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«Me resulta doloroso leer lo que yo he escrito. Por eso no llevaría ninguno de mis libros a una isla desierta», Elvira Lindo.

Enero 2009

La casa está vacía, silenciosa, y el eco que rebota sobre las paredes blancas desprovistas de cuadros se presenta de manera casi intimidante. Sólo unos pocos muebles parecen dar la bienvenida a los visitantes, casi todos en forma de esculturas: Miky Mouse, Tintín y demás reminiscencias del pasado indican que nos encontramos en un hogar en el que incluso los adultos no han dejado del todo de ser niños. Y no puede ser para menos, pues es un hogar de escritores, de creadores de historias.

Pero no se muestra infantil Elvira Lindo cuando habla de lo que la preocupa. Refuerza sus palabras con una mirada dura, tan adulta como sus cuarenta y seis años, y apoyadas por unas manos pequeñas pero fuertes que se mueven al ritmo de sus frases. Menos alegre y dicharachera de lo que uno esperaría, más adulta por tanto, Elvira Lindo habla despacio, haciéndose entender, teniendo cuidado de que no la malinterpreten como tantas otras veces ha pasado: “Me molesta decir una cosa y que se entienda otra. Uno debería abrir el periódico y encontrar buenas opiniones, interesantes incluso cuando no estén cercanos a lo que uno piensa pero que aporten un punto de vista diferente, pero hemos generado un lector poco abierto que parece que quiere que le pasen a limpio lo que piensa”.

La madre de Manolito Gafotas acelera un poco el ritmo de sus frases, sin disimular un matiz de hastío, para explicar que no se ha cansado de su hijo imaginario, pero sí de hablar de él, de repetir una y cien veces cómo nació el personaje y en qué momento decidió dejarle volar. Y no le falta razón: todo ha sido dicho ya sobre este personaje que ha conseguido que muchos de los jóvenes que ahora calientan los bancos de las universidades empezaran de niños a aficionarse a la lectura gracias a este clásico juvenil. Por eso le debe tanto a Manolito, un chaval gafotas que tiene mucho de sí misma: “Es casi un reflejo de cómo yo misma hablaba, de lo muy observadora que era de niña, de ese carácter que, lejos de un barrio y una familia como la de Manolito, se asemejaba mucho al mío”. Al libro de Mujercitas, le debe Elvira Lindo su gusanillo por la escritura, y ya en esos tempranos años empezó a dar rienda suelta a la imaginación y a las dotes de escritura que le permitieron entregar su vida a lo que, hasta ahora, ha sido su profesión: desde poesías infantiles hasta concursos literarios, Elvira Lindo se encerraba en su mundo imaginario y terminó convirtiendo su afición en su pasión, para pasar ya de joven a trabajar en la radio, un medio que, ella misma reconoce, le ha dado mucho.

untitledPero además de esta faceta de su vida en la que ha habido mucho trabajo, Elvira Lindo considera que ha tenido mucha suerte, y es que todo se le ha presentado de forma azarosa estando en el lugar adecuado en el momento oportuno. No puede reprimir una sonrisa cuando recuerda cuánta alegría y cuánta pasión ponía en sus trabajos periodísticos, en todos, incluso en los que no le gustaban. “Siempre he intetado huir de aquella sabiduría de lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer, de las cuotas de audiencia y del todo vale”.

Y eso que Elvira Lindo siempre tuvo muchas oportunidades de dejarse llevar por este estilo de vida, pues siendo una persona tan prolífica, oportunidades de dar rienda suelta a otros intereses no le han faltado: guionista, escritora de cuentos y novelas, ensayos y artículos en, fundamentalmente, El País son algunas de las actividades a las que ha dedicado su vida, siendo sin duda la que más libertad y satisfacciones le da la novela. Todo lo contrario sucede con el Periodismo, que es el ámbito que más conflictivo le resulta: “Es un medio en el que me expongo semanalmente, con las dos columnas del suplemento dominical de El País y que, en muchos sentidos, me puede llegar a dar problemas”. Pero todo este tira y afloja de “lo tomo o lo dejo” siempre resulta a favor de sus artículos, ya que aún conserva la esperanza de poder cambiar a ese lector poco crítico y poco tolerante al que se refería cuando, con un tono de voz más tenso e intencionado, expresaba sus opiniones sobre lo difícil que es ser periodista en la actualidad pese a ser un trabajo maravilloso.

Muchos son los libros con los que ha reído y ha llorado Elvira Lindo, los libros que le traen buenos recuerdos y que la han inspirado para crear sus propias novelas, muchas de las cuales han hecho reír a su vez a otros tantos gracias a ese estilo tan suyo.
Y es que para ella, que considera que escribir humor es muy difícil, que hay que hacerlo con un ritmo especial y de una forma especial, el estilo es tener una manera determinada de contar las cosas, sin necesidad de demostrar que escribe bien, sino teniendo en cuenta sólo cómo ella quiera escribir, en este caso, “con libertad y con la certeza de que mantengo la ilusión de sus primeros años”.

Vidas bajo tierra: la realidad de los boskettari en Rumanía

En una ciudad de casi dos millones de habitantes, uno puede encontrar todo tipo de condiciones de vida y, por supuesto, no resulta difícil ver en la capital de Rumanía aquellos que viven en las calles. Pero cuando el frío se vuelve insoportable o el ambiente es hostil, buscar un refugio, sea del tipo que sea, se convierte en una necesidad imperante.

Abril 2011

CIMG0325En Rumanía existen actualmente alrededor de 2.000 personas que no tienen nada con lo que taparse cuando cae la noche y que, por lo tanto, han terminado por enterrarse para sobrevivir: alcantarillas y túneles que conectan el subsuelo de Bucarest son los únicos sitios que los boskettari pueden considerar su hogar. Este fenómeno, que conmociona a pocas personas, ocurre más de lo esperado y tiene su propio nombre, una palabra italiana que proviene de bosco –bosque- y que le da a estas personas, y al fenómeno en sí, la connotación de salvaje, de asilvestrado.

¿Cómo comenzó todo?

El fenómeno de los boskettari no ocurre únicamente en Rumanía: India, Brasil, Somalia y Kenia también registran casos. Son regiones y países donde todavía no se han desarrollado las estructuras necesarias para que las personas cuenten con un techo bajo el que vivir.

En Rumanía no es fácil deterDSC00245minar el comienzo de este fenómeno, pero muchas personas consideran la caída del régimen de Ceausescu como el catalizador, puesto que los niños no deseados, nacidos tras la prohibición del aborto, terminaron vagando por las calles sin la posibilidad de acceder a instituciones u organismos especializados, que iban cerrando poco a poco. Desde los años noventa han ido creciendo hasta los actuales niveles, y la indiferencia del gobierno rumano y de la Unión Europea no hace sino alarmar aún más a los pocos que se han retirado la venda de los ojos.

¿Cómo es la vida en el subsuelo?

DSC00256Las alcantarillas, todos los sabemos, son de por sí lugares cerrados, pequeños, donde no entra el aire fresco ni la luz. DSC00257La basura y los insectos, a veces incluso las ratas, son la única compañía de los habitantes del subsuelo. El hedor, causado por los restos de comida que se acumulan en una esquina, es casi insoportable, y el calor asfixiante invita a despojarse de toda la ropa para evitar un inminente mareo. Las muchas moscas, sin embargo, disuaden de hacerlo.

A las pocas pertenencias de utilidad que hay en la alcantarilla que visitamos, solo un colchón da sensación de que, salvando las infinitas distancias, eso podría ser considerado un hogar. Por si fuera poco, una enorme tubería imposibilita el movimiento en la estancia.

Fundación PARADA

DSC00203En los últimos años han empezado a aflorar asociaciones que tratan de ofrecer una alternativa a estas personas. Desde 1996, la Fundación PARADA, presente también en Italia, proporciona a los niños boskettari una alternativa, mucho más sana y productiva, de matar el tiempo. Este “matar el tiempo”, que en la mayoría de ocasiones significa esnifar pegamento y cometer pequeños actos vandálicos, se ve sustituido por actividades circenses y de entretenimiento. De esta manera, los niños encuentran vías para exploran otras facetas de la vida que no les arrebatan su infancia, antes al contrario, que les permiten conectar con otros niños y consigo mismos por las vías del esfuerzo y del afecto.

Esta iniciativa está documentada por la película de Marco Pontecorvo, PA-RA-DA (2008). Basada en la historia de un personaje real, el payaso argelino-francés Miloud Oukili, se nos muestra la vida de estos niños de la calle durante los años 90, y los esfuerzos de este artista por alejarlos de las drogas y de la delincuencia. La película supone un emotivo intento por demostrar una desconocida realidad. Sin embargo, remueve más la conciencia el que, tras décadas, el problema persista sin visos de ser abordado.

Los boskettari en Bucarest

La realidad de estas personas no es conocida por todos los habitantes de la ciudad y las autoridades, en lugar de poner solución al problema, lo esconden por la vergüenza internacional que pudiera provocar. Sin embargo, esta situación es severa; todos esos niños que viven en las alcantarillas crecerán pronto convirtiéndose en adultos que, a su vez, tendrán más niños que nacerán y crecerán en estas condiciones. La situación podría volverse crónica.

La Bucarest enterrada palpita bajo los pasos de las personas que la caminan con zapatos, ajenos a esa suerte de sociedad que se desarrolla bajo sus pies. En la superficie, la ciudad es un hervidero de personas de todas las edades y condiciones sociales, que han viajado, pueden leer y ver la televisión y, por lo tanto, conocen las realidades de otros países, saben que existen otras formas de vida. En muchas ocasiones incluso acceden a ellas. Los boskettari, en cambio, no conocen nada más. Es por eso que, al preguntarles, dicen que prefieren vivir así, porque no conciben una vida marcada por los horarios, por la disciplina. Los niños siguen siendo niños, muestran unas sonrisas desdentadas llenas de alegría y alguna mueca de compasión aprendida que les proporcionará uno o dos lei para llenarse la boca esa noche. Pan para hoy y hambre para mañana.CIMG0332

Para la sociedad que los observa cada día, no tienen nombre, ni cara, ni identidad. Solo saben de ellos que pasan sus días peinando la ciudad, encerrados en su realidad diaria de descontento y dificultades. Provocan pena en algunos, asco en otros pero, sobre todo, provocan muchísima indiferencia. PARADA, junto con otras asociaciones, tratan a diario de utilizar todos los canales posibles para visibilizar este problema. Con suerte, algún día habrá alguna reacción.

Pincha aquí para ver cómo se hizo este reportaje.

The Revolution that changed Romania (ENGLISH)

December 2010

With the innocence of a kid and the nonchalance of a thirteen year old, Corina Mica first sat down in front of her television to see and understand the Revolution that was going to change her country in short time. The awareness of the adult she would soon turn into was what helped her understand that some things were different from the previous night. The country where she was born and currently living was about to start a transitional period that would lead to the democracy and freedom many people desired. And so they proved the night the Revolution started.

It was four days before Christmas, 1989. Romania had been living under the Communist dictatorship of Nicolae Ceaucescu for twenty four years, and some voices were being raised in small circles of intellectuals and nonconformists some time before everything began. The city of Timisoara, in west Romania, is the place where the revolution first started, on 16th of December, but it was the 22nd when it all finished in the capital city. Only a week had been enough to finally tear down the yoke of the Communist, or at least, to start glimpsing the air of change and freshness a new political direction could bring to the country.

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“In fifteen minutes, we will be back with an important message to the country”, was the sentence Corina could hear over and over again from the radio. The TV was her only companion during those days when her dad was at work, her mum was out of town and she was forced to stay home with her broken elbow cast, and she soon understood the difference between the normal 2 hour-a-day programming and this sudden non-stop source of information that displayed agitated images and people shouting their freedom in a violent atmosphere. Something was happening, and although she could not understand exactly what was going on, she could still feel that Bucharest, her hometown and swarm of protest, was shaking.

The night of the 22nd of December might have been a long one for those Romanians who stared at the television screen with the anxiety and the wonder of what was about to happen the morning after. So did Corina with her dad. He had just come back from his job at Otopeni, the same place where there was a bombing the day after in two buses. One of these buses was a civil one, and her dad had to watch one of his colleagues die in his arms without having enough time to thank him for covering his body with his own the instant the explosion hit. It was a dangerous moment what people in the last days of the 80’s decade had to live in Romania, but it seemed necessary for them to struggle for change.

“Everything I knew changed… it was changing before my eyes. I was a Pioneer –something similar to Boys Scouts Association-, a very proud one who felt good being part of the system. And suddenly everything I knew and was normal for me changed”, she says. For a kid, being removed from the institution that allowed her work for the country and prove herself an important piece of the national puzzle, the changes this revolution were bringing from the screen of her television were nothing but a burden. But there he was, her dad, reassuring her and explaining everything that needed to be explained: “Information was coming all over the place, and it was not very clear… They said things like “don’t drink water, don’t go there”… Also naked shot people being thrown to the crematory were displayed on TV. Very shocking images in 24 hours”, she recalls.

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Of course that some of those things needed some explanations to be assimilated by the young Corina, but all in all, she considers herself lucky to have seen everything, because it gives her the opportunity to remember a very important part of the history of her country. Fortunately, she was young enough to watch them without the poison of the prejudices and, at the same time, old enough to realize some things and remember them. And so she expresses when she answers the question “What do you think about it now?”: “I was lucky because I was lucky to see it. I don’t want to go into meaning of what happened; all I will say is that it was a needed change, with extremely high cost in human lives”.

A week after that 22nd of December, after Ceaucescu had been executed the night of the 25th of December in some very longed and expected exposed images, things were back to calm. Finally, Corina could go out to remove the plaster from her injured arm. She could observe the new outlook in her city with the perspective time offers: there were no longer people shooting and the Communist leaders was no longer alive, but she could notice people trying to bring things back to normal, to move around and render a life to a country that could consider itself a little “reborn”. This way, Corina recalls how she could sense a different feeling: “People were not scared anymore to gather or speak loud… There was an effervescent atmosphere”.

This atmosphere Corina felt at the moment, more that twenty years ago, was the catalyst that made Romanians fight for their country and revive it from the ashes, ashes as gray as the buildings they can see every day in the city, as a legacy of the Communist period.

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Nombre: Patricia R.
Profesión: Abogada
Edad: 27

Opinión sobre Historias de tu mundo:
He disfrutado muchísimo leyendo este libro. Cada una de las historias está contada con un cariño y una sensibilidad especial. Se aprecia la visión tan amplia y limpia que la autora tiene del mundo, ya que ha viajado y conocido cada uno de los rincones que describe en sus historias. Este libro te la oportunidad de viajar, de ver un mundo más allá de lo que estamos acostumbrados. Diferentes historias que te despertarán todo tipo de sentimientos. Merece muchísimo la pena leerlo.

Nombre: Natalia C.
Profesión: Traductora
Edad: 32

Opinión sobre Afrodita en la ventana:
En mi opinión es un buen libro, interesante y bien escrito. La redacción cuida tanto la forma como el contenido, con una expresividad cuidada y elaborada sin resultar pesada. La historia es cercana y conecta con el lector, pero es original y se basa en personajes más que en eventos. Son los personajes quienes nos cuentan su historia de forma cercana y altruista, para componer un libro único, con un tono elaborado pero cercano y lleno de emotividad.

Opinión sobre Historias de tu mundo:
Un libro originalísimo, tanto en forma como en contenido, y facilísimo de leer. Una opción muy entretenida que te llevará de viaje de la mano de personajes inusuales y de historias peculiares, que siempre tienen un golpe de efecto final que te dejará con ganas de más.

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Bosnia en la memoria: 21 años después

(Publicado en la web de ACNUR España)

10 abril 2013

MADRID, España, 10 de abril (ACNUR/UNHCR) – El 5 de abril se cumplieron 21 años desde que comenzó la guerra en Bosnia, un conflicto con un grandísimo coste humano cuyas heridas aún no se han cerrado. Para recordarlo, se celebró ese mismo día en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, una mesa redonda titulada “Bosnia en la memoria: 21 años después”, que contó con la presencia de la periodista Esma Kucukalic, el ministro consejero de la embajada de Bosnia i Herzegovina, Zlatan Burzic, el militar retirado de la OTAN Enrique Vega y la representante de ACNUR en España, Maricela Daniel.

La guerra de los Balcanes supuso un hecho clave en la historia de ACNUR porque, por primera vez, se coordinó en plena guerra una operación de emergencia centrada en la ayuda no sólo a desplazados internos y refugiados, sino también a los cientos de miles de civiles afectados por el conflicto en el marco del mayor desplazamiento humano producido desde la Segunda Guerra Mundial. La representante de ACNUR en España, Maricela Daniel, recalcó la importancia de que la acción política y la ayuda humanitaria trabajen conjuntamente en situaciones de emergencia de este calibre: “La acción humanitaria no puede ser un sustituto de la acción política. En Bosnia se quiso sustituir esta necesaria acción política por una ayuda humanitaria y eso supone hacer una pequeña cura en mitad de una enorme hemorragia”, añadió.

Durante la mesa redonda,  el ministro consejero de la embajada de Bosnia Zlatan Burzic, comparó de la situación actual con la que tenía el país antes de la guerra. El ministro subrayó la importancia de crear mecanismos que sienten los precedentes para una recuperación total, para cerrar las heridas del pasado y que Bosnia pueda recobrar el esplendor cultural y económico del que gozaba antes del desmembramiento de Yugoslavia. «Tal y como está planteada la Constitución de Bosnia en este momento, es imposible un verdadero avance porque cualquier persona puede frenar una toma de decisiones», dijo el ministro. «En 1972, Bosnia tenía un PIB equivalente al de Japón y contaba con dos empresas de entre las 100 más importantes. Hoy en día, es uno de los países más pobres de Europa», añadió.

© ACNUR/UNHCR / A. Calderalo. Los participantes, durante su participación en la mesa redonda de esta jornada organizada en la Universidad Complutense de Madrid.
© ACNUR/UNHCR / A. Calderalo. Los participantes, durante su participación en la mesa redonda de esta jornada organizada en la Universidad Complutense de Madrid.

Por su parte, la representante de ACNUR en España, Maricela Daniel, destacó el papel que  ACNUR jugó tanto durante el conflicto como en la recuperación del país, distribuyendo materiales de ayuda humanitaria y alimentos a la población afectada que luchaba por salir adelante. Entre 1992 y 1995, ACNUR se enfrentó a grandes retos, para atender a una población de refugiados y desplazados que superaba los 2,7 millones de personas. “Pero detrás de los números hay personas: mujeres, niños, padres y hermanos que sufrieron tremendas privaciones y violaciones de derechos humanos” dijo Maricela Daniel, alertando de que  el conflicto étnico que prevaleció tras la finalización de la guerra,  a día de hoy aún no está superado.

La proyección del vídeo elaborado por Córdoba TV, titulado “Las Heridas de Srbrenica” recordó a los asistentes la masacre que se produjo en este enclave musulmán de Bosnia y Herzegovina, donde murieron asesinados cerca de 8.000 hombres y niños en julio de 1995. En este proceso de «limpieza étnica» durante la guerra, se produjeron múltiples violaciones de derechos humanos que, como explicó la periodista Esma Kucukalic, añaden barreras al proceso de normalización por el que se continúa luchando en el país… Un capítulo de la historia de Europa que muchos querrían olvidar.  «En Bosnia se está dando una segregación étnica constante. Los ciudadanos no pueden ser simplemente bosnios, han de inscribirse como musulmanes, croatas o serbios. Un 20% de las minorías que rechazan pronunciarse dentro de estas tres categorías, quedan apartados de las estructuras sociales y políticas, no pueden optar a puestos gubernamentales”, explicó la periodista. En este sentido, Kucukalic abogó por una reforma de la Constitución bosnia, que defienda la igualdad de todos los ciudadanos y por una mayor presión de la comunidad internacional hacia ese cambio democrático. A pesar de estos datos, los participantes de la mesa redonda transmitieron un mensaje de esperanza y agradecimiento hacia todos aquellos que ayudaron durante la guerra y que aún a día de hoy, trabajan por cerrar esas heridas. Esma Kucukalic, como superviviente de una guerra de la que fue testigo directo, manifestó su agradecimiento al pueblo español que la acogió y que ayudó a su país con donaciones, permitiendo la escolarización de los niños y aplicando programas de acogida en familias, lo que posibilitó que miles de ellos pudiesen llevar una vida  en paz. También el representante de la embajada transmitió un mensaje de reconocimiento y agradecimiento por las organizaciones que proporcionaron ayuda humanitaria a miles de personas durante la guerra: «Si yo estoy aquí sentado hoy es gracias al arroz y a los plásticos que nos entregó ACNUR. Si no hubiese sido por la ayuda humanitaria, quizá hubiese sobrevivido a los bombardeos, pero habría muerto de hambre» añadió Burzic.

Azerbaijan, contrast on fire (ENGLISH)

Published in The AEGEEAN Online magazine

August 2014

Azerbaijan is one of those countries that people only visit when they have seen pretty much everything in Europe but are too scared to go beyond Turkey for an insight of the Muslim world. Located in a perfect crossroad amid the Soviet legacy and the Islamic traditions, too open minded to be on one side but too different to be on the other, the land of fire is often seen in Europe as the strange neighbour who never says «hi». Still, Azerbaijan has its unique spirit, although it is not for everyone…

1Somewhere between Middle East and Europe, in a mixture of modernity and tradition, the stunning Flame Towers rise over the old Medina in Baku as an exponent of the progress that the petrodollar has brought to a part of the Azerbaijani population: those lucky ones living in the capital.

Twenty seven of us AEGEEans were lucky enough to discover it during the Summer University organised between the Baku and the Gandja locals. For two weeks, Ukrainian blonde girls, huge Dutch guys, very loud Spaniards and some crazy Hungarians, among many other nationalities, tried to blend in the gentle-mannered Azerbaijani people. Of course, it was an impossible mission, since our presence was easily spotted anywhere we walked.

Our Summer University chose as motto «Come and see the AzerbAEGEEnian dream!» and aimed to open a window to this very specific part of the world. Somewhere between the modernity brought by the petrodollar and the traditions kept over the centuries, Azerbaijan shows its true colours only when you step out of the dream of big cities. Baku and Gandja have everything the rest of the country has not: they are clean, they are safe, they have nice green areas where to chill and all the necessary infrastructures to ensure a nice time to visitors. The rest of the country is sylvan, is difficult, is disorienting and is definitely slow paced. But that is precisely where the fun relies; in that contrast of us being cuddled in 5 starts hotels only to be thrown to the arms of Imodium® to overcome the vomitacja katastrofa two days later.

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See those smiles? We did not lose them even during our intense poo-poo party!

Now, we feel like survivors and we only remember the good times, which were by far more than the uncomfy ones. Both Baku and Gandja organisers struggled for us to have a great time in their country, succeeding indeed. They were patient guides, resourceful interprets, friendly lecturers and adventurous buddies. In their hands, we tried the haute cuisine of the Shaki region -no irony here!-, we learned some traditional dances with an overenthusiastic teacher, we visited some nice historical sites, as the UNESCO-recognised Qobustan settlement, and we put our life at risk taking pictures to the military by the border with the Nagorno Karabakh disputed area -yes, irony here-. But many of us will remember the camping by the lake in Quba as the best experience of this trip, since it allowed us to disconnect from the chaotic cities in a beautiful spot without losing the AEGEE party spirit. Again, contrast blending in perfection.

The Southern Caucasus is a rich area itself, but each of the three countries constituting it has its own idiosyncrasy worth to be discovered. However, you may need somebody to guide you through a process that has not proven to be easy, due to that in-between situation that makes them close to us in a great distance. From my experience, there is no better way to delve into these peculiar features than with the expertise of the AEGEE people… It’s true, eh?

Sin blanca en Navidad

Más de seiscientas personas han pasado las Navidades deambulando por las calles de la capital. Unidos, buscan protección ante el rechazo social y el frío invierno de este año, que trae aún más dificultades a una vida cargada de obstáculos.

Febrero 2009

WP_20140726_006Hacía años que en Madrid no caía una nevada tan intensa como la de este año, pero mientras los niños juegan a tirarse bolas y los mayores aprovechan para fotografiar el paisaje inusual, los albergues de acogida y comedores sociales se colapsan intentando dar cobijo a las más de seiscientas personas sin hogar que recorren las calles de la capital cada día, sin nada más que hacer que intentar acelerar el paso del tiempo. “La calle es un aburrimiento, no hacemos más que colas todo el día: en el comedor social, en los baños públicos, en el albergue… Yo duermo en la T4 de Barajas porque este año está haciendo mucho frío, mucho más que otros años, y allí los del botellón no me molestan y la policía tampoco. Solo echan a los rumanos, pero a mí ya me conocen y me dejan tranquilo”, cuenta Israel, canario de nacimiento pero gato de adopción, mientras se sopla en las manos en un intento por entrar en calor. Estudió Criminología y ahora lleva ya doce años viviendo en la calle, cerca de la Estación de Atocha, y pese a que se considera afortunado de no haber vivido los doce en la calle, sino a intervalos, sostiene que nunca se acostumbra uno a esa vida.

Lo mismo opina Manuel, que hace no mucho perdió su empleo como afilador de navajas. Para él, que sólo lleva un año en la calle, hay todavía mucha esperanza, pero Manuel la ha perdido toda. Con una sonrisa melancólica y unos ojos distantes, que rehuyen al interlocutor, da a entender que quiere salir de esa situación porque echa de menos su vida con sus amigos de la juventud. Ahora ya no le queda nadie: “La Navidad fue lo más duro, pero el día de Reyes estuvo mejor porque comimos todos juntos en el comedor de las Adventistas. Ese día no nevó, por suerte”, cuenta mientras otro de sus compañeros asiente y comenta por lo bajo: “Menos mal porque si no, no hubiésemos encontrado sitio en ningún lado…”.

Y es que la nieve es bonita, sí, pero sólo si se mira por la ventana de una casa bien acondicionada, desde la comodidad de un sofá mullido y con una taza de té caliente entre las manos. Para aquellos que no cuentan con un lugar donde refugiarse del frío, la nieve no es más que el peor de los muchísimos inconvenientes y dificultades con las que tienen que lidiar a diario y que, para la mayoría de la gente, pasan desapercibidas.

A ojos de la sociedad que les observa cada día no tienen nombre, ni cara, ni identidad, solo saben de ellos que deambulan por la ciudad intentando ser ignorados, encerrados en su realidad paralela de hastío y descontento para seguir huyendo de las miradas indiferentes de la mayoría. La cotidianeidad que encierra un desayuno completo, un papel higiénico un poco más suave o una llave del buzón con tu nombre alto y claro, son detalles a los que estas personas ya no tienen acceso porque las circunstancias de su vida les han sido desfavorables en muchos sentidos. Unas veces de manera casi intencionada y otras de forma azarosa, han terminado viviendo en la calle con una manta y, con suerte, un saco de dormir como únicas pertenencias.

Las personas sin hogar o los sintecho, como se les conoce comúnmente, eran en su mayoría ciudadanos de a pie que no se diferenciaban en gran medida de cualquier trabajador de clase media que abunda en la ciudad. Muchos de ellos incluso tienen estudios, pero en sus vidas se desencadenaron casi al mismo tiempo una media de entre 8 y 15 situaciones traumáticas –desempleo, enfermedad, adicciones, pérdida de un familiar, depresión…- que, al desembocar en una pérdida de la red social (amigos y familia por un lado y compañeros de trabajo, por otro), dieron lugar a su situación de indigencia. Si dicha situación se vuelve crónica en el tiempo, prolongándose más allá de los dos años, la persona perderá definitivamente su estabilidad económica anterior y será muy difícil que su vida se reestablezca de una manera equilibrada. Por consiguiente, en la mayoría de los casos una actuación rápida y eficiente en el primer año puede dar lugar a una pronta normalización en la vida de dicha persona.

Este supuesto, que sólo ocurre en un 15% de los casos, es la manera más usual de que una persona sin hogar vuelva a contar en su vida con las comodidades más básicas de que disponía anteriormente. El desarraigo y la falta de proyectos futuros, así como la desesperanza que acompañan este tipo de cambios vitales, son los motivos definitivos por los que una persona se estanca y se resigna a vivir la vida en la calle, con el asfalto como colchón y las farolas como único foco de luz al horizonte.

A las inclemencias climatológicas y la situación de necesidad constante en que sobreviven estas personas hay que añadir la violencia estructural que les convierten en víctimas, entendiendo por ello que, si bien la sociedad muchas veces les señala como atacantes y desestabilizadores de la convivencia ciudadana, muchas veces son ellos mismos quienes sufren las consecuencias de la violencia física y del rechazo social.

Desde mi experiencia, muchos son personas alegres con ojos que brillan de humor, parece que las andaduras de la vida difícil y solitaria no han mermado sus ganas de bromear y tomarse el pelo unos a otros. Pero un silencio de solidaria pesadumbre cae en el ambiente cuando recuerdan el caso de aquella mujer indigente quemada viva en un cajero en Barcelona, en el 2005. “En los cajeros se duerme fatal, son muy pesaos… entran y salen cada dos por tres y están borrachos, y al final mira lo que pasa… Les han condenado, se lo tienen merecido: 22 y 25 años de cárcel. A ver si cuando salgan no encuentran trabajo y se quedan en la calle como nosotros y como esa pobre mujer”, opina Israel con vehemencia, con la mirada dura y enfadada de pura indignación.

Según Jesús Sandin, coordinador a nivel nacional de la ONG Solidarios para el desarrollo, más de un 50% de las personas que viven en la calle sufren agresiones tanto físicas como morales, y el 50% restantes no las sufre porque se refugian donde no puedan ser vistos. “En la calle no hay derechos: la policía deja de ser quien te protege y te ayuda para ser el que te molesta y te echa de donde estás. La ley no les ampara, las instituciones no evitan el problema, sólo actúan cuando es demasiado tarde”, explica con seguridad, intentando dejar bien clara la preocupación que le despierta el que los políticos deleguen esta tarea en manos de los voluntarios, quienes pese a su buena voluntad, carecen de la experiencia y los recursos necesarios para mejorar la situación de este colectivo. Un colectivo que ha existido siempre y que, hasta hace no mucho, se consideraban casi apestados de la sociedad, los vagos y maleantes.

Félix, sin perder ni un momento la sonrisa, recuerda con humor cómo una vez, durmiendo en el mismo cajero donde echa su colchón cada noche desde hace ya más de dos años, un chico joven que volvía de fiesta tuvo un detalle amable con él: “Me dio diez euros y me dijo: ¨No tengo billete, sólo monedas, ¿te importa?¨ Y yo: ¡QUÉ ME VA A IMPORTAR! ¡Trae acá eso!”. Un coro de risas estalla tras las palabras del que, sin duda, es el líder de la cuadrilla. Y es que Félix, que lleva ya más años de los que puede recordar en la calle, ha envejecido más rápido que sus 38 años, pero conserva algo de niño y no puede evitar verse rodeado a menudo de muchos de sus vecinos sin hogar gracias a su carácter alegre y extrovertido.

Estos recursos emocionales son muy comunes entre las personas sin hogar, tanto es así que muchas veces, en aras de mantener el equilibrio mental y la estabilidad emocional, ellos mismos se juntan formando grupos y, en ocasiones, uniones sentimentales. “Conocemos a una pareja de novios que llevan juntos muchos años. Pero es una relación algo tóxica, no muy sana, basada en intereses extraños.”, explica Lola, otra de las voluntarias de Solidarios que lleva en la ONG desde septiembre y para quien conocer mejor este mundo ha cambiado totalmente su visión de la pobreza. Jesús Sandin, a su vez, explica que las relaciones entre personas de este colectivo no son convencionales, están muchas veces basadas en intereses de tipo económico o también por cuestiones de seguridad: “Él es alcohólico y ella lo aguanta porque las mujeres, aunque son en proporción muchísimas menos, tienen más peligros y más inseguridades, entonces se emparejan para evitar que les hagan daño. Otro recurso muy utilizado por ellas es no ducharse en meses, estar lo más sucias y malolientes posible, para evitar violaciones, por ejemplo. Pero está bien que se agrupen, porque separados son lobos, pero juntos son una manada, hacen asentamientos y así están protegidos”, explica con la misma convicción con que marcaba su tono de voz al hablar de los motivos por los que muchos de ellos rechazan vivir en albergues o casas de acogida: “La mayoría de albergues tienen unas normas que no quieren acatar, y en ellos sólo pueden estar unos tres días, lo que supone que luego han de irse de nuevo a buscarse la vida. Pierden su colchón en el parque, la vecina del tercero que le bajaba un bocata al mediodía y el señor del bar que le dejaba leer el periódico a diario con una taza de café. No compensa, sobre todo porque no hay intimidad, no es un hogar”. Para que las personas que viven en la calle puedan resolver su situación, necesitan no sólo recuperar la capacidad de lucha y de ambición, sino también sentirse valorados en un entorno cómodo y familiar, de ahí que establezcan lazos afectivos sin condiciones y traten de luchar contra el Síndrome de indefensión adquirida, según el cual se sienten desnudos y totalmente vulnerables hacia el exterior.

Intentando proteger sus escasas pertenencias, muchas veces tan simbólicas como una caja de cartón, es como ellos se perciben todavía parte de una sociedad en la que los objetos son necesarios y las personas lo son más aún, pues si importante es el bocadillo del mediodía y el periódico del bar, mucho más los son los cinco minutos de amable conversación con la vecina del tercero y la animada charla sobre política con el camarero del bar.

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