Mármol

30 enero 2015

Coge el martillo y, tensando cada músculo de su espalda, lo golpea con ímpetu contra la piedra al grito de “¡Yo soy Jesucristo, resucitado de entre los muertos!”. Debe sentir una aguda y extraña satisfacción al romperle la nariz a la Virgen, mientras centenares de pequeñas astillas vuelan por los aires. Alguna se le enreda en el pelo, greñas que le tapan la visión en cuanto los guardias del Vaticano le zarandean al detenerle.

El 11 de septiembre de 2012, treinta y siete años después del atentado artístico, muere el autor de la barbarie contra la obra maestra que Michelangelo liberara de su bloque con tan solo veinticuatro años. Ese mismo día, mientras millones de periódicos y telediarios del mundo transmiten la efeméride de la caída de las Torres Gemelas, yo solo puedo acordarme del desquiciado aquel que decidió ir a meterse con la joya de la corona en San Pedro.

También recuerdo la rabia de que me tocara, justo a mí, ser testigo del acontecimiento. En ese momento estaba yo en la basílica, paseando por sus pasillos y tomando fotos de techo, mientras mi recién convertida esposa me esperaba fuera dibujando las columnas de Bernini, al que adoraba. Impactado por lo que acababa de ver, fui a buscarla corriendo y la abracé un poco tembloroso, contándole lo ocurrido y explicándole por qué, de repente, tanto alboroto. Mi esposa, con esa curiosidad que no ha perdido ni perderá nunca, entró a ver cómo había quedado la estatua, antes de que acordonasen la zona y fuese imposible.

Fuerte como ella sola, la Virgen de mármol no sucumbió a los martillazos, pero su nariz desfigurada fue condenada a someterse a numerosas operaciones estéticas a manos de restauradores italianos. Mientras la miraba, sus ojos parecían lamentar el destino que le había tocado, un destino marcado por unos golpes que, esta vez, en lugar de liberarla de lo superfluo, querían acabar con ella. Pero al mismo tiempo, quizá por esa deformidad en su cara, parecía sonreír con ironía, como burlándose del que pensó de verdad que podría acabar con una vieja dama que por entonces ya soplaba nada menos que 473 velas en la tarta.

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