Libertad

27 enero 2015

Leticia descubrió que su nombre en italiano significaba “felicidad” el mismo día en que acudió a su primera clase de italiano y, sin poder evitar una sonrisa amarga, pensó en lo irónico del asunto. Alessandro, su profesor cincuentón que le miraba el escote, le dijo cuatro meses más tarde que estaba preparada para hacer un viaje a Italia y pedir un cappuccino y un cornetto en la barra del bar sin que el camarero sospechase que venía de España. “La tua pronuncia è molto naturale!”, le dijo contento, y esa misma tarde, al llegar a su pequeño piso de la calle Covarrubias, se metió en el baño, encendió el ordenador y compró un billete a Florencia. Luego cerró la pestaña de “navegación privada”, volvió a esconder su tarjeta de crédito en la última solapa de la cartera y salió del baño, dispuesta a hacer la cena.

Cuando llegó el día de irse a Florencia, Leticia no sabía que estaba embarazada. Hizo la maleta disimulando su alegría, plenamente consciente de que estaba huyendo de un marido que aunque no la pegaba, la trataba muy mal. Aprovechó que él había ido a visitar a su madre y aduciendo un dolor de cabeza muy agudo, se quedó en casa. Lo último que escuchó de la boca de su marido fue “qué debilucha eres” y un portazo, y se mordió los labios para evitar gritarle que estaba a punto de demostrarse muy pero que muy fuerte.

Florencia es preciosa, eso lo saben todos. Leticia lo sabía, pero no se imaginaba hasta qué punto lloraría al ver la casa de Dante Alighieri sobre el río Arno. Sin saberlo, las hormonas de embarazada empezaban a abrirse paso. Cuando pidió un cornetto y un cappuccino en el bar de debajo de su hotel, el camarero enseguida le dio las gracias con un español que sonaba tan extranjero como su italiano, y ella se acordó de las palabras de Alessandro y sonrió a pesar de todo. Cambió su nombre a la italiana, Letizia, y pasó el primer día explorando la ciudad, ignorando las llamadas del móvil de su marido y comiendo un helado tras otro, mientras dejaba que el sol acariciara su cara y curara las cicatrices de su alma. Después de tres días en la Toscana, alquiló un coche y condujo hasta Nápoles, y con los ahorros en su tarjeta de crédito secreta alquiló una casa destartalada y llena de polvo que no tardó en convertir en su hogar. Esa primera noche en Nápoles le envió un correo electrónico a Alessandro con su carta de motivación y éste, al devolvérsela corregida, le deseó toda la suerte del mundo y le recordó que su nombre llevaba implícita la obligación de no dejar de sonreír.

Letizia comenzó a tener las primeras náuseas el día en que le entregó su currículum a Nicola, el pizzaiolo de su barrio, y pensó que sería por las mariposas en el estómago del que todo enamorado habla. Le pareció menos guapo de lo que se le supone a un italiano del sur, pero más atractivo aún que en sus fantasías. Aunque no se fiaba de él, pues sabía que la labia de los italianos es inversamente proporcional a sus ganas de sentar la cabeza, se dejó seducir y aquella misma noche se maravilló de lo suaves que pueden llegar a ser las caricias en las caderas.

Cuando nació su hija pocos meses más tarde, Letizia le dijo a Nicola que tenía sus mismos ojos de napoletana, y nunca dudaron de que la niña, a la que llamaron Libertà, era cien por cien italiana.

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