Pobre diablo

16 diciembre 2014

Tiene los ojos marrones, el pelo con un corte a la moda, viste muy bien y los dientes le relucen de puro blanco. Es una persona normal, un chaval que no tendrá más de 23 o 24 años, un chico como tantos de los que corretean en esta ciudad en busca de una oportunidad para seguir creciendo. Como muchos otros en su generación, habla varios idiomas y ha cruzado infinitas millas para arañar su sueño. En un insulto para su Uruguay natal, nos quiere hacer creer que es porteño, y su acento no lo delata. Sí lo hacen, en cambio, las pupilas dilatadas y la sonrisa tirante, vacía, que se resquebraja cada poco rato para dar paso a un insulto, un boludo sin sentido que no sabe si nos lo lanza a nosotros, al aire o a quién.

Quizá es a sí mismo a quien llama boludo.  O quizá es a su amigo, aquel que le dejó tirado en un banco del centro de la ciudad que es el centro de Europa. La noche en invierno, como en verano, es inclemente en Bruselas, pero de eso no parecen percatarse las personas que lo miran en la distancia y solo ven a un pobre diablo que se ha pasado con las copas, que se ha pasado con la fiesta, que se ha pasado con la vida. Que ha jugado a ser invencible cuando en realidad, amigo, ellos tienen razón: no eres más que un pobre diablo, como lo somos todos en el momento en que abrazamos el alcohol.

Tambaleos, vómitos, empujones, abrazos y alguna que otra lágrima. ¿Recordará mañana algo de esta escena almodovariana que nos vemos obligados a presenciar? ¿Recordará mañana que tres ángeles de la guarda aparcaron su fiebre de sábado noche para evitar que cayera en un pozo más profundo aún que la oscuridad que los acompaña? ¿Que no solo quisieron evitar el remordimiento corrosivo y punzante de no haber hecho nada, sino también asegurarse de que llegaba a la mañana?

Lo que no sabremos es si estos ángeles pudieron evitar que el pobre diablo amaneciera con su corazón aún más machacado.  A la soledad de la resaca que este domingo irá acompañada de muchas lágrimas no versadas se le sumará el sabor amargo del motivo que le empujó a beber aquella noche y la certeza de que nunca conseguirá ahogar esa pena en ningún vaso de nada.

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