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Relato dedicado a la amistad (sin título)

22 mayo 2008 – 22 junio 2008

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-Y entonces me dijo que nunca se habría imaginado que esa chica que lloriqueaba a las 2 de la mañana sentada en un pivote de una calle de Chueca, iba a estar ahí, año y pico después, en el parque de debajo de su casa a las 5 de la mañana.

-¿Y tú qué le contestaste?

-Que de haberlo imaginado, probablemente no estaría ahí.

  *

Alejandra recordaba todos los detalles de aquellos años como si no hubiese pasado casi tiempo. Quizá era por su absurda costumbre de anotarlo todo en diarios y que había hecho que retuviese todo con demasiada nitidez, o quizá había sido porque se obstinaba en rememorarlo a cada paso que daba por Madrid.

O quizá era porque había sido tan intenso que no tenía sentido olvidar.

Pero no, ella sabía que lo recordaba tan bien porque necesitaba aferrarse a esos recuerdos para vencer la soledad que le sobrevenía desde hacía varios meses.

Desde aquella mañana de enero, Alejandra no había dejado de pensar, y esos pensamientos molestos no hacían sino acentuar el insoportable silencio que se adueñaba de su cabeza y que la aturdía.

“Si sólo pudiese dejar de pensar… aunque sólo fuese un momento, creo que dejaría de estar volviéndome loca”, y con ese deseo mal formulado, se acostaba y se levantaba cada día.

La primera decisión que tomó cuando su vida cambió fue evitar compadecerse de sí misma, precisamente porque compadecerse era algo que siempre se le había dado muy bien. Decidió que la mano del victimismo nunca la iba a alcanzar a ella, correría si hacía falta, y decidió también que, si en algún momento dejaba de encontrarle sentido a la vida, se suicidaría sin problemas, como tantos otros.

Por supuesto, nada de esto lo pensaba en serio, pues no se suicidó y terminó dejándose llevar por la autocompasión y el victimismo. Pero lo intentaba, o eso se decía a sí misma.

El hecho de llegar a casa cada tarde desde el trabajo y desear que la noche llegase pronto para poder cerrar los ojos la preocupaba, pero no lo suficiente como para hacer algo al respecto. Muchas personas, (compañeros de trabajo, nada serio), le habían recomendado ir al psicólogo.

-A mi amiga Luisa le fue genial cuando perdió a su hijo, embarazada de 8 meses que estaba, ¡fíjate qué mala suerte!

-Mañana te traigo la tarjeta de un amigo mío psicólogo, ya verás qué bien te viene, mujer.

-Sí, así te animas. Cuando mi mujer me dejó, con la primera consulta ya me sentí mejor. Piénsatelo y me dices, ¿vale?

Alejandra apenas les escuchaba. Les miraba fingiendo interés, abriendo los ojos más de la cuenta y asintiendo cada 6 ó 7 segundos mientras se perdía en sus pensamientos.

No recordaba la última vez que había estado triste. Creía haber sido en su infancia, cuando el mundo le parecía injusto con ella pero perfectamente habitable para los demás. La adolescencia tampoco había sido un camino de rosas, pero por lo menos ya se empezaba a vislumbrar la luz de lo que sería su juventud, aquella explosión de experiencias que la marcaron de por vida y cuya arrebatadora intensidad la hacían despreciar aún más aquel “tempus fugit” que nunca había dejado de detestar.

Sí, la verdad es que no se podía quejar, teniendo en cuenta que habían pasado muchos años desde que había sentido una profunda desdicha. “La mayoría de la gente”, se decía a sí misma, “agradece los momentos en los que es feliz puesto que son una rareza, y ese desde luego no es mi caso”.

Pero entonces, una molesta vocecilla aparecía de algún sitio que ella desconocía y le recordaba que modelar las propias convicciones para que se ajusten a nuestros deseos es una forma más de autoengañarse.

Una noche de aquel mes de abril en que la congoja de Alejandra alcanzaba su cenit, asomada al estrecho balcón de su minúsculo apartamento, recibió una llamada de alguien que la trasportó en el tiempo pero que no la hizo estremecerse, tal y como había previsto.

Era su primo, un muchacho poco más joven que ella con el que había perdido contacto muchos años antes. Por supuesto no se había olvidado de él, y su voz le resultó tan fastidiosamente familiar que le pareció que volvía a ser la Alejandra de hacía 15 años.

Quince años… apenas podía dar crédito de que hubiese pasado tanto tiempo. No había hecho nada importante con su vida, se había reservado todos aquellos proyectos ambiciosos para los momentos en los que Morfeo la visitaba, y ahora se le presentaba la realidad de golpe, abofeteándola de tal modo que no pudo esquivar el golpe.

  *

-¿Cómo estás?- le preguntó él desde el otro lado de la línea.

-¿Y tú?- le preguntó ella obviando la respuesta. Creía que él ya debía de saberlo, aunque no había razón para ello.

Hablaron del más y del menos. Él le preguntó por sus hermanas, ella por la suya a su vez. Después recordaron a qué se dedicaba cada uno y preguntaron por el nivel de satisfacción en la tarea a desempeñar. Él tampoco había resultado un gran triunfador en la vida, por lo menos de aquello se alegraba.

Varios silencios se intercalaron en la serie de preguntas y respuestas que se daban el uno al otro, pero no resultaban incómodos como cabría de esperar, pues parecía que aquellos lapsus eran necesarios para digerir el vacío de la conversación.

Después, Alejandra le preguntó a su primo si había conseguido aquel puesto de trabajo que anhelaba desde joven, y no se sorprendió al escuchar que no había sido así. Ambos quisieron saber si el otro tenía hijos y la respuesta fue negativa en ambos casos. Él quiso rememorar alguna anécdota familiar, pero Alejandra apenas le escuchó; apática, le parecía que todo lo que le estaban contando carecía de interés y sólo quería irse a la cama y deslizarse en un sueño sin sueños, como de costumbre.

Con lo que a ella le gustaba soñar. A veces incluso recordaba sus sueños años después, como le pasaba en ese momento mientras escuchaba a su primo y recordaba la última vez que había soñado con él.

O la vez que soñó que estaba en otro lugar, reviviendo un viaje que había hecho con ellos.

Tenía los ojos azules, en vez de marrones, aunque las largas pestañas que los enmarcaban no habían cambiado. Su estilo, sin embargo, sí, y el pelo, en vez de castaño, aparecía rubio. Cuando le hacía notar las diferencias, sólo recibía una respuesta malhumorada pero llena de ironía de su parte. Aún recordaba cómo se reían al hablar de ello, y cómo ella comentó: “¡Sí, la verdad es que esa respuesta me pega mucho!”

-¿Y qué es de tu madre?

-¿Cómo, perdona?

-Tu madre, que qué tal está…

Mi madre… bien, ahí sigue, fuerte como un roble, como siempre ha sido.

Esto es lo que le gustaría decirle, sin embargo, sólo atina a murmurar: “Bien, bien, en el pueblo, ya sabes…”

Está tan cansada de no entender nada, que le entran ganas de colgar y echarle la culpa a Telefónica, pero se contiene. La familia es la familia, o eso dicen.

Empieza a hacer frío, así que decide entrar. Sin disimular un bostezo, continúa atendiendo más o menos a lo que su primo le cuenta, reteniendo además las ganas de preguntarle directamente qué es lo que quiere, cuál es el motivo de su llamada, por qué se pone en contacto con ella (“¿De dónde ha sacado mi número?”) después de quince años. Le dan ganas de interrumpirle para decirle que ella también está sin un duro, en caso de lo que busque sea dinero, pero no lo hace porque no le parece educado, y si algo le enseñó su madre fueron buenos modales.

Cuando llevan cuarenta minutos al teléfono, Alejandra empieza a introducir típicas coletillas –bueno… pues nada….- que indican que la conversación está a punto de terminar. A ella nunca le ha gustado el teléfono, en eso no cambiará jamás. Pero él no se da por aludido y continúa su verborrea. Se ha animado y ahora le detalla con gracia su historial sentimental, quizá en un intento de descubrir el suyo.

Pero a ella no le apetece contarle que se acaba de separar y que la vida le parece un dechado de soledad, como decía no sé qué canción. No le apetece detallar que ya no utiliza el lavavajillas porque para fregar un solo vaso, un solo plato y un solo tenedor no hacen falta máquinas. Tampoco le apetece contarle que ya no viaja porque las habitaciones para uno son más caras. Ni tampoco que hace mucho que no prueba el sirope de chocolate sobre el helado porque es el ingrediente que a él le gustaba rociar sobre su cuerpo cuando hacían el amor.

No, no se sentía con fuerzas de contarle esas cosas a su primo, llámala rara si quieres.

  *

A la mañana siguiente no paró de pensar en la llamada de su primo. No había sido por nada en concreto, ni siquiera se había mencionado el hecho de que hubiesen pasado 15 años desde la última vez que se habían visto. Simplemente él había marcado su número y habían charlado, como dos personas civilizadas que eran, como si lo hiciesen cada martes, como si fuesen familia.

Pero la familia es más que eso, se dijo Alejandra. No habían estado en su boda, ni en su graduación, ni en la confirmación, ni en ninguno de los momentos de su vida en los que, se supone, está presente la familia. No era cuestión de guardarle rencor ni de echárselo en cara a estas alturas, pero aquel resquemor que sentía hacia él, atenuado con el tiempo, no se podía obviar si recordaba todos aquellos momentos en los que debería haber estado y no estuvo…

En cambio, recordaba bien quién sí estaba allí, con la misma nitidez con la que recordaba aquellos momentos fugaces en cada rincón de Madrid, o con la claridad que evocan los olores, almacenes inesperados de recuerdos.

Sí, recordaba todo con claridad: la manera en que la había abrazado, medio borracho haciendo, sin saberlo, que se sintiese querida en aquella noche de su confirmación tan penosa y tan reveladora a la vez. Era de los primeros recuerdos que tenía de él, sin duda agradable.

Mucho le costó concentrarse en su trabajo, dando vueltas en su cabeza a la llamada anterior, que de interesante había tenido poco y de anodina, todo. No era tanto la llamada cuanto el motivo de su llamada. Por lo menos estaba pensando en otra cosa, eso ya era un logro.

Nunca se explicó por qué recordaba tan bien las cosas. No podía achacárselo a los diarios, no eran razón suficiente.

Quizá eran las fotos… Tenía miles de ellas, pero no las miraba nunca porque tenía la teoría de que los recuerdos bonitos, en determinados momentos, son mucho más dolorosos que los recueros desagradables. Y no estaba para más dolor.

El jefe la llamó la atención varias veces: la primera por haber firmado el artículo (eso se reservaba al jefe de departamento), la segunda por haber escrito ciento veinte líneas en vez de ciento cinco y la tercera por llevarle un café con leche en vez de un té con leche.

“Me parece que la leche le quita todo el sabor al té… no sabe a nada” había dicho él en una ocasión, en su casa. Aquel recuerdo se le confundía un poco, pero estaba segura de que a esa frase le sucedió una conversación bastante seria, profunda, como les gustaban a ellos.

Alejandra se reprobó por permitir que sus pensamientos interfiriesen en su trabajo: siempre intentaba resultar profesional, aunque no era fácil dadas las circunstancias.

Sus compañeras de trabajo, Mónica y Eva, notaron que estaba distraída y la invitaron a un café. Aquellos agradables momentos de complicidad le encantaban a Alejandra, que no sospechaba que a sus compañeras les encantaban aún más.

-¿Qué te pasa, Ale? Estás como ida, he visto a Javier echarte la bronca varias veces y encima ni siquiera te has maquillado hoy- dice Mónica.

-Es por lo de la separación. Yo estaba igual. De hecho estuve igual un año entero- dice Eva.

-Resultas realmente consoladora –dice Alejandra.

-Bueno, es la realidad… pero ya sabes cómo son estas cosas, depende mucho de una misma –dice Eva.

-No, en serio, estoy bien. Cuesta adaptarse, pero es cuestión de tiempo. Al fin y al cabo sólo han pasado tres meses –dice Alejandra.

-¿Ya tres?- dice Mónica.

-Ya tres –dice Alejandra.

-¿Te ha llamado?- dice Mónica.

-No -dice Alejandra.

En ese momento, en el momento preciso en el que Alejandra abre la boca para contarles la llamada de su primo, sólo para cambiar de tema, suena el móvil y es él otra vez.

Una pequeña señal de alarma se enciende en su pecho (o en su estómago, no está segura) cuando oye a su primo que le dice:

-¿Puedes quedar esta tarde para tomar un café? Acabo de aterrizar en Barajas.

Y antes de que pueda arrepentirse, Alejandra, que es incapaz de rechazar un compromiso si no es mintiendo, le dice que sí, así que se encuentran en la T4 del aeropuerto de Madrid a las seis de la tarde. Y toman un capuchino. Y se miran mucho. Y piensan. Sobre todo piensan. Y sobre todo ella.

Y piensa en cómo ha cambiado todo. No ha parado de pensar en ello desde los veinte años, cuando el mundo dejó de ser tal y como lo conocía. Le encantaría poder hablarlo con ellos como hacía a menudo, pero ya no están. “Por alguna razón absurda que escapa a mi control, no puedo contarles que el mundo sigue cambiando, que cuando me he acostumbrado a algo vuelve a cambiar, que tengo miedo, que no me gusta, que paren el mundo porque me quiero bajar”.

El capuchino hace mucho que se ha acabado, de hecho el azúcar disuelto se ha endurecido. Sigue siendo abril, así que siguen habiendo transcurrido quince años desde la última vez que le vio. Pero está igual: igual de delgado, igual de alto, igual de original vistiendo… Sólo tiene alguna cana más, y sus gafas están más limpias de lo que ella recordaba que solían estar, pero así, a primera vista, le hubiese reconocido en medio de la Gran Vía lloviendo y de noche, seguro. Le recuerda levemente a su padre, si es que se acuerda de él.

Él no piensa lo mismo de ella: está más delgada, pero no en el buen sentido, y su pelo sigue igual solo que un poco más ralo. Ahora ya no lleva pendientes, y su ropa no es más que ropa. Él no está seguro de que fuese a conocerla en medio de Via del Corso, un día de lluvia, en verano. Pero se alegra de verla, al fin y al cabo, lleva quince años buscándola en sus recuerdos. Recuerdos mucho menos nítidos que los de ella, pero aún así recuerdos.

Cuando abandonaron el aeropuerto, Alejandra y su primo no habían hablado de por qué se habían distanciado. Ni siquiera habían hablado de ellos, o de la familia. Tampoco era una cuestión monetaria: una vez repartida la herencia, cada uno por su cuenta. Alejandra siempre se preguntó si aquel había sido el punto de inflexión. Pero nunca lo descubrió, porque nunca lo preguntó.

-¿Tienes dónde dormir?- dijo Alejandra.

-No. He venido sin pensarlo. ¿Me recomiendas algún hotel?- dijo él.

Y así fue cómo Alejandra se vio obligada a invitar a su primo a dormir a su casa, a aquella casa vacía y minúscula donde el lavavajillas rara vez funcionaba y donde las sábanas no se cambiaban desde hacía tres meses.

  *

No entendía cómo había llegado a esa situación. Se suponía que era una mujer adulta y madura, dueña de su vida y de las situaciones que ella misma desencadenaba. Lo había hecho por compromiso, esperando que él rechazase su propuesta, pero las cosas, una vez más, no habían salido como ella había planeado y ahora le tenía en su salón, en su minúsculo salón de su minúsculo apartamento, tapado con una manta y utilizando la almohada del que, hacía no mucho, era el hombre de su vida.

“El hombre de su vida…” habían sido tantos en su momento, que había perdido la cuenta. Pero este sí le había parecido el definitivo. “El definitivo” también habían sido tantos que más valía dejar de aplicar esos términos en cuanto a hombres, parecía que trajesen mala suerte. Más.

Su primo, ahí, en su vida de nuevo. Trató de pensar en su infancia, los veranos junto a él. Intentaba evocar los momentos felices en los que jugaban y paseaban juntos, consciente de que los hubo, pero no era capaz de sacar de su mente nada que le tuviese de protagonista. Eran otra clase de recuerdos, de veranos, los que acudían a su mente a cada instante, negándose a abandonarla, rechazando ser sustituidos por los de una playa en compañía de aquel hombre que ahora roncaba en su sofá.

Veranos recorriendo Europa. Un albergue de color azul, divagando sobre la amistad. Sus pies vestidos de Converse encima del reposacabezas, entrelazados, ellos tumbados mirando al techo. Ella, en un mundo mucho más etéreo y musical, da palmas contra el reposabrazos, marcando del ritmo de una melodía que conoce bien. Juventud, sobre todo mucha juventud, una juventud que viejea, una juventud que tiene todo el tiempo del mundo para conocerse y repetir cuantas veces quieran los instantes.

La cerveza alemana recorre sus venas, pero no es el alcohol lo que les hace hablar, lo que hace que se abran los unos a los otros, lo que hace que venzan el sueño de las 5 de la mañana en aras de esa conexión que están creando.

Es el hecho de poder estar juntos allí, lo que hace de ese momento un recuerdo que Alejandra conserva como algo único pero que a la vez se escapa como el agua entre los dedos, que intenta atrapar pero, escurridizo, no lo consigue del todo. Sabe que es un momento que se ha ido, pero que perdura en ella. Sabe que si aprieta, se escapa, pero si lo cuida, lo absorbe. Como el agua.

Veranos recorriendo Europa. Un tren, una canción antigua que recuerda la Navidad. Una bicicleta que nos lleva hasta Ariel, un refugio para no mojarnos.

Es la lluvia de Dinamarca la que nos moja, pero es el momento el que nos empapa.

Muchas fotos, muchas sonrisas… y a Alejandra le llama la atención cómo no hay fotos de los momentos más importantes.

Pero lo que no sabe es que sí las hay. Están en sus cabezas, en sus recuerdos, más vivos y más auténticos conforme pasa el tiempo, porque se solapan con los nuevos creando un amalgama de instantes.

Alejandra se va a dormir. De repente, de camino a su cama, se da cuenta y no puede evitar marearse un poco ante la evidencia de que vive una vida en constante reminiscencia, en un permanente recordar aquello que fue en vez de vivir lo que es.

Y no puede contener esa lágrima rebelde que escapa del ojo y que no habría notado de no ser porque, resbalando por su cara, le ha mojado el pecho desnudo.

Añora el tiempo pasado, de eso no hay duda alguna, pero no es lo suficientemente valiente como para hacer algo al respecto. Las expectativas la asustan, y prefiere seguir pensando en sí misma como una pobre víctima del destino y de la mala suerte. Eso es mucho más fácil. Al fin y al cabo, el ser humano es cobarde por naturaleza, ya lo decía el viejo sabio samurai, y ella de humana (y de cobarde) tenía mucho.

Antes de dormir, Alejandra se abandona en un pensamiento que la tranquiliza, como nos tranquiliza aquello que sabemos que escapa a nuestro control. Piensa que, igual que esas fotos, esos aromas y esos pensamientos perduran en ella, la esencia de aquello que fue también lo hace. Y con ese pensamiento narcotizante que sabe ser falso para, por lo menos, tranquilizar nuestras conciencias, Alejandra se duerme. Y no sueña. Y al día siguiente no se acuerda de nada. Está demasiado ocupada pensando en la mala suerte que tiene, en cuánto echa de menos todo, en el silencio de su cabeza que la atormenta, en que es mejor el silencio que escuchar a su invitado, en cómo hacer que la soledad deje de serlo.

Y una vez alguien le preguntó: “¿Cuál es tu sueño?” Y a ella le hubiese gustado contestar: “Sentirme así toda la vida”. Y ese alguien, respirando el aire de mar, replicó: “Una persona cercana me contestó que su sueño sería poder vivir su sueño cada día”.

Y el vello de sus piernas se eriza mucho más que el de sus brazos. Y mentalmente le da la razón y piensa cuánto le gustaría poder vivir el sueño de cada día de esta manera.

  *

 Cuando hubieron terminado de beber el café, Alejandra recogió las tazas, se lavó los dientes y se fue a trabajar, dejando a su primo en su apartamento. De camino al metro, se acordó de aquel informe que había dejado olvidado en el cajón de su escritorio, que era también la mesa en la que estaba el ordenador, la mesa en la que comía y la mesa en la que escribía en sus diarios. En aquel pequeño apartamento no había espacio para muebles que desempeñasen una única función. Dio media vuelta y volvió a su casa, pero la encontró vacía. Una nota pegada a la nevera: “Ale, estoy de turismo. Te llamaré esta tarde”.

En la oficina pasó la mañana entre reuniones y llamadas. Su jefe había salido de viaje, para entrevistar a un conocido director de cine, y le tocaba a ella hacerse cargo de sus tareas. Nunca había tenido madera de líder, y eso quedó bien demostrado aquel día.

A pesar de que había sido un día estresante, Alejandra se alegró de haberlo vivido porque le ayudó a distraerse.

No se podría decir que hubiese caído en una depresión, pero estaba tan aburrida que a veces creía que esa hubiese sido una buena excusa para ir a alguna terapia y, por lo menos, hablar con alguien. Sabía que era tremendamente egoísta pensar así, pero no le importaba mucho después de todo. Siempre defendía que, a veces, ser egoístas es bueno, no sólo para uno mismo, sino también para los demás.

“Este caso es distinto”, le dijo la molesta voz de su cabeza.

Aquella noche Alejandra esperó a su primo para cenar, pero al final, a las diez, decidió dejarle la comida preparada y salió a dar un paseo, cosa que rara vez hacía.

No quería caminar mucho, estaba cansada del trabajo de toda la semana y hacía un bochorno espantoso que no correspondía a aquella noche de primavera. El puente de mayo empezaba y ella no tenía planes de ningún tipo. Se dijo a sí misma que quizá mereciese la pena hace un esfuerzo y tratar de restablecer una relación decente con su primo, que quizá no había sido el azar quien lo había devuelto a su vida. Qué tontería, por supuesto que no había sido el azar; él mismo había llamado. Ahora le tocaba poner algo de su parte. O no. No tenía por qué. A lo mejor sería mejor ir al pueblo a ver a la familia. Había estado muchas veces desde enero, quizá para escapar de las horas muertas, pero la última vez había terminado volviendo a Madrid porque tanta tranquilidad la agobiaba aún más.

Recordó otras festividades en las que le había faltado el tiempo. Habían pasado muchos años y de muchos de los lugares a los que había ido ni siquiera recordaba el nombre, pero si hubiese vuelto, podría haber descrito qué había hecho a cada paso, de qué manera y con quién. Y justo cuando empezaba a pensar en aquella noche, en su sofá bajo una manta amarilla, hablando de todo y de más a las seis de la mañana, aguantando con fuerza los párpados en su sitio, alguien le tocó el hombro y dijo: “Hola”, y eso sí que fue el azar.

Tenía la misma expresión que siempre: los mismos ojos grandes y las mismas manos. Siempre había creído que una manera de saber si conoces bien a una persona es siendo capaz de recordar sus manos en los momentos en los que no la tienes cerca. Se alegró de ver que estaban iguales y que las recordaba. El tiempo no parecía haber pasado, y sólo la voz denotaba un ligero envejecimiento. Más grave y más ronca, se dijo para sí misma, “Me pregunto si será capaz de decir las mismas cosas que antes, cuando no podía parar de escuchar”.

No se dieron dos besos, como manda la costumbre española. Tampoco se abrazaron, eso hubiese resultado incómodo y extraño, después de tantos años. Ni siquiera un rápido apretón de manos, no. El único contacto físico fue aquel toque en el hombro para llamar su atención.

A Alejandra se le agolpaban las palabras en el cerebro, pero el viaje hacia su garganta les debía parecer demasiado largo y no llegaban a transformarse en sonidos. No era emoción lo que sentía, puesto que su corazón no latía más rápido de lo normal –a veces pensaba que había perdido esa capacidad, que la había usado toda y ya no le quedaba más-, pero por algún extraño motivo, deseó poder observar a la persona que tenía enfrente sin necesidad de hablar, sin necesidad de tocar, sin necesidad de pensar. Quería mirar y así grabar su imagen a fuego, de modo que no se fuese nunca de ella. Pero no lo consiguió, y cuando por la noche se duchaba en el baño de su minúsculo apartamento, su imagen estaba desenfocada y ya no recordaba más que una silueta que se correspondía a aquella que tantas veces había observado hacía tiempo.

No hablaron mucho, pero se miraron fijamente de una manera que la gente describe como “escrutadora” pero que no se ajustaba a la realidad. Lo que hicieron era más que mirarse, era tratar de entenderse. Alejandra sintió la necesidad, después de un rato, de preguntar y de aclarar su pasado para reconciliarse con su presente, pero una vez más la cobardía hizo gala de su presencia y se contentó con volver a casa con la promesa de que, por una vez, se iba a demostrar a sí misma que era capaz de escribir la historia de su vida, aunque sólo fueran unas pocas líneas.

  *

Durante los días que siguieron al encuentro, Alejandra dejó de regodearse en su soledad y empezó a centrar sus esfuerzos en encontrar una excusa creíble que le permitiese recuperar a aquellas personas que habían sido uno de los pilares de su vida. Pero no se le dio muy bien, porque tardó más de lo previsto.

Aquel encuentro fortuito no había sido en balde: de alguna manera Alejandra recuperó la ilusión de un tiempo y recordó que una vez su hermana le dijo que cuando se cierra una puerta, se abre una ventana, y aunque últimamente se había fiado poco de los dichos populares, esta vez no pudo evitar autoconvencerse de que en este caso la práctica obedecería a la teoría.

Su primo había estado en su casa más de quince días ya, pero Alejandra había conseguido acostumbrarse a su presencia, y dándose cuenta de cuán diferente era ahora, se dijo a sí misma que realmente le gustaba tenerle en su casa, que le hacía compañía y que además era capaz de cocinar, cosa que, dada su poca mano para combinar ingredientes, le venía muy bien. A mitad de estancia, más o menos, él confesó que había perdido su trabajo y que tenía suficiente dinero ahorrado como para vivir un tiempo de ello, pero Alejandra no quiso indagar más y le dio a entender que podía quedarse en aquel minúsculo apartamento todo el tiempo que quisiese.

Su rutina se sucedía sin cambios, sin que él diese señales de tener un buen motivo para estar allí, sin que formulase ninguna petición en concreto. Tampoco parecía querer iniciar una relación intensa con ella, ya que apenas hablaban. Aún así, tal y como sucediese cuando hablaron por teléfono, la falta de conversación no provocaba incomodidad, más bien resultaba relajante y agradable. Además sus caracteres se complementaban, cosa que nunca había ocurrido cuando eran pequeños y sus padres les obligaban a ser mejores amigos. Parecía que encomendar al destino esta tarea había sido una buena idea, ya que poco a poco consiguieron encariñarse más de lo que habían hecho en el pasado y entablar conversaciones poco fluidas pero, a su manera, significativas.

La ilusión de retomarlo donde lo habían dejado le hizo entender que las cosas sólo tienen un final cuando aparecen los créditos, cuando aparece aquel gran FIN que da pie a la gente a levantarse de la butaca, recordar lo observado y, en consecuencia, criticar o alabar. El hecho de que su primo hubiese aparecido en su vida de golpe, sin apenas haber pensado en él en quince años, dio paso a una reflexión posterior de la que no sacó nada en claro, pero con la que disfrutó, porque la alejó de aquella Alejandra pesimista en la que se había convertido desde la separación y a la que, para qué mentir, detestaba.

Al mirarse al espejo, no veía a la Alejandra a la que presumía conocer bien. Su mirada era la misma, sus facciones eran las mismas, pero en incontables ocasiones se sorprendía a sí misma al no reconocerse en su día a día. ¿Dónde quedaban aquellos sueños de detener el calentamiento global, de hacer la ruta inca a pie, de montar en globo o de viajar a la India?

“La echo de menos”, se dijo a sí misma en voz alta, sin saber si se refería a la Alejandra de un tiempo, a su condición de casada o a aquella columna de su vida que había aguantado viento y marea pero que de pronto un día, por aquellas cosas de la vida que nadie conoce pero a las que todo el mundo responsabiliza, había desaparecido.

Y pensar que, cuando él le preguntó cuál era su peor defecto, ella no supo qué contestar… Ahora se le ocurrían miles, porque había aprendido a observarse en los ojos de la gente, pero ya no le tenía cerca para que, al enumerarlos, él asintiese con la cabeza y la animase a seguir hablando. Era capaz de acceder a lo más recóndito de su persona, aquello que ella sabía que estaba ahí pero que, tenía la certeza, nadie iba a poder ver nunca. Y siempre admiró aquella capacidad suya de verla por dentro sin apenas proponérselo. Así como admiraba que se hubiese hecho a sí mismo con un molde tan acertado y tan genuino a la vez. Pero sobre todo, le asombraba el que él no fuese capaz de verlo.

“A veces lo que está delante de nosotros está tan desenfocado que necesitamos alejarlo un poco para verlo en toda su plenitud”, pensó poco antes de tomar aquella decisión.

Y es que el haber visto a su primo después de tres lustros se le antojó poco menos que una señal. Nunca había sido excesivamente espiritual, pero necesitaba aferrarse a esta idea para reunir los ánimos necesarios para hacerlo, así que se convenció a sí misma de que su primo estaba allí para hacerla entender algo. Se dio cuenta – o se obligó a ello- de que las cosas no suceden porque sí, y pensó que si él había tenido la determinación suficiente para recuperar un elemento del pasado que necesitaba en su vida del presente, ella podía hacer otro tanto. Además quiso ver el futuro como una vuelta a tiempos mejores, como si aquel reencuentro pudiese devolver a la Alejandra de los veinte años, a los años en que la simple idea de dar un paseo por un Madrid adormecido y cansado era lo más atractivo que podía ofrecerle la vida.

Muchas veces, volviendo del trabajo a casa por la Castellana había recordado las largas caminatas de madrugada que tan especiales hacían su fin de semana. “Es la mejor parte de la noche”, solía decirles.

Le gustaban por la compañía y por las conversaciones que, venciendo el sueño, parecían no querer terminar nunca. Pero sobre todo le gustaban porque a esas horas de la madrugada parecía que la ciudad les pertenecía a ellos y que no iban a dejar nunca de beber sus luces con los ojos. No concebían la idea de que un día el tiempo podría ser tan mezquino como para privarles de esos instantes. Ellos dos nunca habían compartido gustos, pero si había una cosa que les unía, esa era la ciudad en la que posaban los pies cada mañana porque a cada rincón encontraban un motivo para recordar y una razón para seguir en ella. La canción de Sabina que a ella le hacía pensar en él, hacía mucho que no la escuchaba, pero si alguien se lo hubiese pedido, estaba segura de ser capaz de reproducirla con exactitud, pues era parte de ella y sobre todo, parte de la historia que, entre todos, habían escrito.

  *

Y así fue cómo Alejandra poco a poco empezó a reunir valor para retomar las riendas de su vida. Y es preciso decir que “empezó” a reunir valor, no que lo reunió directamente, porque le supuso un esfuerzo mayor del que había considerado en un principio. Fue algo así como un ejercicio de autosuperación que sabía que tenía que llevar a cabo en algún momento pero que, por desgracia, le llevó más tiempo de lo necesario.

Día a día se decía a sí misma que tenía que superar aquellos fantasmas del pasado y aquellas inseguridades del presente para poder dar el paso adelante que le exigía la vida si de verdad quería sustituir el silencio ensordecedor de su cabeza por conversaciones que le aportasen una mínima parte de lo que le aportaron en aquellos últimos años de la década del 2000.

Ella era realista: sabía que muchas cosas podían haber cambiado en tantísimo tiempo. Sabía que quizá alguno ni siquiera viviese en España, o quizá, alguno ni siquiera viviese, así en general. También había barajado la posibilidad de que hubiesen cambiado tanto que las nuevas personas con las que se encontraría apenas conservarían nada de quienes fueron en su juventud. O peor: a lo mejor eran tan parecidos que la aturdirían hasta el punto de solaparse con el recuerdo que ella guardaba de ellos, borrándolos para siempre.

Pero prefería no pensar demasiado en estas cosas porque la hacían querer desistir en su intento de encontrarles.

Mirando a su primo, se preguntaba si él había tenido las mismas dudas antes de ponerse en contacto con ella. Desde luego, él no había dado explicaciones, pero estaba segura de que ellos sí se las iban a pedir. Y entonces, ¿qué iba a decirles? ¿Que se encontraba tan sola en la vida que necesitaba gente a su alrededor que le llenase las horas muertas? Pero eso no era todo, de hecho no era más que una mínima parte: podía haber intentado hacer nuevos amigos que, como ella, estuviesen solos (de gente sola está lleno el mundo), pero ella no quería amigos, les quería a ellos.

Pero entonces, ¿cómo justificar aquella búsqueda exhaustiva en medio de una gran ciudad como Madrid de manera que, no sólo su dignidad quedase intacta, sino que además lograse sus objetivos?

Alejandra tenía tantas dudas que, por un tiempo, dejó aquella tarea congelada y prefirió centrarse en sí misma con la excusa de superar solita sus problemas, en vez de que éstos recayesen en otros.

Su vida siguió así como la había conocido en los últimos meses: iba a trabajar, escribía siempre que tenía tiempo (generalmente cosas que no le decían nada a nadie pero que para ella significaban el mundo), de vez en cuando iba a ver a sus hermanas y a su madre, a veces visitaba alguna exposición de arte, etc.

Con su primo la relación dejó de ser normal para empezar a ser estupenda: ahora las conversaciones se extendían largas horas, y aunque muchísimas veces no estaban de acuerdo en aquello que opinaban, lo cierto es que ambos disfrutaban de las charlas que a veces rozaban la discusión, porque daban rienda suelta a gran cantidad de pensamientos que cada uno alimentaba en su cabeza pero que, por mucho tiempo, no habían tenido con quién compartir.

Se sentía tan agradecida de tener a alguien cerca que empezó a buscar, en secreto, un apartamento de alquiler un poco más grande en el que vivir más holgados y en el que cupiesen los dos sin invadir espacios comunes, sin pensar en cuánto tiempo pensaba él quedarse a vivir con ella ni si iba a poder permitírselo.

En el trabajo todo seguía con normalidad: escribiendo artículos, redactando notas de prensa y con alguna conferencia esporádica que la obligase a vestir sus mejor galas y a disfrazar su cara de la mejor de las sonrisas.

Aquella idea de volver a ser quien era se empezó a disipar y, con el tiempo, pasó a ser un pensamiento molesto que llamaba su atención con frecuencia pero para el que decía no tener tiempo.

Si Alejandra hubiese sido un poco más sincera consigo misma, se habría visto en la obligación de admitir que el tiempo le sobraba, lo que no tenía eran excesivas energías. No le gustaba aplazar las tareas pendientes, pero una vez que lo había hecho, le costaba muchísimo retomarlas y terminarlas.

Pero un día de verano abrió un cajón y ya no pudo seguir mintiéndose. Abrió un cajón y no pudo acallar el pensamiento molesto. Abrió un cajón y no pudo evitar escucharle. Abrió el cajón y tuvo que contener las ganas de llorar porque a los treinta y muchos ya no está bien mostrar determinadas emociones.

Abrió un cajón y sintió que no podía seguir aplazando aquella tarea que supondría un paso definitivo en su vida.

Así que se puso en marcha, de una vez por todas.

En el cajón, por cierto, había un post-it amarillo y arrugado que decía: “¡FELIZ CUMPLEAÑOS! Sé muy feliz toda tu vida, que siempre hay SORPRESAS”.

  *

“Sé muy feliz toda tu vida”, rezaba la nota.

Alejandra se sintió más estúpida que nunca al darse cuenta de que, de algún modo, había dejado la vida pasar y que no había sido todo lo feliz que podría haber sido. De hecho, en los últimos meses, había sido infeliz en vano. Parecido a lo que sintió aquella vez en que se percató de vivir en constante reminiscencia con el pasado, aquella nota la hizo recordar por qué había sido tan feliz en su juventud a la vez que se reprochaba todo el tiempo malgastado en compadecerse de sí misma.

Recordó aquellas sabias palabras que la habían hecho mirar el futuro con determinación pero que el futuro se había encargado de borrar de su memoria.

Así que se puso en marcha, de una vez por todas.

Y cogió las páginas amarillas, porque no sabía por dónde empezar y aquel le pareció el modo más adecuado. Buscó, uno a uno los números de teléfono de cada una de aquellas personas, encontrando más de uno para casi todos ellos, excepto para uno que tenía un apellido menos común. Le entró miedo en más de una ocasión, mientras marcaba uno a uno los teléfonos, pero no podía echarse atrás en ese momento porque, se dijo, “si no lo hago ahora, no lo haré nunca”.

No le sudaban las manos, porque esa parte del cuerpo no le había sudado nunca, pero sí se le aflojó el esfínter, como cada vez que se ponía emocionalmente nerviosa.

Les llamó, y escuchar sus voces la entristeció muchísimo y se dio cuenta de cuánto les había echado de menos. Algunos fueron más receptivos, otros estaban tan extrañados de tener noticias desde el pasado que no atinaban a resultar amables.

Pero Alejandra no se rindió y consiguió reunirlos a todos donde ella quería, aunque con algunos le costó más porque querían un motivo válido para verse, y en realidad no se le ocurría ninguno.

Tampoco ellos habían mantenido el contacto entre sí, cosa que la alivió y la entristeció a un tiempo. Aquellas promesas de amistad duradera, aquellos juramentos de unión eterna se los habían comido la edad y la vejez, y las arrugas llenas de polvo que ahora aparecerían en sus caras y en sus miradas no eran más que las cicatrices de aquellas promesas mal curadas.

El hecho de que unos y otros hubiesen visto la vida pasar sin que los demás tuviesen las mismas imágenes pero desde otra perspectiva la hizo sentirse culpable por quienes habían sido en el pasado, como si le debiesen una a las versiones jóvenes y vitalistas de sí mismos, y de alguna manera poco clara le llegó la idea de que tenía que enmendar ese error por todos y compensar a la Alejandra, a la Carla, a la Purificación, al Raúl y al Gustavo de hacía quince años.

  *

Cuando escuchó la voz de Carla se acordó de ella, así, en general. En el pasado se había llegado a plantear que a lo mejor nunca la había llegado a conocer del todo, pero en ese momento se dio cuenta de que sí lo había hecho, así como ella la había conocido del todo a su vez. Lo que pasa es que había sido de una manera menos convencional.

Pero al escuchar su voz recordó lo organizadísima que había sido siempre, cómo quería todo bajo control, cómo planificaba cada segundo de su vida y de aquellos que la rodeaban. Recordó con una sonrisa los emails que enviaba programando la semana y que a ella tanto le gustaban porque la hacían sentirse segura de que, si la cuerda se rompía, ella siempre estaría ahí para, con sus pequeñas manos, reatar los cabos.

Pero eran aún mejores los emails que la escribía a ella en exclusiva y que hacían de un día normal, un buen día. Podía releerlos cuantas veces quisiera que siempre iban a conseguir suscitar en ella una amplia sonrisa o una melancolía inmensa, de modo que, cambiados los matices, siempre terminase de leer con un suspiro: “¡Ay, Car!”. Desde luego, no la dejaban indiferentes, lo que era de agradecer en una vida en la que últimamente nada conseguía provocarle excesivas emociones.

También recordó una noche. No fue una noche especial, como muchas otras, pero era una noche que Alejandra recordaba bien sin motivo aparente. El césped de aquel albergue había sido cortado recientemente, y su olor se confundía con el humo del cigarrillo. Estaban los tres bajo unas estrellas que, insaciables, miraban curiosas cómo hablaban de todo y de nada, cómo recordaban los días pasados y esperaban con incertidumbre, pero con ansia, los sucesivos. No mucho después recordaron aquella noche, ya en su ciudad, y hablando sobre el amor, tanto el espiritual como el carnal, acordaron iniciar una carrera en la que el perdedor tendría que llevarles de viaje a un lugar desconocido, acentuando la sorpresa de lo inesperado y atenuando la responsabilidad al saberse cada uno de ellos de alguna manera el ganador.

Por no hablar de la noche, la primera. Aquella noche en que conoció a Raúl. En realidad le conocía desde hacía casi un año, pero Alejandra había sustituido aquellas imágenes por un vacío que, por mucho que se esforzase en rellenar, no quería desaparecer.

Deseando dar una vuelta en aquella ciudad medieval que, pese a ser capital del país más neutral del mundo no deja de ser pequeña y aburrida, se levantan del sofá. Alejandra recuerda cómo se preocupó de que aquel “cuasidesconocido la acompañase a lo que ella deseaba que fuese un paseo tranquilo, a solas, como a veces necesita uno estar. Nunca había sido buena rompiendo el hielo, la sensación de quedarse atascada en sus frías paredes la perseguía años después de que una mala experiencia hubiese terminado, así que las perspectivas de repetirlas con él no hacían más que preocuparla. Y del mismo modo en que sintió preocupación al escucharse a sí misma decir: “Ah, vale” después de que él dijese: “Te acompaño”, sintió un profundo alivio al ver que ella decía: “Yo también voy”. Porque el hielo tampoco es tan duro.

Aquel fue el comienzo de todo, y aquella noche tuvo algo de mágico y especial que Alejandra no puede obviar y cuyo recuerdo hace que aún desee con más fuerza retomar aquellos instantes con ellos. Así, como una presentación, dos personas se abrieron a ella desde una nueva perspectiva que nunca hubiese imaginado, y se sintió tan bien aquella noche que las palabras que conforman nuestro idioma no bastan para definirlo. No puede olvidar el final de la noche: ellos en un banco en la calle abrazados con el pudor de alguien que aún no se conoce pero que presiente que ahí hay algo. Y poco después, un farolillo de la calle se asoma tímido por la ventana del comedor para iluminar la escena que después ella evocará en su cama, con la mejilla pegada a la almohada y las comisuras de los labios pegados a las orejas.

Ella quizá lo había olvidado o le había restado importancia, pero si Alejandra tenía una personalidad determinada era en parte gracias a ella. Ella había sido el núcleo, y como todos y cada uno de ellos la habían influenciado de una manera única, no podía evitar pensar que, si su personalidad era como se había descubierto, había sido porque ella había aparecido en su camino y, entre piedra y piedra, había dejado una huella que Alejandra tardó en descubrir pero que nunca se podría borrar.

Y lo que Alejandra sentía, así pues, era más que gratitud.

Pensó que Purificación –a la que solían cambiar el nombre a menudo- de seguro conservaría el brillo de los ojos intacto y la sonrisa casi permanente de antaño, a pesar de que hubiese pasado el tiempo y las dudas la hiciesen ponerse a la defensiva.

Al conocerla, vio su potencial casi al instante, en cuanto las circunstancias le dieron la oportunidad de intercambiar más de quince palabras con ella. Y entendió tan bien a Raúl, su carta de presentación, que dejó las interrogaciones a un lado y empezó a ver las exclamaciones.

Puri era como un espejo en el que verse reflejado y sentirse la persona más guapa del mundo. Ver el mundo desde su perspectiva era una tarea que, pese a que requería un esfuerzo, conducía a una meta de la que sentirse orgulloso a la vez que enérgico. Porque las fuerzas eran otra cosa que Puri no perdía nunca; la fe que tenía en las personas empezaba en la fe en ella misma y en aquellos que la rodeaban.

Alejandra se preguntaba a menudo dónde se había dejado aquella chica los complejos, y no podía dejar de admirarla muchísimo por ello. Y cualquiera que se hubiese parado a mirar, se habría dado cuenta de que Alejandra estaba deseosa de conocerla mejor para así, darse a conocer mejor. Porque sabía que la vida le deparaba a cada una algo hermoso que encontraría en la otra si seguían escarbando. Sólo era cuestión de tiempo y de aquello que le daba la fuerza de ser quien era.

De ella recordaba la espontaneidad, cómo era capaz de ser adulta en la piel de una niña y cómo era capaz de ser niña en la piel de una adulta. Conseguía sacar a relucir a la parte más infantil de sí misma mientras la parte adulta la miraba desde la distancia, sin juzgarla, sonriendo y meneando la cabeza, esperando a que la niña se cansase para ser adulta de nuevo. Así, con esa dualidad, Puri formaba una persona completa que se encantaba a sí misma y que tenía motivos para ello.

Después de una reunión en un proyecto en el que se había embarcado recientemente, habían decidido descansar en el parque. La bicicleta apoyada en el suelo, ellas mirando al mismo punto pero con visiones distintas. Intentaban conocerse sin intermediarios, y la jugada salió perfecta. El casco de la bici rueda de mano en mano mientras discuten sobre qué significa ser rubio. Pero en el fondo, Puri sabe que Alejandra tiene razón…

Y así, poco a poco, Alejandra consigue abrirse a ella y contarle lo que la preocupa, algo que tiene la sensación de haber contado a todo el mundo y de que el mundo empieza a cansarse de oír. Pero ella no, ella escucha comprensiva, comparte sus propias vivencias y sus opiniones. Y un gesto suyo, espontáneo de cariño, se le graba en la memoria: Puri coge su mano y le da un par de besos rápidos pero llenos de algo que Alejandra no sabe definir, pero que la hacen sentir bien.

No mucho después, Puri camina hundiendo los pies en la espuma del mar. Raúl en la otra esquina mira los granos de arena que se modelan bajo sus pasos, mientras Alejandra en el centro captura ese momento a la vez que respira el aire limpio de la playa en un intento de purificar sus pulmones, sin saber si en realidad lo que intenta purificar es su mente.

Le acaban de formular una pregunta difícil: el momento más feliz de los últimos años. Y aunque al principio le parece obvia la respuesta, la verdad es que entre los archivos de su cabeza decide que no puede quedarse con uno sólo. Pero no puede evitar estar de acuerdo con él: en muchísimos de esos recuerdos la portada les tiene a ellos posando, uno con los ojos cerrados, otro con la sonrisa hacia abajo, una seria, otra con los labios apretados.

Y sabe que no se miente a sí misma porque siente que diciendo esto no lo está diciendo todo, que le gustaría poder hablar horas y horas para definirlo, pero quizá el tiempo sabe ser sabio y le da a las palabras la justa medida y duración de modo que luego sea cada uno quien les dé el punto y final.

Pensar en Maripuri la lleva automáticamente a pensar en Raúl.

No quiere pensar demasiado en él por temor a sentirse desbordada, pero nunca ha tenido demasiado dominio de sus propios pensamientos, que al final siempre la conducen por donde ellos quieren.

Igual que él: siempre consigue llevarla por donde él quiere. Sabe que tiene ese poder, pero le honra el no aprovecharse: “tengo toda la impresión de tenerte”, y sólo ellos saben cuánta razón tiene.

Alejandra recuerda muchísimo a Raúl, y no está segura de saber qué le gusta más de él, si su enorme sonrisa o su mirada cuando se pone serio, huidizo. Pero eso tiene tan poca importancia que casi nunca lo piensa, prefiere centrarse en la parte de él que ella ha absorbido y la parte de ella que él guarda para sí.

Recuerda muchísimo a Raúl y podría dibujar sus manos con detalle si supiese dibujar. Las recuerda metidas en su bolsillo, haciendo espacio entre su propia palma mientras la noche danesa les envuelve. Alguien más está allí tratando de ser parte de la escena, pero solo ellos, cómplices, saben que en realidad están solos. Hablan mientras miran la luna que es enorme y que se ve distinta desde tan al norte. Es la última noche y Alejandra tiene mucho miedo, porque no está segura de que la historia vaya a continuar una vez deshagan las maletas y las fotos hayan sido archivadas. Nada le asegura que su vida no haya dado un cambio como ella empieza a vislumbrar, pero no quiere aventurarse a pensar que ya unos y otros forman parte de sus vidas. Porque da miedo, caerse desde la luna duele, y más si es una luna tan bonita como la de Copenhague.

Pero la luna de Madrid también les espera con los brazos abiertos: en cuanto le ve llegar, sonriente y puntual por una vez, sabe que aquella escena no era más que el prólogo. Reunidos entorno a comida de picnic, todo son recuerdos y anécdotas de aquellos días recorriendo Europa. La luna que les ilumina es la misma, es igual de grande y quizá más bonita. Porque es una luna familiar y joven que sabe mucho pero que prefiere mantener en secreto aquello que conoce para poder así reírse traviesa de sus tropiezos y sentirse viva otra vez.

Otra noche especial no hay luna, pero hay champán y uvas, y el comienzo de un año que, lleno de expectativas, promete. Reunidos casi todos bajo el mismo techo, él confiesa que empieza a sentir que lo que les une se puede llamar amistad, y Alejandra casi puede oír el “clic” que suena en su cabeza y que indica que algo ha cambiado.

Pero no, en realidad nada ha cambiado, todo sigue igual, sólo es distinto el modo de llamarlo y la cara de Alejandra, que ahora está un poco más sonriente. Y él hace notar lo absurdo de la situación, y se ríen. Pero en realidad es bonito que sea absurdo, porque es su absurdo.

Y un poco más tarde siguen las risas, más altas y más desvergonzadas. Traviesos, se ríen de un conocido común que nunca sabrá que hizo de esa noche un momento perdurable que les une. Pero Alejandra cree que en realidad se ríen más bien de sí mismos, porque juntos se encantan, les aumenta la autoestima y les mejora la circulación. Son los beneficios de la risa y de la amistad, cosas de las que él puede enorgullecerse.

Ella solía decirle: “Eres una de las personas con las que más me río en el mundo”, y él no sabía si creerla, pero sabía que debería.

Relacionaba su persona con la creatividad, y no en vano siempre le instaba a apuntarse a un cursillo de doblaje o de interpretación, así quizá podría Alejandra seguir admirando aquella capacidad suya de alegrarle un día nublado sintiendo, al mismo tiempo, orgullo en dicha tarea.

Con Gustavo, una vez que hubo conseguido pasar del mero buen rato a una compenetración más profunda, se alegró muchísimo de haber salvado esa pequeña distancia y poder así dejar de echarle de menos en ese sentido.

Porque era una persona que merecía la pena conocer y que se encontraba en su vida no por casualidad, sino porque Dios así lo había querido, igual que el resto.

Alejandra a veces se sorprendía a sí misma mirándolos y pensando de dónde habían salido, por qué estaban en su vida, por qué estaban en su corazón.

No le gustaba hacerlo, pero no podía evitarlo: no sabía de dónde habían salido, y no podía encuadrarlos en ninguna de las parcelas que le ocupaban el día a día (no eran amigos del colegio, ni de la universidad, ni de la infancia…), pero eso no hacía sino aumentar la magia del asunto.

Alejandra escucha su voz por teléfono y recuerda qué cálida le había parecido siempre. No se imaginaba aquella voz más alta de lo normal, él era más de gritar con los ojos. Su voz le transmitía mucha paz, le gustaba porque envolvía y porque era susceptible de ser recordada, y así le pasó cuando le oyó saludarla al aparato: no había cambiado nada.

Aquella voz la transportó a una noche en la que la intención de ver una película quedó en el olvido al preguntar él: “¿Y qué tal todo, Ale?” Las palabras se habían ido encadenando casi sin darse cuenta y al final habían tejido una conversación de esas que hacen mella y que ayudaron a Alejandra a sentirse mejor en un momento en que necesitaba con urgencia una voz amable. Por suerte aquella noche la encontró, y la voz consiguió envolverla hasta pasadas las cuatro de la mañana, arrullándola y alejándola de las preocupaciones.

Las conversaciones eran lo más destacable que a Alejandra se le ocurría cuando pensaba en ellos, porque habían sido intensas y siempre tenían un fondo que extraer. Incluso las más vacuas eran importantes, porque aprendía de ellas y porque se producía un intercambio de sensaciones que, como Raúl bien dijo una vez, faltaban palabras para describir.

  *

Su primo abrió mucho los ojos y mirando su cara de abajo a arriba le preguntó qué le pasaba, si estaba bien.

Muchas lágrimas, y muy pequeñas, caían de los ojos enrojecidos de Alejandra sin que ella frenase su curso, y aunque no emitía ningún sonido ni sollozaba, la escena no dejaba de ser incómoda y preocupante.

Él se levantó del sofá y cruzó aquel salón diminuto un poco inquieto, pero sólo un poco porque nunca había sido demasiado expresivo.

-¿Te han dado una mala noticia?, preguntó.

-No, me han dado la mejor noticia de todas.

  *

Nunca le dijo a su primo que él había influido positivamente en la decisión de recuperar a sus amigos, pero era preciso reconocer que su llegada había sido el punto de inflexión a partir del cual ella se había dicho: “ya basta”.

Le estaba agradecida y subrepticiamente se lo hacía saber.

Pero llegó el día en que él decidió que ya había invadido demasiado tiempo su espacio–dos meses- y que era hora de volver a su casa, en su país. No tenía a nadie en particular esperándole, ni tenía un trabajo al que presentarse. Sus plantas probablemente hacía mucho que habían muerto, y ningún compromiso requería su presencia. Pero aún así él debió ver que su labor allí había concluido y decidió hacer las maletas. No avisó a Alejandra con antelación, simplemente le dijo con tranquilidad que si podía llevarle al aeropuerto porque tenía que coger el avión a las siete.

Así como llegó, se fue, y Alejandra se quedó con la sensación de que la huella que le había dejado su primo había sido más profunda de lo que jamás se hubiera imaginado, y aunque a partir de ese momento tampoco se vieron muchísimo más, ni hablaron muchísimo más, por lo menos la percepción de él en Alejandra había cambiado, y una paz interior, como la que nos invade una vez resuelta una tarea pendiente e importantísima, la embargó para siempre cada vez que pensara en él.

Dejó la búsqueda de un piso más grande para cuando la vida le regalara otra persona con quien vivirla, y a cambio se compró un ficus que murió pocos meses más tarde.

Le hubiese gustado tener a alguien cerca en el momento en que se preparaba. Siempre se había puesto nerviosa en las citas y en los encuentros con personas poco cercanas, y hablar con alguien mientras se arreglaba siempre había ayudado. Recordaba que pocas horas antes de quedar por primera vez con quien sería su marido, su hermana había estado aconsejándola sobre la ropa y el maquillaje, en un intento por sacar de su mente la idea de que el hielo no iba a romperse en toda la noche.

Como en aquel momento estaba sola, decidió poner la música a todo volumen y cantar a voz en grito, toda una terapia antiestrés que siempre funcionaba. Encendió la radio y

… but you can say baby, baby can I hold you tonight…”. Uy, mala elección, demasiados recuerdos… De oreja a oreja, el cable de los cascos les había conectado por primera vez en aquella canción. Para él, una canción conocida de alguien a quien admiraba (“¡Le ha tocado todo: mujer, negra y lesbiana!”), para ella una vuelta al pasado, a aquel castillo de Irlanda en el que aprendió a pronunciar la palabra “friend”. Había buscado durante años aquella canción de la que sólo recordaba el estribillo y la voz ahumada de quien lo reproducía, y no podía pensar que existía otra persona en el mundo que no sólo conociese aquella canción anónima, sino que además le gustase tanto como para cantarla a voz en grito en medio de la calle más visitada de Ginebra.

De alguna manera, ese presente y esos pasados que no tenían nada en común, se fusionaban bajo la lluvia en el primero de los muchos días en los que sus presentes y sus pasados habrían de fusionarse.

Eligió una camiseta roja porque ese color le transmitía muchísima fuerza y vitalidad, pero el resto de su atuendo era más bien poco llamativo. No se maquilló, ni siquiera se puso uno de los muchísimos pares de pendientes que tenía. No quería disfrazar la realidad de lo que no era y que la primera impresión después de tanto tiempo se distorsionase.

Salió de casa mucho antes de la hora a la que habían quedado porque decidió que prefería ir andando, aunque eso la llevaría probablemente más de una hora. Caminaba a paso rápido y no tardó mucho en arrepentirse de no haber cogido el metro o el coche, una ya tenía una edad.

De camino se encontró con Eva, su compañera de trabajo, quien le propuso tomar un café, pero Alejandra tuvo que rechazar la invitación porque prefería estar a solas con sus pensamientos. A veces es necesario hablar con uno mismo para sorprenderse de las cosas que pasan por nuestra cabeza, y cuando los nervios están a flor de piel como estaban en ese momento, es cuando solemos ser más receptivos.

-¿Estás bien? Te veo rara…

-No, es que he quedado y…

-¿Una cita? Vaya, ¡por fin!

-Sí… bueno, el lunes te cuento.

Se despidió de ella casi sin mirarla y siguió su camino. Una breve punzada de culpabilidad la atravesó, pero se deshizo de esa sensación en cuanto se prometió a sí misma compensarla con un café el lunes en la redacción.

Estaba nerviosa, pero no de una manera convencional: no le temblaban las manos, ni un nudo le apretaba el estómago, ni le costaba respirar. Era más el tipo de nerviosismo catatónico que, de tan fuerte que resulta, parece que ya ni lo sentimos, que estamos como paralizados.

Por momentos se arrepentía de haberles llamado y con alguno, de haber insistido para quedar; no sabía qué iba a decirles, no tenía ninguna excusa o motivo válido para reunirles. No iba a contarles la historia de su primo, así como tampoco iba a sacar a colación el reencuentro que vivió con uno de ellos pocas semanas antes, ni el post-it… Habían sido una serie de señales las que la habían empujado a buscarles de nuevo, pero la señal más fuerte había sido la propia necesidad de ellos, la falta que le hacían. Pero claro, eso era demasiado íntimo como para soltárselo de golpe, después de tantísimo tiempo sin saber nada los unos de los otros. Confiaba en que, con un poco de paciencia, pudiese hacerlo y despojarse de alguna manera de toda aquella confusión de ideas para transmitírselas y sentirse en paz con la Alejandra de un tiempo.

Su vida, por otra parte, no había sido nada interesante, con lo que tampoco podría hablar horas y horas sobre cómo de bien le iba todo, a menos que mintiese, cosa que si no hacía con su atuendo, no iba a hacer con sus palabras.

Ni siquiera tenía claro el objetivo de aquel encuentro: asumía que no iba a sentirse feliz instantáneamente, por mucho que tuviese muy claro que en su juventud habían sido el origen de aquel estado permanente de bienestar al que se había acostumbrado. Tampoco estaba segura de que la amistad se fuese a retomar, o que empezasen a verse con más frecuencia, así como tampoco nada la convencía de lo contrario.

Todas estas cosas las pensaba ella de camino al punto de encuentro mientras vencía las ganas de retroceder hacia la seguridad de su pequeñísimo apartamento de recién divorciada para, refugiándose en una buena taza de té rojo con leche, olvidar todo ese asunto que la asustaba y la intrigaba a la vez.

  *

Alguna vez desde aquel verano había evocado los momentos en los que ella la agarraba del brazo y lo recorría con sus pequeños dedos arriba abajo provocando un cosquilleo que empezaba en su hombro pero terminaba en las manos de ella. De broma, solía decir que era “Miss brazos”, y a ella le hacía gracia que elogiase la suavidad de una parte del cuerpo que siempre había considerado nimia e impersonal pero que, por algún motivo que no alcanzaba a explicar, le gustaba.

Como siempre, uno de los recuerdos más vivos y agradables que conservaba de aquellos años provenía de los momentos en los que adquirían la autonomía suficiente como para ser ellos mismos y no tener que rendirles cuentas a nadie: la noche.

En aquellas horas en las que el sol dormía, protegidos por el anonimato de la oscuridad, ellos daban rienda suelta a la mayoría de sus pensamientos y compartían sus vivencias de modo que conseguían sincerarse unos con otros y guardar la vergüenza en un cajón tan pequeño como el que había escondido el post-it amarillo durante años.

Noche era también el momento en que se sintió perdida y le encantó esa sensación.

Primero con unos y después con otros había hablado en aquella noche en que supuestamente bordeaban un río que les llevaría al albergue. Ella no tenía más remedio que fiarse: no sabía dónde estaban, la única referencia era aquel bosque que se extendía a lo largo del camino por el que andaban y el cielo oscuro que, esta vez sin estrellas ni luna, les prometía que aún quedaba mucha noche por delante para perderse cuantas veces quisieran y prolongar al máximo la espera. Pensaba en lo especial de un momento que nunca se repetiría, en el miedo que le provocaba estar allí en un sitio desconocido y oscuro y en lo segura que estaba, al mismo tiempo, de no sentirse nada sola.

Casi le dio pena cuando llegaron al bar en el que se paraban cada noche a ahogar su cansancio en litros y litros de cerveza, porque eso significaba que, una vez más, el tiempo había jugado su cartas y se había llevado su momento especial para no devolvérselo nunca.

Perdida y feliz se había sentido esa noche, y perdida e insegura se sentía aquella tarde. Con la misma fe en quienes la habían acompañado en aquellos paseos siguió caminando y vio fe en los pasos que daba, y al verse reflejada en un escaparate casi tuvo que reprimir felicitarse a sí misma por lo determinada que se había demostrado ser.

Alejandra llegó al lugar en el que se debían encontrar antes de lo previsto. Jugueteando con el cordón que colgaba de su camisa roja, se preguntaba si él aún conservaría la piedra que ella rescató del río, si ella aún seguiría estando tan enamorada de la vida, si la colección de discos de él habría ido creciendo con las canas, si de alguna manera la risa de ella se habría confundido con la del resto de la gente dejando de ser su seña de identidad.

Deseó poder estar de nuevo en el pasado, en el momento en que ella había cerrado los ojos y se había dejado guiar por la calle, con miedo de meter el pie en un charco o de resbalar con una hoja. Llovía y hacía frío, y la tela de la capucha empastaba la voz de Raúl que le hablaba a su lado. Ella había querido indagar y le había preguntado por Puri, de manera que empezó a conocerla sin haberla visto, y en sus ojos, que se esforzaban en no abrirse a la seguridad de la propia visión delegando en él esta tarea, empezó a imaginarla.

Deseó estar en ese pasado porque en ese pasado sentía más acordes sus sentimientos: ahora estaba deseosa de retroceder en sus pasos y de no enfrentarse a la realidad, a la vez que deseaba verles y observar en qué se habían convertido, luchar contra las ganas de juzgarles y alimentar el deseo de tenerles otra vez.

Esta contradicción propia de la vida y de los momentos de inestabilidad vaticinaba lo que habría de venir y remitía a un sentimiento de bienestar y de seguridad que desde hacía años le hacía burla desde la distancia.

  *

Son las nueve de la noche. Alejandra se mira al espejo una última vez mientras se coloca el flequillo. “Me gusta este nuevo corte de pelo” piensa, y en ese momento llaman al telefonillo.

-Venga, pesada, que a este paso llegamos mañana.

-¡Voy, voy, voy!

Baja corriendo las escaleras de su minúsculo bloque de pisos porque la impaciencia no la deja esperar el ascensor.

Han pasado varios meses desde aquel encuentro y Alejandra ya casi ni se acuerda de que hubo un largo tiempo en el que no estuvieron juntos.

Se saludan con un rápido abrazo y un beso, uno sólo, como le gusta a ella. Todos sonríen y empiezan a hablar a la vez, y de repente, sin previo aviso se agarran unos a otros del brazo, como si fuesen adolescentes, y empiezan a andar por la calle. Cinco adultos hechos y derechos ocupan toda la acera en una cadena humana que sorprende a los transeúntes, pero que no hace ademanes de deshacerse ni siquiera cuando tienen que apretarse para dejarles pasar.

Y no se sueltan hasta después de mucho rato, cuando no queda más remedio que deshacer los nudos de sus cuerpos porque han llegado al lugar en el que, desde hace bastante tiempo, se reúnen para hablar, para verse, para reír, para llorar, para sentir y sobre todo, para seguir juntos, que es lo único que importa.

          FIN

Nombre: Conchita G.
Profesión: Auxiliar de vuelo retirada
Edad: 62

Opinión sobre Afrodita en la ventana:
Desde muy pequeña ya apuntaba maneras y resultaba evidente que había que estimular a Alessia para que se dedicase a escribir. A pesar de ser este su primer libro y tener por delante un largo camino por recorrer, se ve el potencial en sus páginas. Es una historia cargada de imaginación, la disfrutarán.

Opinión sobre Historias de tu mundo:
En este segundo libro la escritora ha sabido captar el alma de las personas que aparecen en las imágenes. No son simples fotos, son fotos con alma, y detrás de cada una de ellas encontrarán una historia profundamente conmovedora.

Historias de tu mundo

Siempre he sido una firme defensora de la idea de que el mundo es un lugar maravilloso. Sin duda, es maravilloso para visitar; vivir en él puede resultar un poco más complicado…

En los muchos viajes que he tenido la suerte de hacer a lo largo de mi vida, todos y cada uno de ellos gracias a la generosidad de mi madre, me he cruzado con muchísimas personas, algunas de las cuales aparecen en este libro. Mientras las miraba, mientras pensaba en sus vidas que nunca conocería y apretaba el gatillo que congelaría el tiempo, les robaba una parte de sus almas. Sus historias, sin embargo, son sólo suyas, y sus vidas de ninguna manera se han visto reflejadas en ninguno de estos relatos. Cada una de las historias que aparecen en estas páginas son fruto de mi imaginación, sin que haya en ellas ningún matiz de realidad acertado.

Este libro surge de mi profundo amor por los viajes y por conocer cuanta más diversidad posible de este mundo que no termina nunca, para que imaginando un pedacito de unas vidas que no han existido, quizá se despierte el interés por una realidad que está ahí, a nuestro lado. La mayoría de los viajeros, al igual que yo, se impresionan por las diferencias que se van encontrando a cada paso. Es posible ver dichas diferencias, pero quizá es un poco más difícil conocerlas y casi imposible entenderlas. A la pregunta de qué habrá detrás del gesto amable de un lugareño, de la pregunta curiosa de un niño o de la mirada hostil de un paseante, no es fácil encontrar una respuesta; en mi caso, he preferido imaginármela y así crear historias que en ocasiones resultan enrevesadas, con la libertad que la literatura nos regala y teniendo siempre en cuenta aquel dicho que dice que «la realidad supera la ficción».

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De todas estas personas, hay una que, sin embargo, sí existió en mis viajes: Nuki. En el paseo que di por Skopie, la capital de la República de Macedonia, Nuki fue de algún modo el ángel que se describe en su historia. Con él paseé por la ciudad perdiéndome en sus explicaciones, sus historias de vida y sus opiniones acerca de la antigua República de Yugoslavia, cuyos matices a grandes rasgos me ayudaron a escribir el monólogo de Dejan para Josip. Su vida nada tiene que ver con la que se retrata en el relato; Nuki no tiene madre, ni padre, sólo un hermano que vive en Italia y que, por suerte, no es Ace. Su infancia ha sido muy difícil pero Nuki no ha perdido con la soledad las ganas de sonreír ni tampoco esa mirada de niño bueno, buenísimo, que se describe en el libro y que podéis reconocer en la foto. Por suerte, él sí tiene algo que su sosia literario no tiene: un carácter admirable y una fuerza que parece no tener fin, además de una generosidad sorprendente. Desde aquí, mi agradecimiento a este chico al que un día admiré y que espero que la vida por fin le haya sonreído con la calidez que se merece.

Al resto de las personas que me inspiraron para tomar una foto, les agradezco haber estado en el momento y lugar preciso para que pudiese llevarme un pedacito de sus vidas a casa. Espero que tú, si me concedes el inmenso honor de leer estas historias, entiendas que todos y cada uno de estos relatos han sido escritos con respeto y con admiración hacia estos países y culturas que, en un momento dado, me regalaron instantáneas de profunda felicidad y me animaron a seguir viajando, leyendo, conociendo y escribiendo.

¿Quieres conseguir tu ejemplar? ¡Es muy fácil!

Nombre: Gon M.
Profesión: variante
Edad: 26

Opinión sobre Historias de tu mundo:
No es fácil ofrecer una redacción bien estructurada y madura del libro favorito de uno, ¿verdad? Aunque supongo que con esto ya he dicho bastante…
Me atrevo a decir que la concepción de este trabajo casa a la perfección con quienesquiera que sean y sean cuáles sean sus expectativas sobre un buen libro. Incluso aquello que uno no espera, acaba por ganarle.
No podría describir este libro sin decir que sobrecoge, maravilla, fantasea, te refleja en sus historias, emociona hasta las lágrimas, hace reflexionar, y cambia como la vida misma en este extraño y diverso mundo en el que vivimos.
Historias de tu Mundo tiene puesta en letras esa magia que tienen las múltiples posibilidades de este mundo nuestro. ¡Leerlo es leer vida!

Opinión sobre Afrodita en la ventana:
Cuando hablo de esta obra, me gusta hablar de dos libros titulados Afrodita en la ventana, y cuando lo lean, entenderán porqué. Cuando los terminé, quedé muy satisfecho, y no sólamente con su final, sino con sus modos de ganar fuerza a medida que avanzan. Se tratan de un sencillo, sutil y bonito concepto binario que, (a riesgo de que suene extraño) aunque sin cohesión, representa un trabajo completo y muy bien armado.
Concluiré con un aporte aún más personal: me encantaron los personajes secudarios.

En definitiva, un estupendo comienzo de Alessia Calderalo como novelista.

Nombre: Marcos F.
Profesión: Librero
Edad: 29

Opinión sobre Historias de tu mundo:
La magia de este libro reside en la complicidad de las imágenes y las letras. La autora desarrolla unas historias fascinantes a partir de las fotografías que ella misma ha tomado en sus viajes y gracias a las experiencias que fue viviendo y al contacto con la gente que fue conociendo por el camino. Preciosas historias llenas de personajes entrañables que te permiten viajar por el mundo sin moverte de casa.

Opinión sobre Afrodita en la ventana:
Afrodita en la ventana es una historia de dos personas que buscan su lugar en el mundo. Un buen desarrollo de personajes, unas historias cercanas y una narración ligera hacen que puedas empatizar con sus vivencias como si fueran las tuyas propias. Además el telón de fondo de un Madrid magistralmente caracterizado te permite entrar en la historia como si fueras tú mismo el que está caminando por sus calles, convirtiéndolo en un personaje más.

Disfruta de las primeras páginas de mi tercera novela – MUY PRONTO

*

Mariana tenía unos ojos enormes que le daban el aspecto de estar siempre asustada, aunque en realidad no había en el mundo nadie más valiente que ella. O al menos, así me lo parecía a mí, y me lo sigue pareciendo ahora que han pasado más o menos mil cuatrocientos años desde la última vez que la vi.

En todo el tiempo que llevo aquí, aún no he conocido a nadie tan fuerte y valiente como Mariana, una mujer que antes que mujer era persona y antes que persona era mía. La Mariana era sin florituras, tan llana, gritona y racial, y aunque era parca en sonrisas, tenía unos ojos expresivos y casi tan enormes como el corazón que los regaba. La voz también era grande, grande como sus ganas de escapar y sobrevivir. Nunca sabré si lo consiguió, la Mariana, pero mi intuición de vieja me hace pensar que sí, que salió de su madriguera gritando para no volver nunca la vista atrás. O quizá no es mi intuición, sino que es mi furia la que me dice que sí, que Mariana sigue, y que sigue bien.

Mariana era especial, tan especial como anodina soy yo. Nació en un pequeño pueblo de la provincia de Huelva, ya casi pegadito a Sevilla, pero pronto perdió ese salero andaluz que hubiese heredado del aire de no ser por su temprano traslado a Madrid. Aun así, ella nunca dejó de pronunciar Madrí, pisoteando a conciencia la z con la que sus vecinos terminaban aquel nombre, y tampoco abandonó jamás ese acento arrastrado que le quedaba un poquito artificial, como si se sintiera en la obligación de dejar bien claros aquellos orígenes onubenses que siempre defendió como suyos.

Yo la conocí cuando pasaba de largo los cuarenta, así que seguramente había perdido la poca belleza que había tenido de joven. Los ojos, eso sí, no se le habían empequeñecido ni un poco, más bien al contrario. Conforme pasaba el tiempo, más grandes parecían ser, aunque no por ello más penetrantes. Más de una vez nos dijeron que vernos juntas era un chiste; ella tan grandota, con aquellos pechos que ocupaban más que su cabeza, y la barriga sobre la que se apoyaban los dos, cansados de atraer miradas. El cabello lo tenía aún negro como la brea y los ojos también, enormes, furiosos, llenos de vida, de odio, de amor. La sonrisa la lucía poco, pero cuando lo hacía resultaba tenebrosa porque aquellos ojos enormes no la acompañaban nunca, así que yo siempre me alegraba de que fuese una mujer de pocas risas, de semblante firme casi feroz. Yo, perfecta antítesis, era y aún soy delicada como una plumita de gorrión, que hasta mi voz suena menos potente que el canto del pajarillo. Cuando conocí a la Mariana mi pelo ya era algodón porque desde que empezó a encanecer me pareció que me lucía bien con la sonrisa temblorosa que no necesita motivo para aflorar. Tan tonta siempre, esa risilla, pero tan inevitable también. Mis ojos son oscuros, pero carecen de la fuerza y el desgarro de los de Mariana, y por eso nos compenetrábamos tan bien, porque yo quería un poco de aquel malgenio que sacaba a todos de quicio y ella quería algo de mi delicadeza que amansaba hasta a sus fieras. ¡Ay! Aquellas fieras… Begoña, Cristóbal y Lucio, tres hijos, tres partos complicados y tres vidas apoyadas sobre nuestras nucas, las nucas de unas madres que no sólo se conformaron con parirles, darles de mamar y enseñarles a vivir, sino también de quererles como si fuésemos todos una gran panda de asilvestrados sin vereda en la que entrar.

Nunca sabré si lo que sentíamos todos por Mariana era admiración, miedo o curiosidad, pero nunca negaré la evidencia de que, al menos a mí, no me dejó indiferente ya desde el día en que la conocí, así como tampoco admitiré nunca en voz alta que aún no se ha escapado de mis pensamientos. Ni siquiera ahora, que han pasado doscientos mil años desde la última vez que la vi, puedo afirmar con convicción que no pienso en ella todos los días, porque creo que mentiría. Pero es que la Mariana era una mujer, pero antes que mujer era persona, y antes que persona era mía, y por eso yo no puedo dejar de preguntarme qué habrá sido de ella, si logró escapar sin mirar atrás, si huyó de sí misma por fin, como todo ser humano que la conocía intuía que haría.

*

Chac, chac, chac.

El polvo blanco, recién machacado, se mezcla con el aceite formando una pasta de consistencia espesa, bastante pegajosa. Gabriel abre un botecito verde y echa un par de gotas y lo mezcla todo bien con el pincel. Entonces lo coge, lo mira un momento a pocos centímetros de su cara y se lamenta en voz baja. «Mierda, otra vez a comprar pinceles… No gano para pinceles», y lo tira al cubo de basura que tiene a sus pies con un suspiro agotado. Luego se mira al espejo y sonríe, porque si no sonríe el maquillaje quedará desigual en cuanto articule palabra. Coge el algodón, lo empapa en la sustancia espesa y lo empieza a extender por toda la cara, incluyendo los labios, las orejas, los párpados, las pestañas. Luego lo vuelve a sumergir en el cuenco y se lo pasa por la cabeza, donde previamente ha pasado la maquinilla de afeitar. Está suave, como a él le gusta. Las cejas absorben mal, así que tiene que repasarlas con brío con la punta de los dedos, para que cojan bien el color. La cara le empieza a doler, le tira la parte posterior de las mandíbulas y las orejas se le están empezando a dormir. Siempre le pasa lo mismo cuando se maquilla, cuando se obliga a sonreír y a mantener la postura hasta que el mejunje se seca y puede relajar la expresión.

El lápiz negro no tiene punta, y se desespera buscando con qué afilarlo. Revuelve en su cajón de sus pinturas, en el de Carmela, incluso en el estuche de Gabriela, pero no encuentra el sacapuntas así que hastiado, decide utilizar el azul, que queda fatal. Pero es que no puede llegar tarde, no vaya a ser que le quiten la esquina. Se pinta los párpados y una lágrima opaca resbalando por la mejilla y se repasa el contorno de los labios en esa mueca artificial que le cansa más que cualquier otro gesto en el mundo. Luego se viste con movimientos rápidos, mecánicos, y mientras se mira al espejo le dice a Carmela, que está sentada en la mecedora limándose las uñas:
-Hale, ya está. Ya me voy-. Le da un beso en la frente mientras ella se lo devuelve al aire, y luego a Gloria, que duerme en la cuna. Coge el taburete y el maletín, y sale por la puerta, mientras Gabriela en la habitación piensa el porqué de que papá nunca le coja la mano al cruzar la calle.

El frío le da en los ojos en cuanto pone un pie en el portal. Una abuela pasa con el nieto agarrado bien fuerte por la muñeca, y él se deja arrastrar mientras da rienda suelta a la curiosidad que le obliga a no dejar un detalle del mundo sin analizar. Cuando ve a Gabriel suelta un grito ahogado y de un par de saltos se pone a la altura de su abuela, mientras gira la cabeza para asegurarse de que aquel payaso blanquiazul que, para no variar, no le hace ni pizca de gracia, existe de verdad.

Gabriel no termina de acostumbrarse a esa reacción que tienen los niños, especialmente cuando le ven en movimiento. Su franqueza y el tono de voz son lo que más le perturba, lo que hace que a veces pierda la concentración y tenga que resignarse a oír el «mira, mira, se ha movido, qué malo» que confirma su fracaso casi a diario.

*

De todas las tareas que hay que hacer en una casa, que no son pocas, la que menos me disgustaba era planchar. No se crea usted que me gustaba, no, tampoco es eso, pero por lo menos no había que agacharse ni mojarse, y me permitía estar con mis pensamientos, concentrada en dejarlo todo bien dobladito, -«la raya va aquí», «esto bien cogido por acá…», «hala, mira qué bien, al cajón»-. Esto no lo permiten otras tareas como fregar los cacharros o barrer el suelo, y como he sido siempre tan metódica, tan quisquillosa según algunos, pues me esforzaba por dejarlo todo bien, y en ese ultimar la faena se me pasaba el asunto en un pispás.

La tarde en que llegaron, estaba mirando las camisas de Agustín y, mientras remataba el cuello con el pico de la plancha, pensaba en el efecto que tendrían sobre sus clientes. Era uno de esos domingos soporíferos de finales de septiembre y todavía hacía un calor seco, tan de Madrid, y el ambiente era estático, tanto que por no moverse, no se movía ni la tierra sobre sí misma. Miraba el reloj cada tres horas para comprobar que, en realidad, habían pasado minutos, y el sudor se me colaba por el canalillo, entre los muslos, resbalaba por el cuello y la espalda, haciéndome cosquillas, haciéndome rabiar. Lo recuerdo tan nítido que a veces me asusto y me convenzo de que no puede ser que hayan pasado ya cincuenta mil años de aquello.

Agustín estaba en el bar de allá y yo planchaba sus camisas mientras pensaba en el efecto que haría la tela clareada por el uso en las miradas de sus clientes, en qué pensarían de los botones desiguales y del hecho de que, por más que frotase, había un halo amarillento rodeando el cuello que, aunque ellos no podían saberlo, nunca se iba del todo. Entonces, mientras me imaginaba a mí misma arrugando la nariz en ademán despectivo, cogida del brazo de mi apuesto y rico marido que acababa de firmar un contrato con don Agustín Ibáñez y pensando en que ese hombre probablemente no tendría una buena mujer que se ocupase de sus cosas, oí un ruido muy fuerte en el rellano que me sacó de mi fantasía de golpe y le arrancó de nuevo el motor a la Tierra. El golpe fue seguido de voces altas, animadas, y de un griterío infantil de ese que cuando no estás de ánimo querrías ensordecer pero que cuando sí lo estás, puede ser música.

-¡Begoña, te voy a dar una colleja que se te va a quitar la tontería! Le das a Lucio ahora mismo su parte del bocadillo o cobras, ¿eh? ¡Que cobras, te he dicho!-. Creo que, si me acuerdo tan bien de la primera frase que le oí a la Mariana, es porque quizá nunca en mi vida había pensado que una mujer pudiese hablar tan fuerte, casi con violencia, dejándose oír por encima de las siestas de vecinos, las discusiones de pareja y el partido de la radio que subía apagado desde el patio. A aquella mujer que yo ya intuía enorme le daba igual que fuesen las seis de la tarde de un agotado final de septiembre, que pudiese haber gente desperezándose con modorra de la sobremesa dominguera o que alguien pudiese estar enfrascado en un examen de reválida. No, a aquella mujer enorme le daba igual todo aquello, la voz atronadora que luchaba por imponerse a la voluntad de una hija díscola demostró más tarde, en cuanto se abrieron varias puertas, que la Mariana no se iba a dejar frenar por nadie en sus esfuerzos por educar a sus fieras.

*

Gabriel es una persona activa, como activas son Carmela, Gabriela, Gloria o sus padres, pero no le pesa ese pretendido estatismo que le permite dar de comer a sus hijas. No sabe muy bien por qué, pero en cuanto sube a la butaca y clava su mirada en el edificio de enfrente, el hormigueo que le obliga a moverse cesa y una calma infinita se apodera de él. Escucha las conversaciones de la gente, no hay cabida para el estrés, ni para los pensamientos negativos, y simplemente se concentra en la respiración y en el tintineo que augura el cambio, el movimiento pausado. Además, si el tiempo acompaña, le gusta ver a los turistas haciéndole fotos; se imagina inmortalizado para siempre en frigoríficos de vidas ajenas, en marcos de fotos de casas lejanas, y de una manera tremendamente tonta, se sienta un poco viajero él también. Si no se excede en las horas, llega incluso de buen humor a casa. Y por eso no entiende que sea malo en su trabajo si, en realidad, lo disfruta bastante. Si no fuese por los ojos, que se le ponen rojos a los pocos minutos de empezar su jornada haciéndole pestañear, cree que sería bastante bueno y que no se vería obligado a escuchar tan a menudo los comentarios ácidos de sus críticos más sinceros: los niños. Los niños que, con esa mala educación disfrazada de espontaneidad, son capaces de romper más corazones que la guapa de la clase. Los niños que, con su superioridad moral y su nula tendencia al disimulo, pueden pisotear las ilusiones del Nobel de turno relegándolo a un oscuro segundo plano. Los niños que, sin proponérselo, pueden doblegar la voluntad de la gorda del patio, minar la autoestima del afeminado y llenar de inseguridad al que está un poco menos mimado. Los niños que, Gabriel no se explica cómo, tienen el poder de transformar un día azul en un día gris con solo pronunciarlo: «Se ha movido, que lo he visto, qué malo».

Por suerte, hoy no ha sido uno de esos días. Por la noche Gabriel vuelve a casa de bastante buen humor porque, con el puente, la ciudad se ha llenado de turistas y de todos es bien sabido que la gente está mucho más dispuesta a dar cuando el trabajo es la última de las preocupaciones. Abre la puerta y un olor a coliflor requemada le golpea en la nariz, y sonríe para sí mismo pensando en lo mucho que le enternece que Carmela, pese a todo, siga intentando cocinar para la familia. Desde que la conoce le ama, y desde que ella empezó a amarle a él, sabe que no es capaz de cocinar sin terminar destrozando los ingredientes, pero eso no hace sino añadirle encanto, un encanto que se acentúa cuando ella finge no darse cuenta de sus despistes. Ella se gira nada más pasar el umbral de la cocina para mirarle con cara de circunstancias sabiendo que, una vez más, lo ha vuelto a hacer:

-Sí, no digas nada…

-Huele desde el portal.

-¡Que no digas nada, joder, que ya lo sé!- y los dos se empiezan a reír, él abiertamente sin un ápice de maldad, ella porque es inevitable no seguirle contagiada. Carmela está apoyada sobre el fregadero poniendo todo su esfuerzo en rascar la costra de coliflor pegada a la fuente de cristal, y Gabriel no puede evitar notar que su mujer, con el paso de los años, está cada vez más buena.

-Quita, tonto, ahora no, que están las niñas ahí…-, pero los dos saben, perfectamente, que el tono de voz la delata y, sin poder evitarlo, la cena se retrasa otra media hora larga.

-Mamá, ¿por qué tienes la cara manchada de blanco?-, le dice Gloria. Carmela mira a Gabriel, sonríe y le dice a su hija que es porque papá le ha dado muchos besos al volver a trabajar y le ha manchado de blanco con la pintura de su cara. Gloria baja la cabeza hacia el plato de sopa de sobre y no añade nada, come en silencio, concentrada, pensando en esas cosas a las que Carmela, por más que lo intenta, no tiene acceso. Gabriela, que solo tiene un año, chapotea con las manos en el puré y, de fondo, se oye el tono de voz monocorde que un presentador de noticias imprime en los hechos importantes del día. Un día normal y corriente en la vida de los Muérez, un día anodino, sin ningún sobresalto, en el que todos se muestran satisfechos de que la vida prosiga como debe, sin contrastes, sin comparaciones, sin recuerdos de tiempos pasados, sin grandes ambiciones. Pero mientras se pone el pijama y se lava los dientes, mientras su madre la tapa y le da el beso de buenas noches, mientras apaga la luz y hasta que se duerme, Gloria sigue pensando en la última vez que ella se manchó de blanco, y por más que se esfuerza e intenta recordar, pareciera que aquel día nunca existió, de tan lejano que resulta.

¡Cuéntanos qué te ha parecido!

Nombre: María R.
Profesión: Educadora social y escritora
Edad: 25

Opinión sobre Afrodita en la ventana:
Una historia conmovedora. Los personajes son tan reales como mi vecina del 1º o el panadero del súper, personas que viven y que yerran, que continúan y que aprenden, que buscan su felicidad y que, a veces, dan con ella. Y de fondo, la ciudad de Madrid, apreciado y mimado en las narraciones de un modo delicado y encantador.

La lectura de esta novela, para mí, ha sido un gran regalo, no solo porque es amena y fácil, de esas que te engachan y hacen que puedas aguantar un ratito más sin ir al baño hasta acabar el capítulo, sino porque habla de una historia cercana, verosímil. Al leerla te sientes dentro de ella, como formando parte cómplice de esas vidas cruzadas, viviendo y sintiendo sus suspiros. Tardé más en leer las últimas páginas que el resto del libro, porque, he de confesar, que ¡no quería que acabara!

Muy, pero que muy recomendable.

Edimburgo entre tinieblas

Marzo 2009

OLYMPUS DIGITAL CAMERALa ciudad donde las sombras parecen cobrar vida agazapadas entre los callejones durante la larga noche, despierta de la más colorida de las maneras cuando, sobre las seis de la mañana, la niebla deja paso al sol. Las baldosas brillan con el rocío, las fachadas de las imponentes iglesias de piedra relucen en su propia naturaleza rocosa y las gaitas se reflejan en los escaparates de la Royal Mile atrayendo las miradas del turista que, asombrado por los cuadros escoceses que decoran casi cada elemento que exhiben, se acerca a contemplar los mejores legados de Escocia.

El lugar de origen de Nessy, de faldas a cuadros sobre piernas peludas yOLYMPUS DIGITAL CAMERA de artistas como Sean Connery o Ewan McGregor, es uno de esos sitios en el mundo en los que las sensaciones se mezclan de manera más o menos positiva. La sublime arquitectura y decoración de las calles empedradas, las iglesias, casas, fachadas y monumentos que, en una maravillosa demostración de la arquitectura gótica más elaborada, atraen las miradas y los flashes de los muchísimos visitantes que acoge la ciudad cada día hacen de Edimburgo una parada estimulante.

Sin embargo, también puede resultar un lugar inhóspito, frío, gris y neblinoso, hecho de sombras y de callejones oscuros, donde la sensación de estar paseando en un decorado propio de películas de Tim Burton de la mano de Jack el Destripador es recurrente. Prueba de ello son los muchos tours del Edimburgo más oscuro y tenebroso que se ofrecen por sus calles, en los que un guía explicará las leyendas a la vez que se recorren las calles subterráneas y oscuras donde se esconden todas las historias morbosas (y reales) de la ciudad: ladrones de cuerpos, asesinos, cuarentena de los enfermos de peste, fantasmas, etc. Este es otro de los atractivos de Edimburgo: su peculiaridad, su capacidad para convertir cualquier calle, monumento y baldosa en un punto interesante para visitar, aunque sea utilizando el miedo como principal herramienta. Tanto es así que incluso su cementerio, con las vistas del castillo como telón de fondo, es un punto susceptible de ser visitado, fotografiado y recordado.

OLYMPUS DIGITAL CAMERALa cara amable de Edimburgo son, además de sus correctísimos habitantes, la amplísima oferta cultural que se deduce de sólo recorrer un par de calles: tiendas, pubs, discotecas, bibliotecas, museos y restaurantes pueblan las calles comerciales más importantes, Prince Street y la Royal Mile, lo que supone una gran ventaja para los muchísimos jóvenes, estudiantes extranjeros y turistas universitarios que Edimburgo tiene la suerte de albergar. Además, la posibilidad de realizar un turismo más intensivo y cultural está siempre al alcance de la mano en el castillo de Edimburgo, una fortaleza situada en la colina más alta de la ciudad, visible desde todos los puntos, y corona del skyline nocturno. Las vistas al atardecer en un día despejado desde la colina opuesta, Calton Hill, es una experiencia para los sentidos, pues a la belleza de la antigüedad gris y rocosa del Edimburgo se suma el mosaico de colores que sólo un sol poniéndose tiene el privilegio de conceder. OLYMPUS DIGITAL CAMERA

El castillo es una de las principales visitas en Edimburgo si se pretende conocer de cerca la cultura escocesa independientemente de la inglesa, la historia que dio lugar a esta ciudad y la influencia que el paso del tiempo ha ejercido sobre sus baldosas. Pero de igual modo, llamará la atención del turista la catedral de San Giles, que se alza imponente en el centro de la ciudad sobre los adoquines resbaladizos con sus picos puntiagudos en forma de cúpula hueca, sin dejar indiferente ni al más despistado de los transeúntes.

Edimburgo es una ciudad que de lejos enamora, pero de cerca es capaz de atrapar.
Una vez que se tiene la oportunidad de observar de cerca los edificios que sostienen las cúpulas, torres, picos y estatuas que se veían desde lejos, la percepción de la belleza medieval de esta ciudad no hace sino aumentar. No es casualidad que muchas personas se hayan quedado allí a vivir por una temporada, pues parece que cada esquina y cada ladrillo esconce una leyenda que bien merece la pena descubrir.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

San Petersburgo, la joya del Báltico

Agosto 2009

Desde la majestuosidad de los tiempos de los zares hasta el presente más cosmopolita: cada baldosa de San Petersburgo desprende historia, y en cada historia, podemos ver el pasado de los muchos rusos que todavía hoy, orgullosos de su ciudad, levantan la mirada cuando escuchan el elogio del turista hacia su querida Leningrado.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

San Petersburgo es la segunda ciudad más importante del país más extenso del mundo, y eso no la hace sino más altiva. Elegante, imponente y sumamente atractiva, la ciudad se descubre ante el visitante como un museo al aire libre, donde las miradas duras de los transeúntes se entrecruzan con los suspiros de admiración de aquel que, contemplando sus calles, acaba de toparse con una más de sus bellísimas iglesias luteranas.

Cada foto que se toma en las calles de San Petersburgo es una instantánea de los momentos en los que se recrea el viajero, y aun así nunca estará a la altura de la imagen mental que éste atesorará, con la certeza de que se ha aunado en un solo recuerdo la belleza de los edificios, la fragilidad de los canales y la propia seguridad de que se necesita tiempo para cansarse de una ciudad como esta.

OLYMPUS DIGITAL CAMERALas iglesias más importantes y, con seguridad, las más impactantes a los ojos oscuros del oesteOLYMPUS DIGITAL CAMERA de Europa son aquellas en las que las paredes interiores se ven revestidas de mosaicos dorados y coloridos, como es la Catedral de la Sangre Derramada, cuya fachada exterior es tan llamativa y tan característicamente rusa que no podrá dejar de recordar de algún modo a la Plaza Roja de Moscú. Y por si fuera poco, prendido ante el lujo de los iconos que recubren techos, bóvedas y paredes en forma de pequeñas piedrecitas, habrá de concentrarse también para comprender las leyendas, sucesos y batallas del Imperio Otomano, de la época de los zares y del Cristianismo presentes en mucha de la iconografía rusa. La imponente belleza del exterior, junto con la sobrecogedora fuerza del interior, hacen de esta iglesia una visita obligada en la ciudad.

Pasear por San Petersburgo es de por sí una experiencia para los sentidos, pero más aún lo será visitar el Museo Hermitage. Y es que ninguna visita a Rusia puede darse por satisfactoria sin una parada en este gran edificio verde que, mirando hacia el río Neva, contiene una de las colecciones más importantes de pintura y escultura del mundo antiguo. Así lo atestiguan las estatuas de Miguel Ángel, los cuadros de Picasso y las escalinatas doradas que un día sustentaron los pasos de la princesa Catalina, pues suponen un reclamo importantísimo que nada tiene que envidiar al del Louvre de París.

Las afueras

San Petersburgo goza de una amplísima oferta cultural, no sólo para aquellos que disfrutan del arte, sino también para los que anhelan conocer los acontecimientos que forjaron la cultura del lugar. La rusa, tan reconocible en las populares matrioshkas como en la Guerra Fría o en la Revolución, ha sido de las más convulsas, pero también ha sido esplendorosa y rica en la época de los zares, y todo ese lujo ha dado paso a un legado histórico que bien merece la pena observar.

OLYMPUS DIGITAL CAMERARecorriendo las numerosas habitaciones, cámaras, jardines y fuentes del Palacio de Pedro Primero el Grande, fundador de la ciudad, la sensación de estar visitando las estancias casi de la mano de personajes sacados de Guerra y Paz es vívida, y no será difícil hacerse una idea del estilo de vida, maneras y costumbres recurrentes en los siglos XVIII y XIX.

Rusia, que es un país de contrastes, sabe que tiene mucho que ofrecer pero decide no exponerlo al mundo entero, y por eso guarda con celo este pequeño trozo de tierra en el que un día pasearon las personas de la más alta nobleza. La estela de lujo, belleza y armonía que dejaron a su paso concuerdan bien con el ideal de la Rusia clásica, elegante y zarista al que vuelven la mirada los rusos en los momentos en los que quieren recordar por qué son como son.

Cuzco, cuna inca de colores

Octubre 2009

OLYMPUS DIGITAL CAMERAMuchísimos colores, una naturaleza exuberante y rocas cargadas de historia. Esa es sólo una pequeña parte de todas las maravillas que un turista podrá encontrar a su paso por la localidad peruana de Cuzco, cuna de la civilización inca, escenario del colonialismo español y, para muchos, el lugar más místico de Latinoamérica, con el Machu Picchu como principal reclamo.

El salto del charco merece la pena, no sólo por la maravillosa hospitalidad del pueblo peruano, cuya artesanía tosca y colorida recuerda a tiempos en los que los españoles también tejíamos a mano, sino también por la oportunidad de observar de cerca las miradas oscuras e intensas de los niños que, alegres, estiran las manos para mostrar al caminante aquello de lo que están más orgullosos: su esencia, su cultura y su mezcla racial, a caballo entre la magia indígena y el porte occidental.

Cuzco es una ciudad en la que el tiempo parece detenerse, a pesar de la urgencia del viajero por explorar una zona donde cada esquina esconde un secreto y cada persona, una anécdota. Es una ciudad alegre, vitalista, con grandes oportunidades de ocio para los más jóvenes, muchos restaurantes variados y una gran oferta para hacer excursiones a los restos incas más importantes. Y es que no sólo del Machu Picchu está hecho Cuzco; OLYMPUS DIGITAL CAMERAotros restos del período inca menos conocidos en el mundo occidental, como Saqsayhuamán u Ollantaytambo, son un fuerte reclamo para los viajeros que anhelen adentrarse en lo más profundo de estas civilizaciones perdidas, a la vez que dan la posibilidad de recorrer preciosos parajes naturales en los que las propiedades místicas de la tierra siguen, según sus creencias religiosas, intactas en su mayor parte.

Este es el caso del Intiwatana, el reloj solar ubicado en la cima de la “Colina Sagrada” en pleno Machu Picchu, cuyas paredes de piedra son rozadas anualmente por los más de 800.000 visitantes que acuden a este lugar sagrado, convencidas de las propiedades del dios Sol –Inti-.

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Montañas, rocas, escaleras y casas de piedra son los escenarios que el turista encuentra a su paso por esta región del país andino, pero no sólo: muchas de esas piedras han tomado forma a lo largo de los siglos para dar lugar a maravillosas iglesias, catedrales y plazas con monumentos a lo largo y ancho de todo Perú gracias a la acción del hombre y su cincel. Tanto es así, que resulta de obligatoria visita la catedral de Cuzco, la Basílica de la Virgen de la Asunción, elaborada por varios artistas a lo largo del siglo XVI, y que llama la atención por su cuidada estructura españolista mezclada con elementos decorativos de artistas de la época, más cercanos a la cultural local.

En definitiva, el Perú, como dicen los locales, es un país de contrastes, con grandes OLYMPUS DIGITAL CAMERAoportunidades para el viajero y, fundamentalmente, con un amplísimo bagaje histórico que ayudará a que las sensaciones se graben en la piel con sólo el sonido de una palabra en quechua, el aroma de la hoja de coca al cocerse en un mate o la mirada de las llamas que deambulan por allí, ajenas a la fascinación que ejercen en quienes solo las han visto en los libros.