Relato dedicado a la amistad (sin título)

22 mayo 2008 – 22 junio 2008

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-Y entonces me dijo que nunca se habría imaginado que esa chica que lloriqueaba a las 2 de la mañana sentada en un pivote de una calle de Chueca, iba a estar ahí, año y pico después, en el parque de debajo de su casa a las 5 de la mañana.

-¿Y tú qué le contestaste?

-Que de haberlo imaginado, probablemente no estaría ahí.

  *

Alejandra recordaba todos los detalles de aquellos años como si no hubiese pasado casi tiempo. Quizá era por su absurda costumbre de anotarlo todo en diarios y que había hecho que retuviese todo con demasiada nitidez, o quizá había sido porque se obstinaba en rememorarlo a cada paso que daba por Madrid.

O quizá era porque había sido tan intenso que no tenía sentido olvidar.

Pero no, ella sabía que lo recordaba tan bien porque necesitaba aferrarse a esos recuerdos para vencer la soledad que le sobrevenía desde hacía varios meses.

Desde aquella mañana de enero, Alejandra no había dejado de pensar, y esos pensamientos molestos no hacían sino acentuar el insoportable silencio que se adueñaba de su cabeza y que la aturdía.

“Si sólo pudiese dejar de pensar… aunque sólo fuese un momento, creo que dejaría de estar volviéndome loca”, y con ese deseo mal formulado, se acostaba y se levantaba cada día.

La primera decisión que tomó cuando su vida cambió fue evitar compadecerse de sí misma, precisamente porque compadecerse era algo que siempre se le había dado muy bien. Decidió que la mano del victimismo nunca la iba a alcanzar a ella, correría si hacía falta, y decidió también que, si en algún momento dejaba de encontrarle sentido a la vida, se suicidaría sin problemas, como tantos otros.

Por supuesto, nada de esto lo pensaba en serio, pues no se suicidó y terminó dejándose llevar por la autocompasión y el victimismo. Pero lo intentaba, o eso se decía a sí misma.

El hecho de llegar a casa cada tarde desde el trabajo y desear que la noche llegase pronto para poder cerrar los ojos la preocupaba, pero no lo suficiente como para hacer algo al respecto. Muchas personas, (compañeros de trabajo, nada serio), le habían recomendado ir al psicólogo.

-A mi amiga Luisa le fue genial cuando perdió a su hijo, embarazada de 8 meses que estaba, ¡fíjate qué mala suerte!

-Mañana te traigo la tarjeta de un amigo mío psicólogo, ya verás qué bien te viene, mujer.

-Sí, así te animas. Cuando mi mujer me dejó, con la primera consulta ya me sentí mejor. Piénsatelo y me dices, ¿vale?

Alejandra apenas les escuchaba. Les miraba fingiendo interés, abriendo los ojos más de la cuenta y asintiendo cada 6 ó 7 segundos mientras se perdía en sus pensamientos.

No recordaba la última vez que había estado triste. Creía haber sido en su infancia, cuando el mundo le parecía injusto con ella pero perfectamente habitable para los demás. La adolescencia tampoco había sido un camino de rosas, pero por lo menos ya se empezaba a vislumbrar la luz de lo que sería su juventud, aquella explosión de experiencias que la marcaron de por vida y cuya arrebatadora intensidad la hacían despreciar aún más aquel “tempus fugit” que nunca había dejado de detestar.

Sí, la verdad es que no se podía quejar, teniendo en cuenta que habían pasado muchos años desde que había sentido una profunda desdicha. “La mayoría de la gente”, se decía a sí misma, “agradece los momentos en los que es feliz puesto que son una rareza, y ese desde luego no es mi caso”.

Pero entonces, una molesta vocecilla aparecía de algún sitio que ella desconocía y le recordaba que modelar las propias convicciones para que se ajusten a nuestros deseos es una forma más de autoengañarse.

Una noche de aquel mes de abril en que la congoja de Alejandra alcanzaba su cenit, asomada al estrecho balcón de su minúsculo apartamento, recibió una llamada de alguien que la trasportó en el tiempo pero que no la hizo estremecerse, tal y como había previsto.

Era su primo, un muchacho poco más joven que ella con el que había perdido contacto muchos años antes. Por supuesto no se había olvidado de él, y su voz le resultó tan fastidiosamente familiar que le pareció que volvía a ser la Alejandra de hacía 15 años.

Quince años… apenas podía dar crédito de que hubiese pasado tanto tiempo. No había hecho nada importante con su vida, se había reservado todos aquellos proyectos ambiciosos para los momentos en los que Morfeo la visitaba, y ahora se le presentaba la realidad de golpe, abofeteándola de tal modo que no pudo esquivar el golpe.

  *

-¿Cómo estás?- le preguntó él desde el otro lado de la línea.

-¿Y tú?- le preguntó ella obviando la respuesta. Creía que él ya debía de saberlo, aunque no había razón para ello.

Hablaron del más y del menos. Él le preguntó por sus hermanas, ella por la suya a su vez. Después recordaron a qué se dedicaba cada uno y preguntaron por el nivel de satisfacción en la tarea a desempeñar. Él tampoco había resultado un gran triunfador en la vida, por lo menos de aquello se alegraba.

Varios silencios se intercalaron en la serie de preguntas y respuestas que se daban el uno al otro, pero no resultaban incómodos como cabría de esperar, pues parecía que aquellos lapsus eran necesarios para digerir el vacío de la conversación.

Después, Alejandra le preguntó a su primo si había conseguido aquel puesto de trabajo que anhelaba desde joven, y no se sorprendió al escuchar que no había sido así. Ambos quisieron saber si el otro tenía hijos y la respuesta fue negativa en ambos casos. Él quiso rememorar alguna anécdota familiar, pero Alejandra apenas le escuchó; apática, le parecía que todo lo que le estaban contando carecía de interés y sólo quería irse a la cama y deslizarse en un sueño sin sueños, como de costumbre.

Con lo que a ella le gustaba soñar. A veces incluso recordaba sus sueños años después, como le pasaba en ese momento mientras escuchaba a su primo y recordaba la última vez que había soñado con él.

O la vez que soñó que estaba en otro lugar, reviviendo un viaje que había hecho con ellos.

Tenía los ojos azules, en vez de marrones, aunque las largas pestañas que los enmarcaban no habían cambiado. Su estilo, sin embargo, sí, y el pelo, en vez de castaño, aparecía rubio. Cuando le hacía notar las diferencias, sólo recibía una respuesta malhumorada pero llena de ironía de su parte. Aún recordaba cómo se reían al hablar de ello, y cómo ella comentó: “¡Sí, la verdad es que esa respuesta me pega mucho!”

-¿Y qué es de tu madre?

-¿Cómo, perdona?

-Tu madre, que qué tal está…

Mi madre… bien, ahí sigue, fuerte como un roble, como siempre ha sido.

Esto es lo que le gustaría decirle, sin embargo, sólo atina a murmurar: “Bien, bien, en el pueblo, ya sabes…”

Está tan cansada de no entender nada, que le entran ganas de colgar y echarle la culpa a Telefónica, pero se contiene. La familia es la familia, o eso dicen.

Empieza a hacer frío, así que decide entrar. Sin disimular un bostezo, continúa atendiendo más o menos a lo que su primo le cuenta, reteniendo además las ganas de preguntarle directamente qué es lo que quiere, cuál es el motivo de su llamada, por qué se pone en contacto con ella (“¿De dónde ha sacado mi número?”) después de quince años. Le dan ganas de interrumpirle para decirle que ella también está sin un duro, en caso de lo que busque sea dinero, pero no lo hace porque no le parece educado, y si algo le enseñó su madre fueron buenos modales.

Cuando llevan cuarenta minutos al teléfono, Alejandra empieza a introducir típicas coletillas –bueno… pues nada….- que indican que la conversación está a punto de terminar. A ella nunca le ha gustado el teléfono, en eso no cambiará jamás. Pero él no se da por aludido y continúa su verborrea. Se ha animado y ahora le detalla con gracia su historial sentimental, quizá en un intento de descubrir el suyo.

Pero a ella no le apetece contarle que se acaba de separar y que la vida le parece un dechado de soledad, como decía no sé qué canción. No le apetece detallar que ya no utiliza el lavavajillas porque para fregar un solo vaso, un solo plato y un solo tenedor no hacen falta máquinas. Tampoco le apetece contarle que ya no viaja porque las habitaciones para uno son más caras. Ni tampoco que hace mucho que no prueba el sirope de chocolate sobre el helado porque es el ingrediente que a él le gustaba rociar sobre su cuerpo cuando hacían el amor.

No, no se sentía con fuerzas de contarle esas cosas a su primo, llámala rara si quieres.

  *

A la mañana siguiente no paró de pensar en la llamada de su primo. No había sido por nada en concreto, ni siquiera se había mencionado el hecho de que hubiesen pasado 15 años desde la última vez que se habían visto. Simplemente él había marcado su número y habían charlado, como dos personas civilizadas que eran, como si lo hiciesen cada martes, como si fuesen familia.

Pero la familia es más que eso, se dijo Alejandra. No habían estado en su boda, ni en su graduación, ni en la confirmación, ni en ninguno de los momentos de su vida en los que, se supone, está presente la familia. No era cuestión de guardarle rencor ni de echárselo en cara a estas alturas, pero aquel resquemor que sentía hacia él, atenuado con el tiempo, no se podía obviar si recordaba todos aquellos momentos en los que debería haber estado y no estuvo…

En cambio, recordaba bien quién sí estaba allí, con la misma nitidez con la que recordaba aquellos momentos fugaces en cada rincón de Madrid, o con la claridad que evocan los olores, almacenes inesperados de recuerdos.

Sí, recordaba todo con claridad: la manera en que la había abrazado, medio borracho haciendo, sin saberlo, que se sintiese querida en aquella noche de su confirmación tan penosa y tan reveladora a la vez. Era de los primeros recuerdos que tenía de él, sin duda agradable.

Mucho le costó concentrarse en su trabajo, dando vueltas en su cabeza a la llamada anterior, que de interesante había tenido poco y de anodina, todo. No era tanto la llamada cuanto el motivo de su llamada. Por lo menos estaba pensando en otra cosa, eso ya era un logro.

Nunca se explicó por qué recordaba tan bien las cosas. No podía achacárselo a los diarios, no eran razón suficiente.

Quizá eran las fotos… Tenía miles de ellas, pero no las miraba nunca porque tenía la teoría de que los recuerdos bonitos, en determinados momentos, son mucho más dolorosos que los recueros desagradables. Y no estaba para más dolor.

El jefe la llamó la atención varias veces: la primera por haber firmado el artículo (eso se reservaba al jefe de departamento), la segunda por haber escrito ciento veinte líneas en vez de ciento cinco y la tercera por llevarle un café con leche en vez de un té con leche.

“Me parece que la leche le quita todo el sabor al té… no sabe a nada” había dicho él en una ocasión, en su casa. Aquel recuerdo se le confundía un poco, pero estaba segura de que a esa frase le sucedió una conversación bastante seria, profunda, como les gustaban a ellos.

Alejandra se reprobó por permitir que sus pensamientos interfiriesen en su trabajo: siempre intentaba resultar profesional, aunque no era fácil dadas las circunstancias.

Sus compañeras de trabajo, Mónica y Eva, notaron que estaba distraída y la invitaron a un café. Aquellos agradables momentos de complicidad le encantaban a Alejandra, que no sospechaba que a sus compañeras les encantaban aún más.

-¿Qué te pasa, Ale? Estás como ida, he visto a Javier echarte la bronca varias veces y encima ni siquiera te has maquillado hoy- dice Mónica.

-Es por lo de la separación. Yo estaba igual. De hecho estuve igual un año entero- dice Eva.

-Resultas realmente consoladora –dice Alejandra.

-Bueno, es la realidad… pero ya sabes cómo son estas cosas, depende mucho de una misma –dice Eva.

-No, en serio, estoy bien. Cuesta adaptarse, pero es cuestión de tiempo. Al fin y al cabo sólo han pasado tres meses –dice Alejandra.

-¿Ya tres?- dice Mónica.

-Ya tres –dice Alejandra.

-¿Te ha llamado?- dice Mónica.

-No -dice Alejandra.

En ese momento, en el momento preciso en el que Alejandra abre la boca para contarles la llamada de su primo, sólo para cambiar de tema, suena el móvil y es él otra vez.

Una pequeña señal de alarma se enciende en su pecho (o en su estómago, no está segura) cuando oye a su primo que le dice:

-¿Puedes quedar esta tarde para tomar un café? Acabo de aterrizar en Barajas.

Y antes de que pueda arrepentirse, Alejandra, que es incapaz de rechazar un compromiso si no es mintiendo, le dice que sí, así que se encuentran en la T4 del aeropuerto de Madrid a las seis de la tarde. Y toman un capuchino. Y se miran mucho. Y piensan. Sobre todo piensan. Y sobre todo ella.

Y piensa en cómo ha cambiado todo. No ha parado de pensar en ello desde los veinte años, cuando el mundo dejó de ser tal y como lo conocía. Le encantaría poder hablarlo con ellos como hacía a menudo, pero ya no están. “Por alguna razón absurda que escapa a mi control, no puedo contarles que el mundo sigue cambiando, que cuando me he acostumbrado a algo vuelve a cambiar, que tengo miedo, que no me gusta, que paren el mundo porque me quiero bajar”.

El capuchino hace mucho que se ha acabado, de hecho el azúcar disuelto se ha endurecido. Sigue siendo abril, así que siguen habiendo transcurrido quince años desde la última vez que le vio. Pero está igual: igual de delgado, igual de alto, igual de original vistiendo… Sólo tiene alguna cana más, y sus gafas están más limpias de lo que ella recordaba que solían estar, pero así, a primera vista, le hubiese reconocido en medio de la Gran Vía lloviendo y de noche, seguro. Le recuerda levemente a su padre, si es que se acuerda de él.

Él no piensa lo mismo de ella: está más delgada, pero no en el buen sentido, y su pelo sigue igual solo que un poco más ralo. Ahora ya no lleva pendientes, y su ropa no es más que ropa. Él no está seguro de que fuese a conocerla en medio de Via del Corso, un día de lluvia, en verano. Pero se alegra de verla, al fin y al cabo, lleva quince años buscándola en sus recuerdos. Recuerdos mucho menos nítidos que los de ella, pero aún así recuerdos.

Cuando abandonaron el aeropuerto, Alejandra y su primo no habían hablado de por qué se habían distanciado. Ni siquiera habían hablado de ellos, o de la familia. Tampoco era una cuestión monetaria: una vez repartida la herencia, cada uno por su cuenta. Alejandra siempre se preguntó si aquel había sido el punto de inflexión. Pero nunca lo descubrió, porque nunca lo preguntó.

-¿Tienes dónde dormir?- dijo Alejandra.

-No. He venido sin pensarlo. ¿Me recomiendas algún hotel?- dijo él.

Y así fue cómo Alejandra se vio obligada a invitar a su primo a dormir a su casa, a aquella casa vacía y minúscula donde el lavavajillas rara vez funcionaba y donde las sábanas no se cambiaban desde hacía tres meses.

  *

No entendía cómo había llegado a esa situación. Se suponía que era una mujer adulta y madura, dueña de su vida y de las situaciones que ella misma desencadenaba. Lo había hecho por compromiso, esperando que él rechazase su propuesta, pero las cosas, una vez más, no habían salido como ella había planeado y ahora le tenía en su salón, en su minúsculo salón de su minúsculo apartamento, tapado con una manta y utilizando la almohada del que, hacía no mucho, era el hombre de su vida.

“El hombre de su vida…” habían sido tantos en su momento, que había perdido la cuenta. Pero este sí le había parecido el definitivo. “El definitivo” también habían sido tantos que más valía dejar de aplicar esos términos en cuanto a hombres, parecía que trajesen mala suerte. Más.

Su primo, ahí, en su vida de nuevo. Trató de pensar en su infancia, los veranos junto a él. Intentaba evocar los momentos felices en los que jugaban y paseaban juntos, consciente de que los hubo, pero no era capaz de sacar de su mente nada que le tuviese de protagonista. Eran otra clase de recuerdos, de veranos, los que acudían a su mente a cada instante, negándose a abandonarla, rechazando ser sustituidos por los de una playa en compañía de aquel hombre que ahora roncaba en su sofá.

Veranos recorriendo Europa. Un albergue de color azul, divagando sobre la amistad. Sus pies vestidos de Converse encima del reposacabezas, entrelazados, ellos tumbados mirando al techo. Ella, en un mundo mucho más etéreo y musical, da palmas contra el reposabrazos, marcando del ritmo de una melodía que conoce bien. Juventud, sobre todo mucha juventud, una juventud que viejea, una juventud que tiene todo el tiempo del mundo para conocerse y repetir cuantas veces quieran los instantes.

La cerveza alemana recorre sus venas, pero no es el alcohol lo que les hace hablar, lo que hace que se abran los unos a los otros, lo que hace que venzan el sueño de las 5 de la mañana en aras de esa conexión que están creando.

Es el hecho de poder estar juntos allí, lo que hace de ese momento un recuerdo que Alejandra conserva como algo único pero que a la vez se escapa como el agua entre los dedos, que intenta atrapar pero, escurridizo, no lo consigue del todo. Sabe que es un momento que se ha ido, pero que perdura en ella. Sabe que si aprieta, se escapa, pero si lo cuida, lo absorbe. Como el agua.

Veranos recorriendo Europa. Un tren, una canción antigua que recuerda la Navidad. Una bicicleta que nos lleva hasta Ariel, un refugio para no mojarnos.

Es la lluvia de Dinamarca la que nos moja, pero es el momento el que nos empapa.

Muchas fotos, muchas sonrisas… y a Alejandra le llama la atención cómo no hay fotos de los momentos más importantes.

Pero lo que no sabe es que sí las hay. Están en sus cabezas, en sus recuerdos, más vivos y más auténticos conforme pasa el tiempo, porque se solapan con los nuevos creando un amalgama de instantes.

Alejandra se va a dormir. De repente, de camino a su cama, se da cuenta y no puede evitar marearse un poco ante la evidencia de que vive una vida en constante reminiscencia, en un permanente recordar aquello que fue en vez de vivir lo que es.

Y no puede contener esa lágrima rebelde que escapa del ojo y que no habría notado de no ser porque, resbalando por su cara, le ha mojado el pecho desnudo.

Añora el tiempo pasado, de eso no hay duda alguna, pero no es lo suficientemente valiente como para hacer algo al respecto. Las expectativas la asustan, y prefiere seguir pensando en sí misma como una pobre víctima del destino y de la mala suerte. Eso es mucho más fácil. Al fin y al cabo, el ser humano es cobarde por naturaleza, ya lo decía el viejo sabio samurai, y ella de humana (y de cobarde) tenía mucho.

Antes de dormir, Alejandra se abandona en un pensamiento que la tranquiliza, como nos tranquiliza aquello que sabemos que escapa a nuestro control. Piensa que, igual que esas fotos, esos aromas y esos pensamientos perduran en ella, la esencia de aquello que fue también lo hace. Y con ese pensamiento narcotizante que sabe ser falso para, por lo menos, tranquilizar nuestras conciencias, Alejandra se duerme. Y no sueña. Y al día siguiente no se acuerda de nada. Está demasiado ocupada pensando en la mala suerte que tiene, en cuánto echa de menos todo, en el silencio de su cabeza que la atormenta, en que es mejor el silencio que escuchar a su invitado, en cómo hacer que la soledad deje de serlo.

Y una vez alguien le preguntó: “¿Cuál es tu sueño?” Y a ella le hubiese gustado contestar: “Sentirme así toda la vida”. Y ese alguien, respirando el aire de mar, replicó: “Una persona cercana me contestó que su sueño sería poder vivir su sueño cada día”.

Y el vello de sus piernas se eriza mucho más que el de sus brazos. Y mentalmente le da la razón y piensa cuánto le gustaría poder vivir el sueño de cada día de esta manera.

  *

 Cuando hubieron terminado de beber el café, Alejandra recogió las tazas, se lavó los dientes y se fue a trabajar, dejando a su primo en su apartamento. De camino al metro, se acordó de aquel informe que había dejado olvidado en el cajón de su escritorio, que era también la mesa en la que estaba el ordenador, la mesa en la que comía y la mesa en la que escribía en sus diarios. En aquel pequeño apartamento no había espacio para muebles que desempeñasen una única función. Dio media vuelta y volvió a su casa, pero la encontró vacía. Una nota pegada a la nevera: “Ale, estoy de turismo. Te llamaré esta tarde”.

En la oficina pasó la mañana entre reuniones y llamadas. Su jefe había salido de viaje, para entrevistar a un conocido director de cine, y le tocaba a ella hacerse cargo de sus tareas. Nunca había tenido madera de líder, y eso quedó bien demostrado aquel día.

A pesar de que había sido un día estresante, Alejandra se alegró de haberlo vivido porque le ayudó a distraerse.

No se podría decir que hubiese caído en una depresión, pero estaba tan aburrida que a veces creía que esa hubiese sido una buena excusa para ir a alguna terapia y, por lo menos, hablar con alguien. Sabía que era tremendamente egoísta pensar así, pero no le importaba mucho después de todo. Siempre defendía que, a veces, ser egoístas es bueno, no sólo para uno mismo, sino también para los demás.

“Este caso es distinto”, le dijo la molesta voz de su cabeza.

Aquella noche Alejandra esperó a su primo para cenar, pero al final, a las diez, decidió dejarle la comida preparada y salió a dar un paseo, cosa que rara vez hacía.

No quería caminar mucho, estaba cansada del trabajo de toda la semana y hacía un bochorno espantoso que no correspondía a aquella noche de primavera. El puente de mayo empezaba y ella no tenía planes de ningún tipo. Se dijo a sí misma que quizá mereciese la pena hace un esfuerzo y tratar de restablecer una relación decente con su primo, que quizá no había sido el azar quien lo había devuelto a su vida. Qué tontería, por supuesto que no había sido el azar; él mismo había llamado. Ahora le tocaba poner algo de su parte. O no. No tenía por qué. A lo mejor sería mejor ir al pueblo a ver a la familia. Había estado muchas veces desde enero, quizá para escapar de las horas muertas, pero la última vez había terminado volviendo a Madrid porque tanta tranquilidad la agobiaba aún más.

Recordó otras festividades en las que le había faltado el tiempo. Habían pasado muchos años y de muchos de los lugares a los que había ido ni siquiera recordaba el nombre, pero si hubiese vuelto, podría haber descrito qué había hecho a cada paso, de qué manera y con quién. Y justo cuando empezaba a pensar en aquella noche, en su sofá bajo una manta amarilla, hablando de todo y de más a las seis de la mañana, aguantando con fuerza los párpados en su sitio, alguien le tocó el hombro y dijo: “Hola”, y eso sí que fue el azar.

Tenía la misma expresión que siempre: los mismos ojos grandes y las mismas manos. Siempre había creído que una manera de saber si conoces bien a una persona es siendo capaz de recordar sus manos en los momentos en los que no la tienes cerca. Se alegró de ver que estaban iguales y que las recordaba. El tiempo no parecía haber pasado, y sólo la voz denotaba un ligero envejecimiento. Más grave y más ronca, se dijo para sí misma, “Me pregunto si será capaz de decir las mismas cosas que antes, cuando no podía parar de escuchar”.

No se dieron dos besos, como manda la costumbre española. Tampoco se abrazaron, eso hubiese resultado incómodo y extraño, después de tantos años. Ni siquiera un rápido apretón de manos, no. El único contacto físico fue aquel toque en el hombro para llamar su atención.

A Alejandra se le agolpaban las palabras en el cerebro, pero el viaje hacia su garganta les debía parecer demasiado largo y no llegaban a transformarse en sonidos. No era emoción lo que sentía, puesto que su corazón no latía más rápido de lo normal –a veces pensaba que había perdido esa capacidad, que la había usado toda y ya no le quedaba más-, pero por algún extraño motivo, deseó poder observar a la persona que tenía enfrente sin necesidad de hablar, sin necesidad de tocar, sin necesidad de pensar. Quería mirar y así grabar su imagen a fuego, de modo que no se fuese nunca de ella. Pero no lo consiguió, y cuando por la noche se duchaba en el baño de su minúsculo apartamento, su imagen estaba desenfocada y ya no recordaba más que una silueta que se correspondía a aquella que tantas veces había observado hacía tiempo.

No hablaron mucho, pero se miraron fijamente de una manera que la gente describe como “escrutadora” pero que no se ajustaba a la realidad. Lo que hicieron era más que mirarse, era tratar de entenderse. Alejandra sintió la necesidad, después de un rato, de preguntar y de aclarar su pasado para reconciliarse con su presente, pero una vez más la cobardía hizo gala de su presencia y se contentó con volver a casa con la promesa de que, por una vez, se iba a demostrar a sí misma que era capaz de escribir la historia de su vida, aunque sólo fueran unas pocas líneas.

  *

Durante los días que siguieron al encuentro, Alejandra dejó de regodearse en su soledad y empezó a centrar sus esfuerzos en encontrar una excusa creíble que le permitiese recuperar a aquellas personas que habían sido uno de los pilares de su vida. Pero no se le dio muy bien, porque tardó más de lo previsto.

Aquel encuentro fortuito no había sido en balde: de alguna manera Alejandra recuperó la ilusión de un tiempo y recordó que una vez su hermana le dijo que cuando se cierra una puerta, se abre una ventana, y aunque últimamente se había fiado poco de los dichos populares, esta vez no pudo evitar autoconvencerse de que en este caso la práctica obedecería a la teoría.

Su primo había estado en su casa más de quince días ya, pero Alejandra había conseguido acostumbrarse a su presencia, y dándose cuenta de cuán diferente era ahora, se dijo a sí misma que realmente le gustaba tenerle en su casa, que le hacía compañía y que además era capaz de cocinar, cosa que, dada su poca mano para combinar ingredientes, le venía muy bien. A mitad de estancia, más o menos, él confesó que había perdido su trabajo y que tenía suficiente dinero ahorrado como para vivir un tiempo de ello, pero Alejandra no quiso indagar más y le dio a entender que podía quedarse en aquel minúsculo apartamento todo el tiempo que quisiese.

Su rutina se sucedía sin cambios, sin que él diese señales de tener un buen motivo para estar allí, sin que formulase ninguna petición en concreto. Tampoco parecía querer iniciar una relación intensa con ella, ya que apenas hablaban. Aún así, tal y como sucediese cuando hablaron por teléfono, la falta de conversación no provocaba incomodidad, más bien resultaba relajante y agradable. Además sus caracteres se complementaban, cosa que nunca había ocurrido cuando eran pequeños y sus padres les obligaban a ser mejores amigos. Parecía que encomendar al destino esta tarea había sido una buena idea, ya que poco a poco consiguieron encariñarse más de lo que habían hecho en el pasado y entablar conversaciones poco fluidas pero, a su manera, significativas.

La ilusión de retomarlo donde lo habían dejado le hizo entender que las cosas sólo tienen un final cuando aparecen los créditos, cuando aparece aquel gran FIN que da pie a la gente a levantarse de la butaca, recordar lo observado y, en consecuencia, criticar o alabar. El hecho de que su primo hubiese aparecido en su vida de golpe, sin apenas haber pensado en él en quince años, dio paso a una reflexión posterior de la que no sacó nada en claro, pero con la que disfrutó, porque la alejó de aquella Alejandra pesimista en la que se había convertido desde la separación y a la que, para qué mentir, detestaba.

Al mirarse al espejo, no veía a la Alejandra a la que presumía conocer bien. Su mirada era la misma, sus facciones eran las mismas, pero en incontables ocasiones se sorprendía a sí misma al no reconocerse en su día a día. ¿Dónde quedaban aquellos sueños de detener el calentamiento global, de hacer la ruta inca a pie, de montar en globo o de viajar a la India?

“La echo de menos”, se dijo a sí misma en voz alta, sin saber si se refería a la Alejandra de un tiempo, a su condición de casada o a aquella columna de su vida que había aguantado viento y marea pero que de pronto un día, por aquellas cosas de la vida que nadie conoce pero a las que todo el mundo responsabiliza, había desaparecido.

Y pensar que, cuando él le preguntó cuál era su peor defecto, ella no supo qué contestar… Ahora se le ocurrían miles, porque había aprendido a observarse en los ojos de la gente, pero ya no le tenía cerca para que, al enumerarlos, él asintiese con la cabeza y la animase a seguir hablando. Era capaz de acceder a lo más recóndito de su persona, aquello que ella sabía que estaba ahí pero que, tenía la certeza, nadie iba a poder ver nunca. Y siempre admiró aquella capacidad suya de verla por dentro sin apenas proponérselo. Así como admiraba que se hubiese hecho a sí mismo con un molde tan acertado y tan genuino a la vez. Pero sobre todo, le asombraba el que él no fuese capaz de verlo.

“A veces lo que está delante de nosotros está tan desenfocado que necesitamos alejarlo un poco para verlo en toda su plenitud”, pensó poco antes de tomar aquella decisión.

Y es que el haber visto a su primo después de tres lustros se le antojó poco menos que una señal. Nunca había sido excesivamente espiritual, pero necesitaba aferrarse a esta idea para reunir los ánimos necesarios para hacerlo, así que se convenció a sí misma de que su primo estaba allí para hacerla entender algo. Se dio cuenta – o se obligó a ello- de que las cosas no suceden porque sí, y pensó que si él había tenido la determinación suficiente para recuperar un elemento del pasado que necesitaba en su vida del presente, ella podía hacer otro tanto. Además quiso ver el futuro como una vuelta a tiempos mejores, como si aquel reencuentro pudiese devolver a la Alejandra de los veinte años, a los años en que la simple idea de dar un paseo por un Madrid adormecido y cansado era lo más atractivo que podía ofrecerle la vida.

Muchas veces, volviendo del trabajo a casa por la Castellana había recordado las largas caminatas de madrugada que tan especiales hacían su fin de semana. “Es la mejor parte de la noche”, solía decirles.

Le gustaban por la compañía y por las conversaciones que, venciendo el sueño, parecían no querer terminar nunca. Pero sobre todo le gustaban porque a esas horas de la madrugada parecía que la ciudad les pertenecía a ellos y que no iban a dejar nunca de beber sus luces con los ojos. No concebían la idea de que un día el tiempo podría ser tan mezquino como para privarles de esos instantes. Ellos dos nunca habían compartido gustos, pero si había una cosa que les unía, esa era la ciudad en la que posaban los pies cada mañana porque a cada rincón encontraban un motivo para recordar y una razón para seguir en ella. La canción de Sabina que a ella le hacía pensar en él, hacía mucho que no la escuchaba, pero si alguien se lo hubiese pedido, estaba segura de ser capaz de reproducirla con exactitud, pues era parte de ella y sobre todo, parte de la historia que, entre todos, habían escrito.

  *

Y así fue cómo Alejandra poco a poco empezó a reunir valor para retomar las riendas de su vida. Y es preciso decir que “empezó” a reunir valor, no que lo reunió directamente, porque le supuso un esfuerzo mayor del que había considerado en un principio. Fue algo así como un ejercicio de autosuperación que sabía que tenía que llevar a cabo en algún momento pero que, por desgracia, le llevó más tiempo de lo necesario.

Día a día se decía a sí misma que tenía que superar aquellos fantasmas del pasado y aquellas inseguridades del presente para poder dar el paso adelante que le exigía la vida si de verdad quería sustituir el silencio ensordecedor de su cabeza por conversaciones que le aportasen una mínima parte de lo que le aportaron en aquellos últimos años de la década del 2000.

Ella era realista: sabía que muchas cosas podían haber cambiado en tantísimo tiempo. Sabía que quizá alguno ni siquiera viviese en España, o quizá, alguno ni siquiera viviese, así en general. También había barajado la posibilidad de que hubiesen cambiado tanto que las nuevas personas con las que se encontraría apenas conservarían nada de quienes fueron en su juventud. O peor: a lo mejor eran tan parecidos que la aturdirían hasta el punto de solaparse con el recuerdo que ella guardaba de ellos, borrándolos para siempre.

Pero prefería no pensar demasiado en estas cosas porque la hacían querer desistir en su intento de encontrarles.

Mirando a su primo, se preguntaba si él había tenido las mismas dudas antes de ponerse en contacto con ella. Desde luego, él no había dado explicaciones, pero estaba segura de que ellos sí se las iban a pedir. Y entonces, ¿qué iba a decirles? ¿Que se encontraba tan sola en la vida que necesitaba gente a su alrededor que le llenase las horas muertas? Pero eso no era todo, de hecho no era más que una mínima parte: podía haber intentado hacer nuevos amigos que, como ella, estuviesen solos (de gente sola está lleno el mundo), pero ella no quería amigos, les quería a ellos.

Pero entonces, ¿cómo justificar aquella búsqueda exhaustiva en medio de una gran ciudad como Madrid de manera que, no sólo su dignidad quedase intacta, sino que además lograse sus objetivos?

Alejandra tenía tantas dudas que, por un tiempo, dejó aquella tarea congelada y prefirió centrarse en sí misma con la excusa de superar solita sus problemas, en vez de que éstos recayesen en otros.

Su vida siguió así como la había conocido en los últimos meses: iba a trabajar, escribía siempre que tenía tiempo (generalmente cosas que no le decían nada a nadie pero que para ella significaban el mundo), de vez en cuando iba a ver a sus hermanas y a su madre, a veces visitaba alguna exposición de arte, etc.

Con su primo la relación dejó de ser normal para empezar a ser estupenda: ahora las conversaciones se extendían largas horas, y aunque muchísimas veces no estaban de acuerdo en aquello que opinaban, lo cierto es que ambos disfrutaban de las charlas que a veces rozaban la discusión, porque daban rienda suelta a gran cantidad de pensamientos que cada uno alimentaba en su cabeza pero que, por mucho tiempo, no habían tenido con quién compartir.

Se sentía tan agradecida de tener a alguien cerca que empezó a buscar, en secreto, un apartamento de alquiler un poco más grande en el que vivir más holgados y en el que cupiesen los dos sin invadir espacios comunes, sin pensar en cuánto tiempo pensaba él quedarse a vivir con ella ni si iba a poder permitírselo.

En el trabajo todo seguía con normalidad: escribiendo artículos, redactando notas de prensa y con alguna conferencia esporádica que la obligase a vestir sus mejor galas y a disfrazar su cara de la mejor de las sonrisas.

Aquella idea de volver a ser quien era se empezó a disipar y, con el tiempo, pasó a ser un pensamiento molesto que llamaba su atención con frecuencia pero para el que decía no tener tiempo.

Si Alejandra hubiese sido un poco más sincera consigo misma, se habría visto en la obligación de admitir que el tiempo le sobraba, lo que no tenía eran excesivas energías. No le gustaba aplazar las tareas pendientes, pero una vez que lo había hecho, le costaba muchísimo retomarlas y terminarlas.

Pero un día de verano abrió un cajón y ya no pudo seguir mintiéndose. Abrió un cajón y no pudo acallar el pensamiento molesto. Abrió un cajón y no pudo evitar escucharle. Abrió el cajón y tuvo que contener las ganas de llorar porque a los treinta y muchos ya no está bien mostrar determinadas emociones.

Abrió un cajón y sintió que no podía seguir aplazando aquella tarea que supondría un paso definitivo en su vida.

Así que se puso en marcha, de una vez por todas.

En el cajón, por cierto, había un post-it amarillo y arrugado que decía: “¡FELIZ CUMPLEAÑOS! Sé muy feliz toda tu vida, que siempre hay SORPRESAS”.

  *

“Sé muy feliz toda tu vida”, rezaba la nota.

Alejandra se sintió más estúpida que nunca al darse cuenta de que, de algún modo, había dejado la vida pasar y que no había sido todo lo feliz que podría haber sido. De hecho, en los últimos meses, había sido infeliz en vano. Parecido a lo que sintió aquella vez en que se percató de vivir en constante reminiscencia con el pasado, aquella nota la hizo recordar por qué había sido tan feliz en su juventud a la vez que se reprochaba todo el tiempo malgastado en compadecerse de sí misma.

Recordó aquellas sabias palabras que la habían hecho mirar el futuro con determinación pero que el futuro se había encargado de borrar de su memoria.

Así que se puso en marcha, de una vez por todas.

Y cogió las páginas amarillas, porque no sabía por dónde empezar y aquel le pareció el modo más adecuado. Buscó, uno a uno los números de teléfono de cada una de aquellas personas, encontrando más de uno para casi todos ellos, excepto para uno que tenía un apellido menos común. Le entró miedo en más de una ocasión, mientras marcaba uno a uno los teléfonos, pero no podía echarse atrás en ese momento porque, se dijo, “si no lo hago ahora, no lo haré nunca”.

No le sudaban las manos, porque esa parte del cuerpo no le había sudado nunca, pero sí se le aflojó el esfínter, como cada vez que se ponía emocionalmente nerviosa.

Les llamó, y escuchar sus voces la entristeció muchísimo y se dio cuenta de cuánto les había echado de menos. Algunos fueron más receptivos, otros estaban tan extrañados de tener noticias desde el pasado que no atinaban a resultar amables.

Pero Alejandra no se rindió y consiguió reunirlos a todos donde ella quería, aunque con algunos le costó más porque querían un motivo válido para verse, y en realidad no se le ocurría ninguno.

Tampoco ellos habían mantenido el contacto entre sí, cosa que la alivió y la entristeció a un tiempo. Aquellas promesas de amistad duradera, aquellos juramentos de unión eterna se los habían comido la edad y la vejez, y las arrugas llenas de polvo que ahora aparecerían en sus caras y en sus miradas no eran más que las cicatrices de aquellas promesas mal curadas.

El hecho de que unos y otros hubiesen visto la vida pasar sin que los demás tuviesen las mismas imágenes pero desde otra perspectiva la hizo sentirse culpable por quienes habían sido en el pasado, como si le debiesen una a las versiones jóvenes y vitalistas de sí mismos, y de alguna manera poco clara le llegó la idea de que tenía que enmendar ese error por todos y compensar a la Alejandra, a la Carla, a la Purificación, al Raúl y al Gustavo de hacía quince años.

  *

Cuando escuchó la voz de Carla se acordó de ella, así, en general. En el pasado se había llegado a plantear que a lo mejor nunca la había llegado a conocer del todo, pero en ese momento se dio cuenta de que sí lo había hecho, así como ella la había conocido del todo a su vez. Lo que pasa es que había sido de una manera menos convencional.

Pero al escuchar su voz recordó lo organizadísima que había sido siempre, cómo quería todo bajo control, cómo planificaba cada segundo de su vida y de aquellos que la rodeaban. Recordó con una sonrisa los emails que enviaba programando la semana y que a ella tanto le gustaban porque la hacían sentirse segura de que, si la cuerda se rompía, ella siempre estaría ahí para, con sus pequeñas manos, reatar los cabos.

Pero eran aún mejores los emails que la escribía a ella en exclusiva y que hacían de un día normal, un buen día. Podía releerlos cuantas veces quisiera que siempre iban a conseguir suscitar en ella una amplia sonrisa o una melancolía inmensa, de modo que, cambiados los matices, siempre terminase de leer con un suspiro: “¡Ay, Car!”. Desde luego, no la dejaban indiferentes, lo que era de agradecer en una vida en la que últimamente nada conseguía provocarle excesivas emociones.

También recordó una noche. No fue una noche especial, como muchas otras, pero era una noche que Alejandra recordaba bien sin motivo aparente. El césped de aquel albergue había sido cortado recientemente, y su olor se confundía con el humo del cigarrillo. Estaban los tres bajo unas estrellas que, insaciables, miraban curiosas cómo hablaban de todo y de nada, cómo recordaban los días pasados y esperaban con incertidumbre, pero con ansia, los sucesivos. No mucho después recordaron aquella noche, ya en su ciudad, y hablando sobre el amor, tanto el espiritual como el carnal, acordaron iniciar una carrera en la que el perdedor tendría que llevarles de viaje a un lugar desconocido, acentuando la sorpresa de lo inesperado y atenuando la responsabilidad al saberse cada uno de ellos de alguna manera el ganador.

Por no hablar de la noche, la primera. Aquella noche en que conoció a Raúl. En realidad le conocía desde hacía casi un año, pero Alejandra había sustituido aquellas imágenes por un vacío que, por mucho que se esforzase en rellenar, no quería desaparecer.

Deseando dar una vuelta en aquella ciudad medieval que, pese a ser capital del país más neutral del mundo no deja de ser pequeña y aburrida, se levantan del sofá. Alejandra recuerda cómo se preocupó de que aquel “cuasidesconocido la acompañase a lo que ella deseaba que fuese un paseo tranquilo, a solas, como a veces necesita uno estar. Nunca había sido buena rompiendo el hielo, la sensación de quedarse atascada en sus frías paredes la perseguía años después de que una mala experiencia hubiese terminado, así que las perspectivas de repetirlas con él no hacían más que preocuparla. Y del mismo modo en que sintió preocupación al escucharse a sí misma decir: “Ah, vale” después de que él dijese: “Te acompaño”, sintió un profundo alivio al ver que ella decía: “Yo también voy”. Porque el hielo tampoco es tan duro.

Aquel fue el comienzo de todo, y aquella noche tuvo algo de mágico y especial que Alejandra no puede obviar y cuyo recuerdo hace que aún desee con más fuerza retomar aquellos instantes con ellos. Así, como una presentación, dos personas se abrieron a ella desde una nueva perspectiva que nunca hubiese imaginado, y se sintió tan bien aquella noche que las palabras que conforman nuestro idioma no bastan para definirlo. No puede olvidar el final de la noche: ellos en un banco en la calle abrazados con el pudor de alguien que aún no se conoce pero que presiente que ahí hay algo. Y poco después, un farolillo de la calle se asoma tímido por la ventana del comedor para iluminar la escena que después ella evocará en su cama, con la mejilla pegada a la almohada y las comisuras de los labios pegados a las orejas.

Ella quizá lo había olvidado o le había restado importancia, pero si Alejandra tenía una personalidad determinada era en parte gracias a ella. Ella había sido el núcleo, y como todos y cada uno de ellos la habían influenciado de una manera única, no podía evitar pensar que, si su personalidad era como se había descubierto, había sido porque ella había aparecido en su camino y, entre piedra y piedra, había dejado una huella que Alejandra tardó en descubrir pero que nunca se podría borrar.

Y lo que Alejandra sentía, así pues, era más que gratitud.

Pensó que Purificación –a la que solían cambiar el nombre a menudo- de seguro conservaría el brillo de los ojos intacto y la sonrisa casi permanente de antaño, a pesar de que hubiese pasado el tiempo y las dudas la hiciesen ponerse a la defensiva.

Al conocerla, vio su potencial casi al instante, en cuanto las circunstancias le dieron la oportunidad de intercambiar más de quince palabras con ella. Y entendió tan bien a Raúl, su carta de presentación, que dejó las interrogaciones a un lado y empezó a ver las exclamaciones.

Puri era como un espejo en el que verse reflejado y sentirse la persona más guapa del mundo. Ver el mundo desde su perspectiva era una tarea que, pese a que requería un esfuerzo, conducía a una meta de la que sentirse orgulloso a la vez que enérgico. Porque las fuerzas eran otra cosa que Puri no perdía nunca; la fe que tenía en las personas empezaba en la fe en ella misma y en aquellos que la rodeaban.

Alejandra se preguntaba a menudo dónde se había dejado aquella chica los complejos, y no podía dejar de admirarla muchísimo por ello. Y cualquiera que se hubiese parado a mirar, se habría dado cuenta de que Alejandra estaba deseosa de conocerla mejor para así, darse a conocer mejor. Porque sabía que la vida le deparaba a cada una algo hermoso que encontraría en la otra si seguían escarbando. Sólo era cuestión de tiempo y de aquello que le daba la fuerza de ser quien era.

De ella recordaba la espontaneidad, cómo era capaz de ser adulta en la piel de una niña y cómo era capaz de ser niña en la piel de una adulta. Conseguía sacar a relucir a la parte más infantil de sí misma mientras la parte adulta la miraba desde la distancia, sin juzgarla, sonriendo y meneando la cabeza, esperando a que la niña se cansase para ser adulta de nuevo. Así, con esa dualidad, Puri formaba una persona completa que se encantaba a sí misma y que tenía motivos para ello.

Después de una reunión en un proyecto en el que se había embarcado recientemente, habían decidido descansar en el parque. La bicicleta apoyada en el suelo, ellas mirando al mismo punto pero con visiones distintas. Intentaban conocerse sin intermediarios, y la jugada salió perfecta. El casco de la bici rueda de mano en mano mientras discuten sobre qué significa ser rubio. Pero en el fondo, Puri sabe que Alejandra tiene razón…

Y así, poco a poco, Alejandra consigue abrirse a ella y contarle lo que la preocupa, algo que tiene la sensación de haber contado a todo el mundo y de que el mundo empieza a cansarse de oír. Pero ella no, ella escucha comprensiva, comparte sus propias vivencias y sus opiniones. Y un gesto suyo, espontáneo de cariño, se le graba en la memoria: Puri coge su mano y le da un par de besos rápidos pero llenos de algo que Alejandra no sabe definir, pero que la hacen sentir bien.

No mucho después, Puri camina hundiendo los pies en la espuma del mar. Raúl en la otra esquina mira los granos de arena que se modelan bajo sus pasos, mientras Alejandra en el centro captura ese momento a la vez que respira el aire limpio de la playa en un intento de purificar sus pulmones, sin saber si en realidad lo que intenta purificar es su mente.

Le acaban de formular una pregunta difícil: el momento más feliz de los últimos años. Y aunque al principio le parece obvia la respuesta, la verdad es que entre los archivos de su cabeza decide que no puede quedarse con uno sólo. Pero no puede evitar estar de acuerdo con él: en muchísimos de esos recuerdos la portada les tiene a ellos posando, uno con los ojos cerrados, otro con la sonrisa hacia abajo, una seria, otra con los labios apretados.

Y sabe que no se miente a sí misma porque siente que diciendo esto no lo está diciendo todo, que le gustaría poder hablar horas y horas para definirlo, pero quizá el tiempo sabe ser sabio y le da a las palabras la justa medida y duración de modo que luego sea cada uno quien les dé el punto y final.

Pensar en Maripuri la lleva automáticamente a pensar en Raúl.

No quiere pensar demasiado en él por temor a sentirse desbordada, pero nunca ha tenido demasiado dominio de sus propios pensamientos, que al final siempre la conducen por donde ellos quieren.

Igual que él: siempre consigue llevarla por donde él quiere. Sabe que tiene ese poder, pero le honra el no aprovecharse: “tengo toda la impresión de tenerte”, y sólo ellos saben cuánta razón tiene.

Alejandra recuerda muchísimo a Raúl, y no está segura de saber qué le gusta más de él, si su enorme sonrisa o su mirada cuando se pone serio, huidizo. Pero eso tiene tan poca importancia que casi nunca lo piensa, prefiere centrarse en la parte de él que ella ha absorbido y la parte de ella que él guarda para sí.

Recuerda muchísimo a Raúl y podría dibujar sus manos con detalle si supiese dibujar. Las recuerda metidas en su bolsillo, haciendo espacio entre su propia palma mientras la noche danesa les envuelve. Alguien más está allí tratando de ser parte de la escena, pero solo ellos, cómplices, saben que en realidad están solos. Hablan mientras miran la luna que es enorme y que se ve distinta desde tan al norte. Es la última noche y Alejandra tiene mucho miedo, porque no está segura de que la historia vaya a continuar una vez deshagan las maletas y las fotos hayan sido archivadas. Nada le asegura que su vida no haya dado un cambio como ella empieza a vislumbrar, pero no quiere aventurarse a pensar que ya unos y otros forman parte de sus vidas. Porque da miedo, caerse desde la luna duele, y más si es una luna tan bonita como la de Copenhague.

Pero la luna de Madrid también les espera con los brazos abiertos: en cuanto le ve llegar, sonriente y puntual por una vez, sabe que aquella escena no era más que el prólogo. Reunidos entorno a comida de picnic, todo son recuerdos y anécdotas de aquellos días recorriendo Europa. La luna que les ilumina es la misma, es igual de grande y quizá más bonita. Porque es una luna familiar y joven que sabe mucho pero que prefiere mantener en secreto aquello que conoce para poder así reírse traviesa de sus tropiezos y sentirse viva otra vez.

Otra noche especial no hay luna, pero hay champán y uvas, y el comienzo de un año que, lleno de expectativas, promete. Reunidos casi todos bajo el mismo techo, él confiesa que empieza a sentir que lo que les une se puede llamar amistad, y Alejandra casi puede oír el “clic” que suena en su cabeza y que indica que algo ha cambiado.

Pero no, en realidad nada ha cambiado, todo sigue igual, sólo es distinto el modo de llamarlo y la cara de Alejandra, que ahora está un poco más sonriente. Y él hace notar lo absurdo de la situación, y se ríen. Pero en realidad es bonito que sea absurdo, porque es su absurdo.

Y un poco más tarde siguen las risas, más altas y más desvergonzadas. Traviesos, se ríen de un conocido común que nunca sabrá que hizo de esa noche un momento perdurable que les une. Pero Alejandra cree que en realidad se ríen más bien de sí mismos, porque juntos se encantan, les aumenta la autoestima y les mejora la circulación. Son los beneficios de la risa y de la amistad, cosas de las que él puede enorgullecerse.

Ella solía decirle: “Eres una de las personas con las que más me río en el mundo”, y él no sabía si creerla, pero sabía que debería.

Relacionaba su persona con la creatividad, y no en vano siempre le instaba a apuntarse a un cursillo de doblaje o de interpretación, así quizá podría Alejandra seguir admirando aquella capacidad suya de alegrarle un día nublado sintiendo, al mismo tiempo, orgullo en dicha tarea.

Con Gustavo, una vez que hubo conseguido pasar del mero buen rato a una compenetración más profunda, se alegró muchísimo de haber salvado esa pequeña distancia y poder así dejar de echarle de menos en ese sentido.

Porque era una persona que merecía la pena conocer y que se encontraba en su vida no por casualidad, sino porque Dios así lo había querido, igual que el resto.

Alejandra a veces se sorprendía a sí misma mirándolos y pensando de dónde habían salido, por qué estaban en su vida, por qué estaban en su corazón.

No le gustaba hacerlo, pero no podía evitarlo: no sabía de dónde habían salido, y no podía encuadrarlos en ninguna de las parcelas que le ocupaban el día a día (no eran amigos del colegio, ni de la universidad, ni de la infancia…), pero eso no hacía sino aumentar la magia del asunto.

Alejandra escucha su voz por teléfono y recuerda qué cálida le había parecido siempre. No se imaginaba aquella voz más alta de lo normal, él era más de gritar con los ojos. Su voz le transmitía mucha paz, le gustaba porque envolvía y porque era susceptible de ser recordada, y así le pasó cuando le oyó saludarla al aparato: no había cambiado nada.

Aquella voz la transportó a una noche en la que la intención de ver una película quedó en el olvido al preguntar él: “¿Y qué tal todo, Ale?” Las palabras se habían ido encadenando casi sin darse cuenta y al final habían tejido una conversación de esas que hacen mella y que ayudaron a Alejandra a sentirse mejor en un momento en que necesitaba con urgencia una voz amable. Por suerte aquella noche la encontró, y la voz consiguió envolverla hasta pasadas las cuatro de la mañana, arrullándola y alejándola de las preocupaciones.

Las conversaciones eran lo más destacable que a Alejandra se le ocurría cuando pensaba en ellos, porque habían sido intensas y siempre tenían un fondo que extraer. Incluso las más vacuas eran importantes, porque aprendía de ellas y porque se producía un intercambio de sensaciones que, como Raúl bien dijo una vez, faltaban palabras para describir.

  *

Su primo abrió mucho los ojos y mirando su cara de abajo a arriba le preguntó qué le pasaba, si estaba bien.

Muchas lágrimas, y muy pequeñas, caían de los ojos enrojecidos de Alejandra sin que ella frenase su curso, y aunque no emitía ningún sonido ni sollozaba, la escena no dejaba de ser incómoda y preocupante.

Él se levantó del sofá y cruzó aquel salón diminuto un poco inquieto, pero sólo un poco porque nunca había sido demasiado expresivo.

-¿Te han dado una mala noticia?, preguntó.

-No, me han dado la mejor noticia de todas.

  *

Nunca le dijo a su primo que él había influido positivamente en la decisión de recuperar a sus amigos, pero era preciso reconocer que su llegada había sido el punto de inflexión a partir del cual ella se había dicho: “ya basta”.

Le estaba agradecida y subrepticiamente se lo hacía saber.

Pero llegó el día en que él decidió que ya había invadido demasiado tiempo su espacio–dos meses- y que era hora de volver a su casa, en su país. No tenía a nadie en particular esperándole, ni tenía un trabajo al que presentarse. Sus plantas probablemente hacía mucho que habían muerto, y ningún compromiso requería su presencia. Pero aún así él debió ver que su labor allí había concluido y decidió hacer las maletas. No avisó a Alejandra con antelación, simplemente le dijo con tranquilidad que si podía llevarle al aeropuerto porque tenía que coger el avión a las siete.

Así como llegó, se fue, y Alejandra se quedó con la sensación de que la huella que le había dejado su primo había sido más profunda de lo que jamás se hubiera imaginado, y aunque a partir de ese momento tampoco se vieron muchísimo más, ni hablaron muchísimo más, por lo menos la percepción de él en Alejandra había cambiado, y una paz interior, como la que nos invade una vez resuelta una tarea pendiente e importantísima, la embargó para siempre cada vez que pensara en él.

Dejó la búsqueda de un piso más grande para cuando la vida le regalara otra persona con quien vivirla, y a cambio se compró un ficus que murió pocos meses más tarde.

Le hubiese gustado tener a alguien cerca en el momento en que se preparaba. Siempre se había puesto nerviosa en las citas y en los encuentros con personas poco cercanas, y hablar con alguien mientras se arreglaba siempre había ayudado. Recordaba que pocas horas antes de quedar por primera vez con quien sería su marido, su hermana había estado aconsejándola sobre la ropa y el maquillaje, en un intento por sacar de su mente la idea de que el hielo no iba a romperse en toda la noche.

Como en aquel momento estaba sola, decidió poner la música a todo volumen y cantar a voz en grito, toda una terapia antiestrés que siempre funcionaba. Encendió la radio y

… but you can say baby, baby can I hold you tonight…”. Uy, mala elección, demasiados recuerdos… De oreja a oreja, el cable de los cascos les había conectado por primera vez en aquella canción. Para él, una canción conocida de alguien a quien admiraba (“¡Le ha tocado todo: mujer, negra y lesbiana!”), para ella una vuelta al pasado, a aquel castillo de Irlanda en el que aprendió a pronunciar la palabra “friend”. Había buscado durante años aquella canción de la que sólo recordaba el estribillo y la voz ahumada de quien lo reproducía, y no podía pensar que existía otra persona en el mundo que no sólo conociese aquella canción anónima, sino que además le gustase tanto como para cantarla a voz en grito en medio de la calle más visitada de Ginebra.

De alguna manera, ese presente y esos pasados que no tenían nada en común, se fusionaban bajo la lluvia en el primero de los muchos días en los que sus presentes y sus pasados habrían de fusionarse.

Eligió una camiseta roja porque ese color le transmitía muchísima fuerza y vitalidad, pero el resto de su atuendo era más bien poco llamativo. No se maquilló, ni siquiera se puso uno de los muchísimos pares de pendientes que tenía. No quería disfrazar la realidad de lo que no era y que la primera impresión después de tanto tiempo se distorsionase.

Salió de casa mucho antes de la hora a la que habían quedado porque decidió que prefería ir andando, aunque eso la llevaría probablemente más de una hora. Caminaba a paso rápido y no tardó mucho en arrepentirse de no haber cogido el metro o el coche, una ya tenía una edad.

De camino se encontró con Eva, su compañera de trabajo, quien le propuso tomar un café, pero Alejandra tuvo que rechazar la invitación porque prefería estar a solas con sus pensamientos. A veces es necesario hablar con uno mismo para sorprenderse de las cosas que pasan por nuestra cabeza, y cuando los nervios están a flor de piel como estaban en ese momento, es cuando solemos ser más receptivos.

-¿Estás bien? Te veo rara…

-No, es que he quedado y…

-¿Una cita? Vaya, ¡por fin!

-Sí… bueno, el lunes te cuento.

Se despidió de ella casi sin mirarla y siguió su camino. Una breve punzada de culpabilidad la atravesó, pero se deshizo de esa sensación en cuanto se prometió a sí misma compensarla con un café el lunes en la redacción.

Estaba nerviosa, pero no de una manera convencional: no le temblaban las manos, ni un nudo le apretaba el estómago, ni le costaba respirar. Era más el tipo de nerviosismo catatónico que, de tan fuerte que resulta, parece que ya ni lo sentimos, que estamos como paralizados.

Por momentos se arrepentía de haberles llamado y con alguno, de haber insistido para quedar; no sabía qué iba a decirles, no tenía ninguna excusa o motivo válido para reunirles. No iba a contarles la historia de su primo, así como tampoco iba a sacar a colación el reencuentro que vivió con uno de ellos pocas semanas antes, ni el post-it… Habían sido una serie de señales las que la habían empujado a buscarles de nuevo, pero la señal más fuerte había sido la propia necesidad de ellos, la falta que le hacían. Pero claro, eso era demasiado íntimo como para soltárselo de golpe, después de tantísimo tiempo sin saber nada los unos de los otros. Confiaba en que, con un poco de paciencia, pudiese hacerlo y despojarse de alguna manera de toda aquella confusión de ideas para transmitírselas y sentirse en paz con la Alejandra de un tiempo.

Su vida, por otra parte, no había sido nada interesante, con lo que tampoco podría hablar horas y horas sobre cómo de bien le iba todo, a menos que mintiese, cosa que si no hacía con su atuendo, no iba a hacer con sus palabras.

Ni siquiera tenía claro el objetivo de aquel encuentro: asumía que no iba a sentirse feliz instantáneamente, por mucho que tuviese muy claro que en su juventud habían sido el origen de aquel estado permanente de bienestar al que se había acostumbrado. Tampoco estaba segura de que la amistad se fuese a retomar, o que empezasen a verse con más frecuencia, así como tampoco nada la convencía de lo contrario.

Todas estas cosas las pensaba ella de camino al punto de encuentro mientras vencía las ganas de retroceder hacia la seguridad de su pequeñísimo apartamento de recién divorciada para, refugiándose en una buena taza de té rojo con leche, olvidar todo ese asunto que la asustaba y la intrigaba a la vez.

  *

Alguna vez desde aquel verano había evocado los momentos en los que ella la agarraba del brazo y lo recorría con sus pequeños dedos arriba abajo provocando un cosquilleo que empezaba en su hombro pero terminaba en las manos de ella. De broma, solía decir que era “Miss brazos”, y a ella le hacía gracia que elogiase la suavidad de una parte del cuerpo que siempre había considerado nimia e impersonal pero que, por algún motivo que no alcanzaba a explicar, le gustaba.

Como siempre, uno de los recuerdos más vivos y agradables que conservaba de aquellos años provenía de los momentos en los que adquirían la autonomía suficiente como para ser ellos mismos y no tener que rendirles cuentas a nadie: la noche.

En aquellas horas en las que el sol dormía, protegidos por el anonimato de la oscuridad, ellos daban rienda suelta a la mayoría de sus pensamientos y compartían sus vivencias de modo que conseguían sincerarse unos con otros y guardar la vergüenza en un cajón tan pequeño como el que había escondido el post-it amarillo durante años.

Noche era también el momento en que se sintió perdida y le encantó esa sensación.

Primero con unos y después con otros había hablado en aquella noche en que supuestamente bordeaban un río que les llevaría al albergue. Ella no tenía más remedio que fiarse: no sabía dónde estaban, la única referencia era aquel bosque que se extendía a lo largo del camino por el que andaban y el cielo oscuro que, esta vez sin estrellas ni luna, les prometía que aún quedaba mucha noche por delante para perderse cuantas veces quisieran y prolongar al máximo la espera. Pensaba en lo especial de un momento que nunca se repetiría, en el miedo que le provocaba estar allí en un sitio desconocido y oscuro y en lo segura que estaba, al mismo tiempo, de no sentirse nada sola.

Casi le dio pena cuando llegaron al bar en el que se paraban cada noche a ahogar su cansancio en litros y litros de cerveza, porque eso significaba que, una vez más, el tiempo había jugado su cartas y se había llevado su momento especial para no devolvérselo nunca.

Perdida y feliz se había sentido esa noche, y perdida e insegura se sentía aquella tarde. Con la misma fe en quienes la habían acompañado en aquellos paseos siguió caminando y vio fe en los pasos que daba, y al verse reflejada en un escaparate casi tuvo que reprimir felicitarse a sí misma por lo determinada que se había demostrado ser.

Alejandra llegó al lugar en el que se debían encontrar antes de lo previsto. Jugueteando con el cordón que colgaba de su camisa roja, se preguntaba si él aún conservaría la piedra que ella rescató del río, si ella aún seguiría estando tan enamorada de la vida, si la colección de discos de él habría ido creciendo con las canas, si de alguna manera la risa de ella se habría confundido con la del resto de la gente dejando de ser su seña de identidad.

Deseó poder estar de nuevo en el pasado, en el momento en que ella había cerrado los ojos y se había dejado guiar por la calle, con miedo de meter el pie en un charco o de resbalar con una hoja. Llovía y hacía frío, y la tela de la capucha empastaba la voz de Raúl que le hablaba a su lado. Ella había querido indagar y le había preguntado por Puri, de manera que empezó a conocerla sin haberla visto, y en sus ojos, que se esforzaban en no abrirse a la seguridad de la propia visión delegando en él esta tarea, empezó a imaginarla.

Deseó estar en ese pasado porque en ese pasado sentía más acordes sus sentimientos: ahora estaba deseosa de retroceder en sus pasos y de no enfrentarse a la realidad, a la vez que deseaba verles y observar en qué se habían convertido, luchar contra las ganas de juzgarles y alimentar el deseo de tenerles otra vez.

Esta contradicción propia de la vida y de los momentos de inestabilidad vaticinaba lo que habría de venir y remitía a un sentimiento de bienestar y de seguridad que desde hacía años le hacía burla desde la distancia.

  *

Son las nueve de la noche. Alejandra se mira al espejo una última vez mientras se coloca el flequillo. “Me gusta este nuevo corte de pelo” piensa, y en ese momento llaman al telefonillo.

-Venga, pesada, que a este paso llegamos mañana.

-¡Voy, voy, voy!

Baja corriendo las escaleras de su minúsculo bloque de pisos porque la impaciencia no la deja esperar el ascensor.

Han pasado varios meses desde aquel encuentro y Alejandra ya casi ni se acuerda de que hubo un largo tiempo en el que no estuvieron juntos.

Se saludan con un rápido abrazo y un beso, uno sólo, como le gusta a ella. Todos sonríen y empiezan a hablar a la vez, y de repente, sin previo aviso se agarran unos a otros del brazo, como si fuesen adolescentes, y empiezan a andar por la calle. Cinco adultos hechos y derechos ocupan toda la acera en una cadena humana que sorprende a los transeúntes, pero que no hace ademanes de deshacerse ni siquiera cuando tienen que apretarse para dejarles pasar.

Y no se sueltan hasta después de mucho rato, cuando no queda más remedio que deshacer los nudos de sus cuerpos porque han llegado al lugar en el que, desde hace bastante tiempo, se reúnen para hablar, para verse, para reír, para llorar, para sentir y sobre todo, para seguir juntos, que es lo único que importa.

          FIN

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