La máquina tragaperras

20 enero 2015

Solíamos parar siempre en el mismo bar de carretera para tomar un café y que mi padre descansara de las tres o cuatro horas de coche que nos llevaban hasta la mitad del recorrido hacia el pueblo. Qué grande es España, y este pueblo está lejísimos, como lejísimos quedan los recuerdos de cuando hacer aquellos viajes me hacía feliz. Ahora cada metro que dejamos atrás me sabe a tiempos en los que la familia era un ente unido, y no un grupo de miembros que comparten un techo sin apenas pararse a mirarse.

En el aquel bar, tan sucio que casi daba asco, había una máquina tragaperras. Esta hacía – o esa era mi sensación- aún más ruido que el resto de máquinas cada vez que los tres limones se ponían en fila. Siempre tuvo el poder de hipnotizarme, por no entender qué había de meritorio en aquella hazaña que todos parecían celebrar.

Mi padre reservaba durante semanas las monedas para la ocasión. Tintineaban en su bolsillo mientras se acercaba con una sonrisa a la máquina, casi con ademán de reencuentro, y mi madre le miraba desde la barra con sorna. Solía sorprenderse de que nunca jugase en las máquinas del barrio, solo en aquella, riéndose abiertamente de él por considerarla su máquina de la suerte. Quizá sean los recuerdos, que con el tiempo han ido palideciendo, pero es cierto que no recuerdo ni una sola vez en que al final un estruendo no anunciara la cascada de monedas, acompañada por los vítores de toda la familia que, más que celebrar la exangüe fortuna, celebraba la alegría de mi padre.

Yo siempre pedía jugar, pero mi madre nunca me dio permiso y la moneda que mi padre buscaba en el fondo del bolsillo terminaba siempre en sus manos. “¡Hale! Y con esto me tomo yo un café, que esa máquina la carga el diablo y no es para niños”, decía. No pude probar en mis carnes aquella sensación que veía en mi padre hasta que mi madre murió, azotando mi juventud de lleno, y cuando por fin lo hice me quedó una sensación de vacío que no supe explicar en ese momento.

Hace poco cumplí cuarenta y ocho años. Mi mujer tiene cuarenta y seis y mis hijos doce, quince y veintitrés.  Seguimos yendo al pueblo cada Navidad, cada Pascua y cada verano, la pequeña llena de ganas, el mayor sin parar de quejarse. Allí, las casas me hablan, las calles me saludan con recuerdos y los olores son auténticas máquinas del tiempo. Y, con todo, es la musiquilla de esos tres limones poniéndose en fila lo que hace que se me apriete el corazón en el pecho, recordándome que hubo un tiempo en que cualquier cosa nos ponía contentos.

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6 pensamientos en “La máquina tragaperras

  1. Anónimo

    Hola , me levanto todos los dias pensando que habra escrito hoy ? y corriendo al ordenador a ver mi inyeccion de lectura mañanera para empezar el dia , con ella me quedo satisfecha, me gusta , sigue escribiendo sino me faltaria algo paraempeazar el dia contenta.

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    1. alelerele Autor de la entrada

      ¡Muchísimas gracias!
      Yo también me despierto cada día pensando en qué publicaré en el blog :) Saber que hay alguien detrás esperando es lo que más me anima a escribir.
      Gracias, de verdad, por tus palabras y tu apoyo.
      Un abrazo enorme,
      Alessia.

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