Lockdown

20 marzo 2020

Carolina estaba encerrada en su habitación, como todo el país, como toda Europa, cuando recibió la llamada. Se levantó de la cama con un bufido, se puso la mascarilla, cogió el gel desinfectante y abrió la puerta para coger el teléfono inalámbrico que su madre le llevaba. “¿Quién llama hoy en día al fijo?”, pensó con fastidio, mientras frotaba rápidamente el teléfono con unas gotas de gel.

-Somos del hospital Puerta de Hierro de Madrid.

Un nudo se apretó en su estómago y las sienes empezaron a palpitarle tan fuerte que casi no pudo escuchar lo que el amable hombre le decía desde el otro lado del teléfono. Pero no le hacía falta conocer los detalles, sabía perfectamente de qué se trataba.

-Sí, sí, claro. Ahora mismo salgo para allá–. Y empujó de un trago las lágrimas que subían.

De camino al hospital se encontró con las calles desiertas y los semáforos en verde, pero se le hizo eterno. El aparcamiento estaba completamente vacío y entró en el hospital sin siquiera cerrar el coche, con la certeza de que nadie se lo robaría.

Dentro el paisaje era tan desolador como la última vez que estuvo allí, pero el foco en la mirada era otro. Llegó al final del pasillo y antes de entrar se detuvo para tomar consciencia de lo que encontraría. Respiró profundamente antes de enfrentarse al lugar donde tantas veces había estado. Dentro la recibieron con aplausos: la vacuna -su vacuna- había funcionado.

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