Ajuste de cuentas

15 enero 2014

Le robaba algo a su jefe todas las mañanas. Incluso ponía el despertador a conciencia, de manera que pudiese coger el metro pronto y así adelantarse a la entrada en la oficina unos pocos minutos, los suficientes para eximirse de toda culpa. Al fin y al cabo, eran tantos en ese despacho y el trasiego era tan constante que, para encontrar al responsable, habría hecho falta un guarda jurado las 24 horas anclado a la mesa del jefe. Y ella era, además, tan invisible que nunca temió por su puesto, la verdad.

Los lunes le quitaba unas galletas. Los martes le quitaba tres o cuatro bolígrafos. Los miércoles le quitaba todas las grapas de la grapadora o, si ya estaba calentita, la grapadora entera. Los jueves le quitaba un taco de folios sin abrir. Los viernes, que era el día en que su enfado in crescendo tocaba techo, le quitaba el cartucho de tinta negra.

“¡Es increíble! ¿A ti se te gasta tan rápidamente la tinta, Rosario?”, le decía cada viernes a la de finanzas. Menos mal que ella solía decir que sí, que a ella también se le gastaba enseguida, y a él no le quedaba más remedio que gritarle con infinita educación que se diese prisa en cambiarle de una puñetera vez el maldito cartucho que volvía a estar vacío. Ella, obediente, cambiaba rápidamente el cartucho vacío por uno lleno, guardaba el vacío en su cajón para volver a dar el cambiazo a la semana siguiente y apuntaba en el registro, bajo el nombre de su jefe, “1 cartucho de tinta negra”, sin poder disimular una sonrisa. En el bolso esperaba tranquilo el cartucho casi sin estrenar que había sacado esa mañana de la impresora, sin imaginarse que su destino sería una papelera de la calle.

En realidad ella no tenía impresora en su casa ni necesitaba para nada una grapadora, y ni siquiera eran las galletas lo que le interesaba porque vivía en una dieta constante. Sin embargo, la sensación de poder devolver un poco de malestar a la única persona que introducía malas vibraciones en su vida compensaba el madrugón, el miedo a ser descubierta y sobre todo el remordimiento que estaba sintiendo por hacer aquello que le habían repetido desde niña que estaba mal, -¡pero que muy muy muy mal!-. A todo ello se sobreponía la satisfacción infinita, intensa y maleable de escuchar el tono de voz acobardado de su jefe justificándose cuando hacían cuentas los de inventario.

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2 pensamientos en “Ajuste de cuentas

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