Piropos

2 diciembre 2014

Estábamos, como casi cada sábado, en una de las fiestas organizadas por el grupo parroquial. Esta era especialmente aburrida; los borrachos fingían divertirse y los abstemios trataban de contener las ganas de volver a casa a dormir. Yo, que pertenecía al primer grupo, me agarraba a la copa como me agarraría a un salvavidas en medio del océano, disimulando picor en la muñeca para darle la vuelta al reloj y desesperarme al ver que solo habían pasado quince minutos desde la última vez que lo miré. Miriam estaba hablando con una amiga en la cocina y la oía desde el salón, con su voz de pito a doce mil decibelios y varias revoluciones por segundo.

De repente te vi entrar y no te voy a decir que fue como en las películas ñoñas, que se ralentiza el tiempo y se oye de fondo una música celestial de coro de iglesia… pero casi. Eras exactamente como te había imaginado en mi cabeza tantas veces mientras hacía el amor con la novia de turno, mientras apagaba mis ganas de cariño en la soledad de mi cuarto, mientras me imaginaba en el altar, mientras te describía a mi almohada tratando de convencerme de que la chica que acababa de dejarme no estaba hecha para mí. No pensaba que pudieses existir, la verdad… Pero sí, lo hacías, estabas ahí, frente a mí hablando con Rolando y sonriendo incómoda. Ahora sé que esa es tu sonrisa de estar incómoda; la natural es, si cabe, aún más bonita.

Guillermo me puso el brazo alrededor del cuello y tirando para abajo, me leyó la cara de ensimismamiento. Se rio de mí un ratito, con sus modales de buen gañán de siempre, y empezó la metralleta envenenada de acusaciones contra ti. En un momento, sacó a relucir tu currículum más torcido, todas aquellas cosas que habías dicho y hecho que jamás habrías querido confesar delante de nadie, y menos aún frente a un desconocido. Menuda carta de presentación… Guillermo parecía aún dolido por todo lo que habíais vivido hacía ya años. Sus argumentos, cargados de afectación y desengaño, habrían convencido al más tozudo de que convenía mantenerse alejado de ti, una Medusa que si te miraba a los ojos quizá no te convertiría en piedra pero sí te destrozaría la vida.

Sin embargo, fue precisamente la desesperación en sus intentos por disuadirme de hablar contigo y la manera en que te miraba mientras describía tu ponzoña lo que me animaron a acercarme. En todos los años en que Guillermo había trabajado con ahínco para olvidarte apenas había dado dos o tres pasos cortos, y me dije que tenía que haber una razón de mucho peso para ello, más allá de lo que tenía enfrente. Consciente en todo momento de que sus vanos intentos ni siquiera empezaban a acercarse al saco roto, terminó por desistir: “Haz lo que quieras… yo ya te lo he advertido”. Y es que nadie se delata tanto como aquel que habla con tan poca indiferencia de quien hace tiempo que debería estar ya en el olvido.

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