Pittato col pennello

2 enero 2021

Quiero contarte cómo era esta casa, para que un día puedas cerrar los ojos e imaginarnos en ella. Éramos cinco, mis dos hermanas, mis padres y yo. Luego seríamos cuatro, pero por un corto tiempo que ahora parece inventado, esa posibilidad ni existía. Por fin estábamos de vacaciones. Las obligaciones cotidianas como el violín o el piano, la academia de inglés y el ballet morían en la memoria a exactamente 2,434km. Había sido un viaje largo, con dos aviones y muchas maletas, pero en cuanto salíamos del Fiat Panda negro de mis tíos, en el que nunca se ponía la radio, la bofetada de un verano que parecía eterno nos daba en la frente y nos dejaba aturdidos el resto del mes, con la falsa promesa de que seríamos siempre tan libres.

El chasquido de la puerta era varios decibelios más alto de lo necesario, y si me concentro, lo recuerdo perfectamente. La entrada daba paso a una escalera que siempre me pareció innecesariamente larga. Allí en lo alto, mi tía nos recibía en la puerta que daba paso al salón. La recuerdo guapísima, delgadísima, elegante incluso cuando iba descalza, y sé que mi memoria no me falla. Apoyada en el marco de la puerta, esperando pacientemente a que subiéramos la infinita escalera, nos recibía con un Buona seeeera pausado, vestida solo una camiseta ancha que decía Scusate la faccia y Scusate la schiena, sonriendo sin efusiones, como si nos hubiese visto hacía tres días por última vez.

No, no te imagines un palacio. Era, y sigue siendo una casa pequeña, estrecha y bastante absurda. En algún momento fue grande y bien ubicada, en la calle principal de uno de los 100 pueblos más bonitos de Italia, pero fue cercenada para que las familias no se tuvieran que juntar demasiado. Esa línea imaginaria terminó por cicatrizar y la casa quedó dividida con la cocina a un lado y al otro el salón. El resto de las habitaciones tuvieron que adaptarse y, con ellas, una familia que ahora habla en plural.

En aquella casa solo estábamos de paso. Nosotros dormíamos en otra casa a 10km de allí, en otro pueblo a los pies de la playa, pero esta casa se sentía más hogar. En esa casa habían nacido mi padre y sus dos hermanas, en la habitación del fondo, la que daba a la calle Roma. En ella había historia.

Cada día de los veranos en la tierra de mi padre eran iguales, pero no por ello menos únicos. Por la tarde noche, tras un día entero en la playa, íbamos siempre a pasear por el pueblo, las dos familias: mi madre y mi padre, mi tío y mi tía, mi prima mayor y su hermano, mis dos hermanas y yo. Imagina el caos de tantos niños sobreexcitados que hace mucho tiempo que no se ven, que no juegan juntos. Mi alegría provenía de lo más esencial a esa edad: la novedad, el juego, las vacaciones. Me esperaban por delante todas las horas del mundo de mare, focaccia, gelati e panzerotti. La alegría de mi primo, un año menor que yo, venía de un lugar mucho más oscuro. “De niño yo solo me sentía a salvo en familia”, me diría muchos años después. Se sentía tan bien conmigo, con nosotros, que lloraba inevitablemente cada vez que nos saludábamos en el aeropuerto, una escena dramática que se repetía cada año y que dejaba en mí un poso profundo de angustia por no poder corresponder con la misma intensidad.

Siempre hacíamos el mismo recorrido: torcíamos a la derecha y pasábamos por delante del bar Roma, donde Maria y su eterna sonrisa nos servía un helado – stracciatella con panna – y nos preguntaba por la vida durante aquel año en que no nos habíamos visto, como si hubiese pasado algo más emocionante que hacer deberes e ir a clase de violín. De ahí seguíamos caminando, pasando por delante de la Pizzeria d’Angelo, y llegábamos a la plazoleta del Al Vecchio forno, a donde viajo mentalmente cuando veo cómo la focaccia se ha puesto de moda en todo el mundo, desde Reikiavik a Johannesburgo. Luego íbamos a la galería de arte de Patrizia Pareo, enfrente de una iglesia donde una imagen de santa Lucía, con sus ojos en las palmas de sus manos, aún me persigue de vez en cuando. Patrizia, su marido Claudio y sus dos hijos nos recibían invariablemente con una alegría que abarcaba los confines de ese pueblo, y daba igual si hacía un año o un minuto desde la última vez.

El giro terminaba primero por La villa y, cruzando el puente falso, La pineta, y cuando llegaba la hora de ir a casa, a ese otro pueblo a 10km, yo siempre me repetía que esa noche no me iba a dormir en el coche, para ver al pasar la cueva en las montañas que atravesábamos y que despertaba mis fantasías más oscuras. Nunca lo conseguía.

He vuelto a esa casa de mayor, no hace demasiado tiempo. Algunas cosas siguen allí, como el reloj de pared con las manijas y los números de colores. También sigue allí el cuadro de mujeres desnudas en un entorno exótico, de cuyas variantes mis padres compraron varias copias en su viaje de novios a Tailandia y distribuyeron por todas sus casas. Menos en Madrid, allí no, y nunca supe por qué. Seguía también un dinosaurio violeta hecho de cerámica que mi prima recibió por su cumpleaños. Tan inútil que, allí lo recibió, y allí se quedó. Muchas cosas ya no están, por ejemplo, el libro Volevo i pantaloni. Tampoco está el teléfono gris y pesado, ni la televisión sin telecomando que mi primo y yo nos peleábamos por monopolizar. Pero queda flotando en el ambiente el eco de las risas, los gritos y los lloros que tantas personas dejamos allí, el olor a orecchiette con cacio ricotta en platos de plástico blancos y seguro que, si miramos despacio, encontramos algún grano de arena de playa que traíamos de suvenir entre los dedos de los pies.

55 pensamientos en “Pittato col pennello

    1. alelerele Autor de la entrada

      ¡Muchísimas gracias por tu comentario, Aurora! Me alegro de que estimulase un poco los recuerdos, a veces los tenemos apolillados y hay que sacarlos a pasear :)
      Un abrazo,
      Alessia

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  1. Anónimo

    Hola Alessia,soy Marian una amiga y antigua compañera de trabajo de tu madre.
    Me ha encantado volver a ver tus escritos que nos hacen soñar y vivir esos momentos que tu anteriormente has compartido con tu familia.
    Gracias y siguen escribiendo, por favor.
    Abrazos

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  2. Anna

    Amore di zia, mi sono commossa, io che sono diventata dura come la pietra. Grazie per i ricordi che io avevo messo un po’ da parte forse perché in fondo mi fanno un po’ male. Che il Signore benedica ogni giorno il dono meraviglioso della scrittura di cui ti ha coronata. Un bacio grande.

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  3. Maria Llorca

    ¡Que maravilla! Transmites tantos sentimientos y emociones, que estoy sinceramente conmovida. No dejes de escribir, no nos dejes sin esas preciosas vivencias. Gracias.

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  4. Andres

    Nada como leer para porder viajar en estos tiempos de Pandemia. Que bonito el buscar en la trastienda de tus recuerdos para compartir este relato con el lector y hacerlo sentir parte de tu maravillosa famila.

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  5. Isabel

    ¡Qué bonitos recuerdos de tus raíces ,Alexia ! Te honra que quieras plasmarlos y compartirlos. Y como dicen :”Rcordar es vivir de nuevo”
    ¡Enhorabuena!
    Soy Isabel , amiga y paisana de tu tía Sole.

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  6. Elena García

    Este relato genera sensaciones, aromas y sonidos como si estuvieras realmente en un lugar entrañable de Italia. Dan ganas de viajar allí, quiero ver esa galería de arte… Me ha gustado mucho.

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  7. Florentina Carazo

    Soy Flori, amiga de tu tía Sole, quiero felicitarte por tu relato.
    Me parece una estupenda descripción, en la que con un lenguaje cargado de sensaciones, nos acercas a un entorno familiar donde, aunque haya sido temporalmente visitado, guardas parte de tus raíces.

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