de un pinchazo de envidia, pero para los que sienten lo mismo, esa sonrisa es totalmente inevitable.

Cuando le pita el móvil y va a ver el mensaje, sus ojos no brillan nunca con esa inequívoca señal de que es ella, ni se le escapa un suspiro que llevaba horas peleando en su jaula. Esa sensación, que yo he vivido solo cuando era él el emisor, está completamente ausente ahora. Ni siquiera le delata una recién estrenada agilidad para coger el móvil y quedarse absorto en la pantalla.

Siempre me ha parecido que, desde que hay móviles en las manos de todo el mundo, las infidelidades han perdido todo su encanto. Ya no ha secretos, de tan fácil que resulta delatar al traidor. Son todas esas señales inequívocas, tan difíciles de disimular, las que dan rienda a una primera sospecha que luego se materializará en verdad. La crisis estallará en el momento en que se confirme que esa sonrisa boba, que es la más clara de las señales, no se debe a una broma entre amigos, acompañada invariablemente con un «jajaja» de lo más hipócrita, sino casi en exclusiva a la persona amada.

Por eso estoy un poco preocupada, porque no leo en Claudio esa sonrisa boba cuando la pantalla se enciende y él sabe que es ella. Cuando se canse de sus mensajes tanto como de ella volverá a ser el marido calzonazos y arrastrado que era, y yo tendré que volver a renunciar a mi recién estrenada libertad.

Acción

12 enero 2015

¡Está tan linda cuando comete alguna trastada! Se le escapa una sonrisa pícara y los ojos miran hacia el lado contrario de donde ha organizado el estropicio, pero antes de que su padre pueda levantar el dedo índice para amonestarla, ha salido corriendo como un rayo y la ha perdido de vista. En pocos minutos, habrá olvidado su última fechoría. Y vuelta a empezar.

Alfredo todavía se siente débil como para enfadarse seriamente con ella y ponerle los límites que todos dicen que debería ponerle cuanto antes, como se hace con los niños sin ninguna dificultad. Le encantaría tener un poco más de mano dura, o de influencia, para conseguir que se esté quieta cuando la tiene que calzar, que sepa diferenciar la escobilla del váter de un sonajero, que no llore como si la estuviesen despellejando cuando tiene que sentarse a comer, que abandone la manía de tirar cada cosa que apoyan en la mesa, de correr por toda la casa cuando hay visitas. O cuando no las hay.

Ángela es tan alegre que a veces abruma. La energía que desprende es de lo menos contagiosa, solo verla agota casi tanto como correr detrás de ella. No tiene paciencia, como no la tiene ningún niño a su edad, pero su energía especial hace que consiga las cosas a fuerza de insistir, de berrear, de no parar hasta que sus padres se rinden solo para poder recuperar algo de cordura.

Sin embargo, otras veces tiene una mirada vacía, perdida en el gotelé de la pared como si intentase descifrar un jeroglífico antiguo utilizando su cabeza como única herramienta. Un hilo de baba le cuelga de la boca, y cuando Amaya le dice que se lo limpie, lo hace con un movimiento abotargado, con una mano que parece pesar tonelada y media. La sonrisa que intenta esbozar, en recuerdo de la alegría que no tardará en volver a arrasarlo todo, es lenta, como lo son los pensamientos en su cabeza inflamada de dopamina artificial.

Alfredo se preocupa por Amaya, porque cada vez está más apática y las ojeras constantes demuestran lo cansada que está. Ya ni siquiera le parece tan guapa como siempre. Desde hace siglos no hacen el amor, y le preocupa que quizá ya ni siquiera lo sientan. Pero lo peor de todo es que, desde que nació Ángela, no tienen ni un momento para pararse a pensar si lo sienten o no. Son esclavos de su condición, son esclavos de las varias pastillas que tienen que darle al día y, sobre todo, son esclavos de las miradas de reproche cuando, para variar, deciden darse un homenaje y salir los tres a comer al Mc Donalds.

Cuando Ángela le pide a papá y a mamá un hermanito, Amaya se echa a temblar. Piensa que por ahora, cariño, no te quedará más remedio que aprender a esperar.