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Disforia

7 noviembre 2014

Ginés lleva aparato y es gordo, y todo apunta a que le tendrán que poner gafas. Por si fuera poco, Ginés tiene 10 años. Pero Ginés no es blanco de burlas, ningún niño desempolva su ingenio cuando lo tiene enfrente, nadie se molesta en insultarlo. Ginés nunca será famoso, no aparecerán biografías con su nombre en las librerías, ni canciones suyas en la radio. Ginés nunca será nada. Porque nada es Ginés.

De Inés, en cambio, sí se ríen los demás niños. Es gorda, lleva aparato y, por si fuera poco, tiene 10 años. Además, dentro de poco le pondrán gafas para leer.

Inés es la única persona a la que odia Ginés porque, por su culpa, el resto de niños no lo ven. No ven que él también es “ballena”, que también tiene una valla en la boca, que también es repetidor. No, los niños de su clase solo ven a una niña que se llama Inés. ¿Cómo puede ser que él sea el único que conozca a Ginés? Si lo tienen ahí, enfrente suyo cuando le llaman gorda y fea. ¿Cómo puede ser que no vean a Ginés pero sí a Inés? Si para Ginés, ni existe Inés…

Cada mañana

6 noviembre 2014

Como cada mañana desde que llegó a Europa, Meena subió al tranvía con una sensación que le oprimía el pecho y le obligaba a respirar profundo. Había probado de todo: cantar en su cabeza machaconas letras infantiles, rezar, dejar la mente en blanco… pero por más que lo intentara no lograba calmar ese tuntún en las sienes, y al final tenía que bajarse del tranvía para recorrer varias paradas hasta llegar a la librería. Solo así dejaba de sentir las miradas de los demás pasajeros que, estaba segura, la tenían por loca. Porque loca y monstruo, no sabía muy bien por qué, estaban asociados, al menos en su país.

Meena ya solo salía a la calle para ir a buscar el libro milagroso, pero nada de lo que había leído le había ayudado todavía y, con empeño, seguía intentándolo, día tras día, sin faltar ni uno. Estaba segura de que gracias a alguno de aquellos libros lograría volver a mirarse al espejo sin sentir repulsa. Pero, cuando lo lograse, ¿cómo se desembarazaría de aquel olor a piel quemada que todavía le ardía en la nariz, mezclado con el ácido y, sobre todo, con el hedor de quien se lo arrojaba?

La mirada perdida

5 noviembre 2014

Como Ángel nunca había ido de putas, no tenía ni idea de cuál era el protocolo. ¿La mano? ¿Dos besos? ¿Un abrazo lánguido, de esos que no se sabe muy bien quién se lo da a quién? El lugar era menos sórdido de lo que se había imaginado, pero aun así le picaba la nuca, signo inequívoco de que no quería estar allí. Estefanía se le acercó cuando apuraba el último trago y le plantó dos besos pegajosos que traían de regalo una bofetada de perfume barato. Sintió náuseas, pero se cuidó de hacérselo ver a ella; putero sí, pero caballero más.

A Ángel no le gustó nada aquella chica. Le pareció demasiado alta, algo ordinaria, y tenía la mirada perdida. No parecía haber pisado una librería en su vida. Aun así, guiado por la presión en su entrepierna, subió las escaleras y, durante varias horas, se dejó adular desnudo sobre la cama, agradecidos ambos por la magia de la pildorita azul que nunca falla.

Cuando llegó a su casa, Raquel lo recibió en la puerta diciéndole:

-Venga, enséñamelo todo. Dime que, por fin, has aprendido- con una sonrisa de deseo en la mirada.