Rehacer mi vida

21 enero 2015

Rehacer tu vida… qué expresión tan fea. Como si mi vida se hubiese roto. Como si no se hubiese, en realidad, remontado en sí misma, más resistente y más cimentada.

Desde que Mauro y yo nos divorciamos ninguna de mis amigas o conocidas me ha dicho todavía: “Qué guapa te veo, estás estupendamente”. La mayoría de las veces así es como yo me encuentro, estupendamente, y el espejo me devuelve la mirada de una mujer segura de su decisión y contenta. Pero mi regreso al mercado célibe debe estar cegándome, pues perece que soy la única que no ve esa vida rota que todos tratan de recomponer como un jarrón estrellado contra el suelo.

Nunca un “estás mejor así” o un “ya me dirás dónde hay que ir a buscar la valentía que has demostrado al dejarle”, que sé que más de una se moriría por decir… No, eso nunca cae, siempre son palmadas en los hombros acompañadas de miradas que sonríen con ternura recordándome que, para estas personas, tengo una vida desmontada de la cual solo quedan cimientos amontonados en el asfalto.

Querría decirles que mi vida no ha de rehacerse porque no está deshecha, porque siempre ha estado bien anclada en la tierra y porque sus andamios, aunque a veces se arquean, nunca se quiebran. Huyo de esa idea que me anima a construir nuevas relaciones con el pretexto de “rehacer mi vida”, porque no quiero volver a levantar paredes que, disfrazadas de muros de carga, son en realidad barreras que me separan de mí misma.

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