Olor a flores

27 marzo 2020

Clara salió a la calle con el alma encogida, con el miedo acumulado de días, horas y segundos. Se le olvidó por un momento cuando un muchacho en bicicleta pasó por su lado y sonrió, sin lascivia, sin intención, simplemente de puro espontáneo. La alegría del chaval conectó con un sentimiento de libertad que llevaba arrebujado demasiado tiempo, así que respiró hondo como queriendo capturar esa sensación medio olvidada. Costaba creer lo limpio que estaba el aire.

Antes de emprender su camino, miró hacia el cielo, de un azul tan eléctrico que le agujereó las retinas. Del chispazo, perdió el equilibrio, de la forma más tonta, cayendo encima de la caca que un dueño poco civilizado no se paró a recoger. Los músculos debilitados después de tanto tiempo no lograron sostenerla en el momento en que más lo necesitaba.

Agustín, desde el puesto de periódicos, observaba la escena riendo. Se reía tan alto, con tanta desfachatez, que un perro que pasaba por allí se detuvo a observarlo. Se podría haber leído el asombro en su cara. Nunca sabremos si la risa llegó a los oídos de Clara, que se limpiaba como podía la caca en el vestido y sorbía disimuladamente los mocos. Cuanto más intentaba disimular, más estúpida se sentía por llorar por algo así, y más lloraba por sentirse estúpida. El ciclo sin fin.

Cerca de allí, la florista vio a Agustín reírse de la pobre muchacha y puso los ojos en blanco, sin poder creerse que hubiera estado enamorada de él tantísimo tiempo. Casi le faltaba señalarla con el dedo, al muy cenutrio. Sin pensarlo, activada por un resorte, cogió el paño con el que secaba el agua derramada de las flores expuestas y se acercó a Clara. No le dijo nada, simplemente le limpió las manos con el trapo, que acto seguido metió en los bolsillos de su delantal, y le agarró la cara con ambas manos. Le secó las lágrimas de las mejillas, le apretó un poco la barbilla, y volvió a su quiosco, sin mediar palabra.

Clara volvió a respirar hondo. El aire limpio de una ciudad enorme que la echó de menos olía ahora a rosas y a hierba recién cortada. Emprendió su camino, congelado en el tiempo, mientras los latidos del corazón recobraban el ritmo que les pertenecía.

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