Un nudo en mi estómago

4 diciembre 2014

Es aterrizar y ponerme nerviosa, automáticamente. Nunca falla; en cuanto empieza ese estruendo que anuncia que hemos tocado tierra, se me pone un nudo en la barriga que no puedo contener y, por más que respire profundo, el corazón se me desboca. Esta crisis solo termina cuando remite ese ruido. No hay un ruido parecido en ninguna parte, ¿verdad? El ruido de las ruedas de un avión que está despegando, comparado con el ruido que hace aquel que acaba de aterrizar, es música celestial…

Mi madre siempre cuenta que fue el momento exacto en que el avión tocó tierra cuando empezaron las contracciones. Cree que pudo ser el movimiento del avión lo que lo provocó, ese pequeño tirón que da el asiento cuando llega al suelo y entonces los más aprensivos empiezan a respirar tranquilos. A mí me pasa al revés. Yo lo que creo es que, como me había adelantado un par de meses, estaba impaciente por saltar al mundo, como lo estoy ahora por recorrerlo.

Pero se me hace difícil recorrer el mundo y, al mismo tiempo, contener la calma cuando el avión aterriza, porque ese ruido, que se ha incrustado en mi memoria desde que decidí salir a la vida, me recuerda el miedo atroz, inhumano, irracional y desbocado de saber que me tocaría vivir algunos años en este mundo que, ahora lo sé, también se muestra atroz, irracional, salvaje e inhumano.

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