El sabor del coñac

5 diciembre 2014

“Cada historia, cada relato y cada libro que escribo es una historia de amor que vivo, con su principio apasionado y su trágico final”, dejó escrito en su nota de suicidio el único escritor que había ganado un Premio Azaroso en el país. Luego, con muchísima tranquilidad de espíritu, que no se traducía en sus movimientos agarrotados, cogió el bote de pastillas que le había proporcionado su hija Adela y se fue contándolas, de cinco en cinco, hacia la cama.

En su cabeza, repetía la canción machacona que llevaba meses clavada a toda emisora de radio. Cuando se hubo cerciorado de que había 35 pastillas, ni una más ni una menos, destapó la botella de coñac y vertió su contenido en el vaso de tubo que habían preparado para él. No se le escapó la estupidez de que, al versar todo el contenido de la botella en el vaso, podría haber bebido directamente de ella y un poco sintió pena por su hija, que sería quien lo tendría que lavar.

Las pastillas iban pasando sin dificultad, pero el coñac no hacía sino añadir dulzura a ese momento y se alegró de haber tenido el arrojo necesario para poner fin a esa tortura. Agradeciendo a su maravillosa hija que, en lugar de delatarlo, le había apoyado en su decisión final, cerró los ojos con una sonrisa imaginando lo que dirían los críticos, sus lectores y, sobre todo, la policía de esa última novela en la que confesaba su autoría en el crimen pasional más famoso de toda la ciudad.

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